La última charla (Diálogos)

20.09.2018

¿De qué hablarías con la Muerte si viniera a buscarte? Un hdiálogo entre la Parca (@huargonegro) y quién la recibe (@nebula_nocte6)

M: Hola, Ernst.

E: ...

M: Sí, soy Yo. Soy la Muerte.

E: Dios mío. Es increíble.

M: Tranquilo, no eres el único que desencaja la cara de estupor. No temas.

E: No es miedo. Es... digamos que fascinación.

M: Sí, veo la sorpresa en tu rostro, pero no veo miedo. Más bien veo felicidad.

E: Es alucinante. Qué mirada tienes, tan penetrante. Sobrecoge. Como si escudriñaras mis adentros. Es... es increíble. No imaginaba que fuera a ser así.

M: ¿A qué te refieres?

E: Eh... Nada, no quiero decir nada. Sólo quiero hablar contigo antes de partir. Hacerte preguntas.

M: Es extraña tu mirada. ¿Por qué me miras con esa fijeza?

E: Nada, no importa. ¿Esta extraña atmósfera la provocas tú?

M: Es el modo en que siempre vengo.

E: La temperatura ha bajado sin explicación y de pronto tengo la sensación de que el tiempo se ha parado. Aunque estamos en una habitación llena de quietud y no hay signos visibles extraños, sin embargo tengo la certeza de que el tiempo está detenido. Es... tan extraño. Como estar en un sueño. Es algo que no me había ocurrido nunca.

M: Naturalmente, ¿por qué te iba a ocurrir antes?

E: Claro, qué tonto. Qué extraña eres. Hablas sin un atisbo de emoción, casi como una máquina. Tan seria, tan fría. Pétrea, marmórea.

M: Las emociones son producto de cuerpos orgánicos. Yo no soy humana. No tengo cuerpo.

E: Todo es surreal. Y esta infinita soledad... Pero a la vez transmites alivio. ¿Ocurre siempre?

M: Es una de mis facultades. Detengo el tiempo y reconforto el alma atemorizada.

E: Cualquiera que te oyera pensaría que eres la solución a todos los problemas, una suerte de liberación en lugar de la desgracia que todos ven en ti.

M: Para algunos soy liberación. Para otros soy la puerta a la pesadilla, a un horror sin fin. Bastante padecerán como para también infundirles yo terror, aunque pueda. Mi cometido es transportar consciencias sumisas.

E: Pero todos te temen. Incluso quien te busca.

M: Está en vuestra naturaleza temer lo desconocido. En todo caso, es vuestro problema. No aceptáis la muerte como parte inevitable de la vida. Que el mundo siga su transcurrir por la vía inamovible del tiempo, sin vosotros. No admitís que sois prescindibles.

E: ¿Qué hay después?

M: No se me está permitido revelarlo antes de tiempo.

E: Pero ya me ha llegado el final. ¿Qué hay?

M: A unos les espera continuar. A otros, la oscuridad.

E: ¿Y qué hace la diferencia? ¿El pecado? ¿Creer en un Dios o en otro?

M: Me estás preguntando sobre tus creencias.

E: He cometido pecados horribles.

M: Tu filosofía es irrelevante, y no es a mí a quien debes preguntar sobre sus detalles. Escudáis vuestros miedos en mitos y creencias, pero ello no cambia el hecho cierto. Puedes adoptar los ritos y el esquema de creencias que mejor encaje la realidad en los límites de tu acotada mente humana, pero nunca un cerebro humano podrá comprender la realidad en su infinita e inimaginable complejidad. Y lo que creas no te va a salvar de lo inevitable. El único hecho cierto soy Yo. Quien existe, quien viene, soy Yo.

E: Eres fascinante. Y qué hermosa eres.

M: Tienes una mente llena de curiosidad.

E: No te haces una idea.

M: El tiempo se va agotando, Ernst.

E: De todas formas, uno tiene la sensación de que hay mucha gente que en realidad no vive. Que no aprovecha su... no sé, su potencial. No, que no aprovecha su tiempo en este mundo, eso es. ¿No lo ves tú esto?

