¿Hay violencia en el fúbtol?

26.05.2019

El fútbol es el deporte rey en muchos países de Europa, Sudamérica y Centroamérica, también en algunos de África, pero es secundario en Asia, Australia y Norteamérica. Este deporte lleva años siendo el que más gente mueve, el que más dinero mueve, el que ocupa más espacio en los medios de comunicación y más horas en calles, plazas y terrenos. El fútbol, once personas en calzoncillos corriendo detrás de una pelota, que decía mi padre. 

En la Grecia Clásica de antes de Cristo ya existían indicios de deportes parecidos al balompié. Así tal y como lo conocemos ahora, se encargaron los ingleses a mitad del siglo XIX de convertirlo en deporte competitivo.

En su sentido práctico no es, precisamente, un deporte en realidad violento, al menos de violencia como la define la OMS: la violencia es el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte.

Antes, sin embargo, quiero destacar que el fútbol ha conllevado y conlleva un sinfín de connotaciones positivas, ha aportado mucho a la sociedad en la que vivimos. No solamente es un entretenimiento y un espectáculo que nos ayuda, como la cultura (teatro, cine, museos...) a sobrellevar mejor el día a día; sino que también ha sacado a mucha gente de las calles, ha supuesto la creación de grupos sociales interesantes que han encontrado en el deporte rey un interés común; es igualmente un deporte de trabajo en equipo, a pesar de que destaquen también élites individuales; un deporte que como muchos supone una elaboración estratégica, una necesidad de colaboración. El fútbol nos ha dado literatura y, a su vez, todo debate a su alrededor, no tanto el debate deportivo en sí sino el debate social que lo envuelve, me parece positivo y enriquecedor. Además, la cantidad de pequeñas ligas y competiciones que mueve, desde las formadas por grupos de amistades, pasando por las de zonas geográficas concretas (barrios, ciudades...) y las que van de los pre-benjamines hasta los juveniles, moviendo a miles de personas, hacen que el fútbol en sí sea casi una sociedad por él mismo, un mundo dentro del mundo.

Sin embargo, el fútbol entraña una serie de violencias, algunas han estado siempre y otras han ido incrementándose con el tiempo o es ahora, en este siglo XXI en el que empiezan a cambiar conceptos, que están destacando. Son las que analizo aquí.

El contacto físico entre jugadores o jugadoras se da cuando hay una pugna por el balón o por conseguir una mejor posición en un centro o en un desmarque. Pero es una pugna de pequeños empujones, de tirones, de ponerse delante o solo marcar terreno. En las faltas, que se producen como sabe todo el mundo, cuando un jugador o jugadora golpea a otro u otra de forma deliberada o no para frenarlo o quitarle el balón, se produce una violencia más explícita, pero es rara la ocasión en que se ven puñetazos, patadas o empujones que constituyan una violencia explícita, más que aquella asociada al deporte mismo. Sin embargo, cuando un partido o un jugador o jugadora se calientan, se ven también escenas de agresión clara, de voluntad de hacer daño al otro. Pero para mí, esta es la menor de las violencias del fútbol.


El fútbol lleva un siglo siendo deporte de hombres y para hombres. Once tíos contra once tíos, árbitros masculinos, jueces de línea masculinos, entrenadores masculinos, periodistas masculinos, la inmensa mayoría del público es masculino. Aunque la presencia de mujeres empieza a asomar la cabeza, esto es muy reciente y tímido. Se habla de vez en cuando de fútbol femenino, dando de forma rápida los resultados de los equipos locales de primera división, o nombrando a la futbolista que ha sido premiada por la FIFA o quien sea, hay periodistas femeninas en las retransmisiones (relegadas, eso sí, a consortes de los periodistas masculinos) y alguna mujer aparece en las tertulias que hablan de fútbol. Este año 2019, es el que está obteniendo la mejor asistencia de la historia en los partidos de la liga femenina y en los grandes encuentros de equipos como el Atlético de Madrid, el Español o el Barcelona, los estadios que han venido usando están quedando pequeños, hasta el punto que el Atlético de Madrid femenino usó el Wanda Metropolitano para partidos de la Champions femenina, con más de 40.000 asistentes. Es un paso genial, uno de verdad, pero el camino por recorrer todavía es gigantesco. Si miramos en las plazas y en los patios, los niños son los que juegan al fútbol y se le suman algunas niñas, pocas, poquísimas. Y he oído a padres y luego a niños decir aquello de "te ha marcado gol una niña" o "te la has dejado quitar por una niña" (la pelota), más a menudo de lo que es deseable, porque lo deseable es nunca. Y no quiero olvidarme de otro aspecto que puede incluirse aquí: ¿cuantos futbolistas se han declarado homosexuales? Uno lo hizo y tuvo que dejar de jugar porque lo insultaban en el campo. Esto, que tú tengas que demostrar que eres hombre, como un torero, a la vieja usanza, al estilo de pueblo perdido poblado por la endogamia. A los niños, cuando están en la barriga de la madre y dan una patada se dice: este va a ser futbolista. Si la niña da una patada no se dice eso. De regalo un balón para ti, niño, que tienes que jugar al fútbol.

