Las oportunidades solo vuelven con rebajas

27.10.2020

Relato basado en una idea de @escritoenmi

Mabel juega con la manzana braeburn, pasándola de una mano a la otra, mientras los coches circulan frente al teatro La Carrera entre pitos de bocina, frenazos, acelerones y algún que otro insulto que se oye gracias a las ventanillas bajadas para aliviar el calor, dejando entrar el humo que todo lo llena, invisible a simple vista, salvo el de los autos más viejos. La tentación de morder la manzana es fuerte, Mabel se siente una Eva moderna por unos instantes y luego la alegoría se marcha. El semáforo se ha puesto rojo. Toma la caja que tiene preparada: tajos de papaya, melón, sandía y mango, higo, melocotón, coco y, claro, manzanas. Toda la fruta se mantiene fresca dentro del cubierto tapado por sábanas y rodeada de hielo, que se va deshaciendo, como el día, uno más. Mabel pasa entre los coches, muestra su sonrisa envuelta en aquellos labios rosados que él dijo que tanto le gustaban. Fruta fresca, anuncia, fruta para aliviar el bochorno. Vende algún corte de coco y una bandejita con melocotón, higo y sandía y entonces su mirada se desvía, alguien, una voz conocida, la saluda con tono picaresco. Ahí está Arturo, su pelo denso peinado a lo clásico, la corbata aflojada, ni rastro de sudor gracias al potente aire acondicionado de su Lexus, los dientes blancos perfectos, piel bronceada, el reloj de oro brillando a la luz del sol cegador de mediodía. Arturo le compra un pack de trozos cuarteados de melón y sandía y le pregunta que qué tal la mañana y entonces, como quién no quiere la cosa, suelta que hoy sale antes, que hace un día precioso y que quizá, a ella, si no es mucho atrevimiento, le apetecería comer con él en el parque San Luís. Mabel se siente de repente sudada, sucia, sus ropas envejecen súbitamente, se ve desaliñada en el deformado reflejo que el cristal opaco del asiento trasero le devuelve. Pero responde que sí, de forma casi automática, lleva días fantaseando esto y la frase de que las oportunidades nunca vuelven ha sido demasiado fuerte para esta Eva llena de polvo y que huele a óxido de nitrógeno y monóxido de carbono y tiene la piel que se avejenta a velocidad de coche de lujo. Pero es que es cierto, las oportunidades nunca vuelven y si lo hacen, lo hacen con rebajas.

Una hora antes de lo previsto, Mabel recoge su puesto de venta frutas. Su hermano, que no entiende ni tampoco pregunta mucho el porqué de esas prisas, la ayuda a cargar la furgoneta y a guardarlo todo en el garaje. Luego Mabel sube al pequeño apartamento que ambos comparten con una chica estudiante a la que apenas ven el pelo, se ducha, se arregla, se mira, todos los complejos la asaltan y la golpean como una horda de tiburones abatiendo una presa grande. A la hora convenida, vestida, peinada, maquillada, terriblemente nerviosa, la chica de la fruta del semáforo frente al teatro La Carrera, espera. No recuerda cuándo fue la última vez que estuvo allí sin trabajar, no suele moverse por esa zona de la ciudad. Pasan cinco minutos de la hora, diez, empieza a dudar de si vendrá, quince, veinte, está segura de que no vendrá y entonces el Lexus blanco se detiene y la puerta del copiloto se abre. Arturo sonríe, le dice que está bonita, él sí está guapo y elegante, se siente pequeña y doña nadie a su lado. Pero a medida que el mediodía deja paso a la tarde y esta avanza con el sol colándose entre los árboles del parque, los halagos de Arturo, luego sus arrullos, después sus caricias y al despedirse su beso apasionado la hacen sentirse grande y doña alguien. Vuelve a casa más feliz que en mucho tiempo. Su hermano le dice que vaya con cuidado, que estos tipos solo quieren una cosa. Ella le dice que claro, como que a él no le sucede nada interesante, que siempre intenta boicotearle todo. Él se calla.

