Ornitorrinco (24x6)

14.09.2018

00:00 - 00:59

Oscuridad. Desorientación. Sofoco. Urgencia. ¿Dónde estoy? No veo nada, pero tengo los ojos abiertos. No puedo salir, estoy dentro de un contenedor metálico; me muevo a duras penas mientras mantengo forzosamente una posición tumbada para no golpearme con la parte de arriba. Los contornos guardan una temperatura exacta a la mía. ¿He muerto? ¿Estoy soñando? Lo palpo y... parece un ataúd, ¿Qué me ha pasado? ¡Socorro! ¿Me escucha alguien? ¡Necesito ayuda! Creo que respiro, existe ventilación, llega aire desde fuera. El corazón me va a mil por hora y no tengo ni frío, ni calor. Vale, esto se parece demasiado a seguir con vida. No entiendo nada, no recuerdo cómo he terminado aquí. Nado en un mar de confusión... un momento, tengo que pensar... cómo es posible, no puede ser, ¿¡Quién soy!? ¿Cómo es posible que no sepa quién soy? Ni siquiera recuerdo mi sexo. Me toco... de acuerdo, soy una mujer. Bueno, quizá deba asegurarme del todo llevándome las manos a la entrepierna. Ya no hay duda. Pero ni siquiera sé todavía cómo o quién soy, no recuerdo ni mi cara, ni mi voz, ni mi edad... no sé absolutamente nada sobre mí. Esto que hay a mi izquierda... es como un botón. Lo presiono. Se está deslizando la lámina superior de esta cápsula o lo que sea en la que estoy metida; ¡dios! la luz... me duele... aunque no es mucha, tengo que cerrar los ojos... ¿y qué es este zumbido constante que se escucha de fondo? ¿De dónde viene? No sé dónde estoy, es como si me hubieran borrado la memoria, me siento amnésica ¿Qué significa todo esto? Me siento perdida por completo. Permanezco unos minutos sentada, acostumbrando la vista. Me calmo, trato de recordar sin levantar la vista de mis pies. ¿Y esta ropa? parece un traje de neopreno ceñido, suave al tacto, y las botas... son botas altas de goma muy elástica, todo blanco... o... me he quedado ciega, un momento... mire donde mire... todo es del mismo color neutro; distingo paredes sin ningún elemento distintivo en ellas, nada que resalte, un inmenso habitáculo aséptico con ese mugido neumático intimidante de fondo. Me froto los párpados, lo percibo borroso, difuminado y la luz tenue lechosa lo inunda todo. Tendría que salir de este extraño compartimento, pero ¿cómo? Me incorporo... estoy fatigada, me tiemblan las rodillas, me tambaleo. Voy a apoyarme en la pared. Así, relajada, trato de tranquilizarme. Así, muy bien. Levanto la mirada mientras permanezco sentada y me sobresalto: mi cápsula no es la única que ocupa el centro de la sala; junto a otras cinco pegadas al suelo adoptan una formación circular. Siento pánico, ¿pero a qué? Jamás sentí el miedo a lo desconocido tan parecido al vacío de lo olvidado.

BSO de Ornitorrinco, a cargo de @Blitxu, pinchando AQUÍ


01:00 - 01:59

Parece que ya he acostumbrado la vista y mi cuerpo comienza a sentir la fuerza necesaria para dar un paso sin desfallecer. La perplejidad sigue creciendo. No sé en qué época estoy, ya no digamos la estación del año, puedo estar donde me dé la gana o en ningún sitio, la fabulosa elasticidad del imperativo de la nada. Sin embargo, poseo conocimientos sobre el mundo, sobre sus países, sus gentes, los personajes históricos, los artistas más importantes... pero... carezco de todo recuerdo asociado a mí. Me pregunto por qué. Experimento un caprichoso estado mental que me reduce a cero. No soy nadie, o mejor dicho, puedo ser cualquiera, quien yo quiera. Dispongo de una absurda libertad y, la verdad, no sé qué hacer con ella. No sé a dónde ir y mucho menos qué pinto aquí. Ahora examino detalladamente la sala: diáfana, sin ningún adorno, elemento o característica distintiva, terriblemente nívea, horror vacui dentro y fuera de mi ser. Sólo esas cinco cápsulas cerradas, junto a la mía, abierta y tan desierta como me siento yo. Seis paredes me rodean, completamente lisas, acolchadas y blindadas con algún material duro por debajo. Manicomio de carencias. Habitación de lapsus insistente. No me atrevo a acercarme a esas cajas turbadoras, es evidente que dentro alojan a otras personas, porque soy una persona ¿o no? Me pregunto si alojan a náufragos de la memoria como yo. Será mejor prestar atención al zumbido grave. Intimida, si atravieso los diez metros que separan donde estoy de donde creo que proviene, me sentiré más cerca de su presencia, sea ésta lo que sea. No es momento de titubear. Nada duda quien nada sabe. La felicidad está en la ignorancia, dicen. Ironías del pensamiento ausente. Me siento elástica, grácil, llevo conmigo tal grado de escepticismo e irrealidad que me sorprende hasta mi propia forma de andar. Uno, dos, tres "WUUUUOMMMM"; uno, dos, tres, "WUUUUOMMMM"... y así sucesivamente. El ruido neumático percute invariablemente cada tres segundos ¿Será el aviso de algo? Desde este lado de la estancia lo escucho mucho más pronunciado. Por fin distingo con una nitidez perfecta el entorno, que tampoco es mucho, y acabo de percatarme: esta pared mullida cuenta con una leve incisión circular de no más de tres centímetros de diámetro. Acerco la cara, es un agujero perforado en el material gomoso. Es del tamaño perfecto para introducir un dedo y no se alcanza a ver su fondo. Es inquietante y, a la vez, resulta magnética la observación de ese orificio perfecto en medio de este descomunal desierto blanco. Voy a acercar mis ojos más. Ahí permanece, intimidante a la par que seductor, la única línea de fuga posible para encontrar una salida a este estatismo mental. Me entran muchas ganas de introducir un dedo, pero también de olisquearlo, aunque, de momento, me voy a quedar contemplándolo con deleite, muy cerca, cada vez más y más cerca, tentando a la suerte de fundir mis sentidos con esta voluptuosa oquedad ingrávida. Me gusta estar así, me gusta estar aquí. A cualquiera le gustaría, y cualquiera de los cualquiera soy yo, Madame Don Nadie.

