La hora del lobo

20.06.2018

(Este relato pertenece a la serie 24x6, un relato colectivo)

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"Tres minutos", oigo tras la puerta. El espejo es un traidor. Uno de los que avisa, pero no por eso deja de ser traidor. Tengo bolsas en los ojos, enrojecidos, de no dormir. Las arrugas en la frente ya no las disimula el maquillaje. Las canas están potenciadas por la estilista. Yo solía ser un tipo guapo, ahora soy el que retuvo lo que tuvo. Bajo la cabeza, esnifo la última raya antes de volver al plató. Tengo que detener esto, sin embargo sé que ya no volvería a ser el mismo, no sería el Lobo que todos conocen, el que sale frente a las cámaras cada noche, de lunes a viernes, de 23.00 a 01.00, en el late show más visto de la historia. La cocaína ha construido el Lobo que todos ven. En mayúsculas, porque decir lobo en honor al animal sería demasiado generoso para alguien como yo. Me hundo en el pozo. Pero soy un genio. No me hundo, soy bueno, soy el mejor. "Joder, Juan. Vamos a arreglar esto, abre los ojos", suelta la maquilladora, una chica algo más joven que yo, y me pone unas gotas de un colirio especial que me blanquea lo rojo. Me mira con su habitual expresión de esto no puede ser mientras me pasa la pluma por las mejillas, la barbilla y la frente. No dice nada. Nadie me dice nada ya de lo que piensa. Soy el amo, soy el Lobo, soy el fenómeno mediático del momento. "Un minuto". El asombroso equipo de investigadores ha aprovechado sus tiempo para destapar otro escándalo de corrupción y luego poner las imágenes enviadas por la nave en la que viaja Olga, una de mis entrevistas estrella de la temporada pasada. En exclusiva, para mí, para el Lobo. Ahora es mi turno, en el momento álgido del programa, de mí programa, hacer la columna de opinión. Otros hacen monólogos graciosos, yo me meto en el barro y me ensucio de verdad, yo hago que vengan a hablar conmigo los que no hablan con nadie: presidentes, ministros, artistas, astronautas, la gente que está en la boca de todos viene aquí y se pone en la boca del lobo. Esa actitud me ha llevado dónde estoy. A la cima. Eso y la cocaína. Necesito fosas nasales de platino, como Sinatra, me duele la nariz, un picor poco soportable. Hace unos días me sangró la nariz, me había pasado, hoy no sucederá. Estoy hecho un asco, me hago viejo, mi tiempo se agota, mi cerebro se quema. La maquilladora termina. Soy el espectáculo, soy la definición del éxito. Una hora más y termina el programa, La hora del lobo que dura dos horas. Necesito dormir. Necesito huir.

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Cuando termina el programa todo toma un color distinto, la noche hasta ahora en la puerta, entra y lo cubre todo de oscuridad. Los focos duermen. Es viernes, vienen dos días de descanso en los que en realidad no descanso, primero porque no logro dormir, segundo porque todo me parece susceptible de salir en el programa siguiente: algo que veo por la calle, alguien con quien hablo, una noticia, una mirada. Sentado en el camerino no me doy cuenta del acto automático de sacar la papelina de farlopa y prepararme dos rayas, una por cada agujero. Las miro un rato, ya casi no me queda nada. Estas dos y la echo a la papelera. Me duele la nariz y algo más adentro también. Los ojos como platos, ese sabor amargo bajando por la garganta. Saco una cerveza fría de la pequeña nevera y me la tomo mientras me desnudo para ducharme. Estoy con la toalla cuando llaman a la puerta, es la chica del vestuario, una niña menuda y resultona, vivaz y divertida que emite un oh de sorpresa y se disculpa por encontrarme semidesnudo. Tranquila, le digo y sonrío, mi sonrisa seductora, mi sonrisa de yonqui que se cree un seductor. Durante años he tenido mujeres para elegir, ahora estoy en decadencia. En decadencia de todo lo posible. La chica recoge mi ropa y me acerco a ella, comenta algo sobre la necesidad de renovar los trajes y en ese momento mi mano se coloca sobre su muslo y empieza a subir hasta su culo, pequeño, prieto, por dentro de la falda corta. "¿¡Pero qué coño haces!?", suelta apartando mi mano, pero no puedo detenerme, la cojo por la nuca y fuerzo un beso en el que ella casi me muerde, la tomo por un brazo, la empujo contra la mesa del espejo y cuando estoy subiendo su falda escuchando sus "no, por favor" suplicantes, con la polla apretando la toalla, veo su cara de horror en la luna rodeada de lucecitas ,y a su lado, mi cara de enfermo, de vieja gloria, de depravado. Me separo. Le digo que lo siento, que lo siento mucho, que no sé qué me ha pasado. Ella sale llorando del camerino. La he cagado. Otra vez y van muchas últimamente. La culpa es de la droga. Me visto rápido y salgo sin ducharme. En los pasillos ya solamente quedan los encargados de recoger, bajo por las escaleras hasta el garaje y allí busco el fabuloso Bentley que me compré una tarde en la que iba pasado, más pasado que hoy, y hoy voy muy pasado. Tras de mí una voz me dice que no debería conducir. Es un tío de producción, alto y desgarbado. Me dice que quizá yo no esté en condiciones y que si quiero llama a un taxi. Un mequetrefe acabado de salir del periodo de prácticas no me habla así, yo soy el Lobo, el puto rey del espectáculo televisivo y del periodismo de investigación. Subo al coche, arranco, lo rallo en un lateral al pasar fregando la columna, por el retrovisor veo al chaval con cara pasmada y, entonces, de la puerta que lleva a los estudios, aparecen dos guardias de seguridad. Mierda, la de vestuario, de quien nunca me he molestado en aprender el nombre, me ha denunciado. Acelero, freno bruscamente al llegar a barrera, introduzco mi acreditación, oigo que gritan mi nomre: Sr. Lobo. Cómo Harvey Keitel en Pulp Fiction, solo que yo no soluciono problemas, los creo. Soy el genio del momento. Soy un monstruo. La barrera sube, piso gas y salgo a la calle, directo a la autopista. El móvil vibra en el asiento de al lado. La palabra de una niñata de vestuario contra la del hombre que lleva siete años reventando audiencias. Ella solo quería ascender, señoría, me pidió relaciones y yo me negué. Me he pasado la entrada a la autopista y ahora estoy en el polígono industrial cercano a los estudios. No conozco estas calles. Me queda para una raya más. Sin detener el vehículo, ya lo he hecho en muchas ocasiones, saco la papelina, lo tiro todo sobre la tapa de un CD viejo, casi sin mirar alineo la cocaína, saco un tubito que tengo en la guantera, agacho la cabeza para esnifar. Es la última raya que me queda, ya no compraré más, lo dejo, ahora en serio. El dolor es intenso, se me nubla la vista, la cabeza me va estallar. No veo que el Bentley se ha desviado y al instante el airbag me hace rebotar como un monigote, ha chocado contra un semáforo. Mierda. Mierda, mierda, mierda...

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No iba tan rápido. Me he cargado el Bentley. Un coche de lujo vencido por una farola en un polígono industrial. La nariz me sigue doliendo, estoy temblando y aturdido por el choque. Me he cargado el Bentley. Consigo abrir la puerta y al salir caigo como un desamparado sobre la acera fría, una de esas con baldosas de cenefas horribles. La farola se ha inclinado ligeramente, pero el morro del coche parece un acordeón. Un puto Bentley. Cuando consigo incorporarme veo que se acerca un grupo de cuatro chicos, veintipocos o diecimuchos, de fondo el kabom-kabom de música tecno saliendo de alguna discoteca. Me preguntan si estoy bien; joder tío que pedazo de coche llevas; estás bien; como has podido estamparte contra la única farola que hay encendida, colega; eh, no sabéis quién es, es el tío ese de la tele, el de las noches, me mola su programa. Sí tío, molas. Aunque últimamente vas un poco desfasado, ya me entiendes. Risas. Estás bien. Me acuerdo del móvil, doy la vuelta hasta la puerta del acompañante, me siento algo mareado, la abro, el aparato está en el suelo. Hay unas cuantas llamadas perdidas y muchos mensajes, la mayoría de Cristina, la productora del programa. Intento leer el primero, la vista se me va, es como si los ojos se desviaran hacia la izquierda cada vez que pruebo a enfocar. Tengo la boca pastosa, necesito agua. Los cuatro chicos miran el coche y luego a mí, a mí y luego el coche. La llamo. No me saluda, me pregunta si es verdad lo que cuenta la chica del vestuario y antes que tenga tiempo a responder con evasivas me dice que hoy se me ha notado mucho, que mire las redes y ya verás lo que dice todo el mundo y luego un tenemos que hablar en serio. Le digo que me he estampado con el coche y pregunta si estoy bien, que sí coño, que manía todos, y que dónde estoy. Que me quede quieto, que envía a alguien a buscarme. Vale. Cuelgo. Me pregunto qué hace despierta todavía y recuerdo con cierto aire de superioridad que trabaja para mí, que yo soy su razón de ser. Y su desdicha. Es mi eterna dualidad. Intento alejar a los chicos de mi coche. Míralo, dice uno, va tan pasado que habla como si tuviera una esponja en la boca el muy cabrón. Va súper enchufado, dice otro. Iros a la mierda, les espeto. Craso error. No estoy en el plató. Me llamo Lobo, y muerdo. Uno de los chavales se pone gallito, me increpan, me empujan, me dicen que míralo al superstar este gilipollas. Encima que nos preocupamos por él, ya dicen que es un imbécil. Aquí te quedas, farlopero. Me respaldo en el capó abollado del Bentley, me friego la nariz, estoy sangrando. Miro el móvil y conecto las redes sociales, se habla del programa, se habla de mí y se habla de la imagen que he dado, espitoso, agresivo, nervioso, pronunciando mal, todo deprisa. Me llaman Lobo Blanco por la cocaína. Tiro el móvil al suelo con furia, se rompe y enfadado le doy una patada y luego mi pie se golpea contra el bordillo de la acera de baldosas de cenefas. Maldigo, me caigo al intentar cogerme el pie herido y acabo casi llorando, casi, porque soy el Lobo y yo aúllo. Un aullido de mierda, un lobo blanco e idiota que ya no intimida a nadie. Solo tengo que esperar unos minutos, me digo y me siento en el suelo con la espalda en la farola inclinada, la única iluminada de la puta calle. Cierro los ojos, estoy muy cansado, tengo mucha sed. Pasan los minutos, los ojos como platos se niegan a cerrarse más de unos segundos y me duelen, puedo notar las venas en la retina enrojecida. ¿Por qué tardan tanto? Los estudios están aquí al lado. O quizá no, soy incapaz de orientarme. Soy grande, mi sombra lo cubre todo. No, soy una sombra solamente. La sombra de la única farola encendida. Noto que se me hincha el pie dentro del zapato negro, caro. Pero para caro el Bentley, vencido por una farola. Mi boca es una pasta de papel. Entonces, alguien que había tras de mí me ofrece una botella de plástico con agua. Bebe, dice, bebe, lo necesitas.

