Morder el anzuelo

03.10.2019

Creo que he caído en mi propia trampa, he mordido mi anzuelo, uno que no sé cuándo tiré, ni en que lago o río o mar u océano. Desconozco también para qué, es decir, qué esperaba pescar. Ignoro de qué color es la caña a la que va atado. Es probable que pasara por delante de ella en alguna de mis caminadas matutinas o nocturnas por el paseo marítimo y al verla diera por hecho que era la de alguien otro, de alguno de aquellos pescadores que se sientan a esperar tomando algo, charlan entre ellos y parece que pescar sea una excusa para otra cosa. De pequeño me gustaba ir a pescar en nuestra barca por la Costa Brava, no me daba asco clavar el gusano en el anzuelo ni sacar luego los peces que, como yo, picaban el anzuelo. La diferencia es que ese anzuelo no era suyo, la semejanza es que ambos son míos. Me siento un poco como el personaje del chiste que acaba imitando a los peces en lugar de conseguir que los peces hagan lo que él hace, el poder de la mente fuerte sobre la mente débil no ha funcionado.

No es que me haya salido el tiro por la culata, pues ni siquiera tengo pistola. Podríamos decir que he caído en el vórtice de mi propio torbellino. Guau, quizá el anzuelo sea ese sinfín de metáforas a las que recurro constantemente y no la innumerable cantidad de cosas que me he ido diciendo a lo largo del tiempo y que ahora tengo apiladas en una habitación, de la que no puedo abrir la puerta puesto que si la abro hacia afuera me caerán todas encima y hacia adentro es imposible ya que ellas mismas colapsan la puerta. Otra metáfora (suspiro). Pero es cierto. A lo largo del tiempo acumulamos muletillas para justificar nuestra acción o nuestra inacción, la demostración de que es un hábito adquirido y muy concurrido es que existen muchas de estas muletillas. Y algunas forman parte de filosofías de vida: "si no es, es que no tenía que ser", "todo se andará" o de religiones como "dios proveerá", etcétera. Cómo decía, a lo largo de mucha parte de mi vida me he acogido a esas muletillas, las he lanzado al mar (o al lago, o al río o al océano) y las había olvidado hasta que he mordido una y me he quedado clavado en su anzuelo. Ahora nadie me sacará, pienso, ya que soy yo quien tendría que recoger el sedal, pero no lo haré puesto que estoy en el anzuelo. Quizá uno de esos pescadores de la playa, viendo una caña abandonada, decida recogerla y me salve. Será triste pero tengo tiempo para pensar una excusa que darle, una que no me haga quedar más en ridículo de lo que ya quedaré cuando esperando sacar un salmón o un congrio vea que ha pescado un besugo, tan besugo que la caña es propiedad suya.

Ahora me tocará, con el paladar dolorido aún por la mella del gancho puntiagudo, intentar recordar si dejé más cañas en alguna orilla, como quien busca el coche después de tiempo de tenerlo aparcado y no recuerda dónde lo dejó. Disimularé esta búsqueda vistiéndome con ropa deportiva y caminando a paso presto para simular que hago ejercicio, uno dos, uno dos, me detengo, estiramientos, miro atentamente la caña que tengo delante e intento hacer memoria de si es mía o intento imaginar si podría serlo. La ventaja es que mientras dure el dolor en el paladar, no volveré a morder otro anzuelo, aunque todo se acaba olvidando y conociéndome tengo bastantes números de ponerme a bucear algún día de un verano venidero (o pretérito, que tampoco me extrañaría, conociéndome). Anda, mira, diré, un gusano, quién será el tonto que lo ha dejado aquí. Ñac. Ay.

Hay que ver la cantidad de lecciones que me ha dado la vida y lo poco que he aprendido algunas, esa tendencia mía a no prestar suficiente atención, a tener la cabeza donde no tengo el cuerpo o al revés, que es lo mismo sin ser lo mismo. Es habitual, y quizá sea otra muletilla, no lo sé, que mira hacia atrás y me sienta estúpido por los anzuelos mordidos, sobretodo por los mordidos más de una vez. Ese tropezar con la misma piedra y al levantarme mirar la piedra y como echándole la culpa preguntar: ¿quién será el tonto que ha dejado esa piedra ahí? Y en lugar de apartarla dejarla ahí, pues si ha sido otro que la recoja él, y si he sido yo, pienso, la habré dejado allí por algo. Como si no me conociera.