Limbo

08.10.2019

Hace mucho tiempo leí un cómic en que el protagonista, una especie de superhéroe involuntario, moría e iba a parar a un enorme espacio vacío cruzado por una cinta por la que se podía andar. Preguntando a diferentes personas (muertas) con las que se va cruzando, descubre que se encuentra en el limbo, el lugar en el que van aquellos que, ni cielo ni infierno.

En la serie de anime, basada en el cómic manga, de Dragonball, el protagonista al morir, va a parar a un juez que le permite entrenar con un gran maestro y, para llegar a él, tiene que avanzar por un espacio casi infinito que es como un mar de nubes cruzado por una serpiente, por el lomo de la cual se puede caminar.

En la actualidad, estoy viendo una serie de aquellas que no sé porque miro ya que a cada capítulo me reafirmo en que es considerablemente mala, pero tiene algo que me engancha. En ella, una mujer muere y va a parar por error a una especie de Cielo llamado el Lugar Bueno, en contraposición a una especie de infierno llamado el Lugar Malo; entre ambos se encuentra el Lugar Medio, una casa en el centro de un desierto infinito cruzado por la vía de un tren.

Según la religión cristiana, el limbo es el lugar al que van a parar las almas de aquellos que mueren sin haber sido bautizados. La palabra proviene del latín limbus, que significa límite, para el cristianismo es el límite entre el cielo y el infierno. También se acepta limbo como un lugar indefinido, como quedarse perdido en los pensamientos o sin estar capacitado para ninguna acción en plan "este tío está en el limbo". También es la parte más ancha de la hoja de las plantas.

No soy religioso, soy ateo y me considero claramente anticlerical, la iglesia me parece un engaño piramidal espectacular que lleva tiempo viviendo de la mentira de que son los representantes de la fe. Pero respeto cualquier creencia, faltaría más. Todo esto viene a que he imaginado que yo, en caso de morir, seguramente acabaría en algún lugar parecido a la imaginación colectiva del limbo (lugar infinito, un camino rodeado de la nada más absoluta, un camino sin barandillas del que es difícil caerse y por el que se anda en busca de algo pero sin saber exactamente el qué). Intentando alejarme del concepto generalmente religioso y específicamente cristiano del bien y el mal, cosa difícil ya que está arraigado en nuestra educación desde pequeños, llevándolo a algo más abstracto y más basado en los sentimientos que en las acciones, es decir en la intención de los actos, no tengo nada claro si yo acabaría en una especie de cielo o en alguna variación de infierno. Considero en general que soy un buen tipo, me cuesta horrores hacer algo cuando sé que va a causar daño a alguien y me acabo retractando de las cosas que han provocado daños con un sentimiento de culpabilidad considerable. Llego incluso a asumir culpas que no me pertenecen, de forma muy puntual, no para evitar conflictos sino porque en ocasiones perder el tiempo en discusiones sobre la culpa de ciertos errores me parece idiota, prefiero gastar mi energía en otros temas. Cada vez que hago o dejo de hacer algo pensando: que le jodan, necesito rodearme de justificaciones que a veces recito en voz alta, para tener claro que en realidad no estoy jodiendo a nadie, sino que lo merece, o que merezco yo hacer algo así, como si me hubieran jodido a mí más veces y tuviera que equilibrar la balanza (la ley de la compensación de la que hablé en otra columna hace poco). Luego me siento mal, aunque en mi defensa o en mi ataque debo decir que esta culpabilidad cada vez me dura menos.

Y es que, queramos o no, los golpes nos endurecen, es un mecanismo defensivo totalmente lícito, de hecho es una necesidad de supervivencia. Me pregunto si no soy lo suficientemente duro ya que en realidad no me han golpeado tan fuerte como en ocasiones creo, en esa tendencia a la victimización del que sale perdiendo, inevitable a menudo, evitable casi siempre. Una victimización que engrandece lo que te ha pasado, aumenta el drama y sirve, de nuevo, para rodearte de justificaciones por tu actitud. Pero como decía, creo que de existir, yo iría al limbo, el juez o la jueza que valorara mis acciones en la Tierra no tendría claro dónde enviarme. O quizá es que van allí todas las personas indefinidas, aquellas cuyas acciones se mueven como un péndulo entre lo bueno y lo malo, que hacen algunas cosas consideradas buenas para obtener beneficio, algunas malas por compensación, algunas bondadosas por verdadera bondad y otras, pocas, malvadas por verdadera maldad. Ante mi juicio, imagino al responsable de decidir tirando, para acabar ante tanta indefinición, una moneda al aire; si sale cruz, venga te doy una oportunidad; si sale cara: que te jodan. Aunque, bien mirado, atendiendo a que suelo estar en el limbo, quizá mi sitio ideal sería precisamente quedarme al límite entre las dos opciones.