Ningún pájaro vuela sin desplegar las alas

12.12.2019

Te levantas, apagas el despertador pensando si acostarte diez minutos más, lo más probable es que lo hagas al menos una vez, quizá dos. Te levantas, te estiras, meas, vas a la cocina, bebes un vaso de agua, preparas el café y mientras esperas a que suba limpias los platos que ayer te dio pereza lavar o acabas de recoger la mesa o de ordenar la ropa. Te tomas el café con un cigarrillo y miras el móvil, es la primera mirada de muchas, de muchas más de las deseables pero sobretodo de muchísimas más de las necesarias. Compruebas el correo electrónico, luego miras las redes sociales: Instagram, Facebook, Twitter. Luego o lees un poco el libro en el que estás inmerso ahora o juegas a ese juego estúpido que tienes instalado. Café + cigarro = cagarro, así que otra vez al lavabo. Ahí sí lees.

Luego te preparas un poco para hacer ejercicio, tampoco demasiado que a partir de cierta edad todo cansa más o da mayor pereza o tienes miedo de romperte antes. Al acabar, sudado, te tomas un batido de frutas. Preparas la ropa limpia para hoy, enciendes el calefactor del lavabo, te desnudas, la ropa sudada al cesto de la ropa sucia, te duchas. La caída de agua caliente sobre tu piel sudada es uno de los mejores momentos del día, luego viene el siguiene. Te vistes y entras en la habitación de los niños, subes la persiana y con suavidad les despiertas. Buenos días, les dices, hora de levantarse, se ha acabado dormir; hoy es jueves 12 de diciembre del 2019; faltan 8 días para acabar el cole, 13 para Navidad. Y les colmas a besos. Con suerte el pequeño se despierta de buen humor, que le cuesta porque ir al colegio se le hace pesado; con suerte el mayor no tardará una eternidad en activarse. Vas y vienes por la casa, les vas apresurando, quizá les ayudes un poco a pesar de saber que en realidad eso no les ayuda nada, pero te ayuda a ti a que no se haga demasiado tarde. Salís de casa, camináis por la calle principal del pueblo en el que vives porque vivir en tu ciudad natal resultaba demasiado caro, ahora no hay tanta diferencia, eran los tiempos justo antes de la crisis que tuvo su zénit en el 2008. Saludas a algún conocido o conocida, te cruzas con la misma gente en muchos casos.

Dejas a los niños en casa de tu exsuegra, suerte tienes y tienen de tenerla, les adora y está allí para ahorrarte el comedor de la escuela a precio de menú de restaurante. Te despides de ellos, si les vas a volver a ver por la tarde lo haces de una manera, si vas a estar sin verles un par de días lo haces con más énfasis. Vuelves a casa, te cruzas con la misma gente más o menos que el día anterior. Algunas tiendas ya han abierto. Hoy hace frío. Piensas sobre la columna que escribirás hoy, sobre lo que tienes que hacer por la mañana, sobre la conversación intensa de ayer con alguien que cuestionaba estilos de vida, todos cuestionables, acuden a tu mente personas importantes para ti en estos momentos, algunas importantes desde hace tanto que ya forman parte de ti mismo. Quizá les piten los oídos. Llegas a casa, segundo café, compruebas de nuevo las ofertas de trabajo y te preguntas porque esas notícias que tanto deseas de cosas que tanto deseas todavía no llegan. El paro se te agota, estás nervioso a pesar de intentar verlo todo del lado positivo, saldrás adelante, te estás moviendo y el movimiento genera movimiento. Lo tienes todo casi listo para que en enero, que parece lejísimos y a la vez demasiado cerca, se ponga en marcha todo lo que estás creando, todo lo que ahora has hecho mal cuando no hace demasiado tiempo lo hiciste bien. Te maldices un poco por cosas a las que debiste estar más atento. Enciendes el ordenador, tomas un poco más de café y te sientas en la silla adquirida en Wallapop frente al escritorio adquirido en WallaPop, compruebas las estadísticas de tu web de ayer, siguen bien, viento en popa, pero todavía no es suficiente. Escribes la columna, algunos días estás inspirado y otros no, pero obligarte a escribir cada día es un ejercicio que te sana por dentro y por fuera, como hacer ejercicio, como relacionarte socialmente.

No es la primera vez que estás en paro. Pero nunca antes habías tenido tanto la sensación de estar cerca de un muro que viene a mucha velocidad. Ahora todo es muy distinto, tanto que es como otra vida, lo que te envuelve es distinto, tú eres distinto. Todo saldrá, piensas de nuevo, eres capaz de eso y más y te estás moviendo, es un pensamiento repetitivo pero necesario. Estar en paro es jodido, pero lo es más cuando la presión social no ayuda, cuando no eres capaz de transmitir que ese movimiento va a alguna parte y cuando por algún tropiezo parece que toda la ilusión puesta en algo se desmorone. Y no solo estás moviéndote para intentar lo que quieres, sino que también para conseguir lo que en el fondo no quieres pero sabes que es necesario, para ti, para los tuyos. Pero tienes 46 años, demasiada experiencia, muchos cambios, aspiraciones más allá de esos trabajos. El problema es que intentaste volar y quizá no moviste con suficiente fuerza las alas, o quizá aún eras demasiado pequeño o no tuviste el aliento necesario que provocase un viento ascendente; y no te olvides de todo lo que sobrevino, de esas ráfagas que te hicieron perder el equilibro. Desde que te pusiste a aletear, porque no es volar, nunca has estado tan cerca del suelo, pero solo si sigues moviendo las alas podrás volver a sortear los árboles.