La lluvia en miércoles

04.12.2019

El viento bate las persianas que se mueven nerviosas. Se oye el repicar de las gotas de lluvia, desordenadas por el aire hoy exaltado, haciéndolas jugar en suspensión a perseguirse antes de que acaben cayendo al suelo por una fuerza más grande que toda lluvia y todo viento: la gravedad. Eso que hace que todo acabe cayendo tarde o temprano.

Nada consigue mantenerse en flotación para siempre, toda nube a la que te subas es temporal y se acabará disolviendo, luego ya se verá si caes lentamente, trazando dibujos en el aire, o en picado. Por muy preparado que creas estar, no es seguro que el paracaídas se vaya abrir, eso suponiendo que sepas cómo abrirlo o que te hayas acordado de comprar uno. Igual caes sobre el agua, sobre un lecho de paja o sobre un colchón blando, como te estampas contra el asfalto justo delante de un camión que pasa a toda velocidad por encima de ti, sin tiempo ni reflejos para detenerse o esquivarte. Con suerte, alguien te recogerá al caer y te dejará con delicadeza en el suelo, pero no esperes que te enseñen a andar de nuevo, ya sabes y tienes que hacerlo solo. Puedes pedir ayuda, pero el peso más grande es tuyo y tienes que llevarlo tú.

Incluso el mundo, nuestro planeta, se va acercando al sol. Da la sensación que muy lentamente pero en realidad es a una velocidad de vértigo. No gira en círculos sino en una espiral elíptica. Dentro de unos 15.000 millones de años estaremos tan cerca que la vida será imposible. No sabes qué andarás haciendo por entonces, puesto que apenas sabes qué andarás haciendo mañana. Aunque hay teorías que dicen que no, que eso no es cierto. En el fondo nadie sabe nada, y tú menos, de manera que lo mejor es dejarse fluir y ya veremos dónde nos lleva el río.

A pesar de la lluvia, a pesar de las diferentes cosas que parecen haberse girado en tu contra o que, más que eso, es como si se hubieran empecinado en apostar a ver si puedes o si no puedes en una lucha contra un gallo muchísimo más grande, estás contento. En todos los zarzales crecen rosas. Y es que sí, te suceden cosas buenas que relativizan las malas y te forman una sonrisa que se abre camino entre esa cara de preocupación y de temor que llevas, temor hacia el futuro incierto y es que nada provoca más desazón que la incerteza. La incerteza y la gravedad. ¿Caerá o no caerá? Ya lo decía Murphy: si puede caer, caerá. Y la gravedad allí fregándose las manos, te preguntas (una pregunta estúpida y retórica pero que viene dada por ese positivismo despertado por las cosas buenas que suceden entre las malas) si cobra royalties cada vez que algo se cae. Newton inscribiendo la gravedad en el registro de la propiedad intelectual. "Mi descubrimiento reviste de mucha gravedad".

La de hoy es una lluvia de aquellas que hacen que por mucho paraguas o capucha que lleves vas a acabar mojado, no sabes por dónde te viene. Igual que el azúcar excita a los niños el viento excita a las gotas de agua que hacen filigranas a tu alrededor y se puntúan ellas mismas si consiguen acertar allí donde todavía estás seco. Los pies se mojan rápido y te viene a la memoria el tiempo en que usabas botas de agua y te gustaba pisar los charcos. Ahora los evitas, que no se manchen tus zapatos, que no cojas un resfriado. Suerte que también ocurren cosas buenas y suerte que la infancia regresa a nosotros de vez en cuando, como un soplo de aire fresco entre la ajada madurez. Ojalá las cosas buenas fueran capaces de borrar las malas como parece que las malas lo son de borrar las buenas. Cuando algo termina mal, tendemos a olvidar o a poner en letargo todo lo bueno que hubo antes; en cambio, cuando algo termina bien seguimos pensando en todo lo malo que hubo y lo mantenemos allí, en la recámara. El tiempo va poniendo, no obstante, las cosas en su lugar, es un bibliotecario metódico y parsimonioso empujando un carrito lleno de recuerdos de distintos tamaños y colores, de diferentes temáticas y los va poniendo en sus estantes sin ninguna prisa. Para qué, tiene todo el tiempo del mundo y así deja espacio para que otros estantes se desordenen y no quedarse sin trabajo. Como los libros, algunos recuerdos tienen portadas horribles y, otros, portadas que incitan a revivirlos continuamente, pero el interior es distinto, como las personas también. O como los vinos, que parecen mejores si la etiqueta tiene un diseño atractivo.

Los recuerdos no son personas ni vinos ni libros. Los recuerdos son tiempo, espacios concretos que han marcado el antes o después, para bien o para mal. Puntos en una línea infinita que emiten olas concéntricas que levantan los troncos y los nenúfares y hacen croar a las ranas. Cuánto más potente fue ese instante de tiempo, más potente es el recuerdo y más cosas remueve pues su olas son más grandes. Fuera sigue lloviendo y pasan paraguas con personas por la calle, el viento hace ondear los toldos de las casas y provoca cosquillas a los árboles. Por alguna razón me he levantado pensando que era lunes.

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