03:00 - 03:59

Por alguna razón o por alguna sinrazón, en lugar de quedarme bajo la farola al lado del coche, en un lugar relativamente seguro a la espera de Cristina y sus morros de enfadada, me levanto después de beber de la botella que me ha servido el desconocido. No solo un desconocido, sino además un vagabundo. Debería haber rechazado aquel cúmulo de gérmenes, pero no lo he hecho y el agua que he tragado ha sido una bendición. Al levantarme me duele todo: el pie dolorido, las piernas, la espalda, los hombros, la cabeza y, claro, la nariz. La sangre se ha secado enredada en mi elegante perilla canosa. Entre el vagabundo y yo se pasea un un cuarentón que va en minifalda y hablando solo, me mira como si viviera en otro planeta. "Aparta pirado, ¿no sabes quién soy?". El vagabundo hace un gesto con la mano y me dice que le siga, una sonrisa casi sin dientes y los que quedan son de un amarillo y un marrón nauseabundos. Elija usted entre un Bentley o un mendigo; elijo mendigo; ¿es usted imbécil? Le sigo por la calle grande con una sola farola encendida hasta que entramos en una especie de taller abandonado, quizá fue una tienda donde algunos chinos trabajaban casi esclavizados cosiendo pantalones que yo compré a precio de oro. Allí el hombre, de edad imposible de definir, se sienta en un colchón mohoso después de apartar a un perro esquelético de raza imposible de determinar, me hace un gesto de que me siente con él. Te has vuelto idiota Lobo, todo esto es peligroso. Pero te acuerdas, ¿verdad? Te acuerdas de cuando tú corrías riesgos para encontrar el reportaje, la noticia, la imagen. Ahora lo hacen otros, tú mandas desde el púlpito. Un púlpito sin más pálpito que el de la coca entrando por tus fosas nasales, yonqui de diseño. Ahora no sé si estoy pensando o lo ha dicho el hombre de harapos y barba llena de bichos. Me siento a su lado, creo que mi cerebro está descansando o muriendo y por eso actúo así, sin pensar. Me acerca una cacerola con comida, parece una sopa de mocos. "Está a punto de suceder", dice. Y antes de que pregunte el qué, señala las luces que se cuelan por las ventanas rotas provenientes de la calle y entonces todo se apaga. Oigo su risita, jijiji, y como come. En la calle se oyen algunos chirridos de neumáticos y gritos y consternación, el polígono industrial aislado cobra vida en la oscuridad más absoluta tal que el bosque las noches sin luna. Se ha apagado todo, lo sé, lo siento, lo noto. Mi vista busca al hombre o al perro, la negrura es tan total que empatizo por instantes con un ciego. Pasan quizá diez o quince minutos y entonces oigo su voz de metralla oxidada que dice que ya está, y al acto, las luces vuelven. No sabía que la cocaína provocaba alucinaciones. Como la sopa de mocos, no sabe a nada, pero me voy sintiendo mejor. Entonces el hombre bebe de una bota de vino y me la pasa. Todo el mundo, habla el hombre, asegura haber tenido miedo, pero el miedo de verdad no lo ha visto nadie aún. Todo el mundo, continúa el viejo o joven, dice que sabe lo que es el dolor, pero el dolor de verdad no lo ha sentido nadie todavía. Todo el mundo, prosigue, ha pensado en algún momento que es feliz y luego ha llorado por ser desdichado, pero no obstante nadie sabe qué es ser feliz o ser desdichado de verdad. ¿Y sabes por qué? Niego con la cabeza, a la sangre de mi barba se suman las babas de la sopa. Porqué cada miedo, cada dolor, cada felicidad y cada desdicha, son distintas, me cuenta; los de verdad serán cuando cada uno sienta el mismo miedo, el mismo dolor, la misma felicidad o la misma desdicha. Y me quedo mirándolo y él sonríe y bebe. Ahora vete, llevas mucho aquí y tienes que irte. Perro te acompañará. Te esperan en el infierno. Y hace un gesto brusco y mi cerebro parece activarse y lo del infierno junto con el movimiento de sus brazos me hace pensar que el tío va a matarme y me levanto y tumbo la sopa que me mancha los pantalones rasgados por el accidente y salgo corriendo y las farolas de la calle me iluminan como si aguardaran mi regreso y de regreso al coche, pensando que quizá Cristina ha venido y se ha largado, me pierdo por las calles anchas, sucias, mal alumbradas, llenas de rincones con sombras que se mueven y gatos que me miran y tropiezo con algo y caigo sobre un charco. Al calmarse las aguas, se refleja el cartel de un local, sus letras de neón brillan sobre el charco y leo, del revés, su nombre: Hell.

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Con más pena que trabajo, me levanto del suelo. Mi traje inglés manchado, mis zapatos italianos hechos estropajo, mi nariz ardiendo, mi alma al viento, como una bolsa de plástico arrinconada en un callejón sin salida danzando con las hojas secas de un otoño olvidado. El bar cumple todos los requisitos para ser considerado un antro, un grupo sale entre quejas y tropiezos, ha habido pelea. Quizá tengan un teléfono. Noto algo que me olfatea. A mis pies, justo en el que todavía me duele, tengo al perro raquítico del vagabundo, el perro sin nombre o el perro que se llama Perro. "Perro te acompañará", dijo el viejo no tan viejo. Y dijo algo más. Miro el cartel del bar, un neón al que le faltan letras: Hell. "Te esperan en el infierno", eso dijo el tipo. Le suelto al cánido un intento de puntapié que se pierde en el aire y me hace estar a punto de caer de nuevo, el animal se ha apartado con una agilidad sospechosa, o yo he actuado con una torpeza sospechable. "Largo", le espeto, pero Perro me mira como si fuéramos amigos. Yo antes tenía amigos. Oigo el ruido de una puerta que se abre. Por el lateral del bar, una chica joven, llena de tatuajes, ha salido y se ha encendido un cigarrillo, me mira. Igual queda algo de mi encanto artificial guardado en mis bolsillos o igual se apiada de mí, si me acerco.

- Hola, perdona...

Ella me sigue mirando, mi sexto sentido ve que tiene algo en la mano con la que no sujeta el cigarrillo, creo que es una bolsita de coca. Debe de ser de la barata. He dicho que basta, que no tomaba más, claro que si me ofrece...

- ¿Sabes quién soy? -le pregunto.

- Pues fíjate que no tengo ni puta idea de quién eres.

No estoy acostumbrado a eso, todo el mundo sabe quién soy. El lobo, al aullido de la noche, el cazador errante, el triste hombre que una vez fue alguien, el que convirtió un presente brillante en un futuro de parodia. Yo tampoco tengo ni puta idea de quién soy.

- ¿En serio? Genial.

Un segundo de silencio. Dos. Tres. Cuatro. Muchos. Me mira. Tiene los ojos de un extraño azul que vira hacia el violeta con el neón iluminando el iris. Es bonita, o quizá no, pero es diferente. Un deseo sexual me recorre el cuerpo y necesito controlarme para no tener una erección. Noto al maldito perro tras de mí.

- Me llamo Juan -digo, intentando romper el hielo que viaja conmigo.

Ella tarda otros segundos en responder. Lo que lleva en la mano se mueve inquieto, me llama. Mi tesoro. Estoy enfermo. Una mosca nos sobrevuela.

- Soy Alma y trabajo aquí, en el Hell que por cierto, tú pareces salido del de verdad.

Se ríe. Una chica llamada Alma en un bar llamado Hell, pienso y el simbolismo es demasiado como para comentarlo y resultar original.

- Estoy teniendo una mala noche, voy hecho trizas. ¿De verdad no sabes quién soy?

- Sí, estás hecho una mierda, Juan. Pero tienes pinta de que no sabes decir que no a algo bueno. ¿Me equivoco?

Omite mi segundo intento de hacerle ver que soy importante. Su comentario me deja un poco atónito. Imagino que ese decir que no a algo bueno se refiere a la droga, o a su cuerpo. Ambas opciones son cojonudas ahora. Veo su posado, descarto que me esté ofreciendo su cuerpo, habla de la coca. Sí sé decir que no, sí sé decir que no, sí sé decir que no, sí sé decir que no. No, no sé. Soy un mierda, un débil, un idiota y mis ojos se desvían de nuevo a su mano delgada y a lo que sostiene, un tatuaje baja desde el antebrazo hasta el reverso de la mano, seguro que no es coca de la buena, mitad yeso picado. Mi tessssoro. Soy el Gollum de la dama blanca.

- Ya que llevas un rato mirándome la mano ¿Quieres un tiro?

- Uno pequeño, porque me lo ofreces tú.

Y no miento, me atrae casi más la idea de compartir algo con esta chica extraña que el tiro que me ofrece. Vuelven a volar fantasías que disperso como al perro que me seguía y que ahora me mira desde cierta distancia, ladeando la cabeza como si esperara participar de ello. La chica prepara las rayas con habilidad sobre la repisa de la ventana tapiada que hay a su lado y que previamente, buen detalle, ha limpiado un poco con un pañuelo de papel que se ha sacado del bolsillo. Hay dos líneas de polvo blanco, una de tamaño aceptable y la otra que resulta pequeña a su lado. El mago y el hobbit, mi tessssoro. Me estoy volviendo loco. Hace un gesto para que yo vaya primero, me da a elegir. Dudo, pero en un acto que ahora me parece el adecuado, pero no el propio de en quién me he convertido, el Lobo Blanco, esnifo la más pequeña. Los granitos golpean contra las fosas nasales y lo que antes ardía ahora es infierno. Hell. Alma. No está mal. Ni ella ni el producto. Es buena, no es barata. Me da las gracias por haberle dejado la raya grande, cuando acaba, echa la cabeza hacia atrás y el neón ilumina su cuerpo, algunos de los tatuajes que se ven en espalda, hombros y brazos, los que se intuyen saliendo de la parte del vestido que cubre sus senos y su cintura, se iluminan, cobran vida propia. De repente me acuerdo de Cristina, ella tiene un tatuaje en el muslo izquierdo.

- Necesito hacer una llamada.

- Dentro tenemos un teléfono -dice, resuelta-, no sé si funciona, si no es así te dejaré mi móvil, entra conmigo.

No entiendo porque confía en mí, no soy de fiar. No soy un lobo, soy un perro callejero. Soy Perro. La sigo. Al abrir la puerta sale una ola de calor y de olor a gente perdida, olor que hoy se adecua mucho a mi estado. Alma se me acerca mucho, ella huele a infinito, pasa su mano por mí brazo y me señala un rincón en el que hay un teléfono fijo, colgando de la pared. Ella se mete en la barra después de sonreírme y yo me abro paso entre tipos enormes y tipos enclenques, entre sobacos sudados y trajes baratos, uno me pisa el pie dolorido y me grita que mire por dónde voy, me ha reconocido, me sigue con la vista, le dice algo al tipo de al lado. Llego hasta el aparato, lo descuelgo para comprobar que tiene línea, es el teléfono del bar, funciona sin monedas. Marco el número de Cristina. Un timbre, dos timbres, descuelga. Me pregunta que dónde estoy, nerviosa su voz sale chillona y habla rápido. Dice algo de descontrol, de calma, de vamos a arreglar esto y de que no vuelva a dejarla plantada, que estaba ya pensando lo peor. Un reloj que imita a los de Dalí señala las cuatro y media de la madrugada. "No puede ser", pienso, antes yo podía gobernar el tiempo. Unos cuantos de los clientes me miran y señalan, apenas hay mujeres o no se las ve, es un bar de hombres y de Alma. "Estoy en el infierno", le digo a Cristina mientras paso mi mano por la nariz dolorida, gotea sangre, me hierven los ojos. "Estoy en el infierno, tal como el viejo dijo, y no sé salir". Oigo que dice algo más, pero mi cerebro se ha ido, lo veo todo blanco, como la dama, como el lobo, las piernas flaquean y caigo al suelo.

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He tenido un sueño curiosamente claro, casi como un guion ejecutado a la perfección. He soñado que el mundo se había acabado, que había un apocalipsis y todo se volvía una distopía cojonunda, de esas que he imaginado muchas veces y de las que he hablado en mis monólogos de La hora del lobo. He soñado que follaba con Alma en un sofá asqueroso de su bar, su cuerpo lleno de tatuajes que explican historias de su vida y de su muerte, o de la mía, o de almas errantes. Me ha despertado mi sexo duro contra el pantalón. No sé dónde estoy. Todo sigue oscuro a pesar de que en algún horizonte empieza a dibujarse la línea de la mañana. Siento el cuerpo dolorido, los ojos pesados, la nariz sigue ardiendo, restos de sangre en mi bigote. Al incorporarme noto punzadas en los costados, tal que durante mi estado de inconsciencia alguien se hubiera entretenido pateándome. Oigo un ladrido suave. A un metro tengo a Perro, mirándome, sentado sobre sus patas traseras, menea su cola y me pregunto de qué cojones estará contento. Necesito agua. No volveré a consumir drogas nunca más, pediré disculpas a la audiencia el lunes y cerraré el programa. Iré a rehabilitación. Me enamoraré de una niña pija mona con un padre de derechas. Viviré en una casita con jardín y tendré niños que irán con uniforme al colegio que segregue por sexos. Romperé todos mis principios, que me han traicionado, o los liberaré de mi siguiente traición. La luz de la farola más cercana parpadea unos instantes, Perro ladra y sé entonces que va a pasar algo. Algo gordo, mi sueño ha sido premonitorio, un sueño empañado por la cocaína y la taquicardia. He visto el futuro, y estamos todos muertos. Me levanto y el animal se pone a caminar, como si hubiera estado esperando pacientemente el momento. Le sigo. Cristina y su llamada, nadie me ha recogido del suelo del Hell o, si lo han hecho, ha sido para tirarme en un callejón. Sigo a Perro por calles de una ciudad indeterminada, sé que es la mía, pero parece nueva. El can se detiene ante una fuente. Puto Perro. Bebo hasta que el estómago me duele. Entonces Perro se pone a ladrar insistente, no sé qué le pasa. Intento alejarlo con la mano, pasa de mí y sigue con su hablar incomprensible y cuando me dispongo a tirarle agua para echarle, veo que en el charco que se ha formado alrededor de la cloaca debajo de fuente, por donde el agua debería colarse, pero está obstruida por suciedad, en el charco hay el reflejo de las estrellas. Los hilos de algo roto, en el agua, parecen unir las estrellas y el dibujo que forman es extraño y curioso que me hace reír. Perro ha dejado de ladrar y mira al cielo. Alzo la cabeza y allí está, una constelación de estrellas que yo no había visto nunca, y eso que durante mi juventud escolta las aprendí casi todas, una constelación que está formada por estrellas que no estaban aquí en noches anteriores, muchas, una constelación compleja y basta. Y en un ataque de intuición, busco entre mis bolsillos y encuentro la pequeña libreta que llevo siempre encima y el medio bolígrafo que va enganchado a ella, dibujo la constelación, uno los puntos, muchos, los más brillantes con los más brillantes, los menos con los menos. ¿Qué coño haces, Lobo?, date cuenta de la tontería, pero no puedo parar. Tardo mucho rato. Perro ladra, yo diría que sonríe, cuando he terminado. Y se va. Miro el dibujo y ahí está, como el reflejo en el charco, como en la imagen que ha formado mi imaginación cada vez más viciada y perjudicada, la constelación es un planeta, una Tierra donde la tierra es agua y el agua es tierra.

