Nada que decirse

22.08.2004

Había dos comensales en aquella mesa, sentados el uno frente al otro, separados por tres metros de madera sobre la que reposaban como presunta decoración dos candelabros y un jarrón. Había también un plato y dos copas para cada uno, una para el vino y otra para el agua, un cuchillo para la carne y otro para el pescado, un tenedor para la carne y otro para el pescado, una cuchara, una cucharilla para los postres, un tenedor para los postres y un cuchillo para los postres. Cada comensal tenía una servilleta con sus iniciales grabadas. En medio, fuera de la mesa, de pie y mirando al centro, trabajaba un mayordomo vestido con zapatos negros, calcetines negros, pantalón negro, camisa blanca, pajarita negra y un chaleco negro con finísimas rayas verticales blancas. El mayordomo sostenía una servilleta en su antebrazo izquierdo y estaba más serio que un palo, más quieto que una piedra.

Uno de los comensales bebía vino negro, pues comía carne, y el otro vino blanco, pues comía pescado. Ninguno de los dos aprobaba el agua en las cenas. Ambos callaban, serios, de vez en cuando alguno tosía o carraspeaba, simple postura. Si se atrevían, alzaban los ojos ligeramente de encima del plato y miraban a su acompañante distante, pero los bajaban así que intuían que el otro se disponía a mirarlos también. De vez en cuando, uno de los dos cogía la servilleta que descansaba en su falda y se secaba muy suavemente los labios, indicando la procedencia de buena familia, educación de pago en escuelas de Suiza, pertenencia al más alto grupo de la sociedad. Pero el silencio en la mesa no se lo habían enseñado en la Confederación Helvética, ni las institutrices personales, casi siempre francesas, que habían decorado con bellos vestidos, bonitas sonrisas y preciosa cara su aprendizaje infantil y adolescente. Callaban porque no tenían nada que decirse.

La habitación donde estaba la mesa media unos ochenta metros cuadrados y tenía una sola ventana enorme, en la pared del fondo, frente a una gran puerta siempre abierta. En los muros laterales con papel crema colgaban cuadros de paisajes y escenas de caza, decenas de perros persiguiendo un ciervo delante de decenas de caballos con decenas de jinetes. O un espeso bosque bañado por la cálida anaranjada luz de una tarde de verano alternándose con ventanas grandes pero no enormes. Los retratos de los antepasados habían sido retirados a una sala de estar, que nunca se usaba. Del ventanal colgaban dos cortinas rojas al final de las cuales había colgantes color oro. En el techo blanco, como unión de los dos ejes imaginarios formados por las cuatro esquinas decoradas con salientes de olas, una gigantesca luz de araña que desprendía el brillo de cientos de falsos diamantes. Si la noche no lo hubiese impedido durante todas esas cenas de todos los veranos de cada año, el comensal que se sentaba de espaldas a la puerta habría visto la extensa pradera que rodeaba la mansión, césped sano y húmedo que llenaba de vida los alrededores de un jardín cuidado hasta límites que fregaban la paranoia. El jardinero, que ya no volvería, había limitado su existencia a los exteriores de la casa, nunca había entrado, no sabía qué sucedía dentro ni le interesaba, contrariamente al mayordomo, que había limitado su existencia al interior y conocía todos y cada uno de los detalles desde mucho antes de lo que nadie imaginaba y no por viejo, sino por sabio.

Pero la luz de araña no estaba encendida. Sí lo estaban los candelabros, cada uno a un metro exacto de su extremo largo y con cincuenta centímetros exactos a izquierda y derecha. También iluminaban las pequeñas lámparas que marcaban el fin de la mesita donde reposaba la comida que esperaba su turno para desaparecer y las bebidas, en el estante superior, que se guardaban en ostentosas botellas de cristal. La tercera y última fuente de luz la emitían dos lámparas que caían del techo como guardaespaldas de la araña. Una luz que pretendía, de la misma manera que muchas otras cosas allí, revivir algo decadente, algo perecedero. Nadie podía sospechar nunca que los dos comensales significaban el uno para el otro más que una simple amistad, que una simple asociación que les había convertido, hacía ya tiempo de eso, en el dúo de moda entre las habladurías del mundo de las finanzas. ¡Cuán brillantemente habían hecho su aparición conjunta en los negocios y fiestas, absorbiendo la atención como la esponja multiplica al jabón! Observando sus inexistentes miradas y su carencia de palabras ahora, el más imaginativo de los poetas no habría sabido acercarse tan siquiera a lo que fue y, por lo tanto, ni mirar lo que podría haber sido e imposible oler lo que escondía todo. Solo el mayordomo, con sus patillas hasta el lóbulo de la oreja, las entradas que molestaban el andar de su pelo rizado, de piel oscura que marcaba su origen sureño y delataba extranjería, solo él sabía por qué los dos comensales estaban en silencio. No tenían nada que decirse.

