La gran invasión

02.06.2019

Hace ya mucho tiempo que llegó a nuestras casas, a nuestras calles, a nuestros lugares de encuentro, a nuestras mentes. Fue lenta y algo modesta en los inicios y luego, por los ochenta, con razón de la época de la Guerra Fría con Ronald Reagan en la presidencia, hizo la gran entrada. Precisamente en algún momento de aquella década de las hombreras y la raya a un lado, en TV3 se hizo un reportaje muy interesante que preguntaba a una serie de adolescentes dónde les habría gustado nacer y dónde vivirían si pudieran y en caso de no haber nacido en Catalunya. Un tanto por ciento muy elevado, creo que alrededor del 75%, lo tenían claro: en los Estados Unidos.

La gran invasión norteamericana se componía, y se compone, de un concepto invasivo que no es nuevo y que, aunque va a sonar radical, tiene su base en una ideología que también se proponía invadir, aunque con fines distintos, a Europa: el nazismo. La base del nazismo no fue la fuerza militar, fue la propaganda. En aquellos momentos, la cuestión no era tanto el mensaje que se daba como el hecho de repetir el mensaje hasta tal punto en que la sociedad que lo recibía, o gran parte de ella, lo asumía como propio, lo veía como normal e incluso lo interiorizaba hasta creérselo. "Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad", dijo Göbbels, Ministro de Propaganda de los nazis. Si la invasión de Hitler se proponía un tema de poder y supremacía, la invasión norteamericana se lo propuso a nivel comercial, pero también de estilo de vida. Me viene a la memoria una conversación con un compañero de instituto, quizá estábamos en 1º o 2º de BUP en la que él decía convencido que en Estados Unidos todo el mundo era rico, y tenían coches chulos y casas increíbles. ¿Os suena? Es lo que se les dice a la población que después intenta llegar en patera o debajo de camiones a nuestras fronteras.

En las series y películas americanas de los 80 y los 90 (aunque supongo que empezó antes) las comerciales, las que llegaban a nuestras teles y nuestras carteleras de forma mucho más sencilla que las otras, los y las protagonistas iban en coches grandes, vivían en casas unifamiliares de dos plantas en barrios residenciales verdes y tranquilos, aparcaban siempre delante de la puerta, había televisores en muchas habitaciones, hacían barbacoas en los jardines. Pero la invasión comercial creo que llegó antes que la de estilo de vida, con los anuncios de Coca-Cola de niños negros en calles sin asfaltar sonriendo al beber el refresco, una marca que había ya conseguido que Papá Noel dejara de ser verde para ser rojo; luego los McDonald's, la Levis, la Nike y muchas otras marcas que se convirtieron en mastodontes. Estos anuncios ya contenían un estilo de vida, un modo de hacer basado en el triunfo individual y, sobre todo, basado en un cambio de estilo propagandístico: primero los anuncios te informaban de lo práctico de comprar, con la nueva publicidad norteamericana, te anunciaban la felicidad (gracias a su producto) y el éxito. Esta transformación del mundo publicitario lo petó con creces. ¿Para qué cojones necesita el niño africano calles asfaltadas y cloacas o ir al cole si tiene Coca-Cola? La felicidad de las familias esperando ansiosos el domingo o el día festivo que fuera para ir a comer al McDonald's. Fijaros que incluso estas dos marcas están incluidas en el corrector de Word (producto estadounidense).

Vamos a analizar los McDonald's un momento. Esta felicidad supuesta de ir a comer allí, llegas, haces cola para pagar una cantidad no tan barata como te aseguran para una hamburguesa que si abres el pan y la miras es como una suela de zapato seca y delgada y luego te sientas, comes y como mucho a los niños/as les dan un muñequito. Joder, es el timo de la estampita. Como ejemplo de esa felicidad impuesta a base de repetir mil veces que ir allí nos (o les) hace felices.