06:00 - 06:59

La pregunta es qué hago ahora yo con esto, con un mundo inverso reflejado en un charco al que he llegado guiado por el perro de un vagabundo, llamado Perro (el animal, no el vagabundo), después de pasar por un bar llamado Hell donde he tenido fantasías sexuales con una camarera llena de tatuajes llamada Alma, que me ha invitado a una raya que me ha hecho perder el conocimiento, justo después de cruzarme con un tipo en minifalda en un polígono industrial, en el que he chocado con mi Bentley (¡mi Bentley!) contra la única farola encendida, antes del apagón pronosticado al segundo por el vagabundo; poco más tarde de intentar violar a la chica del vestuario al terminar mi programa. Mi programa. Mi Bentley. Mi nariz ha dejado de sangrar. El Sol ha vuelto, menos mal, todo apuntaba a que hoy no salía, las calles tienen el toque mortecino de la mañana recién levantada, aún legañosa y que parece pedir cinco minutos más. Todo tiene el color de una distopia, del fin del mundo después de un apocalipsis termonuclear. Eso, piensa en verde. En el cielo ya no está la constelación extraña. No sé cuánto tiempo llevo plantado aquí. No será el fin del mundo, pero si el fin de mi mundo, de manera que es como el fin del mundo ya que yo no estaré y por lo tanto el mundo, para mí, se habrá acabado. Tengo una intuición. Nada puede estar ocurriendo por casualidad, eso le quitaría el sentido a una noche como esta y entonces igual decido yo acabar con mi mundo. ¿Por qué Cristina no me busca? Y si me busca, ¿por qué no me encuentra? Necesito que me encuentren. Sigo teniendo la intuición, no se ha ido la muy puta. Me molestan las intuiciones. Mi cabeza es un sonajero infernal, la luz me daña los ojos. No puedo quedarme aquí o empezarán a tirarme monedas como las estatuas humanas: mira, uno que hace de presentador de televisión cocainómano a punto de morir aplastado por su ego de mierda. No soy una mierda, soy el Lobo. El Lobo de Mierda. De Mierda hasta el Cuello. Basta. Camino o deambulo por el callejón hasta la esquina. La gente sigue viviendo como si yo no me estuviera desvaneciendo, porque me desvanezco, desapareceré y dejarán de buscarme, no se acordarán de mí, no van a quererme ni el infierno ni el limbo. Un bar está abierto, uno de esos en que las personas van a desayunar, hay currantes en la barra y otros ocupan mesas, huele a delicioso café y a croissant. Salivo. Como Perro. Ahora le echo de menos. Entro y voy directamente al lavabo. El espejo no me escupe porque no puede, mi imagen dista de la imagen que tengo de mí, un golpe de realidad, un puñetazo de decadencia. Me lavo la cara a conciencia, me peino un poco, me arreglo el traje que no tiene arreglo, meo y me duele al mear. Solo me faltaba esto. Llevo tiempo sin beber agua. No llevo dinero para pagar el café. Lo he dejado en el coche, que a estas horas ya estará desballestado. Mi Bentley. Mi programa. Mi vida. El hombre tras la barra me mira, "Eh, yo a ti te conozco". "Soy Juan Lobo". "¿El del programa? Todo el mundo habla de ti, menudo espectáculo montaste ayer, chaval". "Necesito un café, pero no llevo dinero, puedo darle mis datos y...". "No te preocupes, invita la casa, vas hecho un asco y necesitas recomponerte". Como si adivinara mis pensamientos, el tipo me trae un café solo y una botella pequeña de agua que bebo como si no supiera respirar. Todavía queda gente buena a la que no merezco. Le pregunto si tiene un teléfono para pedir que vengan a recogerme, señala justo debajo de una televisión que emite las primeras noticias del día. Y allí, en la pantalla plana, aparece el inicio de un informativo con las imágenes de un satélite y de la tierra y todos los clientes, incluso el barman, giran la vista. Me quedo a medio camino mirando al presentador que no sabe si sonreír o echar a correr:

- Buenos días, empezamos la emisión con una noticia de última hora, considerada de vital importancia y que podría ser el hecho más trascendental del siglo, incluso de la historia. Hace escasos minutos, la NASA acaba de confirmar la existencia de vida extraterrestre inteligente. La observación a través del programa SETI ha permitido detectar la presencia de una civilización en el planeta Kepler-442b, que hasta ahora se encontraba en el cuarto lugar de los exoplanetas habitables. El parecido de este planeta con la Tierra, afirma la NASA, ha resultado ser mucho mayor del estimado y los últimos datos, como decíamos, confirman la existencia de vida inteligente. La NASA irá detallando esta información a lo largo del día.

Ya no recuerdo que quiero hacer una llamada.

07:00 - 07:59

La mañana se levanta con discusiones y especulaciones de los clientes del bar. Las teorías sobre la vida inteligente se han confirmado, recuerdo a Mulder y Scully y al fumador. Por unos momentos han dejado de dolerme la nariz y el alma. Necesito llamar. Cojo el aparato, marco el número de Cristina y cuando responde le escupo mil ideas que tengo sobre el siguiente programa: que si entrevistar científicos, que si ir a la NASA para que nos expliquen más detalles, un bombazo, volver a la cresta de la ola, esta vez sin coca, sin nada, limpios como en los primeros programas. Un silencio. La productora de la Hora del Lobo respira profundamente y me pregunta dónde estoy y luego que, por favor, esta vez no me mueva. Pero estoy espitoso, bueno, estoy colocado, sin embargo ha vuelto a invadirme aquella hambre por reventar audiencias en base a programas cojonudos, vuelvo a ser el Lobo. Necesito una ducha y ponerme a trabajar. Entonces otro silencio. Al otro lado del hilo Cristina me dice con voz rota que no habrá más horas del lobo, que han suspendido el programa de forma indefinida. La algarabía del local donde se me enfría el café ya no se oye. Yo no soy nada sin mi late-show. A primera hora de esta mañana, dice Cristina, la chica de vestuario ha interpuesto la denuncia y no sabe cómo, seguramente ha sido la chica misma, se ha filtrado. Resulta gracioso, dice ella, que haya saltado esta noticia de los extraterrestres apenas hace una hora porque ha eclipsado el escándalo. Me pregunto por qué hay tanta gente levantada un sábado por la mañana. No habrá más Hora del Lobo. Soy un lobo, pero he resucitado demasiado tarde. Cuelgo. Tengo que hacer algo, pero la cabeza me recuerda mi estado, ya no estoy sereno como cuando he visualizado las cámaras y los guiones de nuevo, todo el malestar regresa. Estoy acabado y soy incapaz de saber qué hacer, por primera vez en muchos años las ideas no acuden a mí. El lobo blanco y muerto. La gente del bar se arremolina cerca de las ventanas, en la calle se oye un ruido acompasado, un cántico acompañado de pequeños tambores y algún otro instrumento extraño. Me bebo el café frío de un trago, pocas cosas me dejan peor sabor de boca que el café caliente ya no caliente. Salgo fuera y sin problemas robo un cigarrillo de un paquete que hay en una de las mesas en la calle, su propietario está boquiabierto observando lo que sucede. Un grupo de unas cuarenta o cincuenta personas caminan por el medio de la vía pública vestidos con túnicas granates que les tapan la cabeza y ensombrecen el rostro, más que cantar murmuran algo, avanzan en una especie de baile siniestro, se oye el picar de sus botas militares contra el suelo. Dan miedo. Colgando del cuello llevan todos unos collares con un sol grande como colgante. Les siguen personas sin túnica, curiosas o admiradoras o que se burlan de ellos. Nuevo Sol, había oído hablar de ellos e incluso su líder, un tipo gordo de piel morena que se hace llamar Haz de Luz, pidió que le entrevistáramos y yo me negué y nadie puso pegas. Avanzan con parsimonia. De entre ellos, una figura se detiene delante de mí y gira su cabeza para mirarme. Entre la sombra de la capucha diviso unos ojos verdes tan profundos que tengo la sensación de empezar a caer en un pozo, y sonríe y es la sonrisa más cálida y a la vez más fría que nadie me ha dirigido nunca. Es una chica joven, de rasgos hermosamente crueles o cruelmente hermosos. Yo diría que nadie más la oye cuando, a tres o cuatro metros de donde estoy, mirándome sin parpadear, alarga una mano delgada y fina y me dice: Ya ha llegado la hora hermano Lobo, ven conmigo, es hora de partir. Y yo, precipitándome en el vacío de sus ojos, me dejo llevar.

08:00 - 08:59

Es casi como si no me diera cuenta de qué estoy haciendo. La mano de la chica no me suelta, su tacto es un vértigo emocional, una nueva adicción, que tengo pocas. Hemos caminado por las calles de la ciudad y de vez en cuando, he podido ver cómo algunos de los seguidores con túnica granate se desviaban del grupo, como guiados hacia una misión individual. Hemos llegado hasta una nave industrial, en el mismo polígono en el que he estrellado mi Bentley hace unas horas o unos milenios. Hay mucha gente. ¿De dónde salen? Cuando empiezo a darme cuenta de que no debería a estar aquí, ella sujeta mi mano más firmemente, yo giro la vista y encuentro sus ojos, y entonces estar aquí me parece lo más adecuado. Soy un Lobo Manso. La nave es gigantesca y está a rebosar de gente, algunos vestidos con el uniforme del grupo, otros como yo, de paisano: monos de trabajo, mujeres con elegantes traje chaqueta, otros de sport, oficinistas, policías, bomberos, bibliotecarios, pensionistas, adolescentes y niños cogidos de las manos por sus padres, profesores, científicos. Hay de todo y se puede elegir. Poco a poco, a medida que la cola que nos seguía va entrando en el local como una serpiente que se dejara devorar por un monstruo todavía mayor, se van llenando también los laterales de pisos superiores, igual que en aquellas escenas de películas apocalípticas o de luchas ilegales. Siento miedo y a la vez una excitación creciente. Ya no me duele la nariz, mi cabeza se está despejando. Cuento que debemos ser unas tres mil personas o más. Se cierran las puertas y quedamos a oscuras, se oyen algunos gritos de miedo y luego voces que susurran, tranquilizando. El techo se abre por una escotilla que deja entrar un haz de luz perfecto, el Sol, el astro Rey, parece acotado por unas líneas verticales, juegos de sombras van cubriendo las cabezas de los asistentes, todos en silencio. Un hombre robusto, muy alto, con una calva prominente y pequeñas gafas metálicas ha subido a un altar situado en el centro exacto. Su túnica es de un amarillo pálido y el colgante con un Sol en su caso es más grande. "Ínclinate", me dice la chica, que no me ha soltado. Y yo, yo, el Lobo, el líder de las manadas, el único animal indomable, el más temido de los depredadores, me inclino ante ese hombre al que la luz parece acariciar y le engrandece. Dice algo en un idioma que no entiendo, que ni siquiera me es familiar. Miro a la chica buscando respuestas, ella sonríe, su boca es una invitación a perderse en un beso infinito y me dice que el Haz de Luz está hablando en la lengua universal. Ella se levanta, yo me levanto, ella da un par de pasos atrás, yo doy dos pasos atrás. La gente empieza a moverse, de una forma lenta y cuidada, dirigidos por los miembros del grupo que visten sus túnicas. Otros se abren paso entre la multitud y miran los rostros de los nuevos acólitos y seguidores, a algunos les ponen algo en la frente o les tocan el pecho. Vuelvo a tener miedo, noto la mano suave acariciando mi mano áspera, me calmo. Ante mí se presenta un hombre mayor, alto y delgado, y como hacían con algunos de los otros, me observa, me pone una mano en el pecho y al hacerlo noto que me mira con más decisión, la chica separa su mano de la mía, el pánico se apodera de mí, un lobo cobarde que la manada expulsaría sin pensarlo; entonces otro le trae al alto y delgado un cuenco con un polvo blanco. La voz de la chica me pide que cierre los ojos. Los cierro. Soplan el polvo en mi frente y al acto, el hombre suelta unas palabras casi gritando y noto calor en todo mi cuerpo. "Lo sabía", dice la chica a mi lado. Me toma la mano de nuevo y entre unos cánticos y unos gestos serios y cadenciosos, me conduce junto a otros que también tienen polvo blanco en la frente. En otra ocasión, intentaría esnifarlo, ahora no. Cada uno de los que nos situamos en un espiral curioso alrededor de ese al que llaman Haz de Luz, tiene un número en la frente, un número que nadie ha dibujado y que ha aparecido al soplarnos el polvo. La secuencia de los números es 6180339887 y continúa. El hombre en el altar tiene un 1 en la frente. Y acude a mí, fugaz y claramente, lo que me explico un entrevistado del programa cuando empezábamos: 1,6180339887 es el inicio del número áureo, el número de oro, la razón extrema y media, el número que une todas las cosas de la naturaleza. Ahora sí estoy acojonado.

