La propiedad íntima

06.11.2019

En el fondo todos intentamos salvarnos a nosotros mismos. Hacemos lo que sea para asegurarnos que, en caso de que todo se hunda, tengamos un lugar en uno de los botes de salvamento. No, no me refiero a la muerte, me refiero a la vida, a los momentos en que el barco en el que viajamos hace aguas, o bien por todas partes o bien solamente por una, un boquete lo suficientemente grande como para que nos parezca imposible taparlo. Este agujero, o estos, tienen nombres: soledad, tristeza, desamor, pobreza, traición, incomprensión, fracaso. Y muchos más. Hay una escena en la magnífica Dunkerque (Dunkirk, Christopher Nolan, 2017)en la que un grupo de soldados intenta escapar en un buque pesquero mientras los nazis les acorralan en la playa. Escondidos en las bodegas, las balas empiezan a perforar la madera y se las van apañando para tapar los agujeros, pero al final hay tantos que no dan abasto, son agujeros pequeños que se tapan con un dedo; en el tiempo que tardan en tapar uno nuevo, la bodega se va llenando de agua hasta que les cubre.

La supervivencia es el primero de los instintos de toda especie viva y el segundo es la reproducción que, de alguna manera, no deja de ser una extensión o un anexo al primero. A parte de la supervivencia en el sentido más estricto, esto es, el intento de seguir vivo, de no morir, está la supervivencia en un sentido más amplio. La supervivencia de lo que somos o de lo que creemos que somos. El orgullo, el honor, la dignidad y toda una serie de conceptos abstractos, inmateriales y generados artificialmente, pero tan arraigados que ya son naturales, inducen a la necesidad de preservarnos no como especie (principal razón del instinto de supervivencia) sino como individuos. La lucha por mantener nuestros lugares de trabajo o las personas a las que queremos, nuestro dinero, nuestras posesiones, nuestra reputación, se muestra de diferentes formas pero no dejan de ser intentos de continuar a flote. Una de las formas más habituales es la de la memoria, que engrandece o empequeñece aquello que nos motiva a actuar o a no actuar para justificarnos.

La autoestima es otra muestra clara del instinto de supervivencia individual, intentando aplacar todo aquello que la ataca, neutralizarlo y hundirlo, como el barco, ya sea a balazos o con un cañonazo e incluso desde de dentro, rompiendo el casco desde dentro (entrando en quién amenaza esa autoestima y minando la suya, quizá sin querer, quizá a posta). La autoestima es necesaria pero peligrosa, puesto que cuando está demasiado baja se humilla (el hacha que nos rompe por dentro) para volver a subir, y cuando está demasiado alta pisa lo que sea pensando que no merece ensuciarse tocando el suelo, la mayor parte de veces inconscientemente, olvidándose de que también estuvo allí, caminando entre los mortales.

Nos movemos socialmente para no sentirnos solos, buscamos pareja para no morir solos. Cuando mi abuelo murió, mi abuela empezó a leer libros (religiosos todos) sobre la muerte y al preguntarle qué hacía respondía: esperar. La muerte tardó muchos años en recogerla. Siempre morimos solos, dicen. Igual que nacemos solos. Aun así o quizá por eso la soledad es un sentimiento tan abrumador que cuesta de soportar salvo cuando se busca, el apetito de estar con nosotros mismos de vez en cuando, un rato, largo o corto pero solo un rato, luego se vuelve en nuestra contra y nos ataca. Como el orgullo o como la autoestima.

Reflexionando sobre este instinto, me doy cuenta de que aquello que nos hace querer mantenernos a flote es también lo que más fácilmente puede hundirnos en determinados momentos, o en determinados extremos. Tener orgullo está bien, pero la gente muy orgullosa resulta bastante insoportable, son como una idea ultraconservadora de sí mismas. El honor está bien, pero si te pasas roza la paranoia y la obsesión. Sin embargo buscamos este tipo de supervivencia, nos sentimos molestos o muy molestos cuando algo o alguien interfieren en las líneas que hemos dibujado del futuro en base a las líneas que hemos aprendido del pasado, esa proyección de nosotros mismos y actuamos para evitarlo. O a la defensiva o a la ofensiva, cerrándonos como un armadillo o abriendo los tentáculos de pulpo. No hay peor ataque la propiedad privada que el perpetrado contra lo que hemos construido de nosotros mismos, la propiedad íntima más que la privada, lo de nuestro interior, lo que hemos levantado por mérito propio o por ayuda externa (en ocasiones tanta ayuda que nuestro mérito es cuestionable, suerte que el orgullo nos justifica en plan: "no, yo he hecho mi parte"). Dentro algo se remueve y se defiende diciéndonos que con lo que nos ha costado llegar hasta aquí, aunque aquí sea al lado mismo del punto de salida o un lugar imaginario, no dejaré que eso me lo desmonte.

Y hay que valorar a veces, pocas o muchas, que también es bueno quemar etapas, dejar marchar, incluso cosas que llevamos tan dentro, tan interiorizadas, que no recordamos que una vez no fueron nuestras.