M: Sobre qué me preguntas ahora. ¿Sobre el sentido de vuestra existencia?

E: Sobre lo mal que aprovechamos el tiempo que se nos ha dado. Sobre cómo lo tiramos a la basura, y no nos damos cuenta hasta que ya es demasiado tarde.

M: No aprovecháis el tiempo que se os ha dado. Eso es cierto.

E: A eso me refiero.

M: Os habéis organizado socialmente de una forma que apaga vuestro impulso vital. Que mata vuestra curiosidad, vuestra capacidad de fascinación, vuestra llama de felicidad, aquello con lo que nacéis y os van quitando en la infancia. ¿Pero por qué me preguntas a Mí estas cosas?

E: ¡Eso es lo que yo digo! Es genial que pienses como yo, que estemos tan en sintonía.

M: Yo no pienso. Sólo expongo los hechos, ya que me preguntas.

E: Claro, es lo que digo. ¿Qué es la muerte, sino apagar la llama de la vida? A muchos les sucede en vida. ¿No estás de acuerdo?

M: Mi cometido es llevarme a quien se le ha agotado el tiempo en este mundo. Pero muchos de los que me llevo estaban ya muertos.

E: Sí, es lo que creo. Hace mucho que lo pienso. Muchos mueren en vida, sumidos en una existencia gris, devorados por la rutina, encarcelados en compañías y futuros no deseados consecuencia de decisiones erróneas, o de la falta de valor para haber arriesgado, mientras se les escapan los años a puñados como arena entre los dedos, sin poder evitarlo. Envejecer y morir no es cumplir años, sino ir quemando sueños. Abandonarlos, dándolos por perdidos. Es matar ese impulso vital que dices.

M: En parte, sí. Es un defecto vuestro: confundís vivir con existir.

E: Es eso verdaderamente la muerte, ¿verdad? Vivir a espaldas de los instintos, de los impulsos, del ardor interior.

M: No lo estás entendiendo bien. Ni siquiera mencionas el amor, eso tan preciado que tenéis. En todo caso, ya que preguntas, el concepto abstracto de muerte varía para cada uno. Y vuestra obsesión por la inmortalidad viene de vuestra negativa a aceptar que no sois nada, tan sólo una mota irrelevante en el cosmos, una gota invisible y efímera en el transcurso incluso de vuestra Historia.

E: Sigue.

M: De vuestra negativa a admitir vuestra irrelevancia nacen vuestras religiones, entre otras cosas. Pero sois totalmente prescindibles. Sin embargo, para vosotros, la última muerte de todas, y sin duda la peor, es la muerte del recuerdo. Lo que más os aterroriza es la muerte del último humano que os recuerde cuando ya no estéis, porque ahí desapareceréis por siempre y será como si nunca hubierais existido. Por eso tanto empeño a través de los siglos en dejar algo para la posterioridad: un edificio, un libro, una obra de arte. Por supuesto, una descendencia. Pues, para vosotros, ¿qué es la muerte, la muerte definitiva, sino irse del mundo sin haber dejado huella?

E: ...

M: Ahora quedas en silencio.

E: Eso no me ha gustado.

M: Eso no importa. Así sois.

E: Es triste.

M: Esta conversación ya se ha alargado bastante. Vamos a tener que partir.

E: Un momento. Hay algo que no entiendo.

M: Qué no entiendes.

E: Es una duda que me ha surgido en los últimos tiempos, a raíz de... bueno, de que últimamente he pensado mucho en ti. No comprendo cómo puede ser.

M: Qué duda es. Habla.

E: Cuando a alguien le llega su hora, vas a por él. Incluso hablas con él, no te limitas a recogerlo. Nosotros llevamos ya un rato. Pero mueren muchos seres humanos por minuto.

M: Así es.

E: De hecho, ahora mismo debe de haber más gente en mi situación.

M: Hablas con verdad. Son decenas los humanos que abandonan este mundo en estos instantes.

E: ¡Pero cómo puede ser! ¡Cómo es posible! ¿Es que no visitas a todos? No, eso no... No, eso no es, yo... Lo sé. No lo entiendo. ¿Cómo lo haces, es que es cosa de magia como se le dice a los niños con los Reyes Magos?