09:00 - 09:59

El tipo grande del altar, después de unos segundos en que algo ha desviado su mirada, habla ahora a la multitud en su lengua extraña, una voz grave, serena, poderosa, envolvente.

- 1,6180339887 es el inicio del número áureo, el número de oro, la razón extrema y media, el número que une todas las cosas de la naturaleza.

A mí lado, la chica me traduce sus palabras en su voz dulce, suave, fuerte y protectora. El tipo continúa, diciendo que no solamente en la tierra, sino en el universo, la Galaxia es una expresión del número áureo, la disposición del universo, la distancia con Kepler 442B. Ahí está, ahora dirá que para viajar hasta el planeta tenemos que beber algo y entonces todos la palmamos y salimos en las noticias y yo, muerto, no podré contarlo a nadie. Y yo, sin programa, no podré contarlo a nadie aunque sea el único superviviente. Me han quitado a mi lobezno. No, no me lo han quitado, yo le he matado a base de cocaína y ego. Una combinación mortal. Lo tenía, era mío, todo. El LOBO, el grande, la influencia, el modelo a seguir, el amo de la noche y de la información, el líder de la manada llamada mundo. ¿Qué me pasó? ¿En qué momento perdí el timón que tan agarrado tenía? Las risas, las celebraciones, las felicitaciones, el aumento vertiginoso de audiencia y de prestigio. Adoraba todo eso, adoro todo eso. ¿Cuándo fue que el lobo se conformó con ser un perro y se domesticó? Suelto la mano de la chica, que intenta recuperarla, pero no la dejo. No, yo soy el Lobo, no soy un perro, no le traigo las pantuflas al amo ni huelo el culo de nadie. Me separo de la fila con cierta brusquedad, hacia atrás, los ojos hipnóticos de la chica me buscan. En mi pantalón, mi móvil vibra. Un momento. Un momento. Rompí el móvil cuando lo estampé contra el suelo poco después del accidente, no tengo móvil. Algunos me miran, otros siguen atónitos ante la voz del Haz de Luz. A ti te siguen miles, a mí millones, panoli, pienso. Me giro para largarme, veo una ventana abierta en el muro occidental, a unos metros de mí y camino deprisa, ella no me sigue. Me froto la frente, el polvo blanco con el que me han rociado hace un rato se queda en mi mano sucia. Una raya pequeña, solamente una, la última. No. Dos tipos con túnica granate se desvían de los demás y me buscan, me siguen mientras me abro paso entre la gente. Soy el lobo y ellos los labradores. Unas cajas contra la pared me servirán para llegar a la ventana, saldré corriendo, llamaré a Cristina, le diré lo que pasa y esto se llenará de cámaras y volveré a ser yo. Me afeitarán y peinarán y ante las cámaras, como empecé, en la calle, contaré que he estado dentro. El lobo vuelve, el de verdad. Empiezo a correr para coger impulso, el discurso del tipo grande se detiene, los dos tipos corren tras de mí. Un salto y ya está, un salto y ya está, un salto y ya. No llego, mi pie se tuerce sobre la caja y no tengo fuerza para impulsarme más que unos centímetros, me agarro al marco de la ventana, esto no tenía que haber salido así, el héroe siempre se escapa. Intento hacer fuerza con los brazos para subir, debería haber hecho más flexiones, no puedo. Me caigo, me golpeo la cabeza y antes de perder el conocimiento, me parece haber reconocido que fuera, en el exterior, había muchísima más gente, decenas de miles, mirando, y la televisión ya estaba allí y nadie, nadie, sabe que yo estoy aquí y si lo saben, nadie vendrá a rescatarme. Quizá la chica que ahora entra, a la que todos dejan pasar, la del libro en la mano. Pero no, soy el Lobo herido y nadie vendrá a rescatarme.

10:00 - 10:59

Cuando recobro el conocimiento, si es que he llegado a perderlo pues creo que solo se ha tomado un descanso, estoy entre los dos gorilas que me sujetan por las axilas. Intento enfocar mis ojos cansados a la multitud oscurecida, con tintes de luz clara que proviene del techo abierto. Entre la gente, una cara me suena. Una cara que me mira con desprecio y odio, que parece que se abalanzará sobre mí y me quitará las entrañas con los dientes. No caigo, no la reconozco, no focalizo mis pensamientos desasociados entre rayas de coca y un dualismo que roza la esquizofrenia. Se comporta como si tuviera una turba siguiéndola y sujeta un libro en sus manos tal que de un tesoro se tratara. Mi tesoro. Durante un instante que delante de ella, los que le van dando codazos a los que no presta atención, la gente se aparta y la luz la ilumina, puedo leer el título escrito en grandes letras: Espacio 342. Mierda. Ya sé quién es. Es Gabriela Quirós. Hundí la carrera de su padre al entrevistarlo en La hora del Lobo y el tipo cayó en las drogas y el alcohol y más cosas. El muy topo incluso salía conmigo y los míos y se vanagloriaba de ser mi amigo. Pobre nadie. Fue mi peor momento, cuando el Lobo empezaba a perder el control, cuando importaba más triunfar que informar. ¿Qué habrá sido de ese cazatesoros? Ni siquiera recuerdo por qué le entrevisté, en cambio sí recuerdo que fue una entrevista impuesta desde producción. Una mano fría sujeta mi barbilla y hace que levante la mirada, vuelve a ser la de la túnica, qué manía tiene conmigo. "Ven", me dice. Los dos guardianes o lo que sean me empujan hacia ella, que me conduce entre la multitud que escucha un discurso en un lenguaje incomprensible como si lo entendieran, hasta una puerta al final de la nave industrial, flanqueada por otros con túnica granate. Estos se apartan, la chica abre y entramos en una sala relativamente grande, con unas mesas, unas sillas, ordenadores, algún televisor, muchos cables, luces. En uno de los televisores, veo el exterior de la nave, lleno de gente que quiere entrar, algunos cantan, otros suplican o lloran. La policía ha puesto cordones de seguridad, hay helicópteros sobrevolándonos, somos el centro de atención. "Contempla", dice la chica. Al mirarla veo que su piel es tan tersa que no sé si lamerla o acariciarla o tenerle miedo, parece de mentira, una muñeca. Dirijo la vista hasta el aparato y ella sube el volumen. Han aparecido facciones de Nuevo Sol por todo el mundo, hay carteles y garabatos con el número áureo, con soles dibujados, con el nombre de la secta o con dibujos del Haz de Luz por toda la ciudad y por otras. Es una locura. Y yo aquí, anhelando decirle al universo que estoy aquí, viviéndolo desde dentro, anhelando pedirle a la chica un tiro de farlopa. No, ya no soy ese Lobo, ahora soy un Lobo renovado. O un lobo sectario. "Es imparable", dice ella, esa voz tan de besarla o de querer arrancársela. Cierra la tele. Quiero hablar con Cristina para decirle que estoy aquí, quiero mi programa, quiero mi éxito, quiero amor. ¿Qué? ¿Amor, quién cojones ha pensado eso? Ella abre otra puerta blanca que nos lleva por un nuevo pasadizo hasta un montacargas. Ahora podría escapar, sin embargo haber visto la algarabía por la pantalla me ha aturdido, todo el mundo se ha vuelto loco, adorando a una secta que hace escasamente tres o cuatro horas no existía. Unos que prometen llevarnos a Kepler442b. Y la hija del cazatesoros. Y la camarera llena de tatuajes. Y el perro. Y el tío en minifalda (¿por qué me acuerdo de él?). Subimos hasta una planta superior, andamos por suelos de metal hasta una serie de despachos y en uno de ellos me hace entrar. Hay dos butacas, una mesilla de té, una ventana demasiado alta para ver nada. Me deja solo dentro. Me siento apresado, tengo ganas de mear.

- Hola -dice una voz que me resulta extrañamente familiar.

En una de las butacas, donde hace un segundo no había nadie, hay alguien. Al verlo me mareo, se me revuelve el estómago, el miedo se apodera de mí como si fuera una ola gigante, quiero vomitar, creo que me meo encima. Sentado, con un buen vestido, peinado, limpio, sonriendo, mirándome, estoy yo mismo.

11:00 - 11:59

Es evidente que soy yo quien se sienta en la butaca, una de las dos, de la habitación. Fuera se oye la algarabía de la multitud extasiada. O trastornada, qué más da. Sin embargo hay algo raro en este yo, puedo ver a través de él según el ángulo en que me sitúo, tal que la luz sobre él permitiera trasparencias y opacidades. Sonríe, va limpio, se le ve seguro de sí mismo, contrariamente a mí, que soy ahora un manojo de nervios, un ser en descomposición debilitado y enfermizo. Con cierta soberbia me observa mientras yo le observo, rodeando la butaca. Tengo la sensación de estar mirando a la aspiración de un yo mismo.

- Exacto -dice el personaje sin abandonar esa pose de condescendencia-. Soy lo que quieres ser, soy la resolución de tu dualidad, la victoria sobre ti mismo.

Esta especie de doble mío, saca de su bolsillo una papelina, la despliega. Aparece una mesita de café delante de él, hace un par de rayas de cocaína y luego caracolea un billete haciendo un tubo perfecto. Me lo ofrece. No quiero, me digo, o no quiero querer y quiero. Supongo que lo extraño de la situación hace que no me abalance poseído hacía la línea de polvo blanco perfecta que, paralela a la otra, forma una imagen preciosa sobre el cristal de la mesita aparecida de la nada.

- ¿Cuánto tiempo hace que no tomas una? Seis o siete horas y eso sin haberte ido a dormir. Está siendo una noche extraña e intensa, te irá bien, un tirito, el último.

Me acerco, tomo el billete enroscado, me siento en la butaca libre, situada en un ángulo de poco menos de noventa grados de mi otro yo. Abajo alguien grita, parece que haya una pelea. En la posición desde la que le miro ahora, este ser parece de mentira, esos seres imaginados que no acaban de estar completos porque son solamente mentales.

- Te habrías follado a Alma, ¿verdad? La camarera del bar. Y acabas de encontrarte a Gabriela que, a pesar de tú capacidad para hundir a su padre y afectarla a ella de rebote, sigue en pie. Algo loca, sí, pero en pie. A ella también te la follarías. Pero has dudado, como ahora dudas de si tomarte esta raya o no. Yo soy producto de tu dualidad, desde que ha acabado el programa te debates entre lo que eres, lo que aspiras a ser y lo que crees haber sido. ¿Eres el Lobo Juan o Juan Lobo? Estaría de puta madre ser las dos cosas.

