Las voces

27.08.2015

Sé que no están aquí.

Me lo dices tú, el médico y las enfermeras. Sé que forman parte de mi enfermedad, de la cual jamás me curaré. No existen los rumores que rompen el silencio de la noche. No hay conspiraciones ni complots. Sé que solo yo las oigo, que solo hablan conmigo, que forman parte de un mundo creado para huir del mío.

Pero no imaginas lo que es sentir que "nadie" habla en voz baja en tu contra, con tanta claridad, diciendo cosas tan ciertas y te describe, te define, se recrea dando vueltas sobre ti. Si tú fueras como yo, si cada noche al meterte en la cama que no es tu cama, al cerrar los ojos, después de unos instantes de silencio voces indefinidas susurraran comentarios grotescos, planearan esperar a que te duermas para hacerte cosas terribles... ¿Te dormirías? Puedo bajar aquí, al despacho de la residencia, y tú me dices que no existen. ¿Por qué soy yo y no tú quien está loco? Pero te creo, igual que me creo a los médicos y a las enfermeras. Y es peor porque entonces son dos cosas contra las que tengo que luchar: las voces que murmuran y saber que no existen las voces que murmuran.

Cuando tuve el brote por el que estoy aquí eran las voces de los vecinos conspiraban para matar a mi pareja. Las oía a través de las paredes, murmuraban entre sí. A ella nunca se lo dije. Empecé a vigilarla en casa y al salir de casa, siempre al acecho. Perdí el trabajo, no iba para vigilarla a ella. Y no podía contarle la verdad. Estando en casa cada día las voces aumentaron. Hasta que pensé que no eran los vecinos sino espectros, sombras que vivían dentro de los muros. Una tarde, cuando mi pareja llegó de trabajar, se encontró todos los agujeros de la casa tapados con trapos, servilletas y sábanas. Grifos, picas, ojos de cerraduras, enchufes. Yo estaba sollozando en un rincón. Ella se asustó. Me preguntó el por qué. Mi respuesta, mi verdad, la asustó todavía más. "Quieren matarte, quieren hacerte daño, torturarte de la manera más horrible". Y relaté cómo entrarían. Los rumores eran cada vez más fuertes, empecé a gritar para no oírles, y ella más asustada y yo lloré de impotencia. Entonces se produjo un silencio repentino y una voz nueva dijo: "Si de verdad quieres salvarla, mátala tú antes que lo hagan ellos. Y se irán".

La empujé escaleras abajó. Sangre en la cabeza y un brazo en una posición imposible. Las voces se callaron. Durante unos minutos. Una vecina había oído los gritos y avisó a la policía. Pudieron salvarla. Solo la vi una vez más, vino aquí para decirme que se iba, que querría saber de mí por si mejoraba, pero me tenía miedo. No volvió. Las voces sí.

Y ahora cada noche observo como preparas estos potes llenos de pastillas. Vivo con gente que está igual o peor que yo. Comparto habitación con Ángel, que tiene que tumbarse y volverse a levantar quince veces cada noche, pesa 120 kilos y cierra la puerta del baño diez veces y se lava las manos seis veces antes y después de cada comida. Pobre Ángel. Al menos él no ha intentado matar a nadie. Algunos van tan sedados que no recuerdan quién son. Quizá sería mejor estar muerto.

Ya no tengo amigos. Vinieron a verme y parecía que se sentaban en una silla con pinchos, hasta que dejaron de venir. Antes mis padres venían a buscarme los fines de semana y los festivos. Ahora solo por Navidad y por mi aniversario. Nunca encontraré chica. Cuando empiece a intimar, ¿le digo que vivo en una residencia para locos que no pueden seguir en sus casas y que con veintiocho años tengo que estar en casa a las nueve? Se me está hinchando la barriga por la medicación. Una de las pastillas que tomo es para controlar que no beba alcohol. El tabaco me lo dosifican.

A duras penas soy capaz de mantener una conversación, a excepción de estas noches, cuando no he tomado la medicación y estoy un poco más lúcido. Pero cuando estoy más lúcido es cuando vuelven las voces. No puedo concentrarme en un libro y en una película cualquier estupidez me recuerda mi enfermedad: un chico que se enamora, alguien que fuma, una casa... Cuando estoy compensado me dejan salir más tiempo. Cuando tengo un brote los médicos me encierran en una clínica, me atan y me suben la dosis. La gente que conoce mi enfermedad me habla como si fuera idiota en vez de esquizofrénico.

Cada noche oigo llorar a la mujer de la habitación de al lado, delante de la foto de su hija, se la quitaron poco antes de entrar aquí. Cada día durante las comidas escucho como la vieja ciega que se sienta delante pregunta si hay guisantes o zanahorias, que no se las puede comer porque es la manera que tienen las putas de meterse dentro de ella y prostituirla. Y las lamentaciones del que va en silla de ruedas porque calculó mal al tirarse al tren. Aquí no hay nadie feliz. Hace poco en un programa de radio salió una mujer esquizofrénica que se dejó hacer preguntas estúpidas y decía que estaba la mar de bien, que escribía y pintaba y hacía cosas con sus compañeros. Cuando oigo cosas así me pongo más enfermo todavía. Pero habrá de todo.

Mi enfermedad se llama "esquizofrenia paranoide con trastorno inmaduro de la personalidad". Leí un libro que explica todas las enfermedades mentales conocidas. Pone que aún no se sabe cómo tratar la esquizofrenia y que prácticamente cada persona que la padece podría tener un diagnóstico distinto. Dicen que un gen recesivo se activó o no sé qué por culpa de un choque emocional que no saben cuál es, dicen que necesito cuatro pastillas por la mañana, tres a mediodía y cinco por la noche para no escuchar voces, explican que a través de la terapia podré entender qué me pasa en lugar de darme soluciones y eso solo quiere decir que no saben la solución. Llevo cinco años asistiendo a terapia, cinco tomando pastillas, cada vez añaden alguna más. Hace cuatro años que no veo a mi pareja, no sé qué hace, dónde está, con quién vive.

Solo tengo veintiocho años y es como si tuviera cincuenta. Cuando me dejan salir me voy de putas. Me gasto todo el dinero que gano trabajando en el taller más lo que me pasa mi familia en eso: putas, tabaco y refrescos.

Pero ahora me tomaré la medicación y no podré pensar en nada de esto. Cuando me levante mañana no recordaré qué jodido estoy, me llevarán a trabajar al taller adaptado, me dejaran salir a por otra Cola-Cola y veré la tele hasta las diez. Después me tumbaré y recordaré esta conversación y, quién sabe si por culpa de las voces o por ganas de hablar con alguien bajaré de nuevo aquí, de madrugada, y le explicaré al monitor que haya mañana lo que te he explicado a ti hoy.


Compilación de las conversaciones mantenidas de madrugada con Moisés, uno de los internos de la residencia para adultos con trastorno mental severo donde trabajé, en turno de noche, durante el verano de 1998. Barcelona.