Musarañas o física cuántica de la dispersión inversa (que como título queda mejor)

24.07.2020

Te quedas mirando el vacío, el infinito, una dimensión inexistente. No trabajas, no escribes, no produces más que remolinos mentales que no llevan a ninguna parte, solo te distraes o, como me decían a mí, te quedas pensando en las musarañas. Diría que no he visto nunca una, sin embargo, de musaraña. Son pequeños mamíferos de la familia de los topos que se encuentran prácticamente por todo el mundo, viven en bosques y campos principalmente y no son roedores a pesar de su enorme parecido con los ratones. La frase "pensar en las musarañas" significa no tener la cabeza dónde toca, estar distraído, disperso. Es curioso que en realidad no pienso nunca en las musarañas mas cuando me doy cuenta de que estoy disperso y me viene en mente esta frase, entonces sí pienso en ellas.

Dispersarse es ir en diferentes direcciones, físicamente o atencionalmente, es decir, no poder centrarse en una cosa. Lo que sucede es que después de analizar diferentes veces mi poca capacidad de focalizar, me he dado cuenta de que es un tema determinado no tanto por mí, como por aquello en lo que tengo que focalizar, es decir, es una dispersión inversa. Y esta dispersión inversa empieza a niveles subatómicos. Porque inicialmente, a nivel general, la voluntad y el esfuerzo para centrar la atención, están, por mi parte; pero poco a poco, lentamente, partículas infinitesimales dentro de aquello que es mi objeto de atención, empiezan a moverse, actúan en una especie de efecto en cadena, traspasan su campo físico de ubicación /un folio, una pantalla, unos ojos, un paisaje...) y como los espermatozoides a la conquista del óvulo (o a la fecundación del óvulo, para ser más correcto), algunas de estas partículas de dispersión rebotan o pasan de largo de mi piel mientras que otras, muy pocas, quizá solo la más espabilada o la más flemática o la que tiene mejor suerte, consigue atravesar la epidermis, toma un autobús por la carretera de la corriente sanguínea y llega, en una cantidad de tiempo también minúscula, dentro de nuestro concepto de tiempo que quizá en el suyo son horas, a mi cerebro. Concretamente baja en la parada de autobús Área Prefrontal y allí se cuela en el edificio de la Atención y empieza a tocar cosas.

Me pasa en algunos aspectos de mi trabajo, en determinados libros, programas, series, en el estudio de ciertas materias, en el seguimiento de conversaciones específicas. Por tanto, la culpa no es mía, es suya. Dispersión inversa. Ya lo dijo el pedagogo Paolo Freire: la culpa de que un alumno no aprenda siempre es del maestro (o maestra); de la misma manera, cuando una tarea, un libro o lo quesea, por ejemplo también una persona, no consigue que yo deje de dispersarme o no empiece a hacerlo, la culpa es suya. Pasa a ser mía en el momento en que no dejo claro, de forma directa o indirecta, que no estoy suficientemente motivado para centrarme, pero si lo dejo claro i aun así sigo sin conseguirlo, pongo la etiqueta de "cula suya" y la próxima vez veré el adhesivo y sabré que la temática que aquello conlleva me cuesta. En tal caso, pasarán o puede pasar una de las dos opciones: ya empiezo desmotivado, ya bostezo casi antes de empezar o ya tengo a punto algo que focalice mi atención de forma paralela, de tal manera que parezca que estoy concentrado en un foco cuando, en realidad, lo estoy en éste paralelo que me acompaña. La segunda cosa que puede pasar es que, sabiendo la potencialidad de dispersión inversa de este factor, me proponga un sobresfuerzo con la férrea voluntad de no dejarme afectar por las influencias subatómicas (me gusta esta palabra: subatómico, subatómica; me viene a la memoria la serie de dibujos animados La hormiga atómica). El problema es que en esta opción b de sobreconcentración lo que consigo es cansarme antes si no tiene éxito y no me disperso y me siento contento de quitarle el adhesivo; me canso antes, me disperso más y entonces todo pasa a un nivel absolutamente contrario al cuántico, que no sé qué nomenclatura recibe. Me sabe mal, me siento culpable, ya que aquello (libro, película, reunión, persona, tema, música, lo que sea) está hecho para probar de captar mi atención y quizá incluso quien lo ha hecho le puso ganas e ilusión, pero no puedo. Me siento culpable porque a pesar de que en principio y también en medio yo he ido prestando atención y esforzándome, pero a la larga me abandono, me olvido de que me despertó interés en algún momento y el adhesivo se va pegando cada vez más, hasta el punto que, cuando intento quitarlo, si es que lo intento, ya no es posible sin malograr la superficie sobre la que está pegado, sin dejar aquella marca de pegamento, sin que se note una diferencia de color, como una cicatriz.