Una vez, cuando todo empezaba y La hora del Lobo era un programa pequeño, entrevisté a un experto en mitología y ciencias ocultas. Habló de fantasmas y de espectros, de lo que vive oculto entre nosotros y mencionó algo, no recuerdo su nombre, equivalente a una especie de doble, de gemelo desasociado. "El que ve a su gemelo, es que va a morir", escribió Strindberg. Pero Strindberg sufría esquizofrenia. Yo estoy hablando conmigo mismo, quizá he desarrollado esquizofrenia también, dicen que las drogas despiertan al gen aletargado de este enfermedad mental incurable, de tantos nombres como enfermos hay. Sí, también entrevisté a un prestigioso psiquiatra. Si mi programa era bueno, joder, y yo lo creé y yo lo destruí. Cómo un Dios, como un Dios de mierda.

- La palabra que estás buscando es doppelgänger -dice mi doble inmaterial.

Y es inmaterial, por eso ahora ya no tengo un billete entre los dedos, ni hay dos líneas blancas sobre la mesa, porque tampoco hay mesa. Voy a morir, pienso. Mi corazón ya no puede más, mi cerebro está cansado o hastiado o ambas cosas. Durante muchos minutos nos quedamos mirando, él no ha desaparecido. Lee mi pensamiento, puesto que soy yo o sea que sabe lo que pienso. Sabe que voy a morir porque yo sé que voy a morir. De repente se levanta, se queda a unos centímetros de mí tal que puedo ver su trasparencia y la pared del fondo a través de sus ojos. Tengo miedo de mí mismo, me asusto, soy un monstruo.

- No eres un monstruo, eres un Lobo. ¿O es que ya no te acuerdas? Y no, tampoco vas a morir, al menos de momento. Eso sería una buena justificación, ¿verdad? "Juan Lobo encontrado muerto en la sede de Nuevo Sol". Ya no tendrías que resolver nada, un nombre más para los libros de los mitómanos. Y sí, te tienes miedo a ti mismo, porque eres capaz de lo mejor y de lo peor, eres tu parte clara y tu parte oscura, eres creación y destrucción, recuerdo y olvido. Y ahora tienes que decidir, tienes que decidir quién coño eres, o el Lobo que dirige la manada o el que muere de inanición, débil e incapaz. No me iré hasta que te decidas.

Abajo, el Haz de Luz grita algo que no entiendo. Fuera, el mundo que ya no es EL mundo sino UN mundo más con el descubrimiento de vida alienígena se revoluciona en un espiral de respuestas imposibles. Y yo, yo, me meo encima sentado en una butaca frente a otro yo mejor.

12:00 - 12:59

La chica que me ha guiado hasta aquí vuelve entrar en la habitación y justo verla, siento un dolor intenso en el pie, en el pie con el que golpeé la rueda del coche como un chiquillo enfadado con una pelota. Es un dolor extraño, no es ni muy intenso ni muy concreto, es un dolor fantasmal, quizá se sienta así quién tiene un miembro amputado, pero yo no tengo ninguno. Yo tengo el alma amputada. La chica me mira y luego vuelve a salir, pero por otra puerta que no había detectado, escondida en el muro. No quiero seguirla. Sí, sí quiero seguirla. Miro al sofá por última vez, para despedirme de mi gemelo doble que vaticina mi muerte esquizofrénica, pero ya no estoy allí; en su lugar está el perro del vagabundo. Perro me mira y tuerce la cabeza. Me levanto inmediatamente y en ese instante sí aparece un dolor intenso y concreto, tanto que estoy a punto de caerme al no poder sostenerme. La puerta encubierta ha quedado abierta. Quizá ahora podría escapar, salir de aquí corriendo, volver al exterior, explicar lo que he visto, volver a ser el Lobo voraz, listo, líder, temido y admirado. Pero no, yo no quiero escapar, yo no estoy aquí por accidente. Todo me ha llevado aquí y tengo gravado en la frente un número que forma parte de algo más grande. Me asusto, siento un escalofrío. Cojeando, me dirijo la puerta por donde ella se ha ido. Perro ladra. ¿Qué significa un ladrido, que tengo que cruzar o que no tengo que cruzar? Vuelve a ladrar. Es un sí. Cruzo. Entro en una habitación completamente a oscuras y la puerta se cierra tras de mí. En unos instantes, diferentes luces se van encendiendo, focos de proyectores que apuntan a las cuatro paredes desde las cuatro paredes opuestas, y los muros se llenan de estrellas y de constelaciones y de galaxias y todo parece palpable y siento que estoy flotando en el universo y deja de dolerme el pie y creo que me he tomado o que me han dado un alucinógeno porque todo es un truco visual tan perfecto que lo único que puedo o que sé hacer es abrir la boca como un bobo, el Lobo Bobo, y observar, y entonces la chica aparece de nuevo ante mí, desnuda completamente, su cuerpo bañado por la luz del cosmos proyectado. Como un flash, me viene en mente la imagen de una moneda que cae por una alcantarilla, una moneda con símbolos nazis lanzada al aire por alguien sin fe ni lucha y una imagen de un hombre bebido y perdido mirándome a través de múltiples televisores en un escaparate cualquiera. Noto entonces los labios de la chica sobre los míos y sin más todo mi ser se concentra en el deseo que siento por ella. Sin mediar palabra me sigue besando y me va convirtiendo en parte del universo, una experiencia mística que podría cantarse en una canción idiota de un grupo idiota con un videoclip todavía más idiota. Ella me desnuda lentamente, luego pasa sus manos frías por mi cuerpo cansado, mi piel caliente, mi sexo predispuesto y no sé si lo imagino o es real, pero de repente la gravedad deja de existir y follamos o ella me folla y yo soy un títere flotando en la habitación. No merezco esto, soy un ser mezquino y ruin y estúpido. Pero me dejo llevar, siento placer en cada poro de mi piel y cada milímetro y cada pulsación. Es magia, pienso, y toda magia tiene truco.

13:00 - 13:59

Cuando eyaculo lo hago como si llevara sin follar mucho tiempo o como si hasta hoy nunca hubiera follado como es debido. Nuestros cuerpos se separan flotando en el aire de esta habitación ingrávida, me siento feliz y agotado, hace horas que ni duermo ni como ni bebo agua. Ni esnifo, esa es la parte buena. El cosmos sigue proyectado en tres dimensiones por la sala, el cuerpo desnudo de la chica sin nombre es de una belleza que cruza límites. Se me acerca, quizá quiera que lo hagamos otra vez, sus labios se acercan a mi oreja y me susurra con una voz entre dulce y amenazadora: Ya está, ya llegaste cerca del final. Eres uno de los elegidos y con el acto de ahora me has fecundado y nuestro hijo nacerá en el Nuevo Mundo. De nuevo la imagen de una moneda cayendo por una alcantarilla, no sé a qué viene. Mi reacción a lo que ella acaba de decir es quedarme pasmado, sin saber qué decir, qué hacer, qué pensar. Oigo fuera otra vez ruidos, la voz del Haz de Luz por encima de una respuesta extasiada, Gabriela debe de correr por ahí abajo todavía. Entonces la chica a la que, según asegura, he dejado embarazada señala un punto en este universo flotante y luego señala otro. Distingo el segundo, es la Tierra e imagino que el primero es Kepler 442b, el planeta donde se ha hallado vida hace unas horas. O hace milenios. Me doy cuenta que soy incapaz de percibir el tiempo, que no puedo abrazar la dimensión de todo lo que está sucediendo, que debo de haberme golpeado muy fuerte o que me he tomado una dosis de peyote o LSD sin saberlo, nada es real, me digo, la realidad es algo físico y tangible. Entre los dos planetas que la chica ha señalado, aparece el número áureo, del cual yo tengo una cifra en la frente, y el número se convierte en una fórmula matemática y esta va tomando la forma de una especie de tubo. "Escucha", dice la chica, que ahora ya está vestida, y yo también, y toco de pies en el suelo, la ingravidez ha desaparecido igual que ha venido. Presto atención y oigo la voz del hombre alto, moreno, calvo, que lleva la batuta de Nuevo Sol. La chica abre la puerta de la sala y salimos a un pasillo externo, como un largo y delgado anfiteatro desde el que se aprecia la magnitud de la nave industrial, repleta hasta los topes de gente en un estado de trance. En el centro, el Haz de Luz acompañado de Gabriela y de otros personajes que no conozco. La paz del sexo en medio del cosmos flotante se extingue lentamente y el pánico vuelve a hacer acto de presencia. Soy un Lobo Asustado. El tipo habla de un agujero de gusano que unirá la Tierra con Kepler, luego dice algo en su lengua propia e inventada que no entiendo, pero veo que Gabriela cambia de expresión de repente y distingo que tiene algo en la frente. Giro la cabeza para preguntar a la chica qué está pasando, pero ella no está. La madre de mi futuro hijo ha desaparecido, quizá no ha existido nunca. Necesito dormir. El grito unánime de los espectadores me hace volver a mirar abajo, me siento mareado, me entra vértigo, me aferro a la barandilla que me separa de caer al foso. ¿Dónde está Perro? Por los ventanales de la nave, veo en el cielo algunos helicópteros sobrevolando el terreno. Ya no quiero contar la noticia, ya no quiero salir afuera, tengo demasiado miedo o demasiada vergüenza. No quiero ser un elegido. Ya no quiero ser un Lobo.

14:00 - 14:59

Durante un rato, tengo la sensación de que allí nada tiene sentido, de que todo es un simbolismo idiota de una decadencia inevitable, que es humo y que simplemente es necesaria una pequeña corriente de aire que se lo lleve. Y he follado sin condón con una mujer lunática de la secta, la he fecundado, cómo ha dicho ella, y un hijo mío nacerá en el nuevo mundo. No ha pasado más de una hora de esto y ya dudo de si ha sido real o lo he soñado o alucinado. Sigo pensando que no puede ser. Pero es. El ruido de la gente, la multitud sin pensamiento propio, el mundo fuera revolucionado con lo que está pasando. Necesito salir y entonces veo, un poco más adelante siguiendo la pasarela, una salida de emergencia. La chica no está, me ha dejado solo, como Perro. Camino convencido de que no puede ser tan sencillo y empujo la puerta, pero ésta se abre sin resistencia y el aire y el sol del mediodía me abofetean cegándome y dejándome unos segundos con los sentidos colapsados. Tantos aromas, tantos colores, tantos sonidos. Un instante después, cuando recupero la capacidad de ver a plena luz, veo a un helicóptero merodeando cerca de donde estoy. Es una salida de emergencia que da a un pequeño balcón metálico por el que baja una escalera, también metálica, rota, no puedo bajar, no puedo tener una emergencia ni una salida. Por una casualidad imposible o por un imposible casual, el helicóptero es el de la cadena por el que se ha emitido toda la vida La Hora del Lobo, y allí dentro está Cristina, mi productora, con una chica joven que presenta las noticias a la hora de comer. Le hacen señales al piloto, me han visto, están trazando la manera para acercarse a mí. "Socorro", digo en voz tan baja que igual no lo he dicho, "sacadme de aquí". Entonces el helicóptero se acerca tanto que tengo miedo de que sus aspas me decapiten, o no tengo miedo, casi que lo deseo y de la puerta del aparato sale disparado un paquete que se mueve un momento en el aire, nervioso por los azotes de las hélices, y después se eleva, choca contra la pared del edificio y cae hacia mí. Cristina siempre ha sido muy buena en planificar azares. Abro el paquete mientras el sonido del helicóptero se aleja. Es un móvil encendido y empieza a vibrar inmediatamente. Cristina me pregunta gritando por encima del ruido que la envuelve que qué cojones hago ahí, que si quería volver a tener una exclusiva bastaba con avisarla. Se lo explico, no sé cómo, quizá me lo estoy inventando todo. Le cuento lo que hay dentro, como he llegado, el número en mi frente. Ella dice que esto es una locura, que hay facciones de la secta en todo el mundo, que la política mundial se ha puesto en contra y que piden serenidad e incluso amenazan con usar al ejército si esto continúa, hablan de que la secta en realidad es la parte encubierta de una especie de partido revolucionario violento que pretende derrocar todo el sistema. El mundo parece haberse parado, dice Cristina, para mirar lo que está sucediendo. En ese momento, la puerta de emergencia se abre y una mano me agarra y me hace entrar por la fuerza, de tal manera que golpeó contra la barra de hierro que me separa de la planta baja, el móvil sale disparado de mi mano y se pierde entre la multitud. Abajo, veo a Gabriela y ella me ve y me sonríe. ¿Por qué me sonríe si me odia? Entonces se desmaya, pero antes de caer el Haz de Luz, con una agilidad que no parece propia de alguien tan grande, la recoge al vuelo y le dice algo.

