Madurar está sobrevalorado

24.11.2020

(Transcripción casi literal de pensamientos sobre lo que iba a escribir grabados en la grabadora del móvil, para que no se me vayan.)

Martes, 24 de noviembre de 2020. 8:19h.

Introducción

Hoy me he levantado con unas ganas locas de escribir y, cuando pasa esto, todo lo demás se convierte en secundario. Pensar qué escribir y cómo escribirlo lo es todo hasta que me siento frente al ordenador y entonces, en ocasiones, se produce un vacío: me quedo un rato ante la pantalla en blanco, quizá escriba algunas frases, algún principio aparentemente brillante, un título que se me ha ocurrido de forma misteriosa; de repente me vuelco, empiezo a vomitar, mis dedos van tan rápidos que me duelen las yemas, mi cabeza sin embargo va a una velocidad todavía más portentosa y me da rabia no teclear aún más rápido. Quizá aparezca en mi cabeza la posibilidad de estudiar mecanografía, pero el tiempo que dedicaría a este aprendizaje me tira para atrás. No quiero dedicar tiempo a la mecanografía, lo que quiero es dedicar tiempo a escribir.

Cosas inmaduras

Hoy he pensado en escribir sobre el hecho de que madurar está sobrevalorado. Seguramente he pensado en esto ya que yo, en realidad, soy muy inmaduro. Llevo días sin escribir y no escribir me produce una frustración que tiene exactamente la misma intensidad que la pasión que me arremete cuando tengo ganas de escribir, como hoy, esta mañana.

Pero decía que me he puesto a pensar sobre el hecho de ser inmaduro. En ocasiones, cuando me voy a la cama y me tumbo a dormir, me da la sensación de que ha pasado un día entero y de que este día ha sido casi por completo desaprovechado y eso va en función de mi productividad. A veces de mi productividad relacionada con el trabajo, otras de la productividad vinculada con mi vida social, pero casi siempre ligado con mi productividad en aquello que me apasiona y me mueve a nivel profesional y personal al mismo tiempo, esto es: escribir.

Tener la sensación de haber pasado el día haciendo cosas idiotas, cosas que no sirven para nada, cosas que lo único que hacen es llenar mi tiempo, un entretenimiento para no pensar demasiado, una especie de vía de escape. ¿De vía de escape de qué? ¿De vía de escape de mi inmadurez, quizá? No lo sé.

Conversaciones inmaduras

La expresión de que madurar está sobrevalorado apareció durante una conversación con una amiga mía, el otro día, en la terraza de su casa situada en el pueblo arriba del mío, tomando unas cervezas, hablábamos de la edad que tenemos, de que pasa el tiempo, de que de golpe te das cuenta de que el tiempo que te queda por vivir se va reduciendo a la par que el tiempo vivido va aumentando. Previamente habíamos estado hablando de dejar de fumar, de series y de películas que podemos ver en las plataformas a las que estamos inscritos. Y llegó el tema de madurar, no recuerdo cómo, quizá hablando de los niños o cuando ella comentó que su pareja es cuatro años menor que yo cuando yo pensaba que éramos de la misma edad. La cuestión es que apareció el tema y ella, riéndose, dijo que madurar está sobrevalorado.

Pedagogía de la inmadurez

Recuerdo que, cuando era pequeño y miraba a la gente mayor, a mis padres u otras personas, es decir, no gente mayor entendida como la tercera edad sino gente adulta, los veía muy grandes, serios, personas ancladas en su vida con todo hecho o poco por hacer, responsables y consecuentes. Yo, a mis 47 años (sí, tengo 47 años), me da la sensación de que no poseo ninguna de esas cualidades, pero sí todos los defectos de la madurez. Sigo siendo un niño en gran parte de mí. Me gusta jugar, me gusta perderme en abstracciones, me gusta imaginar, me gusta dedicar el tiempo a hacer cosas que, en realidad, lo único que hacen básicamente es entretenerme. Pero entreteniéndose también se aprende, dicen. Los niños necesitan jugar para crecer, para que su mente evolucione, para que su imaginación se dispare al mismo tiempo que se va produciendo un efecto extraño de maduración durante el cual se va estructurando el pensamiento a través del lenguaje que ellos mismos emiten durante el juego. Uno de esos fenómenos estudiados por la pedagogía y por los muchos pedagogos y pedagogas que han dedicado parte de su vida a entender cómo coño (o cómo cojones) lo hacemos para madurar, empezando desde cero. Porque todos empezamos desde cero y no pudiendo empezar de cero ya nunca más.

