Living with yourself (1 temporada)

23.10.2019

Empecé a mirar Living with yourself porque sale Paul Rudd, que me cae bien y porque me parecía que sería otra cosa, algo más interesante y profunda de lo que es. Caí en ese pensamiento infantil de "si sale un actor de cine es que debe de ser buena", la serie. A ver, no es que sea mala, pero buena tampoco.

Living with yourself cuenta la historia de Miles Elliot (Paul Rudd), un creativo de publicidad que está atravesando una crisis creativa y decide acudir a un curioso centro de spa que le cuesta todos sus ahorros y los de su pareja en el que, un compañero, le ha asegurado que le convertirán en un hombre nuevo, pero sobretodo en un hombre mejor. En lugar de eso, lo que sucede es que en ese lugar le matan y mejorando su ADN, crean un clon. En el caso de Miles el experimento falla y el hombre original sobrevive, de manera que tendrá que vivir en un mundo en el que hay otro Miles, que es mejor que él.

El planteamiento es interesante, no obstante yo no sabía lo del clon porque no leo las sinopsis que cuelga Netflix junto a la foto ni vi el tráiler, así que imaginé una especie de segundo yo divertido y malvado o una especie de conciencia que le dice qué hacer o no, o que lee el pensamiento de los demás. No. El segundo Miles no tiene los defectos del primero y tiene potenciadas sus virtudes: es más social, más creativo, más atento, más sano, más de todo lo bueno.

Con el planteamiento que ya he dicho que es interesante, el creador y guionista de este producto, Timothy Greenberg, construye una historia con diferentes fallos y que se sustenta en exceso, a mi parecer, por el carisma del actor principal. El primer fallo de la serie es que las razones que llevan a Miles a invertir todo su dinero en el experimento no son demasiado creíbles: es joven, tiene una mujer a la que adora y que le adora, una buena casa, un buen trabajo, vida social... Simplemente está en crisis creativa y frente a una campaña que le tiene angustiado, teme perder su oportunidad. Cierto que vive amargado y se nos muestra claramente que él antes era más dicharachero y más cool, pero no cuela. Aparte, la explicación que le da el compañero para convencerle y hacerle gastarse 50.000 dólares destinados a un tratamiento de fertilidad en eso, son muy pobres.

El segundo defecto grande es su previsibilidad, pues resulta difícil no acertar con lo que va a suceder a medida que los ocho cortos capítulos de 25 minutos (más o menos) se van desarrollando. En su favor diré que el inicio del conflicto entre los dos Miles arranca bien, repartiéndose las cosas por hacer, pero se ve a lo lejos cómo acabará la cosa e incluso se acierta en los detalles de este final, en cada paso o casi en cada paso.

El tercer fallo principal, a mi modestísimo modo de ver las cosas, es el tono que se le confiere a la serie, una mezcla del formato de comedia habitual (capítulos cortos, secundarios excéntricos, situaciones comprometidas) con un trasfondo dramático que es verte a ti mismo cómo podrías ser y no conseguirlo, ver que tu otro yo te supera, a la vez que el otro yo sabe que nunca será el original y el verdadero. Esta mezcla con este formato provoca que ni sea una comedia ni un drama ni una comedia dramático ni un drama cómico, se queda a media tinta. Así, los motivos que mueven al Miles clon se entienden perfectamente y siguen una trama consecuente, mientras el original sigue perdido en un sinfín de sinsentidos y un vacío considerable. La presencia de Rudd, que no necesita nada más que a sí mismo para que los dos personajes que interpreta se vean distintos sin demasiado vestuario ni maquillaje ni nada, va salvando la serie, pero todo es difuso, incluso el personaje femenino de la mujer de Miles, Kate (Aisling Bea), que podría ser interesante pero cae en un tópico detrás de otro, toda su conducta es terriblemente predecible.

Como decía, Living with yourself no es una serie mala, puede verse, tiene un punto entretenido, pero se queda ahí y nada de lo que sucede acaba resultando más que lo que ya sabías que había.