La teoría del taburete

16.10.2019

La noticia esta mañana de una familia que ha vivido encerrada 9 años, un padre y sus cinco hijos, en un sótano esperando el fin del mundo (según esta noticia de la BBC), en Holanda, aparte de ponerme los pelos de punta como muchos otros casos similares de los que ya hablaré en un artículo pronto, ha despertado mi idea latente de la construcción de distintas distopías que he escrito, solo bocetos, de las que publiqué un adelanto en la magnífica revista ArtNoir (números 1-4), de Rafael García Marco (rgmarco.es) y me ha hecho pensar en el porqué de mi afición a la ficción versada en el fin de la civilización humana en la tierra. Es importante destacar esto ya que, en general, cuando se habla del fin del mundo se habla en realidad del fin de la humanidad, como aclara el personaje de Ian Malcolm en la novela, y en la película, de Jurassic Park (el libro es de Michael Crichton; la película de Steven Spielberg en 1993). El mundo en sí, como planeta, seguiría existiendo con o sin la humanidad e incluso sin otras vidas, pues ya existió sin vida durante mucho tiempo, hasta las primeras células, los primeros árboles o lo que apareciera antes.

He imaginado distintos finales de mundo, cada uno de los cuales me supone un estímulo por sí solo, aunque combinarlos me parece una idea tentadora. Sin embargo hay otro concepto de mundo que no contempla al planeta, real o imaginario, ni la vida, real o imaginaria, que lo habita y es el fin del mundo propio. Esa creencia de que tú mundo, aquello que conoces, tus valores, tus creencias, tu autoestima (quizá esto debería ir primero) y un montón de cosas inmateriales tuyas más, caen del lugar en el que las tenías y parece que el (tu) mundo se desmorona y, ante ti, aparece una distopía personalizada. El universo propio (que por ser propio deja de ser un universo para ser a ojos del universo un mundillo) se tambalea, las estrellas ya no brillan, un agujero negro amenaza con absorberlo todo. Ante estos hechos algunas personas caen en la depresión (no digo que la padezcan, como enfermedad que es, sino que caen en ella, como momento, como crisis que puede alargarse más o menos en el tiempo), a la que todos tenemos derecho y no se nos puede criticar nada. Aquellos mensajes de "anímate" o "ya verás cómo esto se pasa", aunque cargados de buenas intenciones pero descargados de capacidad empática, incluso llenos de verdad (todo pasa, o prácticamente todo, de manera que a nivel estadístico tienen la certidumbre de su lado), no dejan de ser unos golpecitos en el hombro para pasar a otra cosa, mariposa.

Algunos y algunas pensarán que la única forma de acabar con el mundo propio cuando éste es insoportable es pegándose un tiro o tirándose al tren o... Cuando trabajaba en una residencia para personas con enfermedad mental severa (ver mi texto Las voces), una de las residentes se tiró al tren, pero su mundo no terminó aquí, terminó su vida y eso es distinto. En la residencia se habló de ella, no solamente las charlas con el equipo terapéutico, sino también a nivel individual. De esa persona quedan recuerdos, quedan otras vidas que saben de esa vida que se ha extinguido. Y es que el mundo sigue girando, por frívolo que esto parezca.

Creo que uno de los grandes errores que puede cometer una persona es convertir a algo o a alguien en su mundo, porque cuando ese alguien o ese algo desaparece, entonces la soledad que se cierne es el agujero negro que todo lo engulle, y no lo engulle todo por gula sino por naturaleza. He tenido amigos y conocidos que han "desaparecido" cuando han encontrado a una pareja, desaparecido durante años; otras personas se vuelcan en sus hijos/hijas convirtiéndolos en su leitmotiv único, perjudicándose a sí mismo y a los niños/niñas a su cargo. Otras personas viven para trabajar, sin trabajo no saben qué hacer (un buen ejemplo es la película About Schmidt, protagonizada por Jack Nicholson y dirigida por Alexander Payne en 2002). La dependencia que alguien adquiere de algo o de otro alguien, solo necesaria en la más tierna infancia y que lentamente se va difuminando hasta la voluntad natural de ser independiente, es a mi forma de ver una denotación clara de una falta de valoración hacia uno mismo terrible, de trastorno en muchos casos (la madre que solo se centra en su hija, el hijo que es incapaz de hacer nada sin su madre, la pareja cuya vida social es la de su pareja...), es la demostración de la incapacidad para funcionar solo. En ocasiones, la única forma de construir un mundo independiente es dejar que se acabe el mundo del que dependes. Todos y todas (y los que no es que se han perdido un aprendizaje básico) nos hemos enamorado hasta los tuétanos y al acabarse aquello hemos pensando que no había nada; hemos perdido a un ser querido y la vida de golpe se nos muestra como un vacío absoluto.

Una amiga me contó una vez que las personas son un taburete, uno de los clásicos, que se sustentan básicamente sobre tres patas: la familia (ya sea toda la extensa o solo la nuclear, la pareja, los padres o los hijos e hijas), el trabajo o los estudios (tanto como fuente de conocimiento como de ingresos y de una parte de la vida social, pero también como fuente de reconocimiento y de sentido de utilidad social) y la amistad (origen de la vida social en sí, de la construcción de uno mismo, de la identidad y del amor hacia lo que no es sangre). Necesitamos las tres patas, igual que un taburete no se sustenta solamente sobre dos, nosotros tampoco, cuando una se rompe, o aguantamos el equilibrio poniendo el peso en las otras dos hasta que seamos capaces de reconstruir la tercera, o nos caemos. Ningún taburete se sustenta sobre una sola pata y lo mejor es que, por si acaso, tenga incluso cuatro. Claro que tampoco puedes sentarte en uno que tenga las cuatro patas pero su asiento esté destrozado.