Inmadurez golpeada

1ª parte

Sí, tengo 47 años. Hace dos años que me separé físicamente, tres que me separé mentalmente. 

(Parte tachada)

Es como si aquello que te hace madurar estuviera siempre asociado a cosas malas, las cosas malas que te pasan son las que te hacen madurar. Las cosas buenas se dedican a hacer que madurar sea más llevadero.

2ª parte

A parte de esto, de hablar de la madurez, de las cosas buenas y de las cosas malas y de que tengo 37, perdón, 47 años, de que me he separado y de que me encanta escribir y de que mi pensamiento vive para escribir y que escribo para mi pensamiento, he de decir que soy alguien tremendamente disperso, quizá por eso hoy he decidido grabar mi voz, poner voz a mis pensamientos antes de ponerme a escribir, mientras paseo de forma relativamente frenética por mi casa, que es lo que hago cuando hablo con alguien por teléfono, pasear por la casa. Por esta casa (piso en realidad) en la que vivo desde hace casi dos años, en la que vivo con mis hijos a los que me gustaría tener siempre conmigo aunque sé que pedagógicamente hablando (vuelve la pedagogía) o quizá mejor refiriéndome a la psicología infantil, no es lo más adecuado.

3ª parte

Soy una persona dispersa, como decía, mi pensamiento deambula de un punto a otro. A veces estoy concentrado en algo y un simple factor, una simple mota de polvo, el zumbido de una mosca me dispersa hacia un pensamiento totalmente distante y luego me cuesta mucho volver a centrarme. Sin embargo lo consigo, vuelvo a centrarme haciendo un ejercicio que me encanta: memoria inversa, esto es, ponerme a pensar en lo último que he pensado e ir retrocediendo atrás hasta llegar al punto en el que estaba antes de dispersarme y así reemprender ese pensamiento. Hoy, por ejemplo, estaba sentado en la taza del váter leyendo a David Foster Wallace y sus Entrevistas breves con hombres repulsivos pensando que tenía que escribir sobre el hecho de que madurar está sobrevalorado y que pensar esto solo debe sucederle a personas que son inmaduras, esto está claro, como es mi caso. No logro recobrar el instante en que me ha venido a la cabeza el hecho de la separación que tuve hace físicamente dos años, mentalmente tres y cómo lo asocié a escribir sobre que madurar está sobrevalorado. Sí tengo claro que a raíz de eso ha venido a mi mente de forma bastante clara que es desde que me separé han aparecido en mi vida diferentes personas que me han enseñado como quiero ser querido, que te quieran de una forma pura, o mejor dicho sana. 

(parte tachada)

Y es cierto que separarnos quizá hizo un daño terrible a mis hijos, haciendo que en parte maduraran de golpe, a golpes. El día en que se lo comunicamos, o que yo se lo comuniqué,

(parte tachada)

que dije a mis hijos que nos separábamos lo recordaré siempre como uno de los más terribles de mi vida, quizá porque tengo poca memoria o quizá porque realmente fue terrible. Pero no voy a seguir hablando de esto, de este hecho que evidentemente me (nos) hizo madurar, y de los hechos que sucedieron después, las personas que aparecieron en mi vida y que me hicieron ver cómo me gusta querer y que me quieran.

Madurez inmadura (1ª parte)

El hecho, como decía y volviendo al quid de la cuestión, es que madurar está sobrevalorado. Como persona adulta (47 años tengo ya, se acercan los 50) he pasado el ecuador de mi vida y tengo constantemente la sensación de que he hecho muy pocas de las cosas que quería hacer y de que me queda muy poco tiempo para acabar de hacer las muchas cosas que quiero hacer. Además, las condiciones en las que vivo, a las que las diferentes decisiones que he tomado me han llevado a estar, hasta aquí, me impiden cumplir muchos de los sueños que tenía y no hay nada más triste que ver como un sueño se marchita a tu lado, se va haciendo pequeño poco a poco, tanto que parece que ha desaparecido, es incapaz de seguir tus pasos y al final se muere. Se muere de tristeza porque no le has hecho suficiente caso o de inanición porque lo has estado alimentando con mentiras. Con la mentira de que algún día le harías caso, que algún día se cumpliría y sin embargo, ese sueño, nunca se cumple.

