La lluvia quieta

17.01.2020

La lluvia ha dejado de caer y se ha quedado en el aire, estática, un precioso paisaje de millones de millones de gotas reflejando la luz, siendo espejo de todo lo que las rodea. El mundo se ha puesto en pausa. Un grupo de niños y niñas juega a esquivarlas, el que toque una pierde,y pierden todos entre risas porque hay demasiadas, una niña se enfada por ser la primera en quedar eliminada. Un conglomerado de adolescentes juega a desplazar lentamente las gotas, moviéndolas con cuidado para que no se rompan y se conviertan en restos infinitesimales. Acompañan la podagra con la palma de la mano y luego la empujan, haciéndola chocar con otras en un juego de billar sin tacos. Un padre enseña a sus criaturas a construir gotas más grandes juntando las pequeñas con delicadeza, la mayor lo hace con orgullo y satisfacción, el mediano mira maravillado lo que está sucediendo y el pequeño se frustra porque no consigue juntar más de dos.

En la esquina, una señora ha tenido la ocurrente idea de hacer rodar el paraguas como si fuera una hélice, a gran velocidad, y a su alrededor la gente se aparta riendo de las gotas que se desplazan como pequeños proyectiles inofensivos en una lluvia horizontal. Un chico y una chica, unos metros más al norte, que habían planeado pintar un grafiti en el muro debajo del puente, colorean ahora las gotas cercanas formando un magnífico cuadro multicolor en suspensión. Maravillado, un hombre que lleva tiempo durmiendo en los cajeros se ríe por primera vez en mucho tiempo.

Tres chicos que provienen de un país con sequías constantes corren con la boca abierta cazando gotas, que se dejan atrapar sin oponer resistencia. Dos policias mantienen una conversación animada sobre el extraño fenómeno, uno aopyado sobre el coche patrulla, la otra de pie. Una mujer de pelo rojo se pone a dar vueltas y sus cabellos se empapan del agua detenida y forman largas cadenas de gotas que salen disparadas por todos lados hasta que vuelven a detenerse, quedando una flor trasparente a su alrededor, mientras el chico que acaba de conocerla a través de una aplicación de citas en la que no confiaba se sorprende de la suerte que ha tenido.

Ni muy lejos ni muy cerca de allí, abriendo la ventana del laboratorio donde trabajan, un enjambre de cientñificos discute sin poder evitar el resplandor mezcla de alegría y curiosidad, sobre el fenómeno atmosférico, climatológico, que está teniendo lugar. En algún rincón, alguien sospesa la posibilidad de que todo sea producto de una conspiración, un experimento científico o militar peligroso, mientras a dos manzanas, un vendedor de periódicos le explica a una invidente lo que ve, mientras ella palpa las gotas con las manos y su perro lazarillo ha perdido el impuesto autocontrol y corre con la lengua fuera. Cuatro ventanas más arriba, un gato se lo mira todo con suspicacia y en la calle, saliendo de entre los contenedores, una camada de felinos golpea las gotas con sus patas y juegan olvidándose de pasar hambre.

Un señor enciende la radio para ver qué dicen en las noticias, no se atreve a estar contento ni sorprendido hasta que sepa qué opinan los tertulianos sabelotodo de cada mañana, qué piensa el político de turno o qué explica la chica del tiempo. Sobre su cabeza, los pájaros, imitando a los niños, vuelan haciendo filigranas entre las gotas y parlotean sin cesar. Un bebé, atado a su cochecito, agita excitado sus brazos y se parte de risa cada vez que una gota se mueve y le explota en la cara. Dos amigos de edad muy avanzada comentan que quién lo iba a decir que vivirían para ver eso y que ahora ya se pueden morir y, claro, también se ríen. Un aguafiestas camina molesto, intentando apartar las gotas estáticas mientras remuga que eso no puede ser bueno, que es señal de que algo malo se acerca si es que no está ya aquí.

Los y las responsables políticas exiguen que alguien les dé una explicación, no pueden salir allí sin saber de qué va la cosa, no pueden quedar como unos lerdos y unas lerdas, son los únicos que se preocupan más por qué decir que por qué sucede. Debajo de sus despachos los coches y autobuses y trenes se han detenido, solamente una chica con moto que se ha quitado el casco circula dejando que las gotas se paseen por su cara y, si no llega a estar atenta, casi choca contra el ciclista que bajaba por la avenida con los brazos extendidos. Un chaval se queja de que la lluvia le pueda estropear el patinete eléctrico acabado de adquirir y el jardinero del centro civico abanica las gotas para que se acerquen a sus plantas y sus flores. La mujer que trabaja en el bazar está preocupada porque esto lo va a dejar todo perdido y después a ver quién lo limpia. En la terraza de un jardín de infancia, una profesora ha organizado un juego consistente en que, con bolsas de plástico trasparente, los críos envuelvan las gotas que tengan cercanas y así puedan moverlas, con cuidado, y tengan pequeños universos en sus manos.