La crueldad de la belleza (o todo lo que nos interrumpe)

22.06.2020

Subo al tren, hace calor y la mascarilla se transforma en una productora de sudor en bigote y barbilla, interrumpiendo mi bienestar. He empezado a leer el libro que me han prestado y con pocas páginas he tenido suficiente para dame cuenta que la escritora es más buena que yo. Hay gente que escribe muy bien y me entra una envidia entre sana y malsana, interrumpiendo mi vanidad. Último vagón.

Dos chicos de origen extranjero tienen la música del móvil puesta a todo volumen, una calidad de sonido pésima y todos los pasajeros obligados a escucharla, interrumpen mi lectura. En la siguiente estación suben unos ciclistas y colocan sus bicicletas en la puerta de apertura, interrumpiendo el paso; al moverlas las dejan de tal manera que una de ella me va dando golpecitos en la rodilla izquierda. No se dan cuenta, interrumpen mi espacio, tengo que llamarles la atención. Tercera parada, sube toda una familia y un grupo de amigas, los primeros con criaturas enmascaradas que lloran pues a una de ellas se la ha caído la pistola de agua a las vías. Las amigas también van a la playa, igual que el tipo del peinado feo o el tipo feo al lado de la ventana. La gente ya no lee en los trenes, mira los móviles. Mis pulgares son demasiado grandes y a veces pulsan la letra del teclado táctil que no corresponde, interrumpen mi escritura. Escribir y corregir, escribir y corregir, constantemente.

Escuché en alguna parte que las personas guapas no necesitan sentido del humor. En el grupo de amigas que van a la playa la más guapa centra toda la atención sin tener que hacer el mínimo esfuerzo, es la crueldad de la belleza. Cruel por su distribución al azar entre la población, por su genética de que tú sí y tú no, porque no tiene mérito, porque no hacen falta otras cosas mientras que la gente que no dispone de belleza heredada o regalada tiene que esforzarse para hacerla nacer, hacerla ver o hacerla salir del interior, si es que allí hay. Necesito tan poco para inspirarme, pero mucho menos para perder toda la inspiración, para interrumpirme, para no disfrutar, para no ser yo mismo.

Los chicos de la música piden permiso para abrirse paso al llegar a su estación, no lo habían pedido para llevar la música a todo volumen, los niños que han perdido la pistola en la vía ensayan un mensaje de felicidades para el aniversario del abuelo. Hay mucha belleza en la infancia. Igual que hay mucha en los veleros que surcan el Mediterráneo que veo a través de la ventana pintada con un grafiti. Es la belleza de todo lo que es libre o, por lo menos, la belleza de todo lo que da la sensación de libertad, aunque sea mentira. Di que me amas aunque sea mentira. Te amo.

De las 16 personas que tengo más cerca, en este último vagón de este convoy, ocho miran el móvil, dos son criaturas demasiado pequeñas, dos sujetan sus bicicletas. Una no lleva mascarilla, tres viajamos solas. De ida o de vuelta. No soporto a la gente que dice o hace ver que está de vuelta de todo o de algo, no hay nada más pretencioso que utilizar la propia experiencia para agrandarse a costa de le pretendida pequeñez del otro, la pequeñez otorgada que contrarresta con la belleza otorgada, que es aquella que das a una persona cuando la conoces, cuando te acercas, cuando dejas que se abra y la recibes y tú también te abres por simpatía, o viceversa, da igual quién empiece.

Al llegar a casa me libero de la ropa que me oprime e interrumpe mi contacto con el aire y, más cómodo, me siento en el balcón mientras hablo con el móvil, el mismo que miro como todas las personas de las que me quejo, que va transformando en palabra escrita la palabra hablada y que venían de una transformación anterior, puesto que han pasado a ser palabras habladas siendo palabras pensadas. Palabras pensadas, salidas del mundo inmaterial de las ideas, las mismas ideas o de la misma familia que las que en ocasiones aparecen y lo interrumpen todo.

Me pregunto, intrigado conmigo mismo, qué hace venir e irse a estas ideas. En épicas desaparecen sin dejar rastro ni ganas de buscarlas, están lejos y no envían postales. En épocas te hacen compañía como el conocido pesado, que no tenaz, demasiado, se te pegan como chicles en la suela del zapato o en el pelo, van contigo a todos lados igual que el olor a sudado que no se va hasta que te duchas y te cambias de ropa. Vienen contigo al sofá, a la cama, al cine, te susurran palabras impidiendo que puedas seguir el hilo de los diálogos, interrumpen tu concentración que quiere huir de la realidad que te rodea con una historia inventada por otras personas; te hablan al oído no dejándote disfrutar de la compañía y conversación con tus amistades, son una vela en las escenas de cama e interrumpen tu goce total del sexo. Habías aprendido a echarlas, pero como el chicle o el olor a sudado, cuando se aburren vuelven y no se van hasta que te duchas, hasta que te rapas el pelo o tiras los zapatos. Lo interrumpen todo. Y no eres libre y por lo tanto solamente tienes la belleza del que piensa que lo es, tan diferente a la del que lo es de verdad.