15:00 - 15:59

Cuando me recupero del golpe en el costado, miro a quién me ha vuelto a meter para adentro y encuentro a un tipo fornido, de piel oscura como una mala noche, con túnica naranja, cara de pocos amigos o de ninguno. Dice que eso ha sido una imprudencia, pero añade que nada va a cambiar lo que tiene que suceder, que a pesar de mi importancia, soy un punto más en un universo infinito. Luego me coge por antebrazo con más fuerza de lo necesario. Hace poco deseaba dejar de ser el Lobo y ahora quiero morder y arañar, pero no hago nada. He vuelto al epicentro, seguramente mi conversación con Cristina por el móvil que se ha perdido entre la multitud sin libre albedrío está siendo ahora retransmitida por todo el país, mientras la cámara desde el helicóptero me graba. Veo los titulares: "Juan Lobo desde dentro de Nuevo Sol", quizá es el preludio a mi regreso. Quizá es el final de todo. Como dice Yago en Otelo, de Shakespeare: "Esta noche será la de mi felicidad o la de mi ruina". No creo que haya posibilidad de un término medio. Vuelvo a ser el lobo o dejo de serlo para siempre. El tipo que me lleva por la fuerza es mucho más musculado que yo, más alto y con más determinación, cualquier resistencia sería inútil, o quizá es una excusa para no hacer nada. Sí, seguramente es eso. Me conduce hasta una puerta que no había visto, la abre, subimos por unas escaleras, pasamos por un pasillo, la algarabía va quedando diluida, otra puerta, más pasillo, otra puerta, más pasillo, una puerta final, diferente a las demás, naranja como las túnicas. "Llama", me ordena, "usa tú número". Primero no le entiendo, entonces se me ocurre golpear la madera seis veces y la puerta se abre sola. Ante mí hay una nueva nave industrial, anexa a la anterior, gigantesca y vacía. Vacía excepto por un aparato extraño, una especie de embudo enorme girado del revés, metálico y a su alrededor una serie de ordenadores y de aparatos electrónicos que emiten luces y más luces. Está oscuro salvo ese centro de la nave. El tipo me empuja para que no me quede allí parado, descendemos por las escaleras mecánicas hasta pie de suelo. El embudo se eleva un par de metros, sostenido por unos hilos de cobre que cuelgan del altísimo techo. Sé lo que es sin necesidad de explicaciones. Mi reflejo se moldea y distorsiona sobre el metal del aparato, el seis que llevo en la frente parece cobrar fulgor. Se amontonan en mi mente un sinfín de interrogantes y de quejas y de protestas y de ganas de salir corriendo a la vez que quiero, de una forma inconsciente o subconsciente formar parte de eso. El lobo del espacio. Con otro empujón, el tipo grande hace que me sitúe sobre un círculo en el suelo, un círculo con el número 6. Así que es cierto, pienso, van a abrir un maldito agujero de gusano. "Espera aquí, todavía no es la hora, pero no queremos sorpresas". Un tubo de plástico o de cristal sale de repente del suelo y me deja encerrado, soy como una célula en un tubo de ensayo.

16:00 - 16:59

¿Quién soy? He sido el lobo durante un instante, durante la ilusión de renacer de las cenizas que me he tirado encima, de las que he esnifado. Una ilusión. Ahora soy un perro apaleado que mira con ojos de pena a su dueño mientras con los dientes sujeta la correa vieja y casi podrida esperando que me saque a pasear. Estoy encerrado en un tubo de cristal. Voy a morir. Y casi que mejor desvanecerme ahora, desaparecer cuando la cresta de la ola empieza a bajar, antes que hacerlo cuando ya solo es resaca. He sido grande, podría haber sido enorme, gigantesco, tapar el sol y hacer sombra a toda la humanidad. Intento ver, a pesar de que desde hace un rato mi cerebro no trabaja más que a un tanto por ciento muy pequeño, en qué momento todo se fue a la mierda, en qué preciso instante el Lobo ya no se saciaba con nada y empezó a devorarse a sí mismo. Me duele el cuerpo y siento calor. No es el cuerpo, es mi alma, me arde el alma y siento calor y luego no renaceré de mis propias cenizas. No tengo miedo, no tengo ganas, no tengo fuerzas, no tengo alma, no tengo colmillos, no tengo garras. Quiero llorar, pero no me salen lágrimas; quiero gritar, pero no me sale voz; quiero golpearme contra el cristal, pero no me sale energía. Pienso en la cocaína constantemente y sin embargo noto que ya no la quiero. Y es que yo nunca he querido a nadie. Ni a mí. Me dejé deslumbrar por mi propio reflejo y lo que yo amaba era mi potencial, era al Lobo, no a Juan Lobo. Nunca he amado a nadie y esta conclusión me sacude. El calor va en aumento. Pero no estoy en el infierno porque yo soy el infierno. Me echo de menos, me necesito. Mi vida está en el punto de no retorno, me he asomado tanto al acantilado que ya solamente puedo caer. Sudaría si tuviera sudor. Arderé en seco, así arderé más rápido.

Se abre la puerta de entrada a la nave, justo encima de las escaleras y el Haz de Luz y una serie de acólitos con sus túnicas entran, llevan a alguien consigo, demasiado oscuro para distinguir una mierda. Pero la luz de mi propia alma ardiendo me permite, eso sí, ver mi propia mierda. Propia alma, propia mierda, propio fuego. Estoy delirando. Los recién llegados, que sin embargo llevan aquí más tiempo que yo, descienden y entonces colocan a la persona que va con ellos en un círculo como el mío, con el número 1 en el suelo. Un tubo de cristal aparece de la nada y queda, igual que yo, encerrada. La persona, hasta ahora de espaldas, que va moviéndose y balbuceando como si hablara sola, me mira. Es Gabriela. ¿La he amado a ella alguna vez? No, claro que no, si siquiera a su padre que era amigo mío. Los ojos de la chica pasan de la determinación al desconcierto a la velocidad a la que la retina crece o decrece según los cambios de luz en un día de intervalos variables. Debe sentir lástima de mí u odio o las dos cosas: retina contraída significa odio, retina dilatada significa lástima. Antes prefería el odio, ahora prefiero la lástima. No, mentira. No prefiero ninguno de los dos sentimientos. El calor es tan alto que al tocar el cristal me quemo los dedos, no viene de dentro, entonces. Y entre las cavilaciones y la autolamentación, del embudo empieza a salir una luz gris, primero tenue y confusa, luego más potente y clara. Los de Nuevo Sol alzan los brazos, cantan algo o lo gritan, están como en éxtasis mientras frente a todos nosotros la luz se va canalizando de la boca del embudo al suelo. Al mirarla fijamente, me parece ver en ella el nacer de mil millones de mundos y el morir de billones de estrellas, es como verlo todo y a su vez no ver nada. Entonces el calor se va, se hacen unos segundos de silencio, el haz de luz, el que va del embudo al suelo, no el tipo grande de piel morena, dice algo y todos los demás sueltan un grito de alegría. La chica, la misma con la que he follado en una habitación sin gravedad y a la que he dejado preñada, porque sé que así ha sido, me mira y sonríe. Es de un hermoso ininteligible toda ella. A través del cristal, moviendo los labios dice que ya casi está, que falta muy poco, está francamente emocionada y conmocionada. Y me da las gracias. A mí, me da las gracias a mí.

17:00 - 17:59

Quizá estoy a un paso de la muerte. Quizá ya estoy en el infierno y recibo mi castigo por una vida de mierda. ¿Por qué castigar a la gente que ha sido mala pero ha vivido cuando tiene mucho más sentido a quién ha desperdiciado su tiempo? Toma, ahora te regalo toda la eternidad para que también la malgastes, por idiota. Y el infierno es frío y tubular. El infierno es ver el reflejo en el cristal circular y darte cuenta de que en realidad no eres nadie. El Lobo inexistente. No sé si no puedo hacer nada por falta de fuerzas o por falta de ganas. Quiero ser el héroe de una novela y tener un as en la manga, o contar con un amigo que aparecerá para sacarme de aquí y permitirme cumplir mi misión de héroe: salvar a la chica. Los héroes salvan a las chicas, no intentan violarlas. O no quiero ser un héroe y quiero empequeñecer lentamente y contemplar mi exterminio autoinfligido. Ahora aparecerá Cristina con su helicóptero, entrando por el tejado y me tirará una cuerda a la que me agarraré y me salvará. En su lugar entran unos cuantos miembros de Nuevo Sol agarrando a un tipo ridículo que me suena de algo, pero no sé de qué, lleva minifalda y patalea como un crío. Lo sitúan cerca de mí y le encierran, ya somos tres. De él también parecen quitar energía, como han hecho con Gabriela y conmigo, y después de esto la luz que se genera en el embudo brilla más y adquiere la forma de un ojo invertido. Lo están logrando, están abriendo un agujero de gusano y al igual que antes, cuando poso mis ojos en él, creo estar mirando al infinito y caer en un abismo. Una sensación de vértigo que más que hacerme pequeño, me vuelve infinitesimal. Los presentes, salvo los que estamos dentro de los tubos, cada vez están más exaltados, algunos parecen en éxtasis, todos menos ella, menos la madre de mi futuro hijo, que sigue mirándome a mí y su mano continúa posada sobre el cristal que nos separa, su sonrisa es cálida y aleja un poco todo el frío que me envuelve. Estoy a punto de cometer la locura de decir un "te quiero" que saldría por simpatía más que por ser real, más por la sensación de conectar con algo después de saber que nunca he conectado con nada, más por querer establecer un vínculo que por creer que realmente lo haya. Soy un lobo dando zarpazos. Lo peor no es ser nadie cuando fuiste alguien, lo peor es ver que no fuiste nadie, nunca.

La puerta de la nave se abre y los encapuchados llevan a otra persona con ellos, ésta no patalea, parece inconsciente o moribunda. Veo los tatuajes en sus brazos y la reconozco, es Alma. Debería estar follando con ella en algún rincón. Debería salvar a Gabriela. Tendría que haber escuchado más al vagabundo del polígono, debería rugir y morder, ser el líder de la manada. O debería dejar que el abismo de lo que se está abriendo me engullera y desaparecer para siempre. Sí, por favor, sí. Meten a Alma en otro tubo, su cuerpo se sacude ante el calor y el frío y el agujero de gusano se hace más grande todavía. Necesito ir. Necesito caer. Necesito ser polvo cósmico. Se abre otra puerta de la nave industrial y un tipo con pinta de llevar años perdido aparece, lleva una barra de hierro en la mano y camina decidido hacia las escaleras mecánicas, inmutable casi a todo lo que le rodea. El Haz de Luz ha callado y sus secuaces han dejado de cantar y gritar y le miran. Aprovecho la atención que el tipo centra y empiezo a golpearme la cabeza con el cristal, sin miedo, sin dolor, o con dolor y miedo pero sin importancia. La madre de mi hijo, o hija, pone cara de súplica y grita algo que no oigo. El cristal ni se inmuta, golpeo más fuerte, cada vez más fuerte, cada vez más fuerte.

