Niño y perro, perro y niño

29.09.2018

ESCENA I

Int/Día.

[Casa pequeña. Pocos muebles, decoración basada en elementos de cristal, cerámica y fotografías enmarcadas de paisajes. La cámara recorre en travelling siguiendo al niño y se desvía cuando la mirada de éste lo hace, mostrando al espectador lo que mira el niño.]

Acción.

El perro se está haciendo viejo y el niño se hace mayor. Y cada mañana, siempre entre las ocho menos diez y las ocho y diez, ambos salen a pasear en una rutina aprendida y mutuamente satisfactoria. El niño se despierta, se viste con la ropa que su madre le ha dejado encima de la cama, mea, se lava manos y cara, se pone la cazadora y coge la cadena que lleva atadas las bolsitas verdes de basura. El perro ya estaba esperándole de hace un rato. Mueve la cola, contento, el pelo de la cabeza cayendo por delante de sus ojos oscuros, la lengua fuera. El niño da los buenos días a su madre, que trajina en la cocina y le devuelve una sonrisa cada día menos convincente y luego pasa una mano por el cuello del perro, da dos golpes amistosos en su lomo y abre la puerta.

NIÑO: Vamos, Doug

ESCENA II

Int/Día.

[Rellano de un piso alto. Hay cuatro puertas marcadas con A, B, C y D. Un ascensor demasiado nuevo que destacan en esa escalera. Entra claridad por un tragaluz. La cámara continúa siguiendo al niño, en plano estático dentro del ascensor].

El perro entra en el ascensor y espera, diligente, a que el chico le coloque la cadena. Ya no tiene fuerzas ni ganas de escaparse, pero puede retrasarle, por eso siempre lo ata, desde que su padre le dijo, cuando el can todavía era un cachorro, que él mandaba y no al revés. En casa manda el padre, aunque nunca esté, manda siempre.

ESCENA III

Ext/Día.

[Plano Secuencia: Día frío y gris, sopla un viento ligero. Pasan coches por la calle. La cámara sigue en travelling al niño y, como en las otras escenas, se desvía solamente para seguir su mirada.]

Nada más pisar la calle, perro y niño, niño y perro, observan. Uno aprovecha para abrocharse la chaqueta, el otro para mirar al primero, como diciendo: "yo tengo ganas pero poca prisa y tú tienes prisa pero pocas ganas". Entonces empieza el paseo. Las furgonetas de la empresa que monta cosas llenando de cajas la zona de carga y descarga; la chica que sube la persiana de ese local donde no han sabido nunca, ni chico ni perro, que se cuece; el padre que baja con sus dos hijos, siempre estresado; el otro padre que espera a que su hijo se ponga el casco para montar en bici; las dos chicas de la peluquería, una tan guapa y la otra no, piensa el niño, que no el perro. Dan la vuelta a la esquina, Doug se para en el poste de luz, olfatea, lo ignora. Pasan por delante del mecánico al lado de la ebanistería. El mecánico habla con aquél tono en que parece que grite pero no, con un cliente que escucha como si entendiese lo que le dice, pero tampoco. Rodean el parque, siempre sucio y dejado, al que había bajado a jugar allí alguna vez. Doug se para animado en la caseta de la petanca, olfatea, deja su rastro líquido, continúan. Bajan por la rambla donde todavía queda un cartel electoral, desgarrado, que desfigura la cara de un candidato que no consiguió ser alcalde y llegan a la pista de baloncesto donde cada atardecer grupos de amigos juegan partidos y él les ve y les oye por la ventana de su habitación. A esas horas no hay nadie. El niño libera al perro de su cadena o quizá sea al revés, justo en el pipi-can después de la pista. En realidad no es un pipi-can, es una especie de zona verde sin nada verde. Doug camina más aprisa aquí, olfatea diferentes árboles, caga, mea un par de veces. El niño mira con desgana a la señora que pasea a un perro raquítico y al tipo que fumando un puro pequeño ha sacado a dar una vuelta a otro perro que, pese al parecido con su dueño, no fuma. Y ve al hombre negro con chancletas que habla por el móvil, sentado en un banco. Siempre está allí. De hecho, todo parece estar siempre allí. Se repite un esquema, una rutina, como personajes de una película que ruedan la misma escena una y otra vez porque alguna cosa falla. El niño silba, se acabó el tiempo, el perro vuelve diligentemente a su lado y se deja poner la correa de nuevo. Enfilan el regreso, ya han dado tres cuartas partes de la vuelta a la manzana. Suben, perro y niño, por su calle, demasiado estrecha y con los faroles casi en medio, como para molestar, pasan al lado del centro, de logopedia y psicología infantil, cerrado. El vecino que siempre lleva gafas de sol sale, revisa su moto como si fuera chula, al niño le parece una birria y al perro le da igual. Le parece una birria la moto y le parece una birria el hombre. Al llegar al portal, el niño se detiene y antes de llamar al timbre piensa en que ahora desayunará cereales, dará un beso a mamá e irá al cole, allí aguantará las clases como pueda, intentará no pelearse con nadie, pasar desapercibido, mirar poco a esa niña que le gusta y, sobre todo, procurará no pensar en el miedo que tendrá al atardecer, cuando su padre vuelva demasiado enfadado con todo. Algún día, se dice a sí mismo, algún día, se las devolveré por duplicado. Entonces llama, mira al perro y el perro mira al niño como diciéndole "Gracias, me gusta que seas tú quien me saca a pasear" y el niño parece entenderlo, sonríe como diciéndole "Gracias, me gusta sacarte a pasear". La madre, por el interfono, abre sin preguntar quién es. Y en esa complicidad, niño y perro, perro y niño, entran en la casa.

CORTEN

Texto originalmente escrito para dekrakensysirenas.com