Lucha por mí

28.10.2018

Despierta.

¡Despierta!

Bien, abre los ojos. Te dolerá una pizca al principio. Enfoca. Eso es. ¿Me ves con claridad? Quizá tardes un poco, pero seguro que tu cerebro ha empezado a procesar mi voz y ya la reconoce. Oh, vaya, lo siento. Quizá pensaste que todo fue una pesadilla y que despertarías en tu cama o, mejor, en la de ella. Pero no, compañero, no. Sigues aquí. ¿Un poco de agua? Toma, bebe, te aclarará. Uy, se ha derramado un poco sobre tu camisa hecha jirones. No pasa nada, luego te daré más, pero me preguntaba si ya has empezado a entender un poco de qué va esto. Ayer solamente pataleabas y arañabas como un gato al que van a meter en una caja para llevarlo al veterinario. Yo no soy veterinario. Ni siquiera tengo gato. Te molesta mi sonrisa, ¿verdad? Crees que es suficiencia y orgullo y me desprecias por pensarme superior teniéndote aquí atado a una silla carcomida por las termitas. Estás convencido que si te dejara libre y pudieras enfrentarte a mí, me tumbarías en un momento. ¿Quieres darme una paliza? Sí, claro que sí. Pero no será hoy, compañero, no será hoy. Verás, tengo algunos planes para ti, que me incluyen como parte actuante. Serás el espectador de tu propia obra, ¿Qué te parece? Aquí sentado, verás la escena cumbre. Lástima que no podrás aplaudir, pero sería correr un riesgo innecesario liberar tus grandes manos duras, pero delicadas de no haber trabajado jamás de verdad. No. Tendrás que conformarte con mirar y aplaudir con los párpados. ¡No pongas esa cara, hombre! ¿Qué esperabas? De verdad, compañero, ¿qué esperabas que sucedería? ¿Limitarme a cruzar los brazos, coger una rabieta y ya está? ¡No, por favor, no! Es evidente que no me conoces de nada, que no te han hablado de mí lo suficiente y eso, que quizá debería ofenderme, me alaba. Y a ti debería preocuparte. Porque lo cierto es que cuando alguien ama de verdad, se vuelca, se vacía en el otro. Quizá guarde algún secreto, nadie lo cuenta todo, nunca. Pero habla de los demás, habla de su gente importante. Y tú no sabes una mierda de mí. Por eso ayer tuve tanta ventaja y antes de que me lo reproches, la estrategia también forma parte de la guerra y no solamente la destreza en las armas o la fuerza. No puedo vencerte por la fuerza, así que he usado la táctica. Podría aburrirte con un largo blablablá de todos mis planes, todos los que se han cumplido desde el momento en que me enteré. Pero no, no soy el clásico presumido que necesita que le ensalcen para sentirse alguien, no me hace ninguna falta. Eso tampoco lo sabes, ¿verdad? No. Mi placer no es que reconozcas lo bien que lo he hecho todo, ya me lo reconozco a mí mismo. Mi placer tampoco es la venganza, eso es banal sobremanera. Claro que tiene algo de romántica la venganza, la literatura y el cine la han convertido en eso. No, ni vanidad ni venganza. Lo que me motiva para hacer esto es la palabra dada. Sí, sí, es cierto. Soy un tío de honor, compañero. Ya, puedes reprocharme de forma falsa, solo para calmar tu ira, que no tiene ningún honor drogarte y secuestrarte y atarte en esta silla que, mira, cada vez está más débil por el trabajo incesante y más rápido de lo que parece de las constantes termitas. Pero lo tiene. Tiene honor en el hecho de que tengo un cometido, que hice una promesa y he trazado todo un plan para no devenir un negligente de algo tan importante. La palabra dada es importante, compañero. Y tú la infligiste. Sí, sí, no me mires con esa cara de niño que quiere dar lástima, tienes el rostro y las manos llenas de chocolate. La infligiste al prometerle que yo no sabría nada. ¿Cómo podías tú prometer algo que no dependía de ti? ¡Tan arrogante detrás de tu cuerpo deseado y tan engreído por el hecho de que alguien como ella se fijara en ti! Pero no lo ves, claro, eso sería dotarte de una inteligencia que no posees. No te asustes, solo es una de las patas que se ha roto, la silla aguantará un par de minutos más. Benditas termitas. Pero escúchame, ahora que se nos acaba el tiempo, porque es importante que entiendas la razón de esto. Podría haber montado una escena al descubriros, podría haber pedido el divorcio, podría... ¡yo qué sé! Esperarte en una esquina y pegarte cuatro tiros en la cara para deformártela o incluso contratar a un sicario y tener las manos limpias. Pero no, compañero, no. El trabajo importante tiene que hacerlo uno mismo, sobre todo si quiere que esté bien hecho. Y yo le prometí, aquella noche en que no hubo sexo loco o una pasión desenfrenada rasgando las cortinas de un jodido hotel en algún rincón perdido para que nadie nos pillara, no. Aquella noche de mirarse a los ojos, de sincerarse, de volcar el amor en el otro, de saber que no saldríamos ilesos de nuestros sentimientos porque ya eran demasiado profundos. Aquella noche de tomarnos las manos y saber que las palabras pronunciadas... oh, la segunda pata se rompe. Caerás a la cuba de ácido que tienes debajo en un minuto. Justo a tiempo. ¿Te molesta mi sonrisa? Te aguantas, compañero. Como iba diciendo, yo le prometí aquella noche de amor puro, cuando me preguntó si lucharía por ella, que sí, que lucharía por ella y ésta, es la última y única batalla contigo, ni siquiera hay una guerra sin soldados. No, no sé a qué venía esto, pero queda bien, ¿no? ¿No? Pues a mí me lo parece. Esta es mi lucha por ella, compañero. Las termitas ya casi están, no me quedaré a ver cómo te consumes, debe ser asqueroso y seguro que huele mal. ¿Valió la pena? Ella sí, pero no un polvo, ni dos. Toda entera. Y de ti, entero, no quedará nada.


Este relato fue escrito para y publicado en dekrakensysirenas.com el 23 de marzo de 2016.