London Calling (y usted, ¿domina el inglés)

21.05.2019

El chiste, que Eugenio contaba tan bien, es el de alguien preguntándole a otro alguien: "Oiga, ¿usted domina el inglés?" y el segundo alguien respondía: "Hombre, si es bajito y se deja...". Como metáfora del aprendizaje de la lengua inglesa me parece muy adecuado, y más en un país en el que hemos tenido algunos presidentes de gobierno (¡presidentes de gobierno!) que no sabían inglés (¡que no sabían inglés!) o alcaldesas de grandes capitales haciendo el ridículo al leer textos del Google Translate con pronunciación de la que te pones a reír para no llorar. Un país en el que, salvando excepciones, viajamos al extranjero y nos damos cuenta de que en todas partes la gente sabe más de este idioma sajón que nosotros y nosotras. En Holanda, Alemania, Noruega, Dinamarca y muchos otros países del norte y el este de Europa, en cualquier bar o pub o estación de trenes, te encuentras con personas que te entienden perfectamente en inglés y además lo pronuncian bastante bien, es una segunda lengua que, realmente, es una segunda lengua. No sé si las discusiones y discrepancias políticas que han afectado la lengua, no sé si un españolismo despertado por un orgullo nacional ancestral y desfasado, por una nostalgia de tiempos pasados o simplemente por el orgullo asociado generalmente a los franceses de "que aprendan ellos a hablar mi idioma primero", han evitado que tengamos un nivel de inglés suficiente como para equipararnos con vecinos cercanos y vecinos lejanos, creándose un agravio comparativo en el momento de buscar trabajo internacional, de vender nuestros productos, de tomarnos en serio.

Yo empecé a estudiar inglés en la escuela en sexto de EGB, con 11 años (¡con once años!). Teníamos una profesora que no sabía hacer de profesora y, las clases de inglés, daba la sensación de que nadie se las tomaba en serio. Una profesora nacida en cualquier lugar del mundo menos en uno de habla inglesa. En mi caso particular, tuve la suerte de que me enviaran a estudiar a Inglaterra durante tres veranos consecutivos; conviví con familias británicas de Manchester, Cambridge y Southampton y os aseguro que el primer año Mr. & Ms. Jones no se daban de hostias contra la pared por mi culpa porque las paredes de esas casas prefabricadas se habrían derrumbado. Y sí, se apellidaban Jones y él guardaba un parecido más que razonable con el actor John Cleese. Me daban de comer pollo hervido con col hervida, patatas hervidas y zanahoria hervida y no, no había dos huevos fritos para desayunar; pero básicamente, de una forma casi inconsciente, me hicieron aprender inglés y cuando regresé aquel primer verano, en que estuve solamente dos semanas, ya le daba dos vueltas y media al resto de la clase.

Ahora los niños y niñas empiezan a oír el inglés ya en Educación Infantil (de los 3 a los 5 años). Hacen algunas actividades en ese idioma o se les van introduciendo términos y conceptos para que lo vayan oyendo y familiarizándose. Tengo en mi círculo algunos padres y madres que hablan desde el nacimiento en inglés a sus hijos, un inglés académico y algo chapucero, pero crecen asimilando ya este idioma que es el universal. Y no nos engañemos, lo es por la invasión norteamericana (una invasión básicamente comercial, aunque también cultural e ideológica de la que quizá hable en algún otro artículo más adelante). Esta educación, llamémosla precoz, en inglés me parece una de las cosas más ingeniosas e inteligentes del actual sistema educativo, por otra parte más que cuestionable. Si además los profesores y profesoras o bien fueran de origen inglés o bien tuvieran una formación en inglés en condiciones, ya sería el copón. La mayoría, por ahora, han estudiado magisterio y tienen un inglés académico entre torpe y cómico. Para que no parezca que desdeño el trabajo del profesorado, diré que en general, salvo el hecho atroz de ponerles deberes a los niños y niñas (igual también escribo sobre esto alguna vez), valoro la introducción del inglés en algunas materias (por ejemplo, mis hijos estudian sciencie en lugar de ciencias), que para algunos y algunas debe haber supuesto un cambio difícil al que se han adaptado con convicción y ganas.

Desde hace ya cierto tiempo, el inglés se ha convertido también en una de las actividades extraescolares a la que se apuntan más niños y niñas (el 30% de los que hacen extraescolares), como la informática (25%), en el convencimiento (nada equivocado en mi opinión) de lo importante que es que la infancia aprenda bien pronto estas materias casi como si fueran las mates o las ciencias naturales. Aprender un idioma desarrolla el cerebro, está comprobado: según diferentes estudios (Fuente: The Journal of neuroscience; enlace de The Huffington Post, de 1 de Julio de 2014) los adultos que han hablado dos lenguas desde su infancia tienen mejor flexibilidad cognitiva, más agilidad mental, mejor procesamiento lingüístico, probabilidades de demorar la posible aparición del Alzheimer y la capacidad para tomar decisiones de una forma más razonada. Pero hay más, aprender idiomas (si pueden ser dos mejor que uno y si pueden ser tres mejor que dos), facilita aprender más idiomas nuevos, mejora las habilidades de escucha, la atención, la memoria y tu lengua materna. A parte claro, saber más idiomas aumenta nuestro nivel cultural, mejora el rendimiento académico (al menos del idioma ese seguro), abre puertas profesionales y sociales y, para más inri, es más que satisfactorio darte cuenta de que puedes hablar con alguien en un idioma que no es ni el tuyo ni el suyo. He pensado también que valdría la pena escribir sobre las extraescolares, ya me estoy poniendo demasiados deberes (un artículo sobre los deberes, otro sobre la invasión americana y éste sobre extraescolares).

Después de muchos años, el otro día tuve una conversación en inglés con una mujer nacida en London (no entiendo por qué traducimos los nombres de las ciudades) y yo lo tenía tan oxidado, sonaba tan académico y, además me costaba tanto hacer el esfuerzo de pensar primero en catalán (mi idioma materno) y luego traducirlo al inglés para ver que salía una pronunciación macarrónica, que pensé qué bueno hubiera sido haber tenido profesores con un inglés cojonudo desde el inicio. Porque en la escuela me enseñaron con el "guats iour neim?" y el "jou old ar iú?" de turno. Así que, ahondar para que las personas que serán maestras en el futuro, maestras de primaria o de educación infantil, tengan un nivel de inglés (o de alemán o de francés o del idioma que se considere necesario, pero apostaría ahora por el inglés) suficientemente bueno como para que al oírles enseñar inglés a nuestros hijos e hijas no nos dé algo de vergüenza (no siempre, claro está, ya hay profesoras y profesoras con niveles de inglés muy alto), como para introducir este segundo o, en mi caso, tercer idioma, creo que es una inversión de futuro óptima. Que lo tuvieran los de secundaria sería un colofón magnífico. Quizá, en lugar de invertir tanto esfuerzo en defender "el idioma de la patria" o en discutir sobre si tu idioma está pisando el mío, deberíamos levantar todos los pies y empezar a abrir la mente (y la boca).