18:00 - 18:59

Un hilo de sangre resbala tanto de mi frente a mi nariz como por el cristal que ni siquiera debe de haber percibido mis golpes frenéticos. En mi memoria, a cada golpe, he matado un recuerdo bueno, ya me quedan pocos, no tengo tantos. La infancia perfectamente normal que en realidad no fue tan normal, la adolescencia convulsiva y llena de complejos, la juventud de abrirme camino mostrando méritos propios o inventados y el salto a la pasarela que después se abrió y me engulló. El Lobo Engullido. Entre golpe y golpe, el nombre de Gabriela sale de mis labios cortados y gruesos o gruesos y cortados, ella es el símbolo de la decadencia del lobo, la entrevista a su padre y el hundimiento posterior son el punto de inflexión a partir del cual la gráfica empieza a descender. Una muerte en movimiento continuamente acelerado. Me detengo. ¿Queda algo de salvaje dentro de mí? El tipo con minifalda se abraza a uno de los miembros de Nuevo Sol, Alma grita dentro de otro tubo y Gabriela me mira y, sobre las escaleras, el tipo con la barra de hierro espera la llegada de los que quieren pararle. Pienso que todo esto no está sucediendo y estoy soñando, no un pensamiento típico sino uno de rebuscado y casi grotesco. La sangre que se cuela por mi ojo derecho me recuerda que en los sueños el dolor físico no existe. A nuestro alrededor se percibe un cambio, los miembros de Nuevo Sol se alejan del embudo, algunos asustados o extrañados y solamente Haz de Luz permanece delante. La razón del cambio es que la energía que emitía el embudo está empezando a succionarlo todo: veo las mesas con ordenadores como se mueven acercándose al centro de la nave industrial, el ruido de las vigas curvándose, objetos más pequeños salen disparados de allí donde estaban y desaparecen dentro del óvalo vertical a través del cual puede verse todo el universo, y no es tan grande como cabía imaginar. Vuelvo de nuevo la vista hacia el tipo de la barra de hierro, esperando que rompa nuestros cristales, pero en lugar de eso, contemplo como se golpea a sí mismo. Nada tiene sentido, todo es absurdo y atroz, tiene que haber una explicación a esto: despertaré en un laboratorio o en un programa de televisión tipo Gran Hermano pero en plan psicodélico-alucinógeno o estoy muerto y el infierno es una eternidad intentando encontrar sentido a lo que nos rodea sin conseguirlo. Fuera, a través de los cristales del techo, veo que el helicóptero que filmaba, uno de ellos, parece perder el control y amenaza con estrellarse contra la nave. Una muerte rápida iría bien, la agonía es mala para conservar la dignidad. Oigo un ruido dentro del tubo, el primero a parte de mis jadeos y mis golpes, la parte inferior se está rompiendo, separándose ligeramente del suelo. Lo que nos iba a matar igual nos libera, o quizá nos libera para poder matarnos. Entonces reparo en que mi chica de la túnica naranja sigue a mi lado, su mano sobre el vidrio, los ojos vidriosos a punto de llorar y justo cuando quiero alzar mi mano, el agujero de gusano la succiona de repente. El cristal se rompe. Soy libre. ¿Soy libre?

19:00 - 19:59

¿Estoy libre? Es curioso, a pesar de la brecha que se ha abierto en el tubo, suficientemente grande como para que yo pueda pasar, la libertad me parece a cada minuto más distante y, sobre todo, más terrible, provocando un miedo interno creciente. A mí alrededor, todo está en un espiral de destrucción, absorbido por el supuesto agujero de gusano. La destrucción es digna de una película o una serie norteamericana de Blockbuster, esas carentes de contenido en la que solamente falta la pareja separada que vuelven a juntarse, con un hijo idiota que está triste porque su padre no acude a verle a los partidos de béisbol. Alzo la mirada, hasta ahora puesta en el suelo, y veo a la mujer con la túnica naranja a la que he fertilizado, todavía con la mano en el vidrio y sus ojos vidriosos, las lágrimas no le resbalan por la mejilla sino que salen disparadas hacia el agujero. La ropa se le levanta y agita, sus pies se separan del suelo y entonces sus labios pronuncian un "ven conmigo" conmovedor, tanto que pienso durante unas fracciones de segundo que quizá lo mejor sea eso, tomar su mano que tan bien me tocó hace unas horas y ser arrastrado más allá del vacío que parece existir tras la hecatombe provocada por el embudo, por la secta Nuevo Sol, por el descubrimiento de vida civilizada en Kepler442b. "Aquí Juan Lobo, retransmitiendo en directo desde el otro lado del agujero de gusano. Aquí solo hay vacío y allí también". No voy a volver. El Lobo ha muerto. A mí lado el tipo que antes llevaba la barra de hierro, la frente sangrando; más allá Gabriela es arrastrada hacia una especie de alcantarilla por el Haz de Luz; y el tipo de la minifalda, mira que es extraño haber coincidido con este tipo de personajes en el fin del mundo más o menos, habla solo y hasta parece bailar.

El miedo desaparece y con él la compasión hacia mí mismo y un montón de recuerdos, de la mano de infinitud de expectativas de un futuro ahora ya imposible, todo chupado por la energía. Les ha salido el tiro por la culata. Por instantes pensé que estos tarados tenían razón y que el viaje al otro planeta era posible, quién sabe si no apareceré allí si me dejo llevar por ella. Ahora su cuerpo está en horizontal, paralelo al suelo, su mano sigue pegada al cristal, como si se negara a desprenderse sin una respuesta mía. Ya no queda nada en la nave excepto los tubos y sus habitantes. Miro al techo de cristal que se va descomponiendo y veo al helicóptero estrellarse contra un anuncio de carretera. Imagino el caos en el exterior, imagino el apocalipsis. Quizá el Nuevo Sol no es al otro lado, sino aquí. Con esta certeza, doy una patada al cristal y la brecha se convierte en una puerta abierta, lo traspaso y tomo la mano de con la única persona de la que no he abusado, a la que no utilizado, en los últimos años. Soy un Lobo tiránico. No, el Lobo ha muerto. Es ella quien me ha utilizado. Cojo su mano y, en el momento exacto en que noto su tacto, la energía del agujero tira de nosotros, siento el vértigo parecido al que debe saber el que ve llegar la muerte a toda velocidad. Nuestros cuerpos se acercan al abismo, tengo la sensación que me descompongo en millones de células unidas por la incoherencia de la existencia y cierro los ojos para morir. Sin embargo, justo cuando cruzamos el agujero, se produce una reacción inversa, después de la implosión, la explosión.

20:00 - 20:59

Nuestras manos se separan, ella grita algo, pero en silencio y su cuerpo se convierte al instante en millones de fragmentos tan pequeños que una simple brisa los dispersa por el cosmos. Calor. La explosión me impulsa hacia arriba a tal velocidad que mi corazón se para. Soy el Lobo volador, siento la piel ardiendo y la sensación que se deshace y se convierte en un amasijo de plástico ante la llama. No veo lo que tengo debajo, ni arriba, ni a los lados, simplemente vuelo expulsado por la nada. Si no estoy muerto ya, moriré al caer contra el suelo. Es imposible sobrevivir a una explosión de esta magnitud estando tan cerca. Pero el mundo se ha construido gracias a gente que pensó que lo imposible podía convertirse en posible. Moriré sin una mano a la que aferrarme y en estos instantes finales, creo que vivir es buscar una mano que coja la tuya mientras todo se acaba.

Cuando puedo abrir los ojos, cuando el calor se disipa y lo que me envuelve es el aire viciado de humo y de la perdición de la especie, estoy volando, las nubes se han acercado a mí, oigo mi corazón como único sonido, ha vuelto a arrancar, a pesar de estar podrido resiste el muy hijo de puta. La onda expansiva me hace girar entonces como un pollo al ast y puedo ver el suelo a decenas de metros, todo derruido, coches contra los edificios que arden, los árboles arrancados, las naves industriales del polígono y más allá los edificios, se van derrumbando a medida que la ola, invisible visible, se extiende sin que nada sea capaz de frenarla. "Aquí Juan Lobo, retransmitiendo desde el cielo el fin del mundo". Lástima que este programa no lo vería nadie. El helicóptero en el que viajaba Cristina está destrozado contra un muro. No hay vida, solo cadáveres que se extienden, que han caído como un juego de dómino macabro.

Empiezo a caer, la gravedad no muere nunca y me agarra por el pecho para un abrazo final con el asfalto, seré el Lobo Papilla. Papillas Lobo, mi cara en las cajas de comida para bebés. Sonrío, la última sonrisa antes de que el descenso me cause la sensación de no poder respirar, cierro los ojos ante el viento, no sin ver antes o creer ver a Alma, debe ser una alucinación, subirse a un coche destartalado que se mantiene en pie gracias a estar mal aparcado y a un tipo extraño salir de uno de los tubos de cristal que nos aprisionaban, el mismo que intentó algo con una barra de hierro. Quizá alguien nos esté viendo desde una cápsula espacial y tenga una solución para el fin del mundo. Quizá estoy hecho de goma, muñeco infantil Lobo, y rebote contra el suelo. El apocalipsis, pienso desde aquí arriba, tiene su parte poética y hermosa, también.

21:00 - 21:59

Caigo. El viento me silba en los oídos, el humo me entra en los pulmones. Caigo cada vez a mayor velocidad. En un gesto artístico para morir como si fuera alguien, estiro mi cuerpo y extiendo los brazos, alas de mentira, admirad al Lobo Caído. En realidad ya caí tiempo atrás, entonces de forma simbólica, ahora de manera literal. Bajo los párpados, es más dramático y evitará que me entre nada, sería molesto morir con una mota en el ojo. No sé si he sido idiota siempre o solo ahora que la muerte me espera tumbada en la calle, cubierta con un chubasquero para evitar que le salpique su parca negra. Ya debe faltar poco para el choque final, ya siento el hedor futuro de mi cadáver, oigo el graznido de los cuervos y el ladrido de los perros peleándose para comer mi carne fresca.

No estoy muerto. He caído sobre algo blando y el desconcierto es sumamente grande. En parte maldigo esta situación ya que estropea mi teatralidad y porque sobrevivir al apocalipsis tampoco me apetece demasiado. Pero claro, el instinto de supervivencia me permite alegrarme. Es un milagro. Yo, ateo convencido, que he despotricado de cualquier religión desde que descubrí su gran estafa (empecé incluso un libro sobre ello que tenía que catapultarme internacionalmente, pero se me aconsejó dejarlo para más adelante), reconozco que no hay más explicación: es un milagro. Durante un rato sigo tumbado sobre la lona de plástico blando que me ha salvado, los ojos todavía cerrados, la respiración se va recuperando. ¿Y ahora qué? Me pregunto. Viviré como en las películas sobre futuros distópicos, buscando comida entre la carroña, saqueando casas con familias muertas, escapando de grupos de supervivientes que matan y comen humanos, conociendo a una chica solitaria que sabe manejar dos espadas y es experta en artes marciales, con quién viviré una intensa historia de amor y sexo apasionado hasta que uno de los dos muera en un accidente idiota que pondrá fin a la película. Un The End sobre las olas del mar. El mar. Allí seguirá habiendo vida.

Una lengua rasposa me devuelve a la realidad espantosa con la que no quiere enfrentarme. Abro un ojo y allí está, Perro.

- ¿Cómo lo has conseguido, hijo de puta?

Perro me mira tal que esperara algo de mí. Ni siquiera yo espero algo de mí, por qué debería querer ilusionar a otros, y menos a un can que pertenece a un pordiosero.

- ¿Sigue vivo tu amo? Desde el cielo he visto que el mundo terminaba, pero había supervivientes.

Es un perro, los perros no hablan ni entienden de nosotros más que órdenes sencillas. Con cierto esfuerzo, más por pereza que por dolor, me incorporo, paso la mano por el cuello del animal y me levanto. Uno, dos, tres, mira el mundo que ya no es. Primero el cielo: nubes grotescas se forman en los horizontes visibles, se acerca una tormenta del carajo y además hay destellos que me hacen imaginar meteoritos a un tris de estrellarse contra la superficie. Cae una ceniza esparcida desde el cenicero de un Dios gracioso, que hace milagros mientras se fuma un porro. Luego alrededor. Edificios en llamas, ruinas, polvo, cadáveres, hedor a muerte, moscas, miles de moscas, supervivientes eternas preparándose para un festín. Y Perro. Y yo. Y el tipo que salía del tubo y Alma cogiendo el coche. Y la sensación de que hay alguien más, algo acechando en las sombras, algo moviéndose por el suelo. Es un apocalipsis cojonudo, sin duda. El Lobo Apocalíptico. El Último Lobo. Pues podían haber elegido a otro porque soy un ejemplo pésimo para representar la supervivencia de la especie y la reconstrucción y repoblación. Aunque bien pensando, no me importa nada la repoblación. Perro ladra y se va alejando de mí mirando hacia atrás para asegurarse que le sigo. De acuerdo, único ser parecido a un amigo que tengo, te sigo. Un lobo siguiendo a un perro, suerte que no queda nadie para verme. El animal sortea los cuerpos de lo que fuera la raza humana o los va saltando con cierta gracia. ¿Por qué no siento una desolación y una desesperación absoluta? ¿Por qué hay algo tranquilo, algo satisfecho, removiéndose dentro de mí? Espera, ¿y si estoy muerto? No, no vayas por aquí, lobito, sabes de sobras que no lo estás. Oigo un grito lejano, me giro. Debería socorrer a las víctimas. Sí, debería. Pero no. Perro vuelve a ladrar, al mirarle ya no me parece sarnoso. Ha oscurecido de repente y una luna enorme ensuciada por la ceniza que flota en el aire juega a plasmar sombras macabras en las paredes de lo que queda en pie.

