La estación de los hombres eternos

01.12.2004

Las puertas de los grandes almacenes, adornadas con unas tiras de colorines y con porexpán en forma de abetos, papás Noel, campanas y estrellas con purpurina, se abrieron al pisar él la goma del suelo. Centenares de personas se peleaban en un hormiguero para encontrar el regalo adecuado. Él ya sabía todo lo que quería comprar, empezaba la odisea de cada Navidad, de cada año. Aún en la entrada, sacó un papel del bolsillo de la chaqueta y lo miró: para su primo Roberto el último CD de SuperDJ's Fashin, manda huevos; para la cuñada Berta unas cortinas amarillas para el salón; para su hermano Carlos, la recopilación en DVD de El Padrino; para su madre un estuche de dibujo técnico; para su padrastro un libro sobre los aztecas que vio algún día en algún lugar y que lo más seguro que no tuvieran en estos almacenes; para su padre unos altavoces nuevos para la minicadena vieja; para su hermana y su cuñado un mural de plástico para colocar fotografías, que podía colgarse del techo; para su sobrina tenía el encargo de encontrar una casita infantil que no fuera demasiado típica, quedaban excluidos Disney y princesas; para la tía una torre para discos y vídeos; para la abuela un juego nuevo de agujas de hacer media y ganchillo; para su compañera un perfume y tantos libros como pudiera encontrar de aquel escritor alemán, ¿cómo se llamaba? Böll o algo así.

Suspiró. Carteles con las ofertas y las exclusivas parecían combatir con los indicadores de dónde se podía hallar cada cosa. Las escaleras mecánicas tenían una cola de gente esperando para subir. Chicas con elegantes faldas y blusas y chicos con elegantes pantalones de raya y americana se mezclaban con los clientes compulsivos. No le gustaba la Navidad. Los Reyes Magos eran una tontería religiosa y él profundamente ateo. Hizo de tripas corazón y se unió a la marabunta de seres humanos y aspirantes a seres humanos que recorrían los pasillos y los estantes, intentando leer los carteles anunciadores que colgaban del techo: "Objetos para el hogar" y "Ocio" en la zona norte, "Complementos" y "Perfumería" en la zona sud. Se encaminó hasta los perfumes donde una chica con una sonrisa tan grande que parecía que iba a comérsele las orejas le encontró el Eau de la mer bleue que costaba 85 cucas. Había calculado que se gastaría aproximadamente unos 400 euros en aquellos regalos, claro que parte de ellos los compartía con su compañera y otros con su hermano o con su madre. El hecho de por qué le había acabado tocando a él ser el encargado de las compras no estaba del todo claro y, lo más probable, no se aclararía nunca, pero todo el mundo tuvo excusas perfectas para, aquella mañana de un sábado de finales de diciembre, escaquearse. Sacó la lista y tachó el perfume. En la segunda planta estaban los electrodomésticos al sur y las herramientas para jardinería y bricolaje al norte. Recordó el regalo para la abuela y regresó a la planta baja que, cinco minutos más tarde que antes, se veía mucho más llena. En el apartado de complementos encontró dos cosas: la primera era el juego de agujas y la segunda era Claudia. Ella buscaba unas anillas para servilletas. Fue un encuentro extraño. Chocaron sus codos y se tumbaron para mirar quién invadía su espacio vital, tan poco controlable en unos grandes almacenes una semana y media antes de Reyes, y se quedaron mirando. Ella se puso roja, él se acaloró.

Perdona, soy Claudia.

Él debía reflexionar, primero. Con un perdona había más que suficiente, sin embargo ella se presentaba. Podía mostrar su lado más desagradable y hacerse el ofendido o podía devolver cortesmente la salutación. Tenía una sensación que no recordaba, como si llegara tarde al tren y tuviera que correr o lo perdería para siempre y estuviera condenado a quedarse eternamente en la estación, lamentándose por no haber salido de casa. Sí, era una sensación compleja para tenerla en fragmentos de segundo, pero la podría haber descrito a la perfección.

No, perdona tú. Me llamo Pablo.

Se produjo un silencio incómodo, es decir, un intercambio del iris de los ojos que pedía, precisamente, silencio. Al cabo de poco rato él tosió artificialmente y pagó el juego de agujas, mientras ella sacaba el monedero. Se quedó mirándola, pero tuvo que apartar la vista al sentirse dolido, no por notar deseo o atracción, sino porque lo que percibió era diferente y no lo quería. Tenía que volver a ser él, tenía que volver a pensar como él. Como aquel hombre que llevaba una eternidad en la estación, dejando escapar los trenes, conformándose al final con el primer tren que pasó.

¡No, no, reacciona!

Él no se presentaba de aquella forma a no ser que pretendiera alguna cosa, pensó subiendo las escaleras mecánicas y tachando el regalo de la abuela de la lista. Había costado 26 euros. Acababa de comprar el presente de su compañera y ya estaba mirando atrás a ver si Claudia también subía por las mecánicas. Eres ruin, pensó, ruin y despreciable. Subió directamente hasta la tercera planta: "Ropa y complementos para el hombre / chico / niño". Se había desconcentrado y repasó la lista, no tenía nada que hacer en aquella planta. Otra vez cola en las escaleras. No podía dejar de pensar en Claudia. Acudían escenas a su cabeza de diferentes películas románticas: Serendipity, Enamorarse. Quinta planta: "Audiovisual", salvado. La búsqueda del último CD de SuperDJ's Fashion le mantendría ocupado durante largo rato, la mente dejaría la disputa entre las imágenes de Marta, su pareja, y las de Claudia, que ahora lo invadían todo cuando diez minutos antes no existía. Y las palabras de ella recordando el año en que el trabajo les separó por estas fechas, diciéndoselo en un susurro al oído:

No quiero volver a pasar una Navidad sin ti.

