Lo imposible de lo imposible

03.01.2020

Dice la taza con la que bebe agua uno de mis nuevos compañeros de trabajo, no nuevo solo él, sino también el trabajo, que nada es imposible. Uno de esos mensajes sacados de un manual de autoayuda que alguien encontró entre el montón de escombros que acumula una persona sin hogar, o con un hogar a la intemperie pero sin casa. Una de las muchas sentencias que dijo alguien algún día durante una conversación totalmente trivial con otro alguien sin demasiado vínculo en común, porque no sabía qué decirle a la queja constante de un sueño que no alcanza y que atribuye a la enorme dificultad que entraña y que, claro, no es culpa suya porque él lo intenta con todo su empeño y por eso ha llegado a la conclusión de que quizá es imposible, a lo que otro responde: nada es imposible, mirando al vacío como cuando el personaje que interpreta Javier Bardem en Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002) dice que cree que hoy es lunes.

El simple hecho de afirmar que nada es imposible supone un oximoron interesante. Si se afirma con contundencia que nada es imposible, eso implica que es imposible que haya algo imposible, de manera que ya hay un imposible y la frase cae en su propia trampa, quedando anulada. Por alguna razón estúpida, o igual no es estúpida pero me lo parece, recuerdo una conversación con mi madre de cuando yo era niño en la que ella afirmó eso: nada es imposible, y yo, con mi aire de crío repelente que quiere contradecir a sus padres, respondí: es imposible que Ronald Reagan aparezca aquí ahora mismo. Se entiende que Reagan era el presidente de Estados Unidos en aquel momento, así que corrían los inicios de los 80 y yo andaba por los finales de mi primera década de vida o, a mucho alargar, inicios de la segunda. Por supuesto, si nos ponemos analíticos y pragmáticos, la probabilidad de que ese personaje público apareciera en nuestra casa el instante después de terminar yo mi frase infantil, era probable. Es decir, imposible del todo no era, podía andar por allí y con un helicóptero o un coche oficial decidir que se detenía en el piso del Edificio Mickey, así se llamaba, inaugurado en 1976 (como también decía el cartel en la portería) y saludarnos. Suponiendo que se buscan imposibles menos probables, como hizo mi hijo de 11 años hace unos días al salir a colofón esta frase de nuevo (estas oraciones son como una plaga, como una pandemia, se propagan de tal forma que llegan a formar parte de la cultura popular y se usan como comodín a diestro y siniestro), que dijo algo parecido a que era imposible que Star Wars sucediera de golpe aquí mismo. Es curioso, solo a nivel de acotación, que tanto mi hijo como yo, y supongo que infinidad de infantes en conversaciones similares, usáramos el exactamente aquí y el ahora mismo como elemento crucial para demostrar lo imposible.

Evidentemente, o no con tanta evidencia, debido a que soy algo escéptico con esta frase de que nada es imposible, me costó rebatirle a mi hijo su cuestionamiento, sin embargo recurrí al mismo razonamiento en el que caí yo muchos años atrás, es decir, que cabía la posibilidad remota que una serie de factores que combinan azar y fantasía coincidieran en una combinación astral sin precedentes y eso sucediera. Pero lo dije con tan poco convencimiento, puesto que no me lo creía, que la discusión terminó rápida a favor del niño. Y es que afirmar que nada es imposible es tan fantasioso y tan poco sostenible que resulta un tópico peor que el de los libros de autoayuda o que las clásicas frases cursis y bobaliconas que mucha gente, mucha muchísima, usa a menudo para ilustrar sus perfiles o incluirlas en sus redes sociales, compra tazas con ellas, se pone camisetas con estos eslóganes de populismo fácil y facilón y en ocasiones hasta los adorna de ilustraciones de una niña sentada en la luna al lado de un gato, de dos niños dándose la mano mientras sostienen globos en la otra y cosas que, siendo respetables, denotan una falta de personalidad que asusta. Ojo, que yo las he usado también en ocasiones, no solamente para ser sardónico sino que en alguna que otra situación, para incrustarlas en conversaciones, casi siempre cuando no sabes qué decir o cuando quieres dar ánimos. El problema es que puedes animar, es cierto, pero estás mintiendo. Sabes de sobras que sí hay cosas imposibles, que algunos sueños no están al alcance de nuestras posibilidades por mucho que nos esforcemos, por mucha ayuda que recibamos, por mucha conjunción astral que nos asista.

Sí, sí, ya sé que el autor o autora de esta frase y quienes la usan a menudo, se refieren más a un concepto figurado que a uno literal, a una idea de que aquello que quieres hacer puede hacerse si de verdad lo quieres (aquí viene otra frase también que tal: querer es poder) y todo eso, pero sigue siendo igual de inválida o de falsa, o quizá no tanto, pero rebatirlo excede de los límites autoimpuestos de esta columna y, como decía Michael Ende al terminar sus novelas, esta es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.