- ¿Sabes? -le digo mientras prosigo el camino que me va marcando-. En realidad me gustan más los gatos.

22:00 - 22:59

Nos alejamos de la zona industrial siguiendo el rio. A pesar de la oscuridad casi total, veo la silueta de los cuerpos llevados por el agua, el agua no muere. Antes de acabarse todo me gustaría ver de nuevo el mar, o tumbarme en el césped, o mirar el mundo desde la cima de una montaña después de cruzar un bosque frondoso con olor a humedad. De repente me ataca la idea de que no he vivido suficiente, de que no he sabido aprovechar el tiempo que se me ha dado, que me queda tanto por ver y por hacer que necesito una inmortalidad para compensarlo. De vez en cuando, entre los cadáveres, algún superviviente moribundo alza una mano o pide socorro o agua y cuando me acerco, acto de héroe, Perro suelta un ladrido. No quiere que ayude a nadie, es un perro egocéntrico y psicópata. Yo he sido un psicópata a mi manera, el mal trato a los demás, el despotismo con el que he gobernado mi fama. Intenté violar a una chica, maldita sea. Eso es, pienso mientras abandonamos la ciudad y empezamos a subir una pequeña colina, eso es: redención. Tendría que haber usado el poder y la celebridad para hacer algo positivo, no solo informar y destruir, no solo proponer que me alabaran con cada gesto y cada palabra. Siento un escalofrío y empiezo a sudar, no tanto por la caminata sino por el mono. Llevo muchas horas sin esnifar cocaína, sin fumar, sin beber. He visto a la madre de un hijo mío que nunca nacerá convertirse en polvo, he sido elegido por una secta de idiotas para abrir un agujero de gusano. Soy el Lobo Predilecto de la manada, de una manada de lobos locos, esto sí. Redención. Mi familia, ignorados todos, mi padre en una residencia, solo desde hace años, ni una carta le he enviado. Mi madre dentro de una tumba que nunca he visitado. Mis dos hermanas, despreciadas por ser vulgares y darme la tabarra sobre mi inclinación a la autodestrucción escondida tras la cortina del éxito. Seré el Lobo Redimido, mi alma salvada. Tú no tienes alma, ¿recuerdas?

La colina se acaba y se extiende ante nosotros un bosque arrasado por la ola expansiva. Los árboles han quedado, arrancados y rotos, en los rincones de un enorme círculo, porque éste es un círculo con rincones. Perro ladra. La luna no brilla, pero oigo un murmullo lejano. De repente, un meteorito cae del cielo y pasa cerca del bosque extinto e ilumina a una cierta cantidad de gente que se mueve por allí, perdidos. Quizá mi misión sea reconducir esta manada extraviada. Perro baja por la ladera. Le sigo y a media bajada todo empieza a temblar, se ilumina el círculo como si fuera una pista de aterrizaje. No, pienso, no me jodas. La gente se aparta, ahora veo claramente que hay quizá un centenar de personas, todas asustadas, apartándose del centro del círculo que, lentamente, se abre. Perro vuelve a ladrar y sigue bajando. Un ruido metálico y electrónico lo inunda todo, un maretazo de viento casi me hace caer. Del centro del círculo emerge, iluminado por focos, una lanzadera espacial. Perro ladra dos veces más y me incita a seguir bajando. Pero no puedo. No quiero. Me doy cuenta, mientras el modillón me mira primero con rabia, luego frustrado y después con pena, de que no quiero formar parte de esto. No merezco ser salvado. Soy el Lobo Condenado y, como condenado, tengo que vivir arrastrando mis cadenas. Esa será mi redención.

23:00 - 23:59

Viendo que sigo quieto, Perro se pone a ladrar con desesperación. El espectáculo dantesco ha dejado paso a un show de aficionados a las perfomance. Perro muerde la pernera del pantalón roído y roto. Me duele la frente, dónde aún debo de tener el número gravado. A unos cientos de metros, en el círculo iluminado, la gente se amontona para entrar en la nave mientras un grupo de soldados procura que entren solamente los que un dedo o varios dedos han señalado. Creo ver al tipo de la minifalda abriéndose paso entre los que se pelean, y luego a Alma, a quien han dejado entrar sin preguntarle ni pedirle nada. Ellos también están entre los elegidos. Más lejos, en un momento en que un dron les ilumina, distingo a Gabriela, oh, Gabriela, y al Haz de Luz con ella, cogidos de la mano. La vida es una broma de mal gusto.

Me agacho y acaricio el hocico y las orejas de Perro, le explico que no voy a bajar, no voy a irme.

- Es curioso -le digo-, yo de pequeño quería ser astronauta, por eso entrevisté a aquella astronauta en uno de los primeros programas de La Hora del Lobo. Viajar al espacio, descubrir vida extraterrestre. Luego dejé de soñar eso y estudié periodismo. Ahora tengo la oportunidad de subir a una lanzadera y viajar cientos o miles de años luz hasta Kepler 442b, pasará todo lo que mi imaginación infantil proyectaba: seré criogenizado, despertaré en otra galaxia, pisaré un suelo de un planeta desconocido y tendré a mi lado científicos y personas importantes. Yo soy importante. No, yo pude ser importante y decidí serlo solamente para mí. No voy a irme, Perro.

El can me observa, lanza un ladrido ofensivo y dice:

- Tú no eres importante, eres idiota.

Me levanto. El Perro ha hablado. A lo lejos, como en una alucinación, veo a Gabriela abalanzarse sobre los soldados como si ella fuera una especie de Juana de Arco, mientras el Haz de Luz grita al cielo y como por arte de magia a su lado aparece toda clase de seres mitológicos que cabalgan con ella. Debe ser el delirio del yonqui. En la entrada de la nave el loco de la minifalda pega saltitos sobre un grupo de jóvenes que se ha tirado al suelo en señal de protesta porque no les dejan entrar.

- Perro habla, allí hay una loca que ha hecho salir un ejército de dragones de su interior, un lunático cree que la gente le adora y que él es el líder de lo que está pasando ahora, otro zumbado está convencido de tener conversaciones con Dios y el Diablo y las tiene de verdad... Todo es creerse algo como primer paso para que suceda.

Giro la vista. Mi doble, elegantemente vestido, está sentado en un sofá entre los escombros de la montaña. El mismo que apareció poco después de hacer el amor sin gravedad con la chica de la túnica.

- ¿Así todo es una alucinación? -le pregunto.

- No, es un sueño -dice en tono sarcástico-. Eso habría sido fácil, ¿verdad? Despertar con una resaca terrible y decir: vaya, menuda pesadilla. No, Juan, no es un sueño. Ni tú eres un Lobo.

- ¿Entonces es real?

- ¿Lo de la secta, el agujero de gusano, los seres fantásticos que atacan la nave, y este apocalipsis? Sí, es real como que eres cocainómano y que casi violas a una chica que trabajaba para ti, como que Cristina ha muerto en un accidente de helicóptero provocado por la ola expansiva salida de un experimento científico y social fallido. Nuevo Sol fue creada hace mucho por diferentes personalidades con mucho poder, cuando se enteraron de la existencia de vida en Kepler y cuando vieron que la Tierra no tenía solución. El Haz de Luz y su pandilla de acólitos ha sido una forma de acelerarlo todo.

- ¿Por qué no hacerlo de otra manera más sencilla?

- Me reafirmo: no eres importante, eres idiota.

- ¿Eres consciente que insultándome a mí te insultas a ti?

- Verás, a una de esas personas poderosas le hacía gracia tu programa y por eso estás entre los elegidos. Podían haberte convocado a una reunión y haberte dicho que el mundo estaba a punto de colapsar y que tú te salvarías, pero inmediatamente habrías corrido a hablar con Cristina y habrías hecho un programa sobre ello, destapándolo todo. Tu ego es más grande que tú, Juan Lobo.

Hay una pausa. Miro a Perro, que ladea la cabeza y espera a que yo termine mi conversación interior, un diálogo que me ayude a entenderlo todo, si es que hay algo por entender. Se produce un tiroteo, un grupo de gente huye aterrada mientras otros caen al suelo. Esto se está yendo de madre.

- ¿Has leído alguna vez algo de un escritor llamado Romero? -me pregunta mi otro yo.

- Creo que no.

- Estaba destinado a algo más, ¿sabes? Tú lo tuviste y lo tiraste, él lo tiró antes de tenerlo. Estaba entre los elegidos, también, ahora yace muerto no muy lejos de aquí. De haber seguido unos pasos concretos, habría acabado con Nuevo Sol.

- ¿Qué le ha pasado?

- Su ego era demasiado pequeño.

- ¿Por qué sabes todo esto si yo no lo sé?

- Porque sí lo sabes, eres un observador cojonudo, le viste armado con una barra de hierro. ¿Has leído la novela de Gabriela, la de ciencia ficción?

- La empecé.

- Sí, y luego le encargaste la lectura a una becaria que te presentó el resumen. En ella se cuentan cosas muy parecidas a lo que está sucediendo, de hecho ese grupo de gente poderosa se inspiró en esa novela para su montaje.

Otra pausa. Los militares han conseguido poner orden y la gente avanza en una fila que serpentea, mientras al fondo siguen cayendo meteoritos, el cielo nocturno cubierto de ceniza que empieza a caer como una lluvia lenta e implacable. Entre el humo brilla una luz en el cielo. Al otro lado de la puerta, otro grupo de soldados lucha contra el ejército de criaturas fantásticas.

- Alguien nos mira desde allá arriba, en una cápsula espacial y se entristece.

- ¿Dios?

- ¡No, hombre! Dios ésta dentro de la nave desando largarse. Quien nos mira es alguien que fue creado para todo este proyecto, si fallaba, alguien que ahora muere de soledad y de anhelo de sueños imposibles. Siempre hay un plan B, aquí no ha hecho falta. Dios es un invento que salió mal, un primer agujero de gusano al que Jesucristo, como el Haz de Luz ahora, tendría que haber guiado a la humanidad. Pero ya no importa.

- Debería subir a la nave, ¿verdad? Quizá me encontraré con Alma allí dentro y cumpliremos con el polvo que tenemos pendiente.

Mi doble se ríe, Perro ladra. Un dron sobrevuela mi cabeza herida y se queda estático, analizando mi locura. El Lobo Loco. Parece el nombre de una de esas bebidas energéticas tan perjudiciales: El lobo loco. Mi doble desaparece, Perro se va ladera abajo, dejándome por inútil. Entonces el dron también me abandona, las luces de la lanzadera empiezan a parpadear, los soldados empujan con violencia a los no elegidos que se pelean para entrar, algunos alzan a bebés en sus brazos para que se los lleven. Viene a mi cabeza la cara de mi productora, de Cristina y me doy cuenta de que siempre ha estado enamorada de mí y yo de ella, pero mi ego, efectivamente, es demasiado grande y no me dejó ver. Y entre la duda de si bajar y huir o de si quedarme y morir, mientras Gabriela sigue luchando con fantasmas, mientras alguien nos observa desde arriba, mientras algunos elegidos ya están dentro y otros han muerto en el camino, las compuertas de la nave se levantan, los soldados entran y yo me doy cuenta de que toda mi vida ha sido un camino hacia el salvavidas más cercano para no hundirme, para no dudar he ido saltando de tablón en tablón y ahora ya no me queda ninguno. Y me hundo. Soy el Lobo Hundido.

Veo la nave despegar con un estruendo ensordecedor y un humo que de repente lo llena todo y un calor que chamusca todo lo que está demasiado cerca. Toso, me cubro la cabeza con los brazos y me acurruco en posición fetal. Poco a poco, el ruido va menguando, lentamente el humo se disipa. Me levanto. No queda absolutamente nada ni nadie, el despegue ha arrasado con lo poco que sobrevivía cerca de allí. Estoy solo.

Entonces, oigo un ladrido.