El más viejo de los dos, con cabellos blancos que se dejaban ver por encima de las arrugas de su frente, acompañadas de las que ladeaban los ojos, aún dotados de una mirada jovial que desaparecía un poco más cada mañana, había luchado mucho por el otro, para el otro. Había cambiado el rumbo de su propio destino escrito con letras doradas por un ideal que estaba condenado a extinguirse, antes de haberse consumado. ¿Pero quién ve aquello que no quiere ver? El más viejo de los dos que, mirando por encima del libro en una inmensa biblioteca, había seducido antiguamente a diferentes e improbables amantes, que había oscurecido a los más cultivados con sus palabras y había usado la locuacidad para adornar lo que parecía inerte, no tenía ahora nada que decir.

El otro, más joven, de aire latino que había llenado de joya la vista de comensales en cenas más animadas, de pobladas cejas, se había resistido a la insistencia del primero para dejarse llevar luego, balanceándose en la cómoda social que el otro había dispuesto para él y que, por razones que no acertaba a comprender, no mostraba aún síntomas de querer marchitarse. El más joven abandonó una carrera prometedora pero necesitada de esfuerzo para lanzarse a olas de un mar movido por otros, siendo arrastrado por la resaca de un alguien que lo daría todo por él sin pedir nada a cambio, pensando que esas olas le mecerían de forma perene hasta el fin de los tiempos.

A pesar del silencio que rebotaba contra las paredes, a pesar de las frías cenas y los helados paseos, la conversación cerrada en un baúl sin llave en el cerrojo y las miradas inexistentes, un tabú contra tabú había querido mantener encendida una llama mojada. Aceptar la derrota cuando se ha ganado tantas veces es más difícil que asumirla cuando se pierde a menudo. Aun así, el silencio ensordecedor parecía ser ahora una lápida pesada cubriendo el ataúd de un tiempo pasado que ya no podría salir de su cama de muerto en el que quizá, quién lo sabe, se mantienen aun agonizando sólo porque nadie quería darlo todo por perdido.

Mirando el muro que impedía su visión más allá de la casa, el mayordomo se guardaba en pensamientos de risa y llanto, sin atreverse a mostrar la más ligera expresión de sentimiento u opinión frente al patetismo de la escena, manteniéndose frío y sereno, serio hasta los límites de la muerte, con la pasión de un busto griego frente a la tristeza que se repetía cada mañana, cada mediodía, cada atardecer. Sin respirar demasiado fuerte, no moviendo un solo músculo y no parpadear demasiado para no desplazar el aire de su triunfo. Él era el espectador mudo, el
observador que se mantiene en la sombra pero que, si no estuviera, haría que se perdiese el sentido a todo lo que se representa, pues bien cierto es que hay vidas que, más que vivirse, se representan. Ninguna obra se representa si no hay espectadores.

Con un traje oscuro adornado por la cadena de plata de un reloj consultado con demasiada frecuencia, vestido deformado por indicios físicos de poca actividad, el comensal viejo no pensaba en nada, la amargura de su condición había borrado tiempo atrás sus sueños, que habían llegado a crecer tanto que amenazaban con ensombrecerle.

Con un traje oscuro adornado por botones de oro y plano de pies a cabeza en señal de buena condición física, el comensal joven pensaba qué haría mañana, al levantarse y después de un desayuno de embriagada hipocresía. Recordaba las conversaciones alegres mantenidas al largo del día con otros, pero sobretodo anhelaba salir del comedor, subir a su dormitorio y esperar a su amante, con quien se reiría del viejo aunque en el fondo de su ser le sabía mal reírse de alguien a quien había creído amar alguna vez. Pues esa risa era en realidad tapadera de un llanto que el orgullo mantenía escondido, pero que no podía hacer desaparecer y, por tanto, impedía que todo lo demás aflorara como verdadero, lo apartaba a mera intención, a potencia en lugar de acto.

Cuando el segundo plato se hubo terminado, el mayordomo recogió la vajilla y se la llevó. Cruzó los largos corredores de paredes color pastel y suelo de mármol y entró la gigantesca cocina blanca, dedicó a la sirvienta una sonrisa cómplice y un beso en la distancia, recogió el helado de turrón y el de caramelo, ambos en copas de lujos cristal, salió de la cocina, recorrió los largos pasillos de techos iluminados y muebles llenos de inútiles y entró en el comedor. Colocó un helado delante uno de los comensales y un helado delante del otro y volvió a su sitio, a su postura. Más serio que un palo, más quieto que una piedra. La llegada de ella, ahora en la cocina, había supuesto un hálito de esperanza para una vida que antes tenía sentido y luego estuvo falta de ninguna razón para mantenerse. Todas las veces que había tenido que mentir paseaban ahora por su memoria y no ya de forma cansada y entristecida, sino que más parecían saltar de alegría antecediendo un festejo futuro.