M: Yo no tengo nada que ver con la magia.

E: Pero entonces... ¿no eres la única? ¿Es que hay más como tú, con el mismo o diferente rostro? ¿No eres tú la Muerte, eres una emisaria?

M: ¡¡NO ME INSULTES!! ¡Yo soy la Parca, la Portadora del Último Mensaje, la Inesperada, la Temida!

E: Está bien, perdona, no te enfades...

M: Yo soy la que arranca la conciencia de este mundo, la que libera el alma de este valle de lágrimas de materia, la que acompaña en el viaje final lejos de este purgatorio mezquino que habéis creado. Soy terror y alivio a un tiempo. Y sí, cumplo todas las visitas, siempre dando el mensaje final; ya sea en la cama, con tiempo, ya sea junto al cuerpo inerte en el campo de batalla, por ejemplo. Yo soy Una y soy Muchas.

E: Te pido mil perdones, no quería ofenderte. No quiero volver a oír esa voz atronadora, ni ver esa mirada que sobrecoge por dentro y hace temblar. Se me encoge el corazón. Por favor, perdón.

M: Nadie osa hablarme como tú lo haces.

E: Te pido perdón de corazón, sólo me mueve mi insaciable curiosidad. Siempre he sido así, desde niño. Necesito saber. Ansío saber. Nací con una mente inquieta. Demasiado inquieta quizá, a veces me parece que roza la locura.

M: Está bien. Pero la conversación toca a su fin.

E: Ha sido provechosa. Aunque se me hace insuficiente, tengo hambre de mucho más.

M: Es la hora.

E: Lo sé, ya lo voy notando.

M: Prepárate, entonces.

E: Sí, pero... Tengo que confesarte algo.

M: Apresúrate, no queda tiempo.

E: Es algo que debí quizá haberte dicho antes. Pero quería no sólo verte, sino hablar contigo, conocerte, saber. Es algo... difícil para mí confesar.

M: Habla.

E: (...) Te estaba esperando. Lo cierto es que sabía que vendrías. Hace un rato largo que me tragué todo un bote de pastillas.

M: ¿Ese es el secreto? El motivo por el que te recojo no me interesa. Sólo cumplo mi cometido.

E: Me ha costado mucho decidirme, pero al final he podido.

M: En todo caso, es algo que ya sé. Siempre lo sé.

E: Pero hay algo más que a lo mejor no sabes. Te deseo.

M: Mucha gente me desea.

E: No, no lo entiendes. Desde la primera vez que te vi, cuando murió mi madre en mis brazos. Fueron unos segundos, pero quedé maravillado. Esclavizado por ti, por esa presencia fantasmal y a la vez tan hermosa. Jamás hubiera imaginado que pudiera verte en la hora de otros.

M: ¿Me viste cuando me llevé a tu madre? Esto sí que es del todo inusual.

E: Sí, aunque tú no me mirabas a mí, sino a ella. Pero jamás imaginé que pudiera verte, y jamás imaginé que quedaría tan fascinado por ti. Obsesionado. Por esas manos blancas, larguísimas; ese rostro níveo, precioso, casi infantil; esos ojos oscuros, fríos, hermosos y a la vez terribles, que parecen encerrar todo el conocimiento sobre la triste naturaleza humana, sobre su dolor inconsolable.

M: En verdad lo encierran.

E: Desde entonces no he podido sacarme tu rostro de mi mente. Desde entonces he querido volver a verlo, he necesitado como el respirar volver a verte.

M: De eso hace ya un año. Has esperado mucho.

E: No. No he esperado. Te digo que necesitaba verte más que a nada, era una obsesión. Por eso desde entonces te invocado. Dios me perdone, pero son muchas las vidas que he segado desde entonces, siempre lentamente, para poder contemplarte. Una y otra vez, como un yonki en busca de ese alivio breve cuando te veía de nuevo. Soy un asesino. Pero tú nunca me mirabas. Sólo a ellos. Nunca respondías a mis llamadas, a mis gritos de amor desesperado.