Juegos inmaduros

Madurar está sobrevalorado porque las cosas divertidas, las que realmente te lo hacen pasar bien: quedar con los amigos, salir a tomar una cerveza, jugar a juegos (ya sean mentales, de mesa, videojuegos, juegos sexuales, los que sean), esa parte divertida es lo que pone la sal a la vida y es la parte en la que volvemos a nuestra niñez de alguna manera, a no ser que hayamos tenido una niñez traumática, que espero que no sea vuestro caso, el mío no lo es. En estos momentos de juego cuando vuelve nuestra infancia es cuando somos realmente felices. Hay muchas formas de jugar. Viajar, por ejemplo, no deja de ser una forma de jugar, un juego de exploración, de ver el mundo, de correr aventuras en cierta manera, no las aventuras de Indiana Jones o aquellas con las que soñábamos de pequeños porque hemos madurado, en cierta manera es inevitable hacerlo un poco. Peter Pan no existe. Viajamos y nos aventuramos a conocer cosas nuevas. Y uno descubre que es mucho más divertido viajar cuando se improvisa bastante que no cuando se tiene todo planeado, pues esto hace que el juego pierda su gracia. Es como aquellos juegos que tienen tantas y tantas normas que al final se convierte más en una lucha por seguir las normas que no en un juego y se pierde la diversión.

A mí nunca se me ha dado bien el ajedrez. Es un juego de inteligencia, puede que yo sea un poco tonto, sin embargo creo que es debido a que es un juego... ¿Cómo lo diría? Es un juego excesivamente... normativo, que te hace planear una estrategia y yo, ser inmaduro, soy bastante incapaz de disponer estrategias y me limito a ver solo el movimiento de cada pieza y a pensar como mucho en dos o tres movimientos posteriores, y me declaro totalmente inhábil para pensar además sobre el plan que pueda tener mi adversario, aunque llamar adversario a quien juega contigo no me parece adecuado. Me gustan más aquellos juegos de mesa que permiten cierta libertad creativa, no digo que el ajedrez no lo sea, como el Carcassone en el que el mundo que se dibuja al ir poniendo piezas es siempre diferente.

Constantemente, pues, volvemos a nuestra niñez intentando revivir los momentos divertidos que pasábamos jugando. Ya fuera jugando solo con los coches en el pasillo del piso en el que vivía entonces, en el barrio del Poblenou en Barcelona, o jugando con una pelota de tenis en casa de mi padre en el Guinardó (también Barcelona), mis padres se separaron cuando yo contaba tres años. Jugaba con una pelota de tenis a hacer canasta en una papelera situada en las escaleras, para ponerla a cierta altura. Por supuesto la pelota no rebotaba como en el baloncesto, sino que lo hacía erráticamente debido a la disposición y esquinas de los escalones o caía lentamente. Mi infancia fue un juego bastante solitario, tenía muchos, muchísimos amigos, pero no hermanos cercanos a mi edad. Tenía unos vecinos en casa de mi madre, y una vez al mayor, el de mi edad, su padre le dio una paliza estando yo presente, porque no había sacado suficientes buenas notas. Fue un hecho traumático, creo que tardé mucho en volver a su casa. Ahora los tres hermanos son unos cracs en su trabajo, creo, ingenierías y cosas de esas demasiado difíciles para las personas dispersas que no podemos centrarnos lo bastante en una materia como para sacar buenas notas y más cuando son materias que, sin concentración, no pueden acabar de entenderse sus conceptos básicos. Quizá por esto yo suspendía mecánicamente matemáticas y física, a pesar de que los hechos que tienen lugar a causa de la física, me fascinan.

