La mano del Corifeo

07.10.2018

El Hombre Alto estira el brazo y abre la palma de su mano oscura. El Huérfano tiembla de la emoción, ha esperado ansioso este día; hoy ha tenido que ir al baño tantas veces que le escuece la apertura. No tiene que mirar, la adoración absoluta que siente le pide que lo haga y mire esos enormes ojos también oscuros, como la mano que se le acerca. Pero no puede, no debe. Es un sacrilegio mirar al Corifeo en el momento del nombramiento. Tiembla, la mandíbula inferior repica contra la superior y aprieta fuerte los dientes para controlarse. Suda, no quiere ensuciar la mano del maestro, pero suda gotas de rocío salado resbalan por su frente pálida.

Finalmente la mano se apoya sobre su cabeza de pelo raso. Inmediatamente le parece percibir el poder que el Hombre Alto irradia. La fuerza de los dedos apretando su cráneo, el calor de la palma, la energía que sale de una mente privilegiada y un corazón aventajado y recorre el musculoso brazo hasta llegar a él, al Huérfano, al súbdito. Entonces pronuncia las palabras y él le sigue repitiéndolas con temblorosa firmeza y detrás lo hacen todos, a coro. Es un momento sublime, que recordará siempre. Las palabras transmiten parte del saber del Corifeo, parte de su vigor. El Huérfano cree entrar en éxtasis cuando las últimas palabras en el idioma de los Dioses (el significado del cual solo El Corifeo conoce) salen de su boca y, al final, éste quita la mano de su cabeza rasa y la pasa por su mentón, haciéndole levantar la vista llena de lágrimas de emoción.

Ha subido de nivel, ya no es un Huérfano, es un Tutelado. Se gira, todos gritan contentos y poco a poco se le acercan, le felicitan y abrazan y, en un ritual ensayado, le hacen un pasillo. El nuevo Tutelado camina lentamente hasta el altar. Recuerda cuando todo el mundo parecía vacío y él se había hundido en la miseria más absoluta. Palmaditas en la espalda, los Huérfanos le miran con la ilusión de llegar a donde él. La muerte de su hija y el posterior divorcio. No pudo soportarlo, cayó en la desesperación. Hubo psicólogos y luego psiquiatras, hubo amistades que resultaron no serlo tanto cuando no pudo devolverles el dinero.

Una de las chicas, de unos ojos caramelo que embelesan, le acaricia el hombro y le sonríe. La pedirá, ahora es un Tutelado y puede pedir a una Huérfana para él. A él no le pidió nadie, ninguna Protegida le eligió, tiene la cicatriz del accidente de coche en el que murió la niña. La imagen de la colisión que, gracias a los Dioses Hermanos se había difuminado, se le aparece de nuevo: su hija atrapada entre los asientos alargándole el brazo como el Hombre Alto ha hecho hace unos instantes. Quiere llorar, pero sonríe. Está a salvo y pedirá a la Huérfana esta noche. Al término del pasillo humano le esperan las dos figuras talladas en mármol gris: el Dios y su hermana, la Diosa y su hermano, con la Verdad. Gira la cabeza, El Corifeo le sigue sonriendo. Él le salvó. Aquél día de finales de mayo. Dijo: "mis Huérfanos te han estado observando, es hora de conocer la Verdad". La verdad, que palabra tan dura y a la vez tan pura. Al principio receló, luego se quedó pues encontró gente amable: le cuidaron, le asistieron, reflotaron su empresa, le reconocían su saber en exportación e importación, le hicieron ver que la muerte de su hija fue debida a la maldad del dios falso. Estaban otros Dioses, otras Diosas, otras maneras de entender el mundo que lo convirtieron todo en mucho más sencillo y liviano. Así, al poco, se fue adentrando en esa nueva forma de vivir y de pensar, empezó a colaborar con el colectivo de gente a la que, con el tiempo, dejó de ver como rara, se fueron tornando amigos sinceros que no le pedían nada. Esos amigos que ahora le aprecian y le valoran por ser el nuevo Tutelado, camino a la Verdad.

Él se ofreció voluntario a aportar parte de los beneficios de su empresa al grupo cuando supo que necesitaban ayuda para continuar alguno de los proyectos que el Hombre Alto, el Corifeo, tenía para todos.

Todos van callando a medida que él se acerca a los Hermanos y acaricia sus rostros de mármol gris en señal de adoración, luego besa cada una de las estatuas en la frente. Como Tutelado ya no tiene que postrarse, ya no es un Huérfano de la vida. Da las gracias en voz baja por respeto y con una sonrisa por agradecimiento, al tiempo que en su mente la imagen de su exmujer aparece, de cuando eran felices y luego de cuando no hacía nada más que llorar. Está a punto de preguntarse dónde está ahora, si piensa en él alguna vez, si es feliz, pero esa pregunta queda ofuscada por las canciones que cierran la ceremonia, canciones que hablan del futuro que el Dios y la Diosa de la Verdad les ofrecen si siguen los pasos, si siguen al Corifeo. Y con las canciones, él se olvida de su pasado una vez más, de sus desgracias, su mente vuelve a quedar vacía, su corazón cree estar apedazado, no puede decir que no lo está, la mentira aquí no tiene lugar.