Da igual dónde vayas, si es una plaza, un parque, un campo o en la playa. El fútbol ocupa muchos espacios públicos. Las niñas y niños que juegan a otras cosas, tienen que hacerlo apartados, que no les dé la pelota. Ves a niños -raramente a niñas- haciendo de porteros entre dos macetas, o en la puerta de un parking, o aprovechando la estructura de un columpio, o entre dos árboles o dos columnas. Es violento porque priva a los demás de jugar a lo suyo, es como si la ocupación del espacio fuera una ocupación por la fuerza. Los carteles de "Prohibido jugar a la pelota" están para decorar. Eso violenta también en cuanto a la necesidad de integración, puesto que o juegas al fútbol o te quedas en un rincón.

El fútbol es el deporte más practicado, con mucha diferencia. Es la actividad extraescolar deportiva más elegida en nuestro país por los niños (46%), por delante de la natación (45%) y a mayor distancia se sitúan el baloncesto (17,8%), las artes marciales (17,40%), la danza (11,8%) y el tenis (11,6%). Estadísticas sacadas de https://www.bebesymas.com/educacion-infantil/actividades-extraescolares-cuales-elegidas-cuanto-nos-gastamos-hijo. Aunque la actividad más elegida de todas es el inglés. Y en muchas ocasiones, estos niños no se apuntan a fútbol porque realmente les guste, sino porque es el deporte que hay que practicar, al que juegan todos en el patio y en la plaza, porque es mejor intentar ser Messi o Cristiano que intentar ser... ¿espera, quién conoce a estrellas de otros deportes alternativos? Y esa voluntad de llegar a ser futbolista es motivo de una violencia competitiva que se palpa constantemente en los estadios, en partidos de benjamines, infantiles y alevines. Padres -y madres- que insultan a los árbitros y a los rivales, o al propio entrenador por no dejar que "su niño" juegue de delantero y marque goles, convirtiendo una actividad de aprendizaje muy positiva (todo deporte lo es y en equipo más) en una lucha del niño por destacar, por ser realmente bueno o no ser nadie. Evidentemente, esto no pasa absolutamente en todas las casas, hay excepciones.

Creo que es también otro tipo de violencia el nivel de los futbolistas en general. Pensemos sin embargo, que casi todos los que llegan a vivir del fútbol y a vivir bien llevan jugando desde que aprendieron a andar o casi. Y cuando alguno destaca, pasa a dedicar su vida a ese deporte, porque nos sacará de pobres, ya lo verás tú. Los grandes equipos tienen escuelas de fútbol en las que los niños y las niñas obligatoriamente también estudian, pero para que nos vamos a engañar, si va a ganar mucho chutando una pelota para que tiene que estudiar más allá de lo obligatorio. En Estados Unidos, que tampoco son ejemplo de nada, hace tiempo se dieron cuenta de que por culpa de las becas deportivas, las universidades se llenaban de auténticos tarugos que aprobaban porque si no aprueban no llegan a profesionales del deporte y empezaron a cambiar los programas educativos de las becas. Pero escuchemos lo que dicen o miremos lo que publican los futbolistas de élite, sobre todo cuando no hablan del partido de hoy, de que lo importante es el partido de mañana, y no son necesarias más de dos o tres frases para darse cuenta de que no llegan muy lejos sino es persiguiendo un balón.


