La vida del viento

20.01.2020

El viento bate contra la persiana que no acaba de cerrar bien, y ésta se mueve nerviosa, temiendo salir disparada y vigilando de no romper el cristal. El aire se cuela por el agujero por el que pasa la correa. Las plantas del balcón, que he puesto a salvo en un rincón, se agitan como si estuvieran excitadas frente a algún acontecimiento que no controlan. Y es que el viento no se controla. Por la radio informa que ayer alcanzó y hoy también alcanzará la velocidad de 100km/h en la comarca en la que yo vivo. Me pregunto a dónde irá el viento con tanta prisa, a qué lugar estará llegando tarde. O quizá sea como el conejo blanco que persigue Alicia y solamente va allí dónde irás tú. O eso interpreté yo al leer el libro, puesto que el conejo en realidad no va a ningún sitio, solamente va apareciendo en los lugares en los que llega Alicia.

El viento es el movimiento en masa del aire de acuerdo con las diferencias de presión atmosférica, la compensación de las diferencias de presión entre dos puntos. Los cambios bruscos de velocidad del viento se llaman ráfagas.

Cuando es suave el viento es brisa, y es agradable. Levanta las hojas caídas de los árboles y hace bailar a las bolsas de plástico tiradas por alguien a la calle, remueve el pelo largo y riza ligeramente las olas del mar, provoca murmullos en los bosques, cambia las dunas de lugar, desplaza las nubes, se llevaría algún sombrero o alguna cinta para el pelo si la gente siguiera llevando sombreros o cintas para el pelo, apenas se ven ya. Las cintas para el pelo enredadas en las ramas de un arbol deshojado, mostrando los restos de una pista que puede seguir el detective de turno se han quedado en las novelas de misterio y, alguna, en las novelas románticas.

Cuando es brusco el viento parece la pataleta de un niño grande. Destroza las ramas más delgadas, tira algunas farolas, levanta la suciedad a puntapiés, gira los paraguas, convierte el mar en un enemigo a temer, pone en peligro a ciclistas y motociclistas y las nubes se arremolinan y amenazan nuestra insignificancia. Pero no deja de ser un niño, no puede con las ramas gruesas ni con los coches, no tumba nada. Los adultos son huracanes, tifones y los adolescentes son tornados.

Más que ir a ninguna parte pues, el viento es como el enfado del mundo o de una zona del mundo contra algo. Cuando era pequeño, creo que pensaba que el viento era producto del movimiento de la tierra, pero quizá es algo que solamente he imaginado que pensaba. En ocasiones pienso y en otras imagino que pienso, luego está el metapensamiento, pensamiento sobre el pensamiento, que suele dar pereza, como salir de casa cuando hace mucho viento.

Pero la vida no es como los huracanes, ni siquiera es como un viento de 100 km/h. La vida es pasar de la falta de viento absoluto a rachas en las que todo parece caerse o salir volando y, de vez en cuando, en general después de la ráfaga, días de brisa suave, de la que parece acompañerte a trozos, empujarte o frenarte a intervalos, pero que no molesta más que porque tienes que vigilar que no se escape algun folio, porque no puedes liarte con comodidad el cigarrillo, porque te despeinas. Algunos y algunas te soplan en la cara y lo llaman viento, otros y otras se despeinan para poder exclamar "qué viento hace", pero se han despeinado frente al espejo, otros bufan para levantarse el flequillo y se quedan tan anchos.

La vida (qué sabré yo, sin embargo, que me he dejado llevar por el viento tanto tiempo que a punto estuve de olvidar cómo se anda) es el viento que te azota y te tira contra un muro y es el aire fresco en un verano insportable, es la ventisca que levanta la arena en la playa y te obliga a cubrirte la cara, la brisa que te hace sonreír mientras hueles el mar, la corriente que se te mete por la oreja y después te duele todo el dia, los remolinos que levantan el polen de todas tus alergias, la galerna que alborota los cabellos de la persona que pase contigo y parece más bonita, el torbellino que lo remueve todo y te provoca escalofríos y a la vez la satisfacción del cambio, es el soplo de una palabra bonita susurrada al oído, es el jadeo del placer y también el del miedo o la respiración entrecortada del sollozo. La vida es el viento que te levanta y el que hace que quieras agarrarte más fuerte a lo primero que tienes cerca, es la ventilación que te resfría, el oreo que hace que te lloren los ojos sin motivo, el ambiente cargado y el distendido, el que te permite planera y el que, al detenerse, te hace caer en picado. Es lo que va hacia al norte hasta que, por capricho, vira hacia el este sin aviso.

Y el viento, como la vida, es lo que te hace dispersarte, airenado las ideas de tu cabeza mal o poco amueblada, es lo que mueve el barco por el que navegas en un océano que no es infinito, pero lo parece cuando se entesta a moverse en bucle, el que infla las velas en la dirección que le place y, cuando aprendes a usarlo a tu favor, o se enfada o se enternece, según la presión que haya entre los dos puntos, por compensación.