Pero la invasión comercial, como decía, fue seguida por una de mucho más terrible: la de estilo de vida, la que hacía pensar a algunas personas que ser estadounidense era un chollo cojonudo. Eso fue gracias a la ficción. En el cine comercial había dos maneras de venderte la moto: o eran ya familias y personajes de una clase media que para gran parte de Europa habría sido clase alta (lo que decía de los coches, las casas, los barrios...) o quizá eran de clase baja y el objetivo era dejar de serlo y triunfar. Se podía triunfar de forma directa en temas monetarios o quizá indirectamente con el deporte, la fama, el espectáculo, el trabajo, el sexo contrario o ser popular en el instituto. El concepto de ganadores y perdedores se extendió de forma atroz gracias o por culpa de la propaganda estadounidense que nos hacía ver que el verdadero objetivo en la vida es el triunfo personal, la consecución de tus sueños, siempre asociados a una percepción capitalista (no se puede triunfar si el éxito no va pegado con cola a ganar mucho más dinero). Claro que siempre ha existido el cine independiente que hace películas distintas que no intentan venderte eso, pero durante los 80, los 90 e incluso entrados en el s. XXI, hablamos básicamente y en un tanto por ciento escalofriante de cine norteamericano. Ir a ver una película no comercial, una película francesa, italiana, africana, sudamericana, a no ser que en su país haya sido un gran éxito, se tiene que hacer en salas pequeñas, en arte y ensayo casi, en versión original subtitulada, como algo raro, como algo alternativo. Se ha impuesto la mentira repetida mil veces de que lo americano es lo bueno.

¿Sabíais que si una sala quiere comprar un gran éxito para exhibirlo, para poder hacerlo tiene que comprar un pack y acabar proyectando películas que, de no ir en el pack, nadie conocería? Pues sí, si para ganar dinero quieres, por ejemplo, que tu sala o tus salas proyecten la última de Avengers, en otra sala tendrás que poner "Dos pirados en los juzgados" o mierda parecida, escampando el producto como una mancha o, peor, como un virus. Claro que los norteamericanos que viven debajo de la frontera con Canadá y encima de la de México (decimos Norteamérica olvidándonos de Canadá, que es enorme y precioso) también hacen muy bien algunas cosas. Las grandes producciones cinematográficas están muy bien hechas y además, en algunas ocasiones, cuentan con buenos guiones. Han aprendido que solo haciendo cine y televisión de calidad media, ya no sirve.

Otro aspecto son las banderas de barras y estrellas. Aparecen en todas partes, colgadas de casas, de edificios, en camisetas, en escudos deportivos, de fondo, en felpudos... Y no, no es porque en las calles de New York vayan todos agitando banderitas todo el día, es propaganda. Te recuerdan a lo grande o en pequeñito que esto que estás viendo es estadounidense. Spider-Man no se para en su momento de gloria sobre cualquier lugar, lo hace encima del poste que aguanta una gran bandera de su país que ondula perfectamente en la noche de New York. Aquellos planos de la pareja paseando por una calle y de repente una bandera de barras y estrellas en primer plano, quizá desenfocada, pero allí. Los nazis hacían lo mismo, sus banderas estaban hasta en la sopa de letras. Atención, no estoy llamando nazis a los estadounidenses, que quede claro. Estamos en un momento de banalización peligrosa del nazismo, llamando nazi todo aquello que es radical respecto al pensamiento opuesto y así criminalizando al que piensa distinto sin siquiera conocer realmente sus ideas. Estoy diciendo que el método de propaganda, adaptado a los nuevos tiempos, es el mismo. El momento en el que el grupo que intenta sobrevivir al apocalipsis entra en una tienda a buscar víveres y, ¡oh casualidad!, en el fondo, aunque toda la tienda está destrozada, sobrevive una bandera bien colgada de la pared. No nos engañemos: es propaganda.

Cuando otro país hace una buena serie, los estadounidenses la cogen y en lugar de comercializar aquella, hacen un remake con más presupuesto, más capacidad de difusión, actores y actrices más conocidos. Cogen la cultura de los demás y la adaptan a la suya, que tiene una potencia de llegada mucho más grande, gracias a que previa a la invasión de estilo de vida, hubo la invasión comercial.

Y el problema, quizá no sea tanto este, ya que la mayoría de nosotros y de nosotras somos conscientes de que existe este elemento de propaganda constante, y de espacio ya que lo estadounidense nos llega por doquier, sino que el problema reside en que como lo hacen con más presupuesto y aparente más calidad, lo hemos normalizado y ya "da igual" que nos bombardeen con sus banderas y su "way of life" y su "american dream".