Esta es una de las violencias que más me preocupan del fútbol profesional. Ver cómo personas que ganan auténticas fortunas (incluso los que no las ganan), que están siendo vistos por millones de personas (o por cientos), mienten de una forma descarada para ganar. Cuando un delantero se tira para simular un penalti, o un jugador hace ver que le duele mucho una pierna y luego se levanta como si nada, cuando protestan evidencias, cuando levantan las manos diciendo "yo no he hecho nada", lo que están haciendo es mentir, están haciendo trampas. Sé que algunos que lean esto dirán que no es para tanto, que forma parte del juego. Pues este es el problema. El ejemplo que estos futbolistas dan es el de que hay que hacer lo que sea necesario para ganar, que no importa que no te hayan tocado en la falta si puedes tirar un penalti y, encima, mejor si por ello expulsan al jugador que ni siquiera te ha tocado. He visto a niños de siete u ocho años tirarse teatralmente cuando les han quitado el balón y gritar de dolor y cuando ven que no les pitan falta, levantarse airados y enfadados con el árbitro. Es exactamente lo mismo que hacen los profesionales, pero más ensayado, y peor, precisamente porque son el ejemplo. El fair play no existirá hasta que se erradiquen las trampas para ganar.

Una de las cosas más violentas en el fútbol es el público, los hinchas. El uso del fútbol como excusa para liarla parda, para pelearse entre aficiones en la calle, tirándose sillas de bar, a golpes y patadas, incluso con muertos. Durante un tiempo se puso de moda hablar de los hooligans y entonces salieron los Ultrasur y los Boixos Nois y las Brigadas Blanquiazules y muchos más. Chicos y chicas jóvenes, tapándose la cara, tirando bengalas en el campo, quemando banderas, gritando todo tipo de insultos racistas, xenófobos, clasistas, homófobos y demás. Si bien es cierto que iniciativas como la que hizo Joan Laporta en el Barcelona de prohibir la entrada a colectivos violentos ha sido seguida por muchos clubes y se han tirado para adelante campañas contra la violencia, sigue existiendo. Árbitros de divisiones inferiores que salen escoltados por la policía, con pedradas o botellas que les abren la frente. Imaginaros que estáis en vuestro trabajo y os equivocáis en algo, y de repente todos los demás se levantan y empiezan a llamaros hijos de puta, cabrones de mierda y un largo etcétera, os tiran las grapadoras de la oficina o las herramientas del taller. Eso pasa en muchos deportes, pero en el fútbol es dónde pasa más y viene ligado con la violencia competitiva, de esos padres y madres que insultan a otros al ver jugar a sus hijos.

Aznar y Rajoy eran del Madrid, Zapatero del Barça. Aznar llevó al Real Madrid a la Moncloa cuando ganó la liga, pero al Barça no. Si felicitas a unos los felicitas a todos cuando consiguen lo mismo, ¿no? Pues no. El fútbol alcanzó en los ochenta y los noventa su grado de religión suma, hacía tiempo ya que había superado al cristianismo, pero llegó a su cénit entonces, cuando los medios empezaron a hablar más de fútbol que de otra cosa. Y eso era por orden política, para tapar la corrupción. La política ha usado el fútbol como los emperadores romanos usaban el circo. Al pueblo, pan y circo; al pueblo, pan y fútbol. Y sí, eso también es violencia, es el uso indebido de algo para sacar tajada o para tapar lo que estás haciendo. Cabe añadir el hecho de las manifestaciones políticas e ideológicas del público y de los jugadores y la polémica que traen.

