La mentira útil del voto útil

22.05.2019

Casi desde que empecé a votar, al cumplir los 18 (por las primeras europeas que ganó el PP de Aznar, y en las que, un día antes de la selectividad, me tocó ser presidente de mesa), oigo aquello del voto útil. Teóricamente, el voto útil es el que realmente es decisivo, el que irá a parar al saco del partido o los partidos que pueden producir un cambio. Sin embargo, el uso de esta estrategia política responde básicamente al bipartidismo cuando se ha visto amenazado, cuando la aparición de más partidos con ideologías del mismo bando (derecha o izquierda, pues el centro político no existe) han hecho peligrar sus posibles mayorías, ya sea mayoría para gobernar o para encabezar la oposición.

El hecho, sin embargo, es que cuando aparecen nuevos partidos es por algo. De tal manera que pedirle a la gente que vote de forma útil es menospreciar las diferencias entre partidos. Sí es cierto que, en ocasiones, dichas diferencias son poco apreciables o vienen dadas por rencillas personales (como sucede en la división de algunos partidos, un hecho más que palpable en la presente convocatoria de elecciones municipales). El Sr. X es elegido alcaldable por sus seguidores, la Sra. Y no está de acuerdo porque quería serlo ella, así que reúne a los suyos y se separan, presentándose dos partidos con semejanza ideológica considerable, pero con caras diferentes. Y las caras son parte importante en las elecciones municipales en los pueblos, e incluso en las grandes ciudades.

El término de voto útil se usa también para fomentar el miedo a la posibilidad de que gane otro que no sea yo, es decir, si no me votas a mí ya verás lo que pasa, que ganarán esos y va ser la hecatombe. No obstante, las hecatombes se acercan más cuanta más mayoría tiene el que ha ganado. En las mayorías absolutas es cuando más atrocidades se han cometido y, en un sistema bipartidista (o casi bipartidista), las cometen en ambos bandos. Las mayorías absolutas permiten que quién gobierna haga, figuradamente, lo que le dé la gana, puesto que los demás no suman suficiente como para evitarlo. El enriquecimiento que supone la diversidad de partidos en un hemiciclo, ya sea del congreso, del senado, de un parlamento autonómico o de un pleno municipal, garantiza, aparte de que todo sea más complicado, una mayor pluralidad de ideas, un mayor cuestionamiento de la acción de gobierno, la anulación de la impunidad y, sobretodo, la necesidad de cada político o política de demostrar que el voto recibido ha servido para algo y así aumentar la tarea de gobierno que se les ha encomendado, ya sea dentro del propio gobierno o como oposición.

Lo que realmente es útil no es votar al partido con más probabilidades de ganar o de evitar que gane otro, sino que es ir a votar en sí mismo. Pensad que el hemiciclo tiene que llenarse y se llenará igualmente, vote el 99,9% de la población o solamente, por ejemplo, el 15%. Esto significa que, si en un pueblo vota una sola persona, el partido por el que ha votado tendrá todos los concejales para él solo, ya que habrá obtenido el 100% de los votos (independientemente de que una participación bajísima, imaginemos un 15 o un 10% supondría una deslegitimación brutal de la democracia y de los partidos vigentes, que podría provocar un caos administrativo). Lo lógico, para mí, en una democracia, sería que si únicamente votara la mitad de la gente, solo hubiera la mitad de diputados (o concejales, o senadores, o lo que fuere). Así, la participación se convertiría en algo realmente determinante, y en el sistema político actual solo es determinante cuando sirve para decantar la balanza hacia la izquierda. Por alguna razón que se me escapa, el votante izquierdista suele ir a votar menos que el derechista y esto se demuestra claramente con las estadísticas de participación, pues a mayor participación, mayor voto a la izquierda (las elecciones de "Zapatero contra Rajoy", por ejemplo). Cuando el votante de izquierdas se ha desencantado y no ha ido, es cuando ha subido la derecha. En las elecciones generales con menor participación de la historia desde la transición, las de 2016 (66,48%), ganó el PP; en las de mayor participación de 1982 (79,97%) la victoria fue para el PSOE con mayoría absoluta. Igualmente, Zapatero es el presidente del gobierno que más votos ha conseguido hasta ahora, también por el PSOE, y Rajoy el que menos, para el PP (todos los datos corresponden a Sociometra y a epdata, del Ministerio del Interior).

Resumiendo, que si no se va a votar los escaños se los repartirán igualmente, pero contando solo a aquellos que sí han votado. Cuánta más gente vota, más cuesta un escaño de ganar, cuánta menos, más fácil es conseguirlo. Como muestra, el ejemplo que he puesto antes del pueblo con un único (o una única) votante. Y el llamado voto útil es la maniobra política del miedo, del miedo de los que hasta ahora han tenido la mayoría del pastel, que no quieren repartirlo; usando el miedo a que "tu voto no sirve para nada si no me votas a mí", cuando en realidad, incluso votando a un partido minúsculo, serviría, al menos para que a los otros les cueste más y, por lo tanto, tengan que currárselo más, esto es, procurar más a favor de las ideas que han presentado y que, en teoría, son aquellas por las que la gente les ha votado.

Pero ha funcionado en muchas ocasiones, la mentira del voto útil. Así que es una mentira útil, pero mentira.