La cultura del sacrificio

07.06.2021

Y la voz dijo:

-Debes sacrificarte en pro de tus hijos, así como tus padres se sacrificaron en pro tuyo.

Y se hizo el silencio.

-Ostia, qué putada -dije yo-. Sacrificio es una palabra muy fuerte. Necesito reflexionar un momento después de estas palabras. Es que a mí esto de las sentencias pronunciadas como dogmas indestructibles no me ha gustado nunca. Se me acumulan unas cuantas preguntas y también las ganas de enviarlo todo a la mierda, mezcladas con un sospechoso impulso de gritar que sí, que adelante las hachas, que tres hurras por el sacrificio en pro de mis niños. Pero...

Y rompiendo su silencio, la voz habló:

-¿Hay algo que necesites saber?

-Sí, mira: tengo una pregunta.

-Formula la pregunta que desees.

-¿Mis abuelos se sacrificaron por mis padres antes que mis padres por mí?

-Así fue.

-I antes de eso, mis bisabuelos se sacrificaron por mis abuelos, supongo.

-Efectivamente.

-De manera que mis hijos tendrán que sacrificarse por los suyos suponiendo que los tengan, claro.

-Es ley de vida. Cada generación se sacrifica por la siguiente.

-¿Y esto desde cuando es así? ¿Y hasta cuando tendrá que ser así? Lo digo por una cosa...

-Desde siempre y para siempre.

-¡Joder, pues ya me dirás!

-¿Ya te diré el qué?

-No me acaba de gustar este plan, ¿sabes?

-No es tu tarea cuestionar...

-Disculpa que te interrumpa, no quiero ser maleducado, pero... ¿De qué ha servido el sacrificio de mis padres si resulta que, de todas formas, yo también he de sacrificarme por mis hijos? ¿Y de qué servirá mi sacrificio si los mis hijos tendrán que sacrificarse también por los suyos? O por sus hijas, que lo estoy masculinizando o neutralizando (hay diferentes teorías) todo para economizar el lenguaje. Vuelvo a la cuestión: yo me pensaba que mi sacrificio sería para que mis hijos no se tengan que sacrificar como yo, ¿me entiendes? Y si yo me he de sacrificar, estoy dejando casi en nada el sacrificio de mis padres, ¿me explico?

-Forma parte de la vida, de la naturaleza y la evolución. Tu sacrificio hará que tus hijos no deban de asumir un sacrificio tan grande como el que has de hacer tú que, a la vez, es menor que el sacrificio que tuvieron que hacer tus padres por ti.

-No, sí, ya, quiero decir que una parte de este argumento te lo compro. No obstante, el objetivo de la vida, aparte de ayudar en la evolución y tal y cual es ser feliz, ¿verdad?

-La felicidad de una persona radica, en gran medida, en hacer felices a aquellos que se ama.

-Vaya, esto ya lo decía mi abuela paterna, qué gracia. Decía algo parecido: "a mí lo que me hace feliz es hacer feliz a los demás" y mientras lo decía limpiaba, planchaba, cocinaba y acababa teniendo para ella una horita al día, en la que tenía que sentarse con los tobillos y los pies hinchados. Y terminó en una silla de ruedas sin reconocer a nadie. Y luego le tocó a mi padre, ¿sabes? Él quería ser escultor, artista. Pero tuvo que ponerse a trabajar en talleres y tal porque como escultor en este país no te ganas la vida pues el arte se considera poco productivo, ¿me entiendes? Él se sacrificó y mi madre también, por mí. Y resulta que va, y yo ahora en lugar de luchar por lo que quiero, tengo que sacrificarme por mis hijos.

-Correcto.

I se hizo el silencio. Durante un rato que pudo haber sido largo o corto, no paré de moverme arriba y abajo mientras notaba, sin verlos ni nada, unos ojos que me seguían y empezaban a impacientarse. Después de un suspiro sonoro, la voz dijo:

-¿Podemos entonces dar por zanjado el tema?

-Sí y no -respondí-. Mira, me parece que no me sacrificaré de la manera que tú quieres que lo haga o que la vida o la naturaleza o la evolución o lo que cojones sea entiende por sacrificio. No quiero enseñar a mis hijos que tendrán que sacrificarse por los suyos. Lo que quiero enseñarles es que tienen que intentar ser felices, hacer aquello que los llene, que los ilusione, que los ayude a sonreír mientras tiran para adelante. Quiero enseñarles que hay que perseguir tus objetivos porque...

-Ahora soy yo quien te interrumpe -dijo la voz, en un tono una poco desagradable-, discúlpame. Luchar por aquello que quieres es un acto de egoísmo. ¿Qué dejarás a tus hijos?

-Pues lo que pueda, si te refieres a temas materiales. Pero piensa en la parte no material: les dejo el valor de la perseverancia, del esfuerzo no simplemente por el esfuerzo sino para algo que, como decía antes, te llene y te satisfaga. Les dejo el aprendizaje de no conformarse, de disfrutar de las partes de la vida que realmente merecen la pena y...

-¿¡Tus hijos no merecen la pena!? -el tono de la voz rozaba ya la grosería.

-Mira, me parece que no puedes cuestionar esto ni en broma, colega, ¿de acuerdo? -yo también me he crispado, ¿cómo se atreve?

Otro silencio, me estaba enervando, pero hice de tripas corazón y me calmé. Unas cuantas respiraciones profundas, ganar tiempo para ordenar mis pensamientos.

-Sabes de sobras -continúo yo- que mis hijos son lo más importante de mi vida con mucha diferencia. I es precisamente por esto que no quiero legarles la cultura del sacrificio. Sacrificarse es una cosa muy fea planteada de esta manera. Yo no quiero legarles el sacrificio, quiero legarles el sentimiento de que su vida es suya, y que solamente tienen una. Si no luchan por aquello que merece una lucha, ¿de qué habrá servido todo?

-¿Sabes qué? -suelta la voz, de repente en un to desenfadado-. Pues que te doy por imposible. Allá tú.

-En esto estamos de acurdo, es de esto de lo que se trata.

Y se hizo el silencio.