Libertad dentro de la jaula

12.05.2020

Al inicio de todo, parecía el tiempo y la situación propicia para gozar del tiempo y aprovecharlo al máximo. Es ahora o nunca, te decías. Y efectivamente, así fue. Puede hacerse la analogía con un viaje en velero hacia el horizonte. Al principio el disfrute del mar es casi como éste, infinito, el horizonte parece una línea metafórica preciosa, la calma se te antoja una maravillosa oda al tiempo con una invitación nunca antes vista a dejarte llevar solo por el placer y el oleaje suave. Sin embargo, a medida que pasan los días y la calma es la misma, cuando los delfines ya no vienen a verte por aburrimiento, cuando no aparecen las sirenas más que sus cantos lejanos, cuando la línea del horizonte sigue estando siempre igual de lejos, entonces ese placer cede ante una sensación de monotonía tan basta como el océano, que lleva a un efecto de apatía y de abatimiento. Te das cuenta de que las cosas tienen sentido y valor precisamente por el hecho de tener un tiempo y no durar para siempre. Un para siempre que sea para siempre se vuelve una amenaza temible. Imagino a alguien inmortal que primero lo festeja, pero luego, al ver pasar y morir a generaciones que debían sucederle, saber que no tiene fin, es lo peor.

Después de tantos días confinado ya no escribes, ya no sabes qué hacer, la inspiración y la fantasía se han enclaustrado dentro del enclaustramiento, un juego de matrioskas inagotable, dentro de una siempre habrá otra, las sigues abriendo porque no puedes concebir la eternidad, es algo a lo que la imaginación no llega, ni siquiera la del catolicísimo que así se excusa de tener que explicar los orígenes ni los finales de nada. No preguntes, ten fe. You modafaka. Ya deliras, amigo, es la inevitable pérdida de conciencia del náufrago martilleado por el sol en su barquita en medio del océano calmado. El movimiento es vida, solo los que se mueven sobreviven. Ya ni siquiera reflexionas, no te quedan más temas, se han agotado, tu cerebro es una esponja seca que se va agrietando, necesita el agua que equivale al oxígeno, al movimiento. La radio es aburrida, las series parecen todas iguales, no quedan pelis buenas ni libros que inciten a abrirse, todo está parado, todo, y se llena de polvo y de hastío. Que alguien le pegue un tiro al tipo que cada día a las ocho de la tarde hace sonar su bocina del futbol antes del aplauso a los servicios sanitarios públicos, ignorados hasta que todos hemos tenido que correr. No llegas a fin de mes y sin embargo tienes que pagar a hacienda, mientras que los que tienen haciendas les sale a devolver. Ganas de devolver si tienes, amigo.

Suerte que siempre hay pequeñas cosas que te animan, gente casi siempre, que te motiva y anima, a la que esperas con ansia para esos encuentros virtuales, esas llamadas que te conectan con el mundo. Sí, ahora podemos salir, pero es la libertad dentro de una jaula. Entre una de tus reflexiones delirantes está ésta: toda la libertad de la que teóricamente dispones, en realidad, está dentro de una jaula. La jaula puede ser grande, enorme en cada una de sus tres dimensiones, pero la cuarta es corta, y el cielo es una foto impresa en una cúpula de plástico barato. Lo peor es saber que es una jaula, que puedes saberlo de antemano o porque acabes chocando contra barrotes disfrazados de altos pinos o paredes pintadas color bosque, mientras que de fondo, suena un río que no está, o que está, pero viene de una de esas fuentes que puedes comprar en los bazares orientales que mueven el agua en bucle. Los peces, claro, son decorativos y van con pilas tipo triple A que mueven su cola mecánica y chocan contra las piedras de cartón. Ya deliras, amigo. El tiempo dentro de la jaula se alarga y acorta como un chicle que ya ha perdido el sabor y por mucho que intentes estirarlo saliendo entre los dientes, sabes que llegará tan lejos como alcance tu brazo, no hay más, hasta que se rompa o vuelva a tu boca, sin saber a nada, sin saber nada, duro y provocando que se muscule tu mandíbula, ya musculada de tanto hacer chirriar los dientes.