La mujer que temía las escaleras mecánicas

13.01.2020

Cada mañana, al ir a mi nuevo trabajo... No, cada mañana que voy bien de horario, que no llego tarde por alguna circunstancia de aquellas imprevistas que eran perfectamente previsibles, coincido en el tren con I, mujer a la que he bautizado así porque hace cara de tener un nombre que empieza con la tercera vocal. I debe de tener alrededor de cincuenta años, quizá algo más o algo menos, puesto que nos movemos en aquellas edades en las que alguien de 55 puede aparentar 40 y alguien de 40 aparentar 55. El tema es que la primera vez que reparé en I fue porque, yendo con prisas como siempre voy, casi tropiezo con ella después de marcar el billete a la entrada de la estación, puesto que la mujer estaba detenida frente a las escaleras mecánicas. Ambos acabábamos de perder el tren que nos haría llegar a tiempo al trabajo, imaginé, y ahora tendríamos que esperar al siguiente con el que llegaríamos claramente tarde. Bien mirado era bastante estúpido por mi parte ir con prisas, por mucho que yo corriera el tren ya se había largado y el otro no correría más por el hecho de que yo lo hiciera.

Como decía, casi tropecé con I al pie de las escaleras mecánicas que bajan de la entrada de la estación al túnel que cruza las vías, y eso se debió, aparte de que yo estaba ocupado situando la tarjeta del tren dentro del libro, a que ella estaba de pie, quieta, observando los escalones que empiezan planos y luego constituyen una escalera progresiva. Como buena persona con prisas que soy, después de pedir perdón por estar a punto de tirarla escaleras abajo, me fijé en que I miraba aquel artilugio mecánico con cara de estar a punto de tomar una decisión drástica ante un dilema trascendental. No le di más importancia ni me fijé en si tomaba las escaleras mecánicas o no.

No obstante este encuentro, pero en circunstancias ligeramente diferentes se repitió más veces. Sin ir más lejos, esta mañana, llegando tarde, casi vuelvo a tirar a I escaleras abajo. Una de las pocas cosas que me gustan de ciertas rutinas es precisamente ver quién más forma parte involuntaria de esta rutina, convirtiéndote tú en miembro involuntario de su rutina. A medida que transcurren los días, ves que coincides en horarios regulares con muchas personas: el barrendero del barrio suele estar entre tal calle y tal calle y sabes que te cruzarás con él aquí o allí; sabes que si vas por la calle tal en lugar de la calle cual tienes números de toparte con aquel conocido que lleva a los niños a la primera hora de la guardería, que si vas bien de tiempo cuando tú bajes por la calle peatonal que mana a la estación, el propietario del bar de la primera esquina estará colocando las mesas y el del bazar barriendo el trozo de acera frente a su portal. Del mismo modo, al llegar a la estación, en el andén verás caras que no son nuevas: la chica rubia con la parca azul, el hombre de barba dejada y ojeras, la mujer que sube en el ascensor, la pareja que habla en un idioma de Europa del este que parece inventado para tus oídos, el chico de la bicicleta y le mujer que, hasta hoy al menos, tenía miedo de las escaleras mecánicas.

Y es que esta mañana, aunque quizá lo acabe haciendo todas las mañanas, I ha dado un paso y con dudas y titubeos ha montando en la escalera mecánica, a mi modo de ver, que venía justo detrás, en un escalón tan lejano que casi no llega, como si temiera que los demás todavía no se habían establecido en lugar seguro. Me ha parecido ver que su mano derecha agarraba con fuerza, excesiva, la cinta negra que se mueve a la par que los escalones y por unos instantes me he imaginado teniendo que socorrerla al precipitarse ellas escalones abajo. Pero no se ha caído y por su postura tensa y la espalda recta como una tabla de salvamento, he interpretado que no lo estaba pasando nada bien. Sin embargo allí estaba I, montada en la escalera, afrontando su miedo, o el miedo que yo he imaginado que tenía pues quizá simplemente tenga algún problema de motricidad o una lesión en la pierna o dónde sea, pero ha entrado dentro de mi imaginario y ahí se queda, valiente por cada día situarse frente a las escaleras, dando mentalmente un paso más, a su ritmo, hasta que acumuló el coraje suficiente o el cansancio suficiente, que en ocasiones también ayuda estar cansado de no superar un miedo, más que cualquier aliento propio o externo, el estar hasta la coronilla (que expresión más antigua) de no poder con él. Como dijo alguien más sabio que yo, o sea cualquiera menos yo, la mayoria de miedos no se vencen, simplemente se aprende a convivr con ellos.