La fe más necesaria

06.12.2019

Ayer me di cuenta de una cosa. En realidad ya la sabía, había pululado como una abeja alrededor de una flor valorando si su néctar era el que buscaba. Pero ayer me di cuenta. Volvía en coche por la carretera, ya era oscuro, había llovido todo el día, el viento levantaba las olas más de lo normal, que arremetían contra el litoral llevándose con ella la arena, secuestro o complicidad. Y mi cabeza empezó a funcionar. Sí, venía de un fracaso y como dice el Maestro Yoda en El Imperio Contraataca (Star Wars: Episode V - The Empire Strikes Back; Irvin Kershner, 1980) el fracaso es el mejor maestro. En ocasiones la cabeza no se pone de verdad en marcha hasta que tiene todos los elementos que confirman la hipótesis, cuando ésta ya está confirmada. Este encendido de la maquinaria, por pequeña que sea en mi caso o por mucho que chirríe, se inició con la chispa de una verdad irrefutable: había puesto mi fe en el lugar equivocado. En su tercera acepción del diccionario, la fe es la confianza, el buen concepto que se tiene de alguien o de algo. Confianza. En la segunda acepción, es el conjunto de creencias que alguien tiene en algo.

¿Dónde había metido yo esa fe? No sabría explicarlo, creo que no estaba en realidad en ningún sitio concreto, estaba flotando, como la abeja alrededor de la flor, se movía cuando soplaba el viento y se escondía cuando parecía que iba a haber pelea. Y hay cosas que es mejor dejarlas en un mal sitio que no dejarlas en ninguno. Como la fe. Y la fe no es ciega, lo que le pasa es que no es independiente, no es autónoma como la inteligencia o la memoria, la fe depende en todo y para todo de quien la deja en algún lugar, de quien la deposita en algo o en alguien. De esta manera, mi fe dejada al aire se sentía perdida.

Existe una frase hecha que sirve de consuelo de tontos, pensé: todo se andará. No, nada se anda solo, lo único que avanza por sí mismo es el tiempo y es un invento de la humanidad, es la medida de las vueltas que la Tierra da alrededor del Sol y sobre sí misma. Es el cronómetro que alguien pone en marcha cuando naces, hacia adelante, y la cuenta atrás que alguien pone en marcha al otro lado de la línea. Lo demás necesita, para andar, que lo empujen. Todo. Lo puede empujar la voluntad, una pistola apuntándote en la sien, el instinto de supervivencia, el deseo, el amor o lo que sea, pero necesita de una energía que lo impulse. Las cosas que se caen no se caen solas, caen por la fuerza de la gravedad, porque algo ha dejado de sostenerlas (la rama se desprende de sus hojas, los madre de sus hija, la maestra de su discípula, el peso desequilibra la taza dejada en un lugar de riesgo). Sin embargo la fe no se cae, la fe se pierde. Lo curioso es que yo no la había perdido, como he dicho, la dejé a su libre albedrío y no sabe funcionar sin que la dirijan.

Lo que me dio más rabia es que, como he escrito al principio, ya lo sabía. Sabía que si no ponía la fe sobre mí y sobre lo que estaba haciendo, no iba a funcionar. No iba a funcionar solo, por inercia de días pasados, por el hecho de que como ya funcionó antes volverá a funcionar. No. Todas las máquinas dejan de funcionar algún día si no se las cuida, si no se cambian las piezas antes de que se estropeen, si no se engrasa. Todos los amores se apagan si no se los cuida, si no se atienden a los detalles y se mantiene viva la llama. Puse la fe en el maldito todo se andará y no se anduvo nada, puesto que yo no lo estaba empujando. Y creo que fue esa rabia más que otra cosa la que encendió este cerebro algo atontado que tengo y se puso a funcionar a todo gas. Llamadas, mensajes, ideas, lista de errores para no volver a cometerlos, reformulación de objetivos y un sinfín de cosas más. Y es que la fe más necesaria es en uno mismo, y me da igual que esto suene a librito de autoayuda, a panfleto o a la frase que suelta el idiota de la película, porque en ocasiones el idiota no es idiota, se hace pasar por idiota para dejar a todos los que le dejaban como idiota por idiotas.