La lluvia en viernes

22.11.2019

Un viernes laborable cualquiera. Entre las 8:00 y las 8:30. Llueve. Una lluvia muy suave que provoca dudas sobre si salir con paraguas o no, apenas se ve y se nota únicamente si se levanta la cara y se mira hacia arriba. El vigilante del parquin del mercado fuma protegido por el portal, el tío va en manga corta, manda huevos. Un hombre mayor con un sombrero que le va pequeño sube con dificultad las escaleras mientras un coche grande con un conductor que le va pequeño entra en el aparcamiento. Un personaje imaginario que lleva un rato despierto mira por la ventana de un piso ilusorio. Cuando ha despertado, después de posponer hasta cuatro veces el despertador, ya había vida en la calle. Ha sabido que llovía porque mientras preparaba el café se han oído las primeras gotas sobre el plástico del patio interior. Llamarlo patio es sobrevalorarlo, piensa, es un agujero largo y estrecho.

La lluvia va perfecta para acompañarle hoy, aunque saldrá a patear las calles para trabajar y le será algo incómoda, es como un decorado que ni pintado para su estado de ánimo. Es una nostalgia de presente, si es que eso existe. La nostalgia, según su definición, es pensar en lo que se tuvo y ahora no se tiene y echarlo de menos, es un sentimiento negativo, por así decirlo, produce tristeza y apatía. Quizá echa de menos aquellos días de inspiración en la que cada mañana se ponía a escribir como un loco y cuando no lo hacía dedicaba su tiempo a intentar enamorarse de alguien ficticio, empujado por la euforia de haber tomado decisiones importantes y ver que su vida por fin le pertenecía. Pero siente nostalgia del presente, porque no es nostalgia del pasado. Se nota como en una sala de espera que contiene todas las cosas que necesita y sin embargo no sabe usar ninguna.

Mientras aguarda a que se abra la puerta y digan su nombre, después de haber rellenado todas las papeletas, mira los objetos que se han dispuesto para que esté bien preparado en el momento en que llegue su turno. Hay una máquina de escribir, ese objeto magnífico que le ha acompañado gran parte de su vida, pero cuando la mira ahora le parece una extraña. De hecho se percibe un poco así, piensa mientras pasa los dedos por las teclas llenas de polvo, extraño, se mira desde lejos y le cuesta reconocerse, como se cuesta reconocer a la Olivetti. Hay libros, bastantes, que no muchos, lo único en lo que le gusta gastar actualmente el poco dinero que tiene, pero los lee con una sensación de obligación y se da cuenta de la cantidad de obras que no ha terminado por una falta de motivación o por la búsqueda en pro de una exigencia excesiva. Se pregunta qué le sucede y en realidad no sabe si sabe que lo sabe o sabe que no sabe si lo sabe, se le mezclan una serie concreta de posibilidades y todas le parecen correctas, más por pereza de detenerse a valorarlas todas que por otra cosa. Nunca le había pasado esto, siempre ha sabido esperar, ahora no. Quizá es que ha esperado demasiado, quizá es que de verdad nunca lo ha hecho y al ser la primera vez la incomodidad generada por la incerteza inhibe todas las demás cosas.

No tiene inspiración, algo que ha viajado con él a través de los años y las estaciones, sentándose a su lado o situada en el altillo para el equipaje en casi todos sus trenes. Ningún libro le parece suficientemente bueno, ninguna idea lo bastante idónea, ninguna propuesta tiene fuerza para empujarle. Solo una, algo que encontró y que resulta que no quería que él lo encontrase. Como el niño que juega al escondite y se enfada cuando le encuentran o peor, piensa, como el niño que juega al escondite y se enfada cuando encuentra a los que se ocultan. ¿No quiere terminar la búsqueda? O es la búsqueda la que no quiere terminar con él. Mientras abre los cajones de la sala de espera, convencido de que halle lo que halle en ellos lo dejará allí, le viene una revelación. Es una revelación pequeña, tímida, insegura: no está buscando nada porque ya lo ha encontrado, pero algo le impide tomarlo. Se mira las manos, esas que tantas veces le han dicho que son bonitas, las que millones de miles de veces han tecleado con energía y ritmo frenético la máquina de escribir o han trazado letras en infinitas libretas. Ya hace un rato que no se está mirando desde afuera o puede que no lo haya hecho tampoco antes. Tampoco se encuentra en una sala de espera, nadie va a abrir la puerta ni a llamarle, él ya ha llamado unas cuantas veces, pero el error no fue este, no fue llamar, el error fue llamar y esperar dando por supuesto que estaba cerrada.

Fuera ya no llueve, pero sigue siendo viernes.

Aquí puedes leer La lluvia en jueves.


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