Las mentiras que dices, las verdades que no cuentas

21.01.2020

Una cosa son las mentiras que dices y otra las verdades que no cuentas. Son cosas distintas. Todas las personas ocultamos cosas, de nosotros mismos, de los demás, del entorno. No lo consideremos necesariamente secretos, son cosas que prefieres no decir a no ser que te las pregunten directamente, para protegerte o para proteger a otros, ya sea el interlocutor o un tercero. Un secreto es aquello indecible, que se esconde por miedo o vergüenza o por una conspiración quizá del todo inocente pero que te hace sentir que perteneces a algo, a un grupo selecto, o que ese secreto hace tener la ilusión de un vínculo especial con la otra persona, eso que solamente ella y tú compartís. Los secretos no pueden guardarse para siempre a no ser que sean secretos individuales. Si hay dos personas, como el cáncer, se reproduce tarde o temprano.

Pero luego, como decía, está aquello que sin ser un secreto decides no contar. Algo que por la razón que sea prefieres quedarte para ti solo, o solo para ti frente a otras personas concretas, mientras que ya lo has contado, sin pregunta directa o con ella, a terceras personas. Hay cosas que no las dices porque consideras que no vienen a cuento, otras porque crees que pueden introducir un problema, una discusión, bien externa bien interna. Sí, muchas veces es algo interno, mientras no lo cuentes aquello queda flotando en tu interior, en el cerebro o dónde sea que quedan las cosas que no cuentas pero sobre las que piensas a menudo, y aunque te justificas diciendo que no las cuentas ya que la persona a la que se lo contarías no le importa o le puede crear malestar, en realidad es a ti a quien contarlo generará malestar. Te hará enfrentarte a algo, a un dilema, que escondido parece estar mejor.

Me pregunto qué pasaría si alguien lo contara todo, absolutamente todo. Si contara todo lo que le ha pasado a lo largo de un día, con pelos y señales, sería seguramente bastante aburrido, por eso resumimos explicando aquello que o bien creemos que puede interesar al otro o bien es lo más destacado para nosotros. Si contaramos cada uno de los sentimientos que hemos experimentado, asociados a las acciones que explicamos, aunque solamente se refirieran al resumen, sería igualmente extenso y aunque eso nos acercaría más a la persona que lo cuenta, inicialmente, también podría alejarnos en el caso de que el otro no fuera capaz de conectar con esos sentimientos, que no los viera o que nos conociera tanto de repente que se asustara, no por como somos nosotros sino por la avalancha de información contenida. Imaginemos que además de lo que nos ha ocurrido y de los sentimientos que van asociados, que ya es mucho, contáramos también los pensamientos, previos y posteriores a la emoción asociada a la acción. Sería una tortura no solamente para el que escucha sino lo más probable es que también para el que relata. Un ejemplo:

"Esta mañana he tomado un café con dos amigos y me he sentido muy bien porque hacía tiempo que no les veía, y he pensado que deberíamos vernos más, así que se lo he dicho, pero J me ha hecho sentir mal cuando ha comentado de buenas a primeras que él no tiene tiempo, he pensado que siempre hay que tener tiempo para los amigos pero que quizá resulte que en realidad no somos tan amigos y F ha dejado caer que sí, que podríamos vernos más tomando café como hoy y eso me ha hecho sentir aprecio por F, pero he pensado que solo se referia al café y esto...". Y entonces el comentario de "he tomado un café con dos amigos" se vuelve en un monólogo interminable porque incluso las personas más tontas piensan mucho, aunque sea siempre sobre lo mismo o aunque sea pensando de forma poco eficiente.

Tampoco soy muy partidario de la gente que le preguntas: "¿cómo te ha ido el día?" y con cierta indiferencia responden "bien" y ya está. A ver, que si te pregunto cómo te ha ido el día puede que sea una formalidad o puede que me interese de verdad, depende de quién seas y del humor en que me encuentre en ese momento, pero si te limitas a responder que bien, entonces entenderé que eres tú a quién no le interesa contarlo, por muy interesante que haya sido tu día, y tus razones tendrás.

Pero a todos nos gusta guardarnos cosas que han sucedido, que hemos sentido y que hemos pensado y no hablo de antisociales o asociales o bordes o... no, hablo de los que, tengamos mucha o poca sociabilidad, no somos ni anti ni asociales. Cada día nos ocurren pequeñas cosas, buenas o malas, que en nuestra memoria consiguen un palco presidencial, ni que sea de forma temporal, una sonrisa que nos han dedicado, algo que hemos leído, una respuesta recibida o no recibida, un detalle en el que nos hemos fijado, que para nosotros es importante y que, al menos a mí me pasa, no tengo ningún motivo claro para no contarlo, no compartirlo con quien también es importante para mí y, por lo tanto, debería compartirlo (lo importante con la gente importante, igual es una relación idiota pero me parece lógica, aunque mi lógica sea idiota), pero no lo comparto. Se queda dentro, a veces pudriéndose otras floreciendo, es mío y de nadie más y parece como si, al contarlo, fuera a irse o perdiera la exclusividad que no tenía pero que tú le has dado.

Eso que no cuentas no es una mentira, aunque te hayan preguntado qué tal el fin de semana y tu digas que bien y no cuentes que ha sido especial por alguna razón; si te preguntan si ha sido especial y tú respondes que no, entonces es una mentira. No sé si me explico.