Las musas tránsfugas

05.02.2020

Se me escapan las musas, por los agujeros de mi carácter o por las grietas de mi personalidad, las veo irse con cierta elegancia hasta que creen que no las miro y echan a correr. Me pregunto dónde se echa todo lo que se echa de menos. Menos es más. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Volando voy, volando vengo. ¿Lo veis?, se me escapan las musas. Empecé a tener dudas de si alguien podría enamorarse de mí hasta que alguien se enamoró de mí, entonces empecé a tener dudas de si no era yo el que no podía enamorarse de alguien. Quizá un día me quité el corazón y al verlo tan desgarrado no volví a ponérmelo y ahora no recuerdo en qué sitio lo guardé, si es que lo guardé en algún sitio. Pero creo que lo devolví al lugar al que pertenece, que es conmigo, no contigo, ya que en ocasiones lo siento latir e incluso hay momentos en que me parece que me duele. O quizá solo sea el recuerdo del latido lo que siento y la memoria del dolor lo que percibo.

Qué tendencia al dramatismo, verdad, musas. ¿Musas? Ah, que no estáis, es cierto. Os he llamado por si era solo un amago. Dejaré restos de galletas de chocolate por rincones de la casa y miraré si mañana alguien se las ha comido, al no tener gato, solo pueden ser ellas. Qué tendencia al drama, decía, puesto que mi corazón no está tan desgarrado, si algo agarrotado por el frío, demasiadas veces ha abierto la ventana y ha dejado entrar la escarcha, disfrazada de preciosos copos de nieve. La ventaja del frío es que no guarda rencor. El rencor es un sentimiento absurdo, quizá inevitable cuando viene acompañado de una sensación de injusticia, pero lo que para unos es injusto es justo para los opuestos.

Cuando las musas se van, al día siguiente te queda una sensación de vacío difícil de explicar, te preguntas muchas cosas: ¿Por qué les he dedicado tanto tiempo? ¿Qué hice mal? ¿Me quedan galletas de chocolate? Y todo se vuelve (o en mi caso todo se me vuelve) un caos ordenado, una incapacidad de entenderme a mí mismo, una voluntad de encontrar razones que, una vez encontradas, te hacen volver a preguntarte por qué les dedicaste tanto tiempo, no ya a las musas, sino a las búsquedas de esas razones. Oh, que no se me olvide aclarar que las musas no son necesariamente personas, aunque suelen serlo o aparentan serlo, son más bien conatos de belleza que se cuelan por el mismo lugar por el que se irán (grietas, agujeros) o por otros, en el fondo lo que cuenta es que entran y salen y la calidad del tiempo que se han quedado, tampoco es tan importante si fue poco o mucho. Una musa puede ser una persona, sí, pero también una frase, una hoja, una bolsa de plástico, una sonrisa, una baldosa de suelo hidráulico, las llaves que no encuentras, el desorden en tú habitación, una mota de polvo, un polvo, una nota de piano, un perro ladrando, el reflejo de lo que andabas buscando, una camisa mal planchada.

Vale, más de un tiempo han llamado a la puerta y era una musa muy predispuesta, sonriente, que se presentaba como tal y, al contrario de lo que suele ser, era ella quien traía una regalo para mí, y yo las he desechado, he cerrado la puerta en sus narices diciendo que ahora no o las he hecho pasar y sentarse y luego no hemos sabido de qué hablar, una de esas situaciones incómodas en las que acabas oyendo el tic-tac del reloj de pared aunque no tengas un reloj en la pared que haga tic-tac. En otros momentos he tomado por musa lo que no lo era y puede que haya insistido tanto en llamarlo musa que casi, casi, me he creído que lo era, pero no. En el fondo sabes que no. Un perro no se convierte en gato por muchas veces que llames gato al perro. Quizá aquello de que una mentira contada mil veces se convierte en una verdad solo sirve para los demás, nunca para uno mismo, porque puedes llegar a creerte tus propias mentiras pero siempre hay una parte de ti que sabe que es una mentira. Igual que sabes que esa cosa o esa persona no es tu musa pero necesitas una musa o una persona e insistes en enamorarte de la musa o en hacer musa a la persona, depende de lo que necesites. Nunca te enamores de una musa, son caprichosas, dicen, claro, son hijas de Zeus y Mnemósine e iban con Apolo a todas partes, que las mimaba y las consentía y ahora míralas. O quién sabe si no es al revés y se me escapan porque las consiento demasiado y a ellas en parte les gustan los canallas, los que una de cal y otra de arena. Yo apenas sé distinguir para qué sirve la cal y para qué la arena.