Soy un tío coherente, adulto y responsable, se dijo. Amo a Marta. Busquemos el maldito disco. Y si quiero a Marta y estoy tan convencido, ¿qué cojones me ha pasado allí abajo? El chico uniformado le comunicó que el CD se había agotado, que recibirían más el lunes. Quería ventilarse todas las compras esa misma mañana, tendría que ir a otra tienda. Se hizo con el pack de El Padrino, tachó el nombre de la lista y sumó 90 euros más. Compró también los altavoces, por un precio nada módico a compartir con su hermano. En la misma planta, al otro lado de las escaleras mecánicas que dividían el edificio como la cremallera de una chaqueta, podía comprar los libros. El de los aztecas, un tocho considerable, valía 59 pepinos, pero solo halló uno de Heinrich Böll que además Marta ya tenía: Opiniones de un payaso.

En la librería del otro lado he visto también El honor perdido de Katharina Blum y El tren llegó puntual, no sé si tienen más de este autor.

Claudia le miraba con una tímida sonrisa mientras sujetaba en las manos Molloy, de Beckett. Otra vez no, se dijo, esto no es normal. Será mejor que te vayas, no la volverás a ver, será una anécdota que olvidarás mañana.

- Si quieres, después tengo que ir -dijo ella con voz temblorosa.

- Vale, sí, de acuerdo.

- ¿Quedamos en la puerta de entrada dentro de una hora?

- Perfecto.

No, sería una anécdota que no olvidaría jamás y ahora se daba cuenta. ¿Perfecto? ¿Había respondido eso? No, no, no. Perfecto no era. Subió a la sexta planta: "Juegos y juguetes". ¿Tenía una cita? No, no tienes una cita, idiota. Simplemente te acompañará a la librería de al lado y ya está. Pero nunca le había pasado nada parecido, ni tan solo cuando tenía las hormonas desenfrenadas y parecía llevar colgado un cartel en la espalda que decía: Estoy intentando ligar. La casita con estampado de animales de granja le costó 60m euros. Durante el regreso a la planta baja, pensó que si se encontraba a la chica ahora le diría que no podía ir a la librería, que tenía prisa o algo así. Y se imaginó la escena en la que él aparecía como un tipo que puede permitirse el lujo de rechazar a alguien como ella, porque ya tiene pareja y porque puede elegir entre las diferentes pretendientes. Mira que eres capullo. Claudia es bonita, físicamente, claro; como persona igual es una psicópata o una lunática. No, no lo es, se dijo, por algún motivo que no llegaba a comprender se iba formando una percepción nublada. Pero Marta también es maja, física y personalmente, y no quiere volver a pasar una Navidad sin mí, eso pensó Pablo, pero sabiendo que lo pensaba por miedo a creerse demasiado cualquier otra posibilidad. Con los ojos desenfocados hacia la multitud, se vio sentado en una estación de tren para hombres eternos, volviéndose gris, humedeciéndose y luego marchitándose. Pero, ¿y Marta? Mara había sido un tren tomado con prisas para no quedarse sin, quizá el suyo todavía no había pasado.

En "Objetos para el hogar" adquirió unas cortinas discretas para la cuñada Berta y en "Complementos" compró la torre para los discos y el mural de plástico para su hermana. Solo faltaban los libros de Claudia, no, de Marta. Y el disco del primo Roberto. Y los instrumentos de dibujo técnico. En el pano de la Planta Baja indicaba que el material escolar y artístico estaba en la última planta. Miró el reloj, le quedaban veinte minutos. Claro que siempre podía retrasarse, o no ir. Subió corriendo las escaleras, empujando y pidiendo perdón, hasta el piso donde encontró el estuche de dibujo técnico. ¡136 euros! Lo pagó, lo tachó de la lista y miró el reloj: seis minutos. Había terminado a tiempo. Cuando la vio esperándole al lado de las puertas de los grandes almacenes, con una chaqueta larga de color negro y el pelo castaño recogido en una cola de caballo, bajo las luces navideñas algo poco lucidas al ser de día, tuvo una sensación diferente. Y con esta sensación, sin dudas en la cabeza, se acercó y caminaron hacia la tienda de libros. Cada vez que la miraba, la imagen de su compañera se esfumaba un poco y cada vez que la oía, crecía en su interior un convencimiento, una seguridad. Allí la conexión, porque era eso lo que él percibía, fue completa. Después de las compras, dejaron los paquetes en sendos coches que, curiosamente, estaban aparcados casi el uno al lado del otro en el aparcamiento de los almacenes. Fueron a tomar un café, charlaron de sus cosas sin explicarse la vida, opinando sobre esto y aquello otro. Y poco a poco se formó un pensamiento en la cabeza de Pablo, una sentencia: no quiero volver a pasar una Navidad sin ti.

Este relato quedó finalista de los Premis Constantí 2007 y se editó en su libro recopilatorio.