Aquella semana, esperando el siguiente viernes, Mabel vende más que nunca, gracias a que está radiante. Y llega el viernes y todo se repite, pero esta vez los besos y caricias no llegan al final, sino al principio, en los asientos del coche. Al terminar la segunda cita Arturo dice, en tono nervioso, que se siente terriblemente atraído por ella, que es su manzana y él su Adán, como si le leyera el pensamiento, que no puede llevarla a su casa, que las habladurías de los vecinos, que está separado con dos hijos adolescentes que todavía echan de menos a su madre, que quizá, si ella quiere, como él es representante de una gran cadena de hoteles y tiene descuentos importantes, pueden ir, el siguiente viernes, a la habitación de un hotel. Mabel duda. Las palabras de su hermano resuenan entre sus paredes craneales, pero la frase de que las oportunidades no vuelven las golpea y las echa. Dice que de acuerdo. Y además, ella no sale de ningún cuento machista y ñoño.

Aquella semana vende menos fruta, está nerviosa y las contradicciones aumentan el calor que siente, la mezcla de deseo fervoroso y de pensar que se está metiendo en la boca del lobo. Llega el tercer viernes y ella va directa al hotel, sube directa a la habitación acordada, llama a la puerta, Arturo le abre y sin mediar palabra la besa. La besa de una forma que Mabel pensaba que no existía y las dudas desaparecen, qué más da, se dice, déjate llevar, los dos tenemos experiencia, tenemos nuestra edad, disfruta del momento. Y lo disfruta, y tanto que lo hace. Luego se quedan tumbados en la cama, el sol de la tarde todavía es alto, él la admira desnuda sobre las sábanas. Mabel nunca ha estado en un lugar tan magnífico. Él le cuenta cosas de su trabajo y de su vida, ella se calla y escucha, no es hasta que regresa al apartamento que cae en el hecho que él no le ha preguntado a ella nada, no se ha interesado en absoluto por su vida, más allá de las cosas que hablaron durante las dos citas en el parque. Piensa que quizá no habrá más citas, que ha caído en la telaraña.

Pero hay más citas. El verano se sucede. Se ven dos, tres, cuatro tardes de viernes en aquella habitación de hotel, siempre la misma. Él sigue sin apenas preguntarle nada, pero la seduce siempre, le dedica sus encantos y Mabel se deja llevar, ella también le va seduciendo, la mujer escondida por una vida entre coches y cajas de fruta renace entre aquellas paredes, bajo y sobre las sábanas finas. Usa las mismas armas que él en el juego de la sugestión, dejan de ser alguien con dinero y posición y alguien sin dinero ni posición para ser iguales. Hasta el último viernes, cuando él dice que no pueden verse más, que ha sido genial, que adora hacer el amor con ella, que se lo pasa de maravilla, pero que la vida es más complicada que eso y un montón de tópicos más que Mabel primero encaja mal, pero en breve deja de escuchar. No es una tonta, una inocente princesa esperando ningún príncipe azul. Si él le hubiera preguntado, sabría que su vida ha sido de largo mucho más difícil que la suya, que le lleva tres pueblos de ventaja en eso de saber que la vida es más complicada.

Pasan los días y Arturo no vuelve a pasar frente al teatro La Carrera. Mabel sigue vendiendo fruta, unos días le va mejor y otros peor. No en pocos instantes le vienen en mente escenas vividas con Arturo, el sexo, las conversaciones, su voz. Juntando algunas piezas adivina dónde debe de vivir y una tarde de inicios de otoño, después de que ella y su hermano lo guarden todo en el garaje, camina por las calles de Bogotá hacia el barrio de Chicó Norte. Durante todo el trayecto, que no se le hace corto, las contradicciones vuelven a acosarla, la mezcla entre estar haciendo algo estúpido y la necesidad imperiosa de echar una ojeada, la manzana que tienta a la Eva moderna, a la Eva del semáforo. Finalmente, se sienta en un banco bajo la sombra de un frondoso sauce. Sopla un viento desangelado que parece preguntarle qué demonios está haciendo allí. Un Lexus blanco circula por el bulevar y se detiene frente la puerta de un garaje privado. La puerta se alza, el coche se deja engullir por el edificio. Pasan unos minutos. Es una casa apareada, un chalet lujoso sin estridencias. La silueta de Arturo se dibuja en una de las ventanas y junto a ella, la de una mujer que le besa con cariño monótono. Cuando el sol empieza a declinar, la silueta se asoma a la ventana y durante unos instantes sus miradas se cruzan, él cierra la ventana. Mabel se levanta y se va, las tardes empiezan a ser frescas, pronto llegarán las rebajas.