Merecer o no merecer

10.10.2019

Una amiga mía, hablando con el cura que casó a otros amigos, ante la pregunta de si ella nunca había rezado, respondió: solo en época de exámenes. Siempre que este pensamiento me viene a la cabeza, me hace sonreír. No tanto por si era ingenioso o no, por si era adecuado o no (el cura en cuestión era un conocido de la familia de los novios, un tío divertido y de mentalidad abierta) sino porque es cierto. Es bastante seguro que la inmensa mayoría de las personas, vivas o muertas, han rezado alguna vez, por muy ateos que sean. Yo soy ateo, lo he dicho en más de una ocasión. Nunca recibí educación religiosa por parte de la familia, salvando la pequeña plegaria que mi abuela paterna me hacía repetir las noches que dormía en su casa: ángel de la guarda, dulce compañía, no me dejes solo ni de noche ni de día. Y salvando la vez que, al quedarme a dormir con los abuelos maternos, al día siguiente la madre de mi madre me llevó a misa. Mi madre cogió un cabreo importante. Más allá de si la reacción fue proporcionada o no o de si mis recuerdos o lo que entendí entonces es una tergiversación de la realidad, creo que el enfado vino por una traición de confianza. Mi abuela intentó inculcarme algo que mis padres no querían inculcarme. Al igual que ellos, creo que no hay que educar a un hijo o hija en ninguna religión, pero si darles a conocer que existen y que cuando sean mayores, decidan si creer o no creer. El hecho de que creer sea un acto de fe, demuestra a mi modo de ver, la vulnerabilidad de los argumentos religiosos.

Pero me estoy desviando, para variar. Cómo decía, creo que todos hemos rezado alguna vez. Ya sea durante época de exámenes, antes de comprobar un boleto de la lotería o después de que nos haya pasado algo terrible, algo que nos hace pensar que merecemos algo mejor. En la película Como Dios (Bruce Almightly, Tom Shadyac, 2003), la misma pregunta que le hizo el cura a mi amiga se la hace Dios (Morgan Freeman) a Bruce (Jim Carrey) y él dice que claro, que puntualmente pide cosas a Dios o le recrimina algo y Dios responde que eso no es rezar, eso son quejas y demandas. Rezar, añade, es aquello que te sale del corazón. Vale, sí, no solamente es cursi sino que además es propaganda religiosa a tope (esa película juega con el gamberrismo y el mensaje evangelizante, consumir con precaución). Pero me sirve de ejemplo para seguir con el tema, puesto que cuando digo que todos hemos rezado alguna vez, me refiero a ese ruego lanzado al aire con una convicción, con una voluntad que sale del interior. Y esto se lanza al aire para que ya sea el Dios católico o cualquier otro, ya sean las energías del universo confabulador, la fuerza, la naturaleza o una justicia entre social y moral que quizá exista, nos escuche y nos haga caso.

Yo he tenido a menudo (tampoco tanto como para parecer un pobre hombre) la sensación de que la vida me debe algo, de que me merezco un algo importante que realmente me deje del todo satisfecho. Un polvo está bien, pero no es eso. Atendiendo al párrafo anterior creo que la primera vez que pedí algo así al aire, de verdad, desde dentro, fue cuando me di cuenta de estar perdidamente enamorado de la chica con la que salía y, en la cama, cuando ella se había dormido y yo la abrazaba, pedí algo parecido a "por favor, nunca me quites esto", refiriéndome al sentimiento que me abrumaba entonces. Me lo quitaron. Y de allí vino la segunda vez que creo haber actuado "cometiendo" algo parecido a un ruego. Volvía del súper hacia el piso en el que vivía, cargado de bolsas y empezó a diluviar justo cuando yo empezaba la fuerte pendiente que separaba dos calles paralelas; en mi cabeza estaba constantemente la injusticia que creía que se había cometido conmigo (la naturaleza, la vida, las energías, el puto universo, Alá, Jesucristo, lo que fuera) al quedarme sin aquella chica y bajo la lluvia lancé una especie de maldición. Se cumplió. O al menos en mi imaginario así fue, no entraré en detalles, hablan poco a mi favor. Fue una recompensa pequeña en comparación al daño recibido.

También es cierto que, hablando de merecer o no merecer lo que se tiene o lo que no, en más de una coyuntura me he sorprendido pensando, al mirar a mis hijos, que algo tengo que haber hecho muy bien para merecerlos. Seguramente por orgullo, por egolatría o por otra razón malsonante, cuando me ha pasado algo malo no me sorprendo pensando: algo tengo que haber hecho muy mal para merecerlo. Es como aquello que decíamos de niños: he aprobado vs me han suspendido. Lo bueno es gracias a ti, lo malo es por culpa de otros. El profe me tiene manía. Esta reflexión sí que dice cosas a favor mío, pero sigo pensando que merezco algo grande, una alegría desbocada. La ley de la compensación de nuevo salvo que no tengo muy claro si hay algo a compensar, es un pensamiento que me ataca cuando estoy en horas bajas. O cuando compro la lotería, o cuando envío mi novela a la enésima editorial o agencia literaria.