La muerte del comendador (Libro 1), de Haruki Murakami

25.03.2019

Siento un gran respeto por Murakami. Es uno de aquellos autores que requieren de mi atención y tiempo, concentración y una abertura lectora de corazón y mente, desde que me sorprendió con Tokio Blues y me maravilló más tarde con 1Q84. Cuando empiezo a leer a este autor japonés nacido en 1949 en Kyoto, no sé dónde voy a terminar y aunque esto quizá debería ser así en casi todas las novelas, no lo es en la gran mayoría. Así que, cuando me regalaron el libro La muerte del comendador, lo dejé encima de la mesilla de noche para que esperara con paciencia mientras yo terminaba el inmenso David Copperfield. Y a pesar de que es cierto que cada uno dedicamos a la lectura el tiempo que queremos, que está exprimido del tiempo que tenemos (el trabajo, la familia, el transporte...), y que con esta novela no he estado tan dedicado como en algunas otras, de manera que he tardado más de lo habitual en terminarla, también es cierto que ha sido una lectura más larga porque me ha costado más.


Autor: Haruki Murakami (Kyoto, Japón, 1949)

Año: 2017

Esta edición: Ed. Empúries (Grup62)

Volumen: 440 páginas

Género: Drama fantástico

Idioma original: japonés

Traducción al catalán: Albert Nolla Cabellos


La muerte del comendador, libro primero; es un libro frío. La historia narra como un pintor que se dedica básicamente al retrato para ganarse la vida, se instala en una casita en la montaña para alejarse de su separación matrimonial. Esta casita perteneció a un pintor japonés famoso que ahora vive en un asilo, sin memoria. En la casa, el pintor protagonista, de 36 años, encuentra un cuadro titulado igual que el libro, un cuadro escondido y jamás mostrado al público. A su vez, un hombre rico le pide que pinte su retrato y, a pesar de que el protagonista ha decidido no hacer más de estos, accede por la cuantiosa suma económica ofrecida. A partir de ahí, nace una relación extraña entre ambos personajes a la vez que, del cuadro escondido, salen también hechos extraños.

Una de las cosas que más me entusiasmó de 1Q84 es la capacidad de Murakami de pasar de un realismo brutal a una fantasía insólita sin que nos diéramos cuenta y, de hecho, todo apunta a lo mismo a medida que se avanza en La muerte del comendador. Pero página tras página, el devenir lento de los acontecimientos y la frialdad con que estos se relatan hacen, o han hecho en mi caso, que sea difícil sentir simpatía o empatía alguna con el protagonista, que los acontecimientos que se van sucediendo con una cadencia tranquila tengan un toque artificial, un deje de introducción eterna. Quizá es que después de comerte un plato exquisito, unos postres buenos te saben a poco. Bien escrito, estructuralmente impecable, quizá con un exceso de diálogos, personajes construidos meticulosamente y un ambiente y contexto en una sintonía perfecta, el Libro primero de La muerte del comendador me ha dejado ligeramente indiferente, no ha acabado de despertar mis ganas de adquirir el segundo libro cuando salga (lo haré, seguramente, por fidelidad al novelista japonés, y más por curiosidad que por entusiasmo). Pensándolo un poco ahora, mientras escribo esta reseña, imagino a Murakami escribiendo con cierta desgana, como porque toca publicar algo nuevo y lo único que se me ocurre es esto. Seguramente, me equivoque del todo, pero es el regusto que me deja la novela.