La lluvia en jueves

14.11.2019

Un jueves laborable cualquiera, lluvioso, entre las 8:00 y las 8:30. Esta mañana las calles tenían una belleza peculiar. Durante el trayecto de regreso a casa, las manos en los bolsillos de la vieja chaqueta gris, esa que nunca sé si me gusta o no, me ha parecido que todo estaba más bonito hoy, o bonito, que a veces no lo está.

El suelo estaba mojado después de una noche de lluvia y el aire era fresco y olía bien; un viento suave, no tan frío como las predicciones anunciaron, movía ligeramente las hojas de los plátanos y de los otros árboles cuyo nombre desconozco, que sí quiero acordarme, Don Quijote. Me he dejado llevar por la visión de niños y niñas saliendo hacia los colegios, tapados, algunos todavía con cara de dormidos y otros como si hubieran tomado una sobredosis de café, que ya tienen eso, la capacidad de pasar de un estado de letargia a uno de euforia en milésimas de segundo. Hermanos o hermanas mayores acompañando a sus pequeños o pequeñas, madres y padres, abuelos y abuelas. Personas mayores que de buena mañana se activan para ser los primeros en las colas de los bancos, el mercado o la caseta de la ONCE, trabajadores abriendo sus comercios. De un portal, ese en el que está el pediatra al que acude medio pueblo, sale una madre con un cochecito y dos niñas más a pie, les da prisa. A mi ritmo hoy más lento, adelanto a un señor de espalda curvada que se ayuda para andar con un bastón y lleva en la otra mano una bolsa de plástico blanca, seguramente con el contenido de un recado para la mercería que ya está subiendo la persiana. Un camarero, aprovechando que ha dejado de llover, seca las sillas y las mesas de la terraza, en la que rápidamente se sienta una pareja. En la panadería de la esquina, veo a la mujer delgada y llena de tatuajes de casi todas las mañanas, con su pelo rojizo. Otra mujer a la que reconozco me dice adiós y yo respondo con otro adiós, pensando en quién será. Una tercera mujer, de origen africano (las que he descrito hasta ahora eran de origen europeo), con un delicioso vestido lleno de colores que contrastan con el tono gris de la mañana, lleva consigo a toda una prole de niños y niñas que hablan entre sí e intercambian cromos de alguna colección. Yo hacía colecciones de cromos, de pequeño: de futbol, de películas o series, de animales; creo que nunca terminé ninguna. Un hombre pide disculpas a los transeúntes de la acera mientras con una mano pide que se detengan y con la otra le indica a su compañero, que conduce la camioneta con un anuncio de productos frescos, que ya puede hacer la maniobra para colocar el vehículo en el aparcamiento del mercado, mientras otro hombre, más mayor, se lo mira todo como si fuera un espectáculo hecho para su entretenimiento.

Las plantas y flores que decoran la calle principal del pueblo, en la que vivo, agradecen la lluvia mostrando su verde más verde, sus colores más coloridos y desprendiendo el delicioso aroma de la tierra mojada. Las discusiones habituales de todos los otros días (por un coche mal aparcado, por el orden de una cola, por la faena que hay y tú sales ahora a fumar, por las prisas de no llegar a tiempo al cole) no están o yo no las veo. Tampoco me percato especialmente de un número significativo de personas mirando el móvil, cosa que me preocupa cuando a otras horas, paseas por la calle y te das cuenta que la mayoría ya no mira aparadores, ya no mira a la otra gente, a las plantas, las ventanas, el suelo, el cielo... si no que mira sus pequeñas pantallas, como si el mundo estuviera allí y no. Me he dado cuenta de que la gente ya no hace aquello tan bonito que en catalán se llama "badar" que significa "abstraerse o encantarse mirando alguna cosa". La traducción en castellano es "distraerse", pero no es lo mismo. Cuesta mucho ver a gente sentada en los bancos simplemente mirando, o en las terrazas de los bares, o desde el balcón. A mí me gusta salir al balcón y mirar la calle, no hacer nada más que mirar. Lo hace alguna gente mayor y también los niños, y los soñadores que un día fueron niños y otro día serán viejos. Creo que no se puede decir que se ha vivido si no se observa el mundo que nos rodea. Igual que ya casi nadie lee en los trenes. La tecnología y, sobre todo, la necesidad inducida de tener que estar conectado todo el rato, está matando el romanticismo. Quizá ya me esté haciendo viejo y por eso cada día me gusta más observar, o quizá es que nunca he dejado de ser niño. Sí sé que nunca he dejado de soñar.


Aquí puedes leer La lluvia en viernes.


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