El comensal viejo dudaba tiempo atrás de la fidelidad del joven, pero nunca hubiera imaginado que el objeto de deseo de este estuviera tan cerca. Dudaba cuando al mirarse al espejo veía desaparecer lo que antes creía eterno, dudaba cuando al vestirse o desvestirse empezaba a notar fláccidas sus carnes y dormido su aire altivo. Invitados jóvenes que antes eran fruto de su devoción se convertían en terrible enemigos al acecho, esperando su vejez para aprovecharse de esa debilidad y tener más ventaja todavía. Esa duda no era duda cuando podía dárselo todo, cuando era epicentro de un mundo ahora en decadencia que parecía postrarse a sus pies y volverlo más alto, más digno, más joven y más bello. Esa duda no era duda cuando el joven era demasiado joven, cuando su ignorancia moría asesinada por la sabiduría que él podía ofrecerle. A medida que la sociedad les relegaba a obsoletos e innecesarios, el comensal viejo se vio o se sintió o se vio y sintió absorbido y se acomplejó de él mismo hasta considerarse obsoleto e innecesario.

El comensal joven empezaba a mostrarse ansioso con la llegada de la noche, tenía ganas de sentirse cansado para excusarse sin mentir, sabiendo que su amante conocía la hora y el lugar, el camino y la manera de recordarle que aún era joven. Si mirase atrás, se vería reprobando esa actitud, atacándose frente al espejo, diciéndose cómo era aquello... Cuando su presencia llenaba ambientes vacíos y provocaba suspiros de pasión, los amantes o eran de su categoría o los despreciaba, convirtiéndolos en consoladores que no tenían importancia más allá del hecho. ¡Cuánto se habría despreciado entonces por desear aquello que ahora deseaba! Aquella mirada al pasado supondría aceptar la propia carencia de lo que antes tuvo, tocarse la piel y sentirla marchita, cansada, gastada. ¿Pero quién ve aquello que no quiere ver?

Porqué la juventud de ambos se había sostenido precisamente por la juventud que se otorgaban tiempo atrás, cuando aquel comedor parecía pequeño y se usaba aún la luz de araña, cuando se sonreían en secreto entre cientos de ojos que ignoraban, que omitían o que no querían ver lo que se veía sin mirar, como el mayordomo. Una juventud que se mostraba ahora como un falso mantel de lujuria y pasión que, quizá, quién sabe, no llegó a existir nunca y fue siempre el reflejo de lo que habría podido ser o de lo que se quería que llegara a ser. Ahora estaban en un 'sin palabras' tan repetido que hablar habría supuesto dejar de concederse el brío de permanencia en el recuerdo que así creían darse. Habría sido romper un escudo tan debilitado que ya no escuda, que no hay protección contra el tiempo ni contra la pérdida del yo mismo.

De pie, fuera de la mesa, el único que no comía sabía que aquella noche el comensal joven no recibiría a su amante, sabía que el viejo no volvería a dudar de la infidelidad del otro, que no se repetirían las largas cenas tristes, que su conducta habría valido la pena. Habrían valido la pena las escuchas confesionales en diferentes salones de la casa, las miradas de complicidad emitidas entonces por los confesados, las órdenes a la sirvienta (su hálito de esperanza) para que retirase las sábanas cubiertas de lágrimas y de vejez, de falsa pasión. Habría valido la pena esperar, a pesar de los indicios de final, a pesar de los momentos cada vez más vacíos, los espacios que crecían por su vacuidad e inoperancia, a pesar de los objetos que se limpiaban una vez y otra para, una vez y otra, ser dejados en un rincón del que nadie se acordaría. Habría valido la pena soportar los por si acaso... por si acaso viene alguien, por si acaso quiere volver a dormir conmigo hoy, por si acaso lo usamos alguna vez, por si acaso volvemos a hablar, cuando ya no hay nada que decirse. Encender candelabros, cerrar y abrir cortinas, servir mesas, sonreír o mostrar duelo cuando nada produce alegría ni dolor. Mantener la mirada fija y la expresión seria cuando no quedan lugares a los que mirar ni seriedad que reflejar. Habría valido la pena recoger del suelo viejos caprichos que lo obtuso de ellos mismos había convertido en pétalos incoloros de flores que ya no florecen, levantar ánimos a aquello inanimado, mirarse en el espejo y decirse que valdría la pena, habría valido la pena.

Cuando vio al joven ponerse la mano en su vientre listo, giró la cabeza por primera vez; cuando vio al viejo cambiar el color de su cara, tragó saliva por primera vez. Cuando los dos comensales cayeron al suelo, respiró hondo por primera vez. Ya no tendría que volver a ser amante del joven ni tragapenas del viejo. Ya no tendría que volver a estar más serio que un palo, más quieto que una piedra.