02:00 - 02:59

Ignoro el tiempo que llevo embelesada en la observación de esta perforación espongiforme. Me resulta asombrosa, estoy seducida del todo ante su turbadora presencia. Es ridículo caer rendida ante un hecho tan nimio, o tan extraordinario, según se mire, pero la verdad es que resulta difícil parecer interesante sin saber nada sobre mí. Me imagino lo complicado que sería mantener conversaciones con cualquiera ignorando quién eres en un mundo tan enamorado de sí mismo, presa de un ensimismamiento incontenible. No digamos ya lo que sería escribir un diario, un soberano rollo, algo del todo punto inconcebible e insoportable. ¿Por qué soy capaz de construir juicios de opinión sobre trasuntos del comportamiento humano sin conocer ni siquiera cuál es mi color favorito, mi práctica sexual más inconfesable o mi primer amor perdido? En fin, mi máxima prioridad resulta ser un agujerito en la pared de una sala neutra, absolutamente vacía, salvo por la presencia de seis cápsulas, una de las cuales se encuentra abierta, la mía, el cascarón del que surgió una mujer sin atributos. Sin un pasado, con un presente ausente y aspirante a un futuro incierto, como todos, por cierto. Tras fijarme bien en la oquedad, me llaman la atención sus bordes protuberantes, llenos de filamentos rosados que se asemejan a pequeñas venitas del globo ocular, ramificadas, finas, brillantes... ¿Se trata de una mucosa orgánica? La he olfateado muy de cerca, completamente pegada a ella, en un éxtasis de insensatez, y huele a brea, un aroma viscoso y extrañamente excitante. No puedo resistir más sin introducir un dedo ahí dentro. Al acercar la punta del índice derecho, reacciona, se abre levemente, unos milímetros más, lo justo para ir introduciéndolo poco a poco. Lo noto mojado, abrazado por un interior jugoso, confortablemente cálido, meloso. Lo voy metiendo, lento, mientras se ofrece con plena generosidad a ser penetrado. Súbitamente se contrae, oprimiendo fuertemente mi dedo y tira para adentro tan fuerte que me precipito sobre la pared golpeándome con violencia. Milagrosamente, adelanto mi pie derecho y logro amortiguar el choque, pero la bota se lleva toda la fuerza del impacto que, pese a tratarse de una superficie mullida, atruena por la colisión con su material interno acorazado en extremo. No comprendo cómo no soy presa de un dolor brutal en el empeine del pie; se ha levantado la suela del calzado tras el golpe, y lo lógico sería experimentar un pinchazo neuronal como respuesta cerebral. Abro mi boca por instinto para gritar sin hacer ruido y parece que el gruñido neumático -que sigue incesantemente atronando cada tres segundos- fuera lo que sale de ella. Me entran ganas de derrumbarme en el suelo, al menos para empatizar con la sensación que hubiera sido lógica ante el daño, pero no puedo. El agujero deviene en hoyo insondable y se dilata a cada segundo mientras me absorbe poco a poco, Noto el tránsito muscular de vísceras que me están, literalmente, engullendo; sensación de pánico, aunque, paulatinamente, se hace soportable mientras observo como mi brazo entero desaparece tragado por lo que ahora se adivina una boca desdentada, una suerte de planta carnívora gigante. Sigue tirando de mí, sigue abriéndose más y más, su hedor a alquitrán es intenso, pero lo aspiro con fruición, placer culpable lo llaman, lo pienso al tiempo que se traga mi cabeza, mi pecho, mis piernas... y me zambullo en un fluido denso, navegando a través de un tracto sincopado, viajo por un intestino impetuoso y esa certidumbre me hace sentir afortunada. Deseo lamer sus paredes, acariciarlo todo, que mis ojos se inunden de estos líquidos pegajosos. Soy viva, lo soy, pero sin estarlo.

03:00 - 03:59

Escupida como una vulgar migaja, choco de bruces contra lo que parece suelo firme. He realizado un viaje alucinante a través de una boca colosal y ahora me encuentro tirada sobre unas placas metálicas. Vuelvo la cabeza para fijarme en mi formidable medio de transporte y asisto a los últimos segundos que tarda en empequeñecerse hasta desaparecer sobre la superficie de un muro idéntico al que dejé antes de ser tragada. No está nada mal como recuerdo que contar, si es que consigo contactar con alguna persona. Porque... existen todavía las personas, ¿no? Quedamos en que yo lo era, aún a riesgo de pensar que en los últimos tiempos el homo sapiens degeneró sobremanera. Otra vez lo mismo, haciendo antropología aplicada del absurdo metafísico. No tengo remedio y eso que existo como quien dice hace nada. Alzo la mirada cubierta de arriba abajo por una mucosidad transparente. Delante tengo un extenso pasillo estrecho de unos dos metros y medio de alto coronado por una bóveda curva iluminada con un fulgor brillante. Y la blancura es constante e invariable; aunque...a unos cien metros percibo algo colgado, una especie de cartel lumínico, neón azul y magenta, creo distinguir unas letras conformando un mensaje parpadeante. Me incorporo y avanzo por el corredor, no alcanzo a ver dónde termina por lo que me temo que recorreré un largo trecho, al menos el cartel está próximo. Dos apuntes acucian mi cerebro extraviado. El primero: ¿por qué no tengo ninguna sensación fisiológica durante el tiempo que llevo activa? ni sueño, -a saber lo que estuve dormida, en cuarentena, o muerta; o si estoy soñando... o incluso si sólo soy un personaje en la imaginación de un creador-.Ni hambre, ni sed, ni ganas de ir al baño, aunque esto pasaría por un inmenso váter de diseño cualquiera con los que cuentan las capitales supuestamente modernas y terriblemente provincianas en su alma. Mientras me acerco, distingo el mensaje, escrito en un lenguaje de signos que reconozco como propio, aún sin conocer a ciencia cierta su idioma, es más, ni siquiera sé si se corresponde con el que empleo para pensar. De cualquier forma, mi memoria es un vacuo continente indescifrable. Leo: "Bienvenida a La Hora del Lobo". ¿Qué demonios es "La hora del lobo"? ¿Se refiere a mí? ¿Debería saberlo? Experimento una irritación total al encontrarme aún más perdida en mitad de un entorno ininteligible. ¿Qué me creía, que iba a interpretar unas palabras capaces de sacarme de mi estado de abandono? Los estridentes colores y el chisporroteo fluorescente se me clavan en ojos y oídos, bastante cargados de por sí por culpa del dichoso zumbido - persiste, el maldito-. Justo debajo del cartel descansa adosado un reloj digital rojo: 03:18. ¿Quién quiere saber la hora que es cuando no sabe ni dónde está? La indagación hacia el esqueleto del existencialismo es demasiado para mí, las respuestas son preguntas, vivo un desfile de matrioskas obsesivo hasta el delirio. Me quito la bota destartalada, cuenta con tacón metálico de unos cinco centímetros de grosor -esto bastará-, la arrojo con todas mis fuerzas contra el estúpido luminoso y su correspondiente reloj de burlona hora sin sentido. El proyectil impacta violentamente sobre el grotesco retablo de circunstancias incomprensibles justo cuando pasa un minuto. Sonido de cristales hechos añicos que salen despedidos en todas direcciones, me cubro el rostro y adopto una postura fetal mientras me rodea un fundido a negro intimidante. No se ve nada y todo es silencio, el sonido más pesado. Intento buscar a tientas la bota perdida con precaución para no clavarme las miles de esquirlas a las que ha quedado reducido el absurdo panegírico lumínico. La encuentro y me la calzo, seguiré avanzando sin ver nada, ahora que la oscuridad me invade por dentro y por fuera. Quiero tener miedo, quiero sentir el pánico inconfesable de la mujer madura que ya no gusta al género bobo, ensimismado por la pujanza adolescente. Quiero sentir el terror del hombre asilvestrado abandonado por su pareja, incapaz de llevar la rutina más sencilla. Quiero sentir el desamparo del niño que pierde la inocencia porque el mundo le ha traicionado por primera vez. Quiero, en definitiva, sentir el dolor que justifica el placer de no rendirse nunca. Pero no conozco guerra, soy el simple desamparo de una batalla sin ejércitos. Avanzo lentamente y, de súbito, vuelve la luz neutra de la bóveda a iluminar mi ceguera, la peor de todas: la que no entiende de vista. WUUUUOMMMM, (1, 2, 3), WUUUUOMMMM...