Madurez inmadura (2ª parte)

Pero como ser inmaduro, volviendo a lo que decía, no hago muchas de las cosas que se da por hecho que debería hacer una persona madura: la imagen de alguien sentado en una butaca leyendo bajo la bonita luz de una lámpara de pie; no me siento en la mesa a llevar las cuentas de la casa, no me pongo a planificar mi día a día para tenerlo todo bien controlado, para que la vida de mi dos hijos, por ejemplo, siga un patrón. No, pierdo el control, improviso, me pongo a hacer cosas que, en el concepto de madurez, no tienen sentido. En ocasiones me arrepiento, pero en muchas otras no. Si acaso es un arrepentimiento momentáneo, es pensar por un breve espacio de tiempo: ¿qué estoy haciendo con mi vida? Estoy perdiendo el tiempo, no obstante alguien dijo que si eres feliz perdiendo el tiempo, entonces no lo estás perdiendo, o algo así. Por muy estúpido que pueda parecer que sea aquello que haces.

Además, el concepto de madurez sigue unos cánones sociales preestablecidos, establecidos quizá por el capitalismo o vete a saber por quién. Porque madurar significa ser una persona que tiene que hacer ciertas cosas que suponen seguir el sistema. Por ejemplo madurar es hacer cuentas de la casa, estar serio, ser responsable. No, ser irresponsable en ciertos aspectos está bien, es más divertido.

Vejez inmadura

Escribí hace tiempo que lo que deseo cuando sea mayor, cuando esté a punto de morir, es mirar hacia atrás y sonreír. No sé si eso va a sucederme (lo de mirar atrás y sonreír, lo de morir lo doy por hecho), pero sí tengo claro que a partir de cierto momento de mi vida, cuando empecé a tomar decisiones por mí mismo, que en mi caso llegó muy tarde debido probablemente a una sobreprotección en la infancia, es el momento en que más he empezado a vivir. No sé si ya es tarde o no lo es, pero sin embargo la sensación de que vivo ahora mucho más plenamente no me abandona y quizá esa madurez, mi madurez, lejana de la concebida socialmente, es la que a mí me vale. Vivo mucho más ahora los paisajes, me gusta salir a caminar por los bosques y adorar su belleza, el frescor de las mañanas bañadas de rocío, el ruido de los pájaros y el fluir de los ruidos, subir a una montaña y contemplar las vistas; y sobretodo pasear casi cada día cerca del mar, ni que sea solo unos instantes, ver las olas que baten contra el rompeolas y se van comiendo las playas del Maresme, donde vivo, porque los rompeolas fueron mal concebidos y debido a que con el paso del tiempo el clima cambia, como saben las personas que se dedican al medio ambiente: las olas son cada vez más grandes y por lo tanto las playas resisten menos sus embates. El embate de las olas golpeando las rocas y convirtiéndolas, muy, muy lentamente en arena durante millones de años (o quizá solo miles, no lo sé) y de la misma forma, como algo recíproco o puede que como un castigo, la roca va mineralizando el mar, cada día más salado.

Conclusión inmadura

Y quizá, siguiendo el hilo de la inmadurez y del retorno a la infancia, diré que me encanta jugar con mis hijos; sentarme con ellos a hacer partidas de juegos de mesa, o sentarme con ellos en el suelo y ponernos a jugar con las piezas de lego, o los imanes o con cualquiera de los muchos juguetes que se amontonan en la habitación de jugar aunque ellos están más pendientes de los juegos electrónicos. ¿Por qué? Porque se lo dan todo y después no tienen que recoger. Puede que la madurez sea esto, pasas de tener juguetes que recogen otros o que otros te van recordando que tienes que recoger a ser tú quien recoge los juguetes o les recuerda a ellos que tienen que recoger los juguetes. Madurar es precisamente esto: pasar a ser el que recoge los juguetes, y esto es tedioso ya que significa ponerle fin al juego, tener que dedicarse a cosas serias: hacer los deberes, poner la mesa, ducharse, hacerse la cama, ir a entreno.

Es lo que hacemos: maduramos lentamente. Pero está sobrevalorado porque al madurar al final la manzana se cae, se pudre y es devorada por hormigas y gusanos, que es lo que nos pasará a nosotros por supuesto cuando muramos. No lo sé, me estoy dispersando y quizá esta dispersión provocada por mi inmadurez me permite centrarme cuando me pongo a escribir o, como hoy, antes de escribir ponerme a grabar mi voz, traslado de mis pensamientos al lenguaje, llevo ya 20 minutos y voy a intentarlo transcribir literalmente (aunque sé que no será exacto y que eliminaré partes), pero por fin contento, mucho, de ponerme a escribir de nuevo después de días sin hacerlo.