También es violencia que un club de fútbol se gaste lo que se gasta por algunos jugadores y les paguen lo que les pagan. Un amigo mío me dijo, durante una discusión amistosa, que cada uno debería cobrar proporcionalmente a lo que produce. Y los jugadores de fútbol de élite producen mucho dinero, mueven cantidades astronómicas: las camisetas, los contratos publicitarios, las bambas que llevan, el peinado, las entradas que los aficionados pagan para verles, etcétera. La de jugadores de fútbol (y lo asocio aquí con las violencias intelectuales) que se han arruinado después de colgar las botas, debido a que no saben gestionar sus fortunas. Niños de 20 años que de repente cobran millones cuando algunos vienen de favelas de Brasil o de barrios pobres de cualquier ciudad del mundo, madres y padres que gestionan tantos ceros que todos les bailan (los ceros y los que les rodean). Empresarios ricos que deciden invertir en clubs de futbol porque producen más beneficios que otra cosa. Es violencia convertir a chavales en productos mercantiles de compraventa, darles tanto protagonismo que su ego no puede gestionarlo. Entrenadores que si son despedidos por hacerlo mal, tienen derecho a 20 millones de indemnización (Mourinho en el Manchester United). Si yo lo hago mal en mi trabajo me echan con despido procedente y no veo un duro.

La culpa de mucho es de los medios de información. Sí, que se me echen encima los leones. Las noticias deportivas ocupan casi la mitad del tiempo de los informativos en casi todas las cadenas de radio, televisión y canales virtuales. El fútbol ocupa portadas de diarios generalistas por encima de noticias sobre guerras, de refugiados, de cambio climático, de política internacional donde se decide todo, de lo que sea. Hay programas deportivos por las mañanas, por las tardes y por las noches. Canales de televisión solamente de fútbol, es otra violencia okupa, otra invasión. Nos ponen en las noticias las declaraciones intrascendentes de los entrenadores o futbolistas después del partido: "hay que seguir mirando hacia adelante" o "todavía queda mucha liga" o "vamos partido a partido". Así, se ha conseguido dar importancia a algo que, si lo miramos desde la distancia y fríamente, no la tiene y se relega lo verdaderamente importante, lo que nos haría levantarnos y generar una revolución; pero no, tenemos el fútbol. Otra vez: pan y circo.

Los ricos contra los pobres. El Rayo, símbolo de la clase obrera y trabajadora contra el Madrid del señorío y el empresariado; el Atlético Aviación, ahora Atlético de Madrid, que nació del ejército; el Betis rural contra el Sevilla de los señoritos; el Barça de la burguesía catalana contra el Español de la inmigración. El fútbol como sinónimo de poder adquisitivo, de clase social, de violencia social. Y no únicamente vinculada a la economía o al origen de barrio, sino también a la marginación social, como escribía antes. Mis hijos no saben jugar a fútbol, son malos de cojones, pero si no juegan se quedan solos en el patio o en la plaza, porque todos juegan. Así que qué hacen, pues juegan, y les llaman malos a veces. En países africanos en los que la sequía y el hambre acecha, ves a personas vestidas con camisetas del Barça o del Madrid. En las favelas juegas a fútbol todo el día a ver si alguien te saca de pobre. El fútbol no solamente es un fenómeno social, sino que participa de la división y la cohesión social, para lo bueno y para lo malo.


Para terminar, diré que yo era (y soy) un aficionado al fútbol. Iba cuando podía al Camp Nou a ver el Barça, lo escuchaba con el transistor hasta las tantas en las eliminatorias de la UEFA o la Copa de Europa, los partidos contra el Madrid eran un acontecimiento familiar, jugaba en la escuela (era bastante malo, luego mejoré), jugaba con los niños y adolescentes con los que he trabajado toda mi vida, jugaba al FIFA o al ProEvolution, depende del año, estuve en un equipo de veteranos de fútbol sala. Pero a medida que el tiempo ha pasado, a medida que he ido adquiriendo conocimientos y criterios (más o menos válidos), ha dejado de interesarme tanto. La Liga ha dejado de tener interés des que o la gana el Barça o la gana el Madrid y con la Champions pasa más de lo mismo. Y lo exagerado de la economía me provoca cierto hastío, y las caras de presidentes y propietarios multimillonarios a los que el deporte les interesa bien poco, el ver la oligarquía con que este deporte lo domina todo o casi todo. Por esto he escrito este artículo, porque a mí me gusta el fútbol.