La gran pregunta (de todos los días)

26.09.2019

Cada mañana, o casi todas las mañanas ya que no puedo asegurar con certeza que sean todas, aunque apostaría algo a que por lo mínimo son el 99,8% (datos estadísticos de alta fiabilidad), se me presenta la misma pregunta al poner un pie en la calle. La pregunta sigue siendo la misma al haber puesto ya los dos pies en la calle e incluso, algunas de estas mañanas, la pregunta aparece antes. Es una pregunta trascendental, vital, de cuya respuesta dependen multitud de factores que forman una cadena de acontecimientos y, que de no ser contestada, puede provocar caer en un ciclo infinito. Es una pregunta que a menudo tengo que hacerme parado, dedicándole toda mi atención para evitar interferencias, que supone un viaje al pasado y una visión de presente, también un recorrido mental por los caminos a recorrer en un futuro inmediato. Me gusta cuando la respuesta se me aparece como por arte de magia, algunas veces antes incluso de haber terminado de formular la pregunta, que acabo formulando igualmente ya que es así cómo funciona el pensamiento, que adquiere su estructura del lenguaje: planteas la pregunta y aunque antes de terminarla ya sepas la respuesta, la pregunta continúa hasta el signo de interrogación y entonces repites la respuesta lingüísticamente, de forma interna, pero atendiendo a las características del lenguaje. En cambio resulta molesto, desconcertante y llega a despertar cierto grado de histeria cuando la respuesta no viene, por mucho que exprimas la esponja encefálica, no hay réplica o, peor, cuando las réplicas son erróneas y eso te hace dar tumbos y más tumbos, te va poniendo nervioso, el tiempo va pasando, el repaso a lo acontecido en un pasado reciente se repite en un ir y devenir de otros errores que mezclan el ayer con el anteayer y el día anterior, debido todo a que la rutina provoca una incapacidad para distinguir los días. Pero todas las mañanas, o todas en las que me formulo esta pregunta de consecuencias cíclicas, la respuesta acaba apareciendo. Ya sea porque andando se muestra sola, ya sea porque de repente un pequeño detalle emerge de entre el gris monótono y te ilumina y zas. Por fin, ya está, tengo la respuesta, puedo seguir adelante, el mundo vuelve a ponerse en marcha, con más prisa por el retraso sufrido debido a la incapacidad de mi mente de procesar la contestación más rápido, pero ya está. Respiro tranquilo, puedo continuar. He imaginado qué sucedería si algún día no fuera capaz de responderme a mí mismo. ¿Me quedaría eternamente parado enfrente de la panadería de la esquina, o del local de comida coreana para llevar que han inaugurado hace poco y que recomiendo? ¿Me saldrían raíces en los pies, humo en la cabeza, moriría de inanición, deshidratación? No, claro que no, daría vueltas y más vueltas hasta desesperarme, acabaría acudiendo a otras personas para que me ayudaran, buscaría en lugares insospechados, deambularía. No obstante, hasta fecha de hoy la respuesta, como ya he dicho, ha aparecido siempre, por azar o por cordura. Todas las mañanas he conseguido recordar dónde aparqué el coche el día anterior.