La Ley de la Compensación

30.09.2019

He estado buscando por internet la ley de la compensación, convenido de que se trataba de alguna serie de principios de la física que me servirían para esta columna de hoy, versada precisamente en eso: la compensación. Sin embargo, y sin descartar la posibilidad que dicha ley exista en el campo de la física, me he encontrado que la Ley de la Compensación la planteó la primera vez el filósofo y poeta norteamericano Ralph W. Emerson (1803-1882) y está envuelta del manto de su devoción por Dios, el dios cristiano. Yo no quería eso, he pensado. Soy un ateo casi profesional, yo quería una teoría sobre gravedades o algo parecido. Pues no. La ley de la Compensación que el filósofo postuló en uno de sus ensayos, dice que todo acto, todo pensamiento, todo, tiene un retorno proporcional exacto. Esto significa que si haces el bien, se te devolverá el bien; si haces el mal, se te devolverá el mal, no ya en el paraíso o el cielo, sino en la misma vida. Es una justicia divina.

No he hallado, pues, esta Ley más allá de plano filosófico-religioso. Yo imaginaba que la Naturaleza, el sistema que dota de vida a todo, daba compensaciones, buscando el equilibrio a veces imposible entre dos extremos para que el peso de uno no acabe por anular al otro. Esta visión de la compensación que quizá exista, puede traducirse o, mejor dicho, puede aplicarse a las relaciones sociales, aplicación que quizá ya exista también. Así que he tenido que improvisar sobre la base de este texto, y por eso me he tomado la libertad de reformular la Ley de la Compensación.

Dicha reformulación establecería que por cada cosa que nos ha proporcionado un beneficio o un perjuicio, viendo que en realidad no suele existir algo como la justicia divina, nos agarramos a nuestro propio sentido de la justicia para compensarlo. En el caso de los factores positivos se puede tomar de ejemplo que, cuando alguien tiene un detalle inesperado contigo, luego intentas compensarlo con algo parecido, con otra cosa importante para ese alguien, un tipo de regalo o detalle que equilibre la balanza. Al contrario también pasa, pero de forma algo distinta. Cuando alguien te hace daño, o le haces daño tú después de una forma deliberada, cosa que sería la venganza, o buscas la manera de compensar ese daño que te han provocado obteniendo algo beneficioso, del mismo lado o por otro. Creo que las personas necesitamos estar en equilibrio para no acabar siendo uno de los dos extremos: un loco o un espectro. El desequilibrio puede llevar a la locura cuando las cosas negativas que nos perjudican no tienen una compensación o puede llevarnos a ser grises y movernos únicamente en el plano de la zona de confort, establecer un perímetro seguro e impenetrable de seguridad a través de una monotonía y unas rutinas que garanticen que nada se sale de lo marcado. Esta segunda opción es peor que acabar loco, dependiendo de cómo.

Como decía, buscamos el equilibrio. Así, ante una agresión a nuestra felicidad o intento de felicidad tremendamente doloroso, o nos vengamos, cosa que no nos devuelve nada, o se inicia la búsqueda del otro lado de la balanza, de aquello que nos haga sentir bien en una cantidad proporcional al mal causado por otros, en nosotros. Es un sistema de defensa. La persona que ha recibido el daño puede vengarse haciendo pagar con la misma moneda o puede hacer un montón de cosas, pero lo que va a necesitar (y la venganza nos hace pensar que lo conseguiremos, pero no) es devolver la balanza, la suya propia, la interior, a un equilibrio que le permita lidiar con aquello. Sea lo que sea que haga, no lo hace para dañar a la otra persona de una forma equivalente (eso sería la venganza), sino que es para beneficiarse a sí mismo y así compensar el posible dolor padecido. De forma lógica cabe pensar o suponer que si la compensación es equivalente, si es suficiente, con una bastará; si no lo es, se repetirá en el tiempo o se buscará otra. Puede darse el factor, claro está, de que la compensación sea considerablemente más alta que el daño recibido, de forma que la balanza vuelve a desequilibrarse, aunque en el lado opuesto; cosa que puede llevar a dos posibilidades: o que se vuelva a compensar reduciendo o anulando la compensación o que nos quedemos con aquello que nos ha compensado y descompensado a la vez, puesto que ha establecido el precedente de comparación al descubrir que, mirando ambas situaciones, la nueva es mejor que la anterior. No sé si me explico.