M: Sólo hablo con quien vengo a llevarme. Sólo miro a los ojos de quien me hago Dueña.

E: Y sólo podía verte unos segundos. Luego, desaparecías de mi vista para siempre.

M: Así que has estado matando por mí. Para verme. Llamándome a tu presencia, aunque yo no te mirara. Esto sí que es del todo inaudito, nunca nadie me había contado tal historia.

E: Ha sido una tortura. Cada vez que te desvanecías. Como al sediento que se le da un sorbo y luego se le aparta el vaso. Me has jodido la mente.

M: Yo no he hecho nada.

E: No, lo sé. He sido yo. Mi mente, esta condena mía que tengo. Estos pensamientos retorcidos desde niño.

M: Es una anomalía que pudieras verme. Aunque no eres el primero.

E: Lo he intentado todo para disfrutarte más tiempo. Al principio sólo mataba, mendigos sobre todo. Luego comprendí que si quería disfrutar más de ti debía hacerlo lentamente. Empecé a llevarme chicas que andaban solas en la noche, y las daba una muerte lenta, aunque ello me irritaba sobremanera, siempre oyendo sus llantos y sus súplicas. Y el cansancio de los golpes para acabar dejándolas sin capacidad de movimiento, y la incomodidad de mancharte de sangre por todas partes, no sólo era soportar sus gritos. Una vez incluso extinguí la vida de una vecina mía adolescente, pero decidí que era mucho menos arriesgado hacerlo con gente que no conocía. Qué horror de mirada me puso, creo que le gustaba, siempre se quedaba charlando conmigo en la escalera. Ahora tengo que tragar todos los días la desesperación de sus padres. Pero el esfuerzo merecía la pena: ahí estabas tú, y no era un relámpago de visión, ahora te quedabas unos largos segundos.

M: Eres... interesante.

E: Pensarás que soy un monstruo.

M: No soy yo la encargada de juzgar.

E: Luego vino la bendición de los refugiados, estos campos y ríos de gente que aquí cerca tenemos, y pude hacerme con niños perdidos que nunca nadie reclamaría. Han sido muchos. En las noticias hablan de ellos, de los innumerables niños solitarios desaparecidos. Chillan más que las adolescentes, pero son más manejables. Cada vez fui espaciando menos los actos, hasta verte cada varios días. Y pensando cómo alargar tu presencia, se me ocurrió coger los niños de dos en dos, espaciando unos minutos la muerte de uno y otro para hacerlas seguidas, y efectivamente, feliz idea, allí estabas tú durante más de un minuto, con uno y con otro. Qué bendición.

M: Sí, es inteligente.

E: La última vez conseguí tener a tres críos a la vez, qué locura. Y conseguí verte un poco más de tiempo. Pero no era suficiente. No podía vivir así. ¿Qué tenía que hacer, acumular a treinta críos en el sótano e ir coordinando sus muertes lentas para poder verte un rato largo y disfrutar de tu hermosura de otro mundo? ¿Y sin poder decirte nada, ni preguntarte, ni conseguir que tus ojos se fijen en los míos? ¿Nunca? Ahí comprendí que por ahí no podía seguir, que tenía que hacer algo diferente.

M: Por eso optaste por la solución definitiva. Por buscar tu propia muerte.

E: Sí. No podía sobrevivir más. Era lo que había que hacer. Te amo.

M: No sé qué responder.

E: Sí, no tienes sentimientos, ya lo sé. Pero me conformo con esta charla, con tenerte tan cerca, con haberte conocido. El momento en que te vi aparecer hoy, y posar por fin tus ojos serenos, gélidos, sobre los míos, ¡al fin!, sentir tu mirada penetrante escudriñando mi alma... Por eso me quedé sin habla. Ha sido el mejor momento de mi vida.

M: Agradezco la devoción. Pero es hora de partir. El tiempo se ha agotado, Ernst.

E: Sí, hace tiempo que lo noto. Me quedo sin fuerzas.

M: Es la hora.

E: Me mareo, me caigo.

M: Partimos.

E: Todo está oscuro, no veo nada.

M: Dame la mano.

E: Voy, amor.