Lista de despropósitos heredados

02.01.2020

El 2020 ha empezado bien pero quizá se ha precipitado un poco, de tanta velocidad en su día uno se ha pasado de frenada. La sensación de energía acumulada en el motor de la locomotora que mueve sus 366 días (es bisiesto) le ha hecho querer correr demasiado. La excitación por recorrer todo el terreno que tiene por delante, en parte virgen, en parte ya recorrido, ha provocado una improvisación en la que se ha puesto a andar sin vías. O no, o solo es una metáfora también precipitada atendiendo a las pocas horas que han transcurrido desde que las doce campanadas, que nunca van a la velocidad adecuada, anunciaron que el simple estreno de un nuevo calendario puede cambiarlo todo. Creo que el inicio de año es el día, en competencia quizá con inicios de septiembre, en que más gente tiene puestas las esperanzas de que todo puede cambiar. Ya verás este año, decimos.

Decía lo de pasarse de frenada por un hecho en concreto, que no es necesario comentar, pero que supone un suma y sigue a un simple día, el primero del año, en el que han sucedido ya para empezar muchas cosas. No recuerdo un 1 de enero tan agitado y en el que, a pesar de eso, me fuera a dormir y no tardara unos segundos en... Espera, sí, tardé muy poco. Claro que la noche anterior había dormido poco y que... Vale, da igual. Sucedieron algunas cosas y sí recuerdo que, al acostarme, con el lado izquierdo de la cabeza sobre la cama, tuve una sensación de nervios, de inquietud que, como el monje de Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain, temía que hiciera inútil cualquier intento de descanso. Pero me dormí rápido, como casi siempre.

El peligro de poner expectativas muy altas es que luego las decepciones suponen golpes más fuertes. Este año, al contrario que en muchos de los anteriores, no he hecho una lista de propósitos ni he quemado un papel con las cosas malas ni enterrado en la tierra uno con las cosas buenas, para que florezca. En mi mente solo hay un propósito y este es que todo lo que quedó rezagado, atrapado en el tiempo de un año de transición como 2019, ahora pueda fluir. Sí, estoy un poco zen últimamente. Pero es que me he dado cuenta, y me ha llevado cierto tiempo, que las cosas es mejor no forzarlas demasiado ni tampoco quedarse esperando y que lo que tenga que ser, por decirlo de una manera, será y lo que no tenga que ser, pues no será. Vamos, que ni montar un drama por lo que no ni dejarse la piel para que sí, que no merece la pena. Todo tendría que ser en correspondencia con el esfuerzo que suponga y todo esfuerzo debería corresponderse con la consecuencia que merezca. O algo así.

Me explico. En primer lugar, todos los propósitos para el 2020 fueron despropósitos en el 2019. Creo que no conseguí ninguno y recuerdo bien el papel que rellené antes de las uvas el 31 de diciembre pasado, éste no el otro. O sí, uno se cumplió, es cierto. El resto no. Así que reciclo todos esos despropósitos para que vuelvan a ser propósitos y eso no solo me ahora crear una lista nueva sino que me sumo a dar segundas oportunidades, porque como dije en la última columna y he repetido un poco más arriba, 2019 ha sido una especie de año de traspaso. Ha sido un relevo, ese palo cilíndrico que un atleta que está frenando le pasa a su compañero que está acelerando. Toma, le dice, sigue corriendo tú. El palo cambia de manos, cambia de velocidad, cambia de trayectoria, pero sigue siendo el mismo palo, más usado y sudado, pero el mismo. Es el testigo, pues así se llama. El año terminado ha corrido tanto como ha podido o sabido y, agotado, exhausto, cede el testigo al siguiente que con renovada energía empieza su carrera, que en realidad es solamente la continuación de la anterior, es otra página más en el calendario. Un calendario que empieza a tener más días pasados que días por pasar, sin montar un drama tampoco.

En segundo lugar, si el mundo fuera realmente justo o, más que el mundo, la vida, toda recompensa sería exactamente proporcionada al esfuerzo acometido para conseguirla, y todo el esfuerzo necesario seria exactamente proporcionado a la recompensa que de él se recibiera. Así, alguien que no ha pegado sello no debería recibir sello alguno, alguien que lo da todo (que nunca se da todo, también hay que decirlo) debería recibirlo todo (que nunca es todo, tampoco). Sin embargo la vida no es justa, ni siquiera lo es la justicia, y puede tocarle la lotería a quien ha comprado un único billete en toda su vida y no lo necesita y no tocarle nunca a quien lleva toda la vida comprándola y está desesperado. Sim embargo, a lo que me refería era a que, más allá de la justicia o la injusticia, deberíamos hacer esfuerzos equivalentes a la recompensa que esperamos obtener, no más o ni menos. Por eso, la gente que se desloma trabajando por sueldos miserables, un grupo de gente muy numerosa desafortunadamente, deberían trabajar en compensación de ese sueldo y al revés también, no es justo que cobren lo mismo dos trabajadores cuando todo el mundo sabe que uno lo hace bien y se esfuerza y el otro hace poco y mal.

Así que este 2020, con su lista de propósitos que son despropósitos heredados, y a no ser que yo me equivoque mucho respecto a lo de los esfuerzos y las recompensas por lo que a mí mismo se refiere, tiene mucho trabajo por hacer. Por suerte acaba de nacer y está repleto de energía y ahora lo ve todo positivo y al final, el 2019, cansado y con ganas de terminar su largo turno, hizo un último esfuerzo y, como dije, se fue con elegancia y dejando huella.