Nacer o no nacer

23.09.2019

El lunes pasado nació mi sobrina. Una cosa pequeña y preciosa de apenas tres quilos de peso y cincuenta centímetros de longitud, poco más que dos palmos míos. Sosteniéndola en brazos, igual que en su momento sostuve a mis dos hijos o a la descendencia de amistades y de parientes, siempre me parece increíble el hecho de que esta personita ya esté hecha del todo, salvo el factor crecimiento y todo lo que marcará su personalidad -restando el tanto por ciento otorgable a la genética. De hecho, es ya de por si algo asombroso que la unión de dos células acabe provocando la aparición de un ser humano, o de cualquier ser vivo, en realidad. Dicen que el feto ya está hecho, ya es algo con todo lo necesario, aproximadamente a los tres meses de embarazo y que a partir de entonces se dedica a acumular grasa para ganar tamaño y peso y, sobretodo, para alimentar al cerebro, cuyo desarrollo es mucho más complejo y es una de las razones de que no veamos la luz ya a los 21 días, como los pollitos. Me parece también tremendo que durante nueve meses la criatura esté allí metida y no necesite respirar y que, respirar, sea precisamente lo primero que tenga que hacer el bebé al salir de su madre, llorando para que la esponja que son los pulmones se expanda y empiecen a funcionar. Pido perdón por todas las cosas incorrectas sobre este tema que esté diciendo, no se trata de un artículo divulgativo, simplemente es como pensar en voz alta.

A parte del día de su nacimiento, volví a verla durante el fin de semana, cuando contaba apenas su sexto día de vida. Ya no tenía la piel tirando a un rojo carne oscuro y el pelo de color indefinible se había vuelto negro, como el de su madre. La niña se pasó casi toda mi visita durmiendo. Los recién nacidos hacen eso: comen, duermen, cagan.

Cada vez que pienso en el hecho de que a los tres meses el feto ya es, físicamente, un ser humano completo casi a todos los niveles, me entra el debate interno sobre el aborto. No, no voy a hacer una disertación sobre esto. Entiendo la postura a favor en cuanto a ciertas condiciones de vida que tendrá el bebé cuando nazca, la situación de la madre y unos cuantos etcéteras; en parte entiendo también el posicionamiento racional de que abortar es acabar con una vida humana. No puedo simpatizar con el concepto religioso de esto, la religión no va conmigo y carece de cualquier fundamento científico, real, constatable.

Durante los dos embarazos que dieron lugar a mis dos hijos, aparte de ver las ecografías, pude ir observando como la barriga de su madre crecía, luego las patadas y golpes que dan los fetos al moverse, escuché los latidos de sus corazones, tan precipitados e intensos (en plan: ¡rápido, rápido, que nos queda poco tiempo para salir, distribuidlo bien todo!).

Luego pienso en el derecho que tiene alguien a decidir si tener un bebé o no, en los embarazos no deseados, en las malformaciones, en la cantidad de hechos y razonamientos justificados y lógicos que pueden llevar a una mujer a abortar y, además, en lo traumático de eso, que no debe de ser nada fácil ni tomar la decisión ni llevarla a cabo. ¿Tiene que nacer una persona en un lugar en el que no será querido? ¿Tiene que nacer una persona cuya vida estará condicionada por una malformación grave que le va a impedir un desarrollo en buenas condiciones? Y por encima de todo: ¿desea esa mujer ser madre? Ésta es la clave de todo, para mí, y si la respuesta es no, pues entonces ya está, independientemente de las razones por las cuales no quiera serlo.

¿Habéis visto la película We need to talk about Kevin (Lynne Ramsay, 2011)? ¿No? Pues miradla. 

Vaya, al final un poco si he hecho una disertación sobre ello.