La lluvia en domingo

01.12.2019

Te levantas una mañana y te das cuenta que es domingo. Un domingo festivo cualquiera. Entre las 7:30 y las 8:00. Llueve. Has atrasado dos o tres veces el despertador gracias a ese invento del demonio que te permite que vuelva a sonar al cabo de unos minutos sin ningún esfuerzo más que tocar la pantalla. Te enteras que está lloviendo porque mientras fumas y tomas la primera taza de café en la galería oyes las gotas de lluvia repicar contra el techo de plástico que cubre la lavadora y las bicis de los vecinos de abajo. Demasiadas despedidas, piensas. Luego acuden a ti cientos de ideas que otros días se negaban a aparecer y quieres compilarlas todas, pero cuando te sientas en tu silla nueva de segunda mano, nueva para ti, que tiene que evitar que te duela la espalda al estar frente al ordenador (pantalla en blanco, parpadeo del cursor), las ideas recién llegadas han echado a las que aparecieron antes y ya no las recuerdas. Sabes que algunas eran buenas. Necesitas volver a tener el control del teclado y de esas ideas que han aparecido en la playa con la marea, restos de un naufragio imaginario. Tienes en la bandeja de entrada un correo muy largo que ya sabes cómo acaba, pero es como aquellas películas que sabes a qué llegarán y las sigues viendo. Algunas penitencias hay que cumplirlas. Mea culpa.

Ya dijeron que iba a llover en domingo, que las nubes se extenderían por todo el territorio después de un sábado de reconocimiento del terreno y de marcar territorio, casi siempre en el mismo lugar, sitios plagados de verde. Demasiadas despedidas. Esta frase sin verbo aparece de nuevo mientras ves que la flor que plantaste sigue insistiendo en morirse lentamente, o quizá está intentando sobrevivir agónicamente. Es difícil que nadie crea en ti si tú no lo haces, te dice. Una paloma manchada de polución se pasea por una repisa riéndose de que tú sientas vértigo, yo seré asquerosa pero tú no puedes volar. Ibas a replicar que tú vuelas con tu imaginación pero entonces seguro que se partía de risa y vendrían sus compañeras a ver de qué se ríe tanto ésta y entre todas se habrían divertido a costa de tus... ¿De tus qué? Hoy el mercado no abre. No conseguirás la felicidad a expensas de la infelicidad de otros, por mucho que la merezcan, por mucho que la merezcas.

Y no sabes qué decirle. La sabia nueva ha tapado la sabia vieja, como las ideas. Decir que lo sientes ya no resulta creíble cuando lo has dicho tantas veces, aunque todas fueran ciertas. Es posible que disculparse solo sirva de algo si va acompañado de un acto de restitución del daño cometido. Si no, es como lanzar a canasta con una pelota invisible y levantar los brazos después de encestar solo en tu cabeza para que te aplauda un público que no ha venido ni vendrá, a verte. Eso sí, eres un metáfora andante. El mundo no es redondo o todo volvería a su sitio, tampoco es plano o todo sería más sencillo. El mundo tiene forma de un árbol tan viejo que no sabe cuántas ramas tiene ni cada rama sabe cuántas hojas. Un día de estos seré feliz, te dices, mientras te acomodas en la infelicidad para justificar muchas cosas. Fuera hay otro invierno de mentirijillas, algunos días de frío intenso y después esta especie de primavera de hojas caídas. Pero no vas a volver. No porque no fuera un buen lugar o no te sintieras a gusto, sino porque cuando estabas allí en realidad estabas en otra parte y ahora que has llegado a otra parte el allí se te hace ajeno, lejano, es lo que pasa al recordar recuerdos prestados. Ha dejado de llover demasiado pronto y a ti te pasa como a Murakami, la lluvia te trae más pensamientos alegres que sensaciones tristes. Pues menos mal, te dices, pues mira lo que estás escribiendo. No estoy triste, contestas, lee entre líneas. Y lees entre líneas y solo ves espacios en blanco. Si giras un poco la cabeza y entrecierras el ojo derecho acercándote ni mucho ni poco, verás que las letras bailan unas con otras para formar palabras. Y es verdad, no estás triste, la sensación que tienes es otra, es de una extraña nostalgia por el futuro, si esto existe. Lowenthal dice que sí existe, ahora no recuerdas de qué manera exacta lo dice, pero sabes que lo dice. Algunas personas ceden demasiado rápido por cobardía y otras porque ya no les apetecen las discusiones, la vida es demasiado corta. Quizá en su octavo día Dios pensó en la frase de Baltasar Gracían de que lo bueno, si breve, dos veces bueno y cortó con sus tijeras el hilo de la vida por delante y por detrás. Qué manía tienes últimamente en escribir sobre Dios si sabes que no existe, ¿qué te pasa? ¿Necesitas creer que hay algo más? Es solo otra justificación, como la acomodación a la supuesta infelicidad, la que has enmarcado y colgado en la pared para poder decir a los visitantes: mira que infelicidad más decorativa que tengo. Ya hay dos palomas en la repisa. Hoy el mercado no abre.


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