04:00 - 04:59

Vagando una eterna distancia indefinidamente perpetua por el pasillo con el único acompañamiento del zumbido incesante. De súbito, la pared de mi izquierda se abre y asoma una boca babosa y fláccida similar a la que me engulló hace unas horas. Un violento sonido chapoteante arroja algo del tamaño de una piedra que cae rodando por el suelo. Al instante, el apéndice se repliega como un muelle y desaparece sin dejar rastro. Recorro con la mirada el reguero de fluido transparente hasta terminar en la bolita gris que reposa a unos diez metros de mí. Me acerco y descubro que se mueve, distingo cuatro apéndices que se agitan muy rápido buscando darse la vuelta. ¡Tiene vida! Me sitúo quieta a su lado y observo mientras la pelota nerviosa gira sobre sí misma. Ante mi sorpresa descubro un erizo de metal, con miles de púas que parecen alfileres y unos penetrantes ojillos, negros y brillantes, que me escrutan con una combinación de respeto y de familiaridad. Me convierto en un sujeto absurdo de esos que hablan a los animales porque sí "¡Hola!, ¿sabes quién soy? ¿De dónde vienes, pequeño?". Ambos respiramos silencio... dos botones minúsculos me examinan con atención. Mi inesperado compañero aguarda a no sé qué. Me agacho hacia él con una intención vaga y, de pronto, pone en marcha sus minúsculas extremidades huyendo de mí. Cuando está lo suficientemente lejos como para sentirse seguro, se detiene y vuelve su cabeza mientras me escudriña de nuevo. No sé si desea quedarse o me evita, así son las oportunidades que llegan a destiempo; solo sé que lo más cerca que me he sentido de entender algo desde que estoy aquí es contemplar la expresión de este minúsculo animal mecánico. Y no pienso dejar que te me escapes, amiguito. Me dirijo hacia él y cuando me encuentro próxima, arranca a trotar a toda velocidad; acepto el reto y corro detrás de él, con la bota destartalada y con una sensación incomparable de extrañamiento universal. ¿Cómo puede un bicho tan pequeño alcanzar semejante rapidez? Cada vez me saca más terreno y yo acelero, en busca de algo que no aspiro a perder, así de raro es esto anteriormente llamado vida. Un instante antes de desvanecerse en la lejanía, este formidable personaje se detiene. Me espera. Ya entiendo: quiere que me dirija a toda prisa tras él, en realidad me está conduciendo a algún sitio para llegar lo antes posible, ¿pero a dónde? El corredor no parece tener fin, es una suerte de laberinto unidireccional, aunque si hago caso a mis oídos, el incesante ruido ha ganado en intensidad. Dirijo mi intención a la búsqueda de un hallazgo imposible, aquel capaz de eliminar el vacío de echar de menos algo sin saber qué es.

05:00 - 05:59

Impresionante, ni una gota de sudor, ni una muestra de cansancio. Y juraría que llevo una eternidad a la caza de mi espinoso fugitivo. Al menos tengo el consuelo de que la persecución toca a su fin: al fondo del corredor traslúcido, una compuerta sellada impone el término de esta carrera. El ruido neumático va ganando en presencia, su origen se encuentra justo en ese lugar, no hay duda. Aprieto el paso para alcanzar algún tipo de conclusión, si es que eso es posible. El erizo llega hasta la barrera y se detiene en seco a esperarme. Llego al poco e intento percibir alguna pista que me ayude a entender qué será lo próximo. Tras ella, la constante alarma atruena, percutiendo en mis oídos con una constancia metrónoma. La mirada de expectación del animalillo artificial me inflige una mezcla de compasión e incredulidad. Trato de descifrar la forma que me permita acceder al otro lado, escruto cualquier detalle que me dé una respuesta. Lo único que destaca sobre la aséptica entrada son tres cuadrados consecutivos adosados en vertical a ambos lados. Ocupan aproximadamente treinta centímetros de alto y en cada uno se adivina una pequeña depresión. Tienen la apariencia de ser lectores de huellas digitales. Seis lectores y... seis cápsulas en la sala donde desperté, resucité, fui creada o empecé a soñar. Para duda cartesiana, el enigma de mi origen. La casualidad es un milagro cotidiano, y ante la excepcionalidad de mí ser, no me lo pienso. Oprimo con mis diez dedos sobre cada hueco con el fin de que alguna de las combinaciones posibles dé resultado. ¿Cada uno de los lectores corresponderá con la huella digital de cada uno de los sujetos que se alojan en el interior de las cápsulas? ¿En base a qué considero que en el resto de contenedores hay alguien dentro? ¿Cómo sé que soy real? El erizo sigue observándome sin moverse mientras que los cuadrados responden uno tras otro a las pulsaciones con un estímulo lumínico rojo acompañado de un sonido sordo. Me recuerdan a las respuestas incorrectas del pulsador en esos concursos seguidos por gente tiernamente gris. Si la prueba de los sueños es la realidad, sólo creo en una realidad que sea el acto revolucionario de los sueños. En el momento en que esa paradoja del pensamiento me asalta, uno de los paneles cuadrados adquiere un tono verdoso. De súbito, el zumbido grave ha desparecido. En su lugar una voz cálida y distante, dueña de un lenguaje que lejos de saber si es el mío tengo a bien comprender, exclama: "Tokken Número 1, introduzca su último recuerdo inconsciente en el portal de teletransportación definitiva". Tras silenciarse, el cuadrado iluminado verde extrae hacia fuera una especie de cajón estrecho colgante. Me asomo y está vacío. De nuevo, la voz repite maquinalmente el mensaje. Supongo que se refiere a mí, no tengo ni la menor idea de qué quiere decir. Súbitamente, la pequeña criatura artificial se encarama a la bota maltrecha tratando de llamar mi atención, restriega sus púas sobre ella y vuelve a mirarme con ojos lánguidos, poseedores de la tristeza más triste, aquella que conoce la alegría de memoria. Yo no la tengo, o al menos, no la siento. Y eres tú, pequeño mamífero de metal, lo más parecido a la nostalgia que siento en este sinsentido que todo lo ocupa. ¿La memoria nos recuerda? ¿Te recuerdo de no haberte conocido nunca? Me agacho y extiendo mis manos hacia él, a diferencia de lo que ocurrió anteriormente, aguarda quieto su sacrificio mental. He llegado a la conclusión de que él es mi último recuerdo inconsciente, y el precio a pagar, será convertirlo en un recuerdo eternamente dormido: el olvido, la inmortalidad definitiva. Me gustaría sentir tristeza, sentirme mal por desprenderme del remanente final de mi pensamiento y de mis emociones; sin embargo, deposito suavemente al animal en el cajón con una indolencia que roza la obscenidad. La neutralidad siempre fue la maldad del ignorante. Su mirada penetrante se aferra a una despedida diluida mientras el compartimento se retrae sobre sí mismo hasta desaparecer en el hueco que lo alberga. Acto seguido, la compuerta se descorre verticalmente y permite el acceso al mismo corredor que, como principal novedad, presenta una luz mortecina, una especie de destello que proviene del giro brusco a la izquierda que se me presenta a escasos diez metros. Avanzo con precaución y curiosidad. El silencio lo invade todo y, de nuevo, muestra su fastuosa gama de tonalidades a descubrir. Al doblar la esquina, me enfrento a una contemplación inesperada que me deja del todo congelada. Frente a mí se abre un espacio similar a una cabina de mando presidida por una inmensa mampara transparente que muestra el espacio, un fondo negro con innumerables estrellas y, destacando frente a lo que desde ya deduzco es un medio de transporte, un planeta que brilla alumbrado por cualquier sol distante. Un primer vistazo y descubro que es La Tierra, pero me equivoco. Un segundo vistazo más espeluznante y concluyo que no lo es. Pero casi, o más bien justo al contrario: es el mismo planeta en apariencia, pero con la superficie del agua y de la tierra invertidas.

06:00 - 06:59

Me aproximo al cuadro de mandos, por llamarlo de algún modo. Estoy en una cámara semicircular de unos quince metros de diámetro. Frente a mí descansa una vasta mesa de operaciones plagada de botones con luces de colores que parpadean mientras se encienden y se apagan, pantallas LCD que muestran gráficos y series numéricas indescifrables y seis asientos ergonómicos dispuestos alrededor de ella. La contemplación hipnótica, relajada y formidable de la galaxia preside todo. Un planeta Tierra invertido, océanos que son continentes y continentes que son océanos, una paradoja existencial. Imaginando que funcionamos por meros consensos universales, la realidad no sería más que un punto de vista que nos ha salido cabezota. Me siento y observo ese planeta extraño y cercano a la par. ¿Tengo la capacidad de saber cuál es mi hogar si me siento extraña de mí misma? ¿Si soy un sueño, acaso no sería yo el propio hogar del soñador? ¿Es la realidad más cierta que el delirio del loco o la deriva del creador? Ignoro el tiempo que permanezco en trance ante el desfile de estrellas y satélites imposibles que rodean un mundo raro. Juraría que cada vez parece más grande ¿Nos estamos acercando? ¿Cómo se pilota esta nave? ¿Quién discurre dentro de mi mente? Accedo a un teclado incrustado en la superficie del panel. El monitor al que está conectado se encuentra totalmente en negro salvo por una leyenda que figura suspendida en su mitad. "Proyecto Ornitorrinco", indica. Qué disparate. De nuevo, desconozco cuál es el lenguaje que estoy leyendo, así como su gramática, sin embargo, su entendimiento es automático. Siento que transgredo una vez tras otra las pautas del conocimiento. Debajo del enigmático mensaje, un rectángulo contiene la palabra "Enter". Pulso la susodicha tecla y accedo a una nueva pantalla donde surgen pestañas con información referente a diversos sujetos catalogados como "tokkens" seguidos de un número, del 1 al 6. En las seis fichas aparece la misma foto difuminada de una cara, irreconocible, adivino un rostro femenino de rasgos suaves y expresión serena; al lado de cada una, diversos campos: nombre, edad, peso, estatura, nacionalidad, profesión... todos indican lo mismo: información clasificada. De súbito, un piloto naranja comienza a brillar emitiendo un pitido agudo. Oprimo instintivamente el botón situado justo debajo. Una voz femenina inunda la quietud de la estancia:

- Lanzadera Hell, al habla la comandante de la NASA, Olga Petrovic, responsable de la misión a bordo de la nave de exploración Age of Pamparius. ¿Me recibe alguien?

Me levanto sorprendida, las palabras suenan seguras y firmes. La astronauta parece de ascendencia eslava por su nombre. ¿Me habla en ruso? ¿Por qué entiendo yo el ruso? ¿En qué idioma articulo el pensamiento y decodifico los mensajes que me llegan? De nuevo me asaltan infinidad de preguntas. La duda es una contradicción inteligente, concluyo. Me gustaría estar mucho más nerviosa de lo que aparento. Presa de un evidente titubeo respondo:

- Sí, sí... aquí... aquí... mnnnn... -mierda, el salto mortal de presentarse a alguien sin saber quién eres-. Al... al habla Tokken1, le recibo, comandante Petrovic.

- Vaya, Tokken1, bienvenida a su existencia. Así que el Proyecto Ornitorrinco ha echado a andar por fin, me alegro profundamente. Mi tripulación lleva tanto tiempo en el espacio que, en su momento, su propia gestación no pasaba de ser una mera quimera.

- ¿Usted sabe lo que es el Proyecto Ornitorrinco? ¿Me... me podría aclarar quién soy, por estúpido que suene?

- La verdad es que resulta muy difícil definirlo; además, toda la información referida al Proyecto Ornitorrinco es reservada, ni siquiera los altos cargos de la organización tenemos conocimiento pleno acerca de ella. La financiación y gran parte de su ideario fueron concebidos por el Partido Vertical de Supervivencia, ese poderoso lobby político de reciente creación. Lo lamento, Tokken1, no puedo darle la información que demanda.

- ¿Y a dónde se supone que me dirijo o nos dirigimos? ¿Estoy sola? ¿Quién pilota el Hell o cómo demonios se llame esta nave espacial?

- Su encuentro con nosotros ha sido meramente casual. La cercanía a nuestra aeronave ha provocado esta comunicación. El planeta que ve delante suyo es Kepler 442b y acabamos de confirmar la existencia de vida extraterrestre inteligente en su superficie. De momento, no estamos autorizados para ampliar mucho más la información, Tokken1. Lo único que le confirmo es que se encontraba a punto de entrar en su órbita y esto hubiera provocado la imposibilidad de llegar a Última.

- ¿Última? ¿Qué es Última?

- Última es el motivo final de su razón de ser, Tokken1. De la suya y de todas las demás. Ahora, es su voluntad la que tiene que decidir si dejarse llevar por el campo gravitacional de Kepler 442B y dar al traste con el Proyecto Ornitorrinco o bien entregarse por completo a su destino, a Última. Ya sabe, dicen que elegir es renunciar.

Y se supone que tengo que optar a algo...

07:00 - 07:59

La voz de la comandante Olga Petrovic se ha desvanecido tras una despedida fría y correcta, como mandan los cánones de la deontología profesional en estos casos. Y aquí sigo yo, con mis dudas, con mis preguntas y con mis derivas. Este es el equipaje que poseo, tan pesado como la certidumbre de quien mueve todo en su cabeza, pero nada con las manos. Si los recuerdos son el eco dela vida, me siento vocera de mi desconocimiento y sorda de mí misma. Una disyuntiva esclava del azar y con las intenciones sometidas, algo así como tirar una moneda al aire: seguir rumbo a un planeta con vida inteligente del que poco más sé o virar hacia mi destino, a Última. ¿Pero, cómo voy a controlar el trayecto de esta nave si no sé quién la pilota? A no ser que... la dirija mi propia voluntad. El viaje al fondo de mi mente es absoluto, sólo soy tierra yerma en permanente vacío en bucle. Desde que adquirí consciencia, he vagado sin sentido asistiendo a una sucesión de alegorías simbólicas extrañas, sin encontrarme a ninguna otra persona, si bien existen suficientes pistas como para suponer que estoy acompañada de otros cinco pasajeros. Antes de tomar una decisión, considero que lo más coherente es regresar a la primera estancia donde desperté, nací o fui creada. Me dispongo a volver sobre mis pasos, pero la compuerta que me dio acceso a la sala de mandos tras deshacerme del erizo metálico está sellada por completo. Regreso hasta la cabina y me quedo suspendida mirando por la mampara la quietud asombrosa del mar negro estrellado, con la presencia inquietante de Keppler 442B justo frente a mí. Según la cosmonave se acerca a su órbita, percibo un círculo brillante compuesto por un haz de luz anaranjado; es un aro inmenso a través del cual se vislumbra el mundo que alberga nueva vida inteligente. Qué irónica esa proclama científica a la hora de descubrir la existencia de seres extraterrestres cuando hay indicios de inteligencia que son evidencias de ignorancia. La vista es similar a mirar por el ojo de una cerradura y contemplar lo que hay tras la puerta. El rumbo de Hell es inexorablemente éste. Mientras se hace más y más grande, asisto inmóvil al acoplamiento de la lanzadera al disco refulgente que la espera, atravesando su inmensidad movida por una fuerza implacable: la imaginación, la única capaz de soñar lo que la realidad olvida. Presa de un ensimismamiento onírico, cierro los ojos y me concentro en el deseo de saber quién soy y a dónde voy. El destino se reduce a no apartarse nunca del camino. Fundido a negro.

08:00 - 08:59

El ruido de alarma me asalta cada tres segundos y no tengo la menor idea de dónde proviene. Llevo una eternidad deambulando por la sala y ni siquiera hace una hora que tengo noción de mí misma. Pienso, luego asisto. Asisto a un habitáculo sin salida aparente, de superficies blancas, aséptico y diáfano, completamente vacío si no fuera por las seis cápsulas que reposan sobre el suelo dispuestas en círculo. Dos de ellas permanecen abiertas, una de la que he salido y la otra se muestra sin nadie dentro. Las otras cuatro están selladas y por más que intento forzarlas o encontrar una manera de acceder a su interior, no la descifro. Deduzco que deben de incluir a otros sujetos y también que quien falta descubrió la manera de salir de aquí. No sé nada sobre mí, no recuerdo quién soy ni de dónde vengo. Más de alguno consideraría esto lo más cercano a la felicidad. Sin embargo, mi sensación interna es de incertidumbre moderada. Una placidez ignorante, serena y sostenible. He observado minuciosamente las cápsulas y en su superficie presentan un relieve curioso: una sucesión de nervaduras similares a las que poseen las hojas de los árboles. Guardan una proporción geométrica entre sus dos mitades verticales, separadas por la hendidura que resguarda la apertura de las mismas. Simetría perfecta. En el interior de las dos cápsulas abiertas, nada reseñable salvo el botón que permite la apertura desde dentro y un símbolo serigrafiado detrás de la zona a la altura que reposaba mi cabeza: φ.

La paradoja fascinante de no saber nada de mí, pero disponer de una nutrida provisión de conocimientos me distancia más de mi identidad si cabe. Poseo lo que sé y carezco de lo que soy. De esta manera, me resulta sencillo saber que me encuentro ante la letra griega phi, la representación del número áureo. El paralelismo entre la irracionalidad de mi ser y del número supone una casualidad demasiado grande como para ser fruto del azar. La casualidad y el azar son los aliados de las vidas en las que aún tiene algo que ocurrir. No tengo tiempo que perder. Habrá que fijarse en cualquier particularidad que pudiera habérseme escapado. El arte admirable de ver los detalles desde lejos se fija en mí y distingo en una de las paredes un minúsculo motivo circular; me acerco y descubro que se trata de una protuberancia con la forma del caparazón de un caracol. Dispone de tres espirales logarítmicas asimilables a proporciones áureas. Descifro la primera con un simple vistazo: se caracteriza por la relación constante igual al número áureo entre los radiovectores de puntos situados en dos evolutas consecutivas, teniendo en cuenta una misma dirección y sentido. Si desarrollo esa espiral de crecimiento en sincronía simbiótica con mi propia esencia, es probable que logre descifrar el enigma de mi existencia a través de una función matemática. Acerco las yemas de mis dedos a la caracola y, suavemente, muestra sus generosas entrañas para zambullir primero un dedo, después la mano y, tras una formidable dilatación untosa y lúbrica, tragarme por completo hasta desaparecer.

09:00 - 09:59

Acostumbrarse es aprender a morir, y en mi caso particular, aprender a existir. Tras ser expulsada de las entrañas espirales del gasterópodo, vago sin rumbo a través de la más completa oscuridad. Al principio me ha costado mucho orientarme. Oteando la nada con las manos y dando tímidos pasos, el tacto acolchado de las tres paredes blindadas ha dictado la única dirección posible. La sucesión acústica de la alarma persiste con la misma secuencia temporal, ganando en intensidad a cada segundo. Al poco de avanzar por el corredor, he descubierto un minúsculo punto de luz pendido en la cubierta superior o suspendido en el aire. Al acercarme paulatinamente, el círculo brillante ha adquirido mayor tamaño y luminosidad, como una estrella artificial. Ahora es su presencia la que me guía; proyecta su halo constante sobre mi cara, resplandeciendo sobre mi mono blanco ceñido. Cuando me encuentro lo suficientemente próxima, distingo un mensaje en su interior: "Bienvenida al Nuevo Sol". No decodifico el lenguaje a través del cual interpreto la idea; se trata de un nivel de gnosticismo instintivo y misterioso, el conocimiento como premisa de la propia comunicación. Me detengo a sus pies mientras los caracteres se desvanecen y dan lugar a un holograma donde se percibe el rostro semioculto de un lúgubre personaje encapuchado, ataviado con una túnica roja y un medallón dorado al cuello que simula un sol. Con un estertor de voz exclama:

- El momento ha llegado. El agujero dimensional que precede a la órbita de Kepler-442B fue atravesado por Hell, la aeronave con la que surcas el cosmos. Lamentamos dar al traste con el proyecto Ornitorrinco. Ignoro cuál de los tokkens eres, pero a los efectos de este contacto, es absolutamente prescindible, pero esta advertencia, sin embargo, es del todo necesaria.

- ¿Tokkens? ¿Keppler-442B? ¿Hell? No entiendo nada. No recuerdo quién soy.

- Eres la representación del conocimiento ajeno a la existencia, el resultado más próximo a la esencia de la razón pura excluida del ser. No entiendes nada en la medida en que lo asimilas todo a través de un presente continuo en bucle. Todas lo haréis, una tras otra, o quizás no, el resultado, reitero, es intrascendente a nuestros fines. Te encuentras a bordo de la lanzadera Hell y eres producto del Proyecto Ornitorrinco, basta con eso. El fastuoso propósito de desimplantación psicoemocional sufragado por el Señor Xideces, máximo ideólogo del mismo, evidentemente, ha necesitado ser avalado por la cúpula del Partido Vertical de Supervivencia lo cual entra en conflicto con nuestro propósito universal.

- ¿Qué se supone que debo hacer entonces? ¿Soy un cuerpo desposeído de alma, pero no de ideas? ¿Qué demonios es el Partido Vertical de Supervivencia?

- Todo eso es irrelevante ahora que los acontecimientos se suceden a través de una estructura armónica. Haz de Luz nos ha dirigido a la única verdad posible y el conflicto entre el ámbito político y la nueva congregación es un hecho. Esta primera medida adoptada por el gobierno universal en la sombra no será nada comparada con las que quedan, en especial con ese proyecto en estado embrionario aún: la directiva T-42. Pero eso a ti, llamémoste Tokken_N, poco te importa.

- ¿Quién eres y qué quieres de mí?

- Por muy invasiva que te haya parecido en tu inconsciencia consciente, la bienvenida al Nuevo Sol es un hecho inevitable, estás corporalmente en mitad del espacio, pero en nuestro planeta natal, La Tierra, los capítulos se suceden a una velocidad de vértigo y los elegidos pronto cumplirán su papel trascendental. Para tu (des)conocimiento, aunque te resulte insustancial a efectos prácticos, soy Careta de Cerdo.

Sin dejarme proseguir con mi infructuoso interrogatorio, la imagen de Careta de Cerdo se desvanece hasta desaparecer por completo. Acto seguido, una explosión de luz inunda el pasaje por completo y me aventuro a seguir avanzando sin rumbo, sin destino y sin motivo. Soy la sensación neta del durante, extraviada, abocada a perderme para siempre construyendo así un viaje sin fin.

10:00 - 10:59

Me encuentro en una pequeña sala a media luz; está decorada someramente, pero con sencillez detallista. A un lado, se muestra un mueble hecho a medida con algún libro, algún ornamento suelto y alguna pantalla apagada y al otro, un sillón naranja en el que reposa la nada. Al fondo, percibo a una chica morena de espaldas, sentada frente a un piano. Delante tiene un ventanal que deja pasar un atardecer templado y tibio a la par. Me acerco en silencio y me sitúo junto al mueble. La miro sin que sea consciente de mi presencia. Asisto a la escena como si fuera la espectadora de un mundo que no es el mío, pero que, sin embargo, asimilo como personal e intransferible. Es menuda y de tez muy blanca; su mirada escudriña un punto fijo tras los cristales. Estrellas en sus ojos, vainilla en el aire y sosiego en el ambiente. Parece que estuviera en una torre vigía. Su inspección no observa nada porque lo ha visto todo; tiene el semblante surcado por la huella del viento que se llevó su probabilidad manifiesta de haber sido feliz. Comulgo con su escrutinio y echo un vistazo fuera: la ciudad late narcotizada a través de sus batallas cotidianas; transeúntes caminan deprisa porque tienen que llegar a cualquier lugar, siempre corriendo con el fin de ignorar que no tienen ningún refugio dentro; coches parapetados por pitidos, faros y ruedas, para ir aún más rápido adonde te esperan, pero tú no quieres ir. Aceleran con el pie y ralentizan con la mente la historia de sus vidas hasta querer hacerla desaparecer. La urbe, pues, se niega a quedarse quieta porque eso la convertiría en un ente capaz de pararse a pensar y lo más terrible: a sentir al desnudo, con el pálpito incómodo de no tener nada que hacer y casi todo por vivir. Aquí arriba descansa ella; ingrávida, ausente y consciente del dolor de ese mundo gris. Se apiada de sus lamentos ahogados en rutina. A diferencia de sus congéneres, probablemente sea una persona nacida para colorear los dibujos fuera de los bordes. Parece que la conociera de haberla reinventado, la siento por dentro mientras se estira con su gigantesco jersey de punto que le abriga como un oso dislocado. Y fantaseo con la seguridad precisa de los detalles, imaginando, entre otras cosas, que dice muchos tacos cuando se enfada, pero como las chicas que los lanzan sonriendo con algún diente torcido y los mofletes rojos, poseedoras del rubor de quienes encumbran cualquier acto vulgar hasta convertirlo en trascendente. Y entonces empieza a acariciar las teclas, con delicadeza no exenta de brío, siguiendo un ritmo de blues, un swing que mueve el aire hasta disolverlo con el tiempo y, con una voz tímida e incauta, como las verdades que se muestran de puntillas, canta:

"Acompáñame ausencia, haz mi soledad más sola / he perdido el mapa de la imaginación, árboles con alas escribiendo esta canción...".

La sucesión de notas sigue una escala pentatónica, doce compases planteados como un círculo que repite la estructura, pero cambia el acompañamiento. La letra y la música me asaltan como un recuerdo capaz de trascender al olvido, algo que siempre hubiera estado allí sin existir siquiera.

"Juntos y ya veremos dónde, juntos y ya sabremos cómo..."

De pronto, observo como un fulgor anaranjado sube de la calle, ruido y algarabía en el exterior, ella se levanta sobresaltada, deja el piano y corre a asomarse por el ventanal. Observa inmovilizada todo lo que pasa ahí abajo: miríadas de personas envueltas en túnicas rojas siguen a un individuo calvo muy alto y musculoso que arenga a las masas gritando "Creed en el Nuevo Sol, despertad del letargo universal", el gentío enfervorecido le sigue levantando los brazos y gritando al unísono "¡Salve, oh, Haz de Luz, salve!". Algunos van provistos de botes de spray y dibujan por las paredes en rojo un símbolo: Φ. No tengo ni la menor idea de lo que significa. Un ruido terrible, lo más parecido a que se resquebrajara la tierra en dos asalta mis oídos, todo tiembla con violencia a mi alrededor; la chica, presa del pánico, empieza a correr, huyendo por una puerta que da a un pasillo que parece no tener fin. "¡Eh, espera!", grito. Pero no me escucha, como tampoco me vio antes. El suelo se abre bajo mis pies. Una terrible brecha parte en dos la estancia mientras el techo y las paredes se derrumban, ruedo por el suelo y soy tragada por la sima, me precipito gritando hacia un fondo negro insondable, la caída no parece tener fin, quiero cerrar los ojos, pero no puedo...

(...)

Oscuridad. Desorientación. Sofoco. Urgencia. ¿Dónde estoy?

11:00 - 11:59

La locura, dicen, es la aproximación de los sueños más cercana a la realidad. Y es en esa tesitura en la que me encuentro desde que permanezco en una suerte de letargo inducido. Permanezco sentada en esta cabina de mandos, en uno de las seis butacas colocadas alrededor de una mesa de operaciones. Estatismo espacial y existencial. El desdoblamiento entre persona y alma, unido por el hilo invisible del conocimiento, fue la constante de mi deriva mental y corporal mientras estuve en estado de vigilia. Desde que la lanzadera espacial atravesó el anillo de luz entrando en la órbita Keppler 442B, no me puedo mover ni llevar a cabo ninguna acción perceptiva, sin embargo, mi mente no cesa de hacerse preguntas que no tienen mayor finalidad que la de conocer. Algo me impide sentir emociones o, quizá, sólo soy fruto de la carencia de éstas. ¿Y si la clave estuviera en ser capaz de llegar a conocer aquello que componía mi esencia antes de ser? Un viaje regresivo a la pre-existencia a través del conocimiento y del aprendizaje inducido previo a la adquisición de conciencia. A su vez, mi estado de consciencia es relativo. Tengo la sensación continua de que algo debiera pasar, es la espera inconcebible de estar permanentemente sin experimentar reacciones considerables a mis estímulos y a mis ideas. Indagar sin éxito en la pérdida absoluta de emociones, esa desposesión de raíz, me acerca a un continente de entendimiento neto. Imaginación. Creación. Olvido. Ojalá gozara al menos de la mirada del otro, del que no entiende lo que desconoce y encontrar, así, la afinidad mutua de la deriva compartida. Me encuentro inmersa en estas cuestiones cuando, de pronto, siento una voz "¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Cuándo llegaste?". Por más que lo intento, no consigo contestarle, sin embargo soy capaz de escuchar las preguntas, aún ignorando si éstas surgen desde dentro o desde fuera de mí. Es como si me enfrentara a un espejo de mí misma sin imagen a ninguno de los dos lados. Espejismo de doble recorrido, reflejos que carecen de luz. ¿Todo o nada? El relativismo de un cualquiera reiterado las veces que hagan falta hasta convertirse en nadie. Y las acciones se agolpan como una sola sin ser ninguna. Permanezco tumbada en esta cápsula e introduzco un dedo en el orificio de la pared sintiendo el haz de luz mientras corro por el pasillo mirando por la mampara y... me siento al lado de mí.

12:00 - 12:59

La existencia se reduce a elegir entre vivir muriendo o morir viviendo. El tiempo y el espacio son relativos, más cuando ni siquiera sabes nada sobre ti, el delirio de ser el experimento de tu imaginación más peregrina. Elasticidad mental sin límite, libertad fracturada por un dogmatismo ausente. El caso es que podrían ser infinitos eones y pársecs los que llevo recorriendo este pasillo neutro e impersonal, tanto o más que un ser que no es en sí mismo, como yo. La única compañía de mi escepticismo cósmico es el grave sonido neumático que percute en mis oídos cada tres segundos. Su intensidad crece a medida que me acerco a ninguna parte. Sigo adelante con la ironía en que lo hace una cuenta atrás cualquiera. Después de asistir al alumbrado súbito de esta bóveda sin fin, tras escuchar las indicaciones indescifrables del encapuchado con túnica roja alojado en el interior de una especie de sol artificial, lo único reseñable que ha ocurrido fue la inesperada aparición de un pequeño erizo de metal expulsado por una de las paredes acolchadas que vertebran este frío corredor. Antes de corretear con sus minúsculas patas, permaneció quieto hasta que estuve frente a él. Me miró con ojos del ayer, con una mirada arcana, reflejo prudente de sabiduría conocida, como si fuera una remembranza corpórea de mí misma. Sin embargo, no me producía ningún tipo de sensación, no me evocaba emoción alguna, transparente a mis instintos y voluntades. Desde entonces he avanzado en la única dirección en la que pueden encaminarse mis pasos, ajena a todo y desposeída de mí misma. Es justo ahora cuando, como un vigía perdido en alta mar, vislumbro a lo lejos una compuerta cerrada donde muere el pasillo y un pequeño punto minúsculo correteando por el suelo. En efecto, se trata del pequeño mamífero. Me aproximo y le distingo oteándome con curiosidad y familiaridad. Le observo con indiferencia, la forma más elegante de desprecio. Permanezco frente a la compuerta sellada y, súbitamente, a mi izquierda una imagen traslúcida toma forma y opacidad hasta convertirse en un holograma nítido más o menos de mi estatura. Y aparece la única forma humana que conozco con sus particulares ropajes rojos y el medallón dorado al cuello: es el misterioso Careta de Cerdo. Pese a que la intensidad del ruido incesante se ha vuelto insoportable, su voz se alza reptante:

- Vaya, has tardado bastante en recorrer la galería hasta la entrada de la cabina principal, mucho más de lo esperado.

- Vagaba sin rumbo y sin opciones ¿Dónde estoy y por qué regresas ahora otra vez de forma incorpórea?

- Estás donde nunca estuvo nadie, salvo tú y tus congéneres análogos, Tokken N, pero, por favor, no vayas a realizar ahora la liturgia de trágica melancolía trasnochada del recuerdo remanente. Vengo sencillamente a guiar tus acciones predestinadas.

- ¿A qué te refieres con esas acciones y el acto de melancolía?

- Mira los identificadores de huellas dactilares a ambos lados de la compuerta; pruébalos hasta que tus dedos desposeídos de identidad personal den con el que se corresponde con tu papel primigenio dentro del Proyecto Ornitorrinco.

Podría no hacerle ningún caso, pero se lo hago de igual forma que quienes se dicen libres eligen sus propias cadenas. Comienzo a pulsar los distintos lectores de maquinalmente mientras que continúo interrogando a mi extraño visitante:

- ¿Alguna vez descubriré quién soy y por qué no siento ningún tipo de emoción?

- Basta saber que eres quien fuiste, pero te empeñaste en no ser. Nos hemos visto obligados a interceder en el Proyecto Ornitorrinco, a intervenirle desde nuestra congregación de luz, es vital esta revolución emprendida y la permanencia incólume de La Verdad Universal. La política jamás podrá doblegar a la fe, la vuelta al mito como gnosis irrefutable será la demostración del fracaso del logos y de su posterior ahogamiento a través de la alienación subterránea. Devolveremos el estado humano primigenio a la población mundial. El Partido Vertical de Supervivencia no se saldrá con la suya, somos la última resistencia y nuestros adeptos son ya una legión.

Asisto imperturbable a su exposición grandilocuente e incomprensible. Mi rictus indolente le escruta impávido. Continúo oprimiendo lectores hasta que un piloto cambia de rojo a verde y una voz resuelve: "Tokken Número 3, introduzca su último recuerdo inconsciente en el portal de teletransportación definitiva". Un cajón se descorre en un lateral de la compuerta a la altura de mi cintura.

- ¿Ves Tokken Número 3? Ya eres alguien, ya no eres "ene" -ironiza Careta de Cerdo mientras suelta una grotesca risa animal-. A eso justo me refería, al acto simbólico de enterrar la remanente de la nostalgia, esa leyenda del recuerdo. Se trata de dejar limpio por completo a tu cerebro colectivamente único.

- ¿Cuál es mi último recuerdo inconsciente?

- Vamos, no me creo que no seas capaz de distinguirlo a pesar de ser el producto del borrado radical de emociones y de la implantación de conocimiento neto ajeno a cualquier sesgo perceptivo. No me creo que no seas capaz de recordar esa última gota de, digámosle, alma.

- ¿Qué debo hacer entonces para salir de este bucle, para ser, para vivir, para trascender al vacío y al absurdo?

- Debes romper con el último eslabón que te une a tu preexistencia, destruirlo hasta hacerlo desaparecer a través de una rebelión consciente transformadora, de un olvido militante en la erradicación del más mínimo atisbo de añoranza, mancillar la melancolía restante.

- ¿Cómo hacerlo? Necesito partir de cero sin la sensación constante de tender justo a eso, a la nada.

- ¿Notas algún, por así decirlo, dolor o molestia? Aunque estás diseñada para carecer de sensaciones, no lo haces en tanto en cuanto a conocer el concepto; no sentirlo, pero sí reconocerlo desde la implantación de información referencial carente del estímulo y del instinto.

- Noto una especie de... no sé cómo llamarlo, rememoración de molestia en mi pie derecho, desde luego no es dolor desde la perspectiva de la sensación, pero sí desde su comprensión teórica instalada dentro de mi mente.

- Ese "dolor" encapsulado en su concepto es justo el elemento desencadenador del ritual purificador. Debe convertirse en el transmisor necesario que cohesione esta cadena geométrica de hechos para recuperar un mundo que crea en la fe. Será el punto de inflexión que devenga en lo improvisto.

- ¿Qué tengo que hacer con este pie racionalizando un dolor que no siente?

- Muy sencillo: patear sin piedad a este diminuto erizo de metal que te observa implorante hasta destrozarlo por completo. No tendrás remordimiento alguno.

13:00 - 13:59

La sincronía entre el ruido crujiente producido por patadas y pisotones y el aviso sonoro tras la compuerta dibujan un vals casi industrial. Al término de mi ritual destructivo, un líquido espeso mitad verdoso, mitad negruzco impregna la punta y la suela de mi bota blanca. A su lado descansa un amasijo de cables y de metal, un mar estrellado de micropuntas torcidas, colgando lacias. Una amalgama informe de aleaciones sobre un charco de violento cromatismo verdinegro.

- Muy bien, Tokken Número 3, qué fácil es llevar a término una conducta sin capacidad alguna para responder por nuestros propios actos. Es tiempo de romper el bucle temporal que regía tu naturaleza original.

- ¿Va a seguir abierto este cajón indefinidamente y resonando esta dichosa alarma después de haber hecho papilla a mi último recuerdo remanente?

- Es probable. Tu camino va a torcerse de manera inesperada -me dice Careta de Cerdo esbozando una sonrisa tan ordinaria que ni siquiera resulta fea-. Asumiendo que no recordarás nada de tu preexistencia, al menos disfrutemos de tu nueva existencia con capacidad para hacerlo. ¿Has visto anteriormente este símbolo? -me indica mientras abre la palma de su mano derecha situándola justo delante de mi cara.

- Sí, lo he visto antes -concluyo. El símbolo tatuado en su mano es idéntico al que me encontré en la cápsula de la que emergí, serigrafiado detrás de donde había reposado mi cabeza: φ.

- La representación del número áureo. Su fórmula matemática es la clave que ha permitido unir espacio-temporalmente los dos mundos con vida: La Tierra, nuestro origen, y Keppler 442B, el planeta destinado a salvarnos de la apostasía global en la que está sumiendo el Partido Vertical de Supervivencia a la humanidad. Gracias al agujero de gusano generado a través de dicha fórmula, haremos viajar a todos los fieles, convirtiéndolos en los verdaderos creyentes, el último poso de rebelión frente a los nuevos postulados que regirán el gobierno mundial a partir de ahora.

- ¿Por qué estoy implicada en esto? Sigo sin comprender la asociación...

- Eres producto del Proyecto Ornitorrinco como te expliqué antes, el primero de muchos planes propuestos por el Partido Vertical de Supervivencia. El Señor Xideces fue el mecenas que sacó adelante semejante babilonia conceptual y científica. Pero eso no importa, sería bucear en un pasado del cual no dispondrás ya nunca. Eres el producto de la ausencia emocional impuesta. No hay tiempo que perder. Desde la secta de luz hemos desarrollado un complejo sistema para transportar micro excrecencias de anélido, algo así como un agujero de gusano para uso individual.

- Entiendo que tu finalidad es mi tele-transporte hasta el propio Keppler 442B. ¿Es seguro el procedimiento?

- Antes de Keppler 442B se intentó descubrir vida a través de procedimientos complejos que auspiciaron los más importantes astrofísicos e ingenieros de la NASA, pero tras el fracaso sufrido por la trágica suerte que corrió la misión de la aeronave VR 27/98 y toda su tripulación, la única subvención millonaria ha sido la recibida por el mecenazgo del Señor Xideces al Proyecto Ornitorrinco, todo ello con el apoyo firme del infame Partido Vertical de Supervivencia. Al menos la explosión de la estrella enana roja que redujo a la nada el planeta Ítaca y con ello a la misión espacial, nos permitió investigar vías para desplazar la materia a través del espacio y del tiempo.

- Tú ganas, Careta De Cerdo, mi completa indolencia militante es la guía. ¿Cómo puedo atravesar esa excrecencia anélida individual de la que dispones?

Como respuesta, Careta de Cerdo se agacha hasta quedar de rodillas frente a mí. Me mira fijamente y abre su boca hasta que suena un crujido. Su mandíbula inferior desciende suelta hasta convertir sus fauces en una suerte de abismo sin fondo por el que cabría sin problema. Su capucha se ha echado hacia atrás, parece un muñeco roto descuajaringado; sus dos ojos amarillos pétreos alojan un diminuto iris negro fijado en la parte superior de la bóveda lumínica y su cabeza ahora inerte se asemeja a la de una víbora gigantesca dispuesta a tragarse aquello que penetre en ella. Jamás un holograma pareció tan corpóreo. Definitivamente la realidad es fruto de nuestra imaginación.

14:00 - 14:59

La boca de Careta de Cerdo ha cumplido su función como portal de teletransporte. He sentido como me desmaterializaba para aparecer súbitamente en un estrecho pasillo oscuro. Huele a humedad retenida. Avanzo lentamente y, tras unos diez minutos, llego a su fin. Una cortina con motivos indios oculta mi destino. La descorro y surge ante mí una habitación circular iluminada artificialmente. Dos enormes perros dálmatas de loza en posición de descanso pertrechan cada lateral de la entrada. Frente a mí, un sillón orejero de escay, una mesita de centro con algunos elementos indefinidos encima y, justo detrás, una mirada inconfundible armada con gafas de pasta negra: es Alfonso Guerra, vestido de pana de arriba a abajo.

- Siéntese usted, Tokken Número 3, le estaba esperando -me indica con marcado acento andaluz.

Me aproximo al sillón y, mientras me pongo cómoda, reparo en los objetos que pueblan la mesita: un estragón XXL - Size, tres rayas blancas milimétricamente iguales junto a un paquete de maicena y una caja de DVD's con la filmografía completa de José Bódalo.

- ¿Dónde estoy, es esto Kepler-442B?

- Quite, quite. Está usted en la sala de estar de la hacienda El Chamaquito, el lugar más acogedor del único satélite con el que cuenta ese planeta, el satélite "Todo es Fantástico, Todo es Colosal".

- Cara de Cerdo me había dado instrucciones precisas sobre cuál era el destino al que debía llegar, Alfonso.

- A ver cómo se lo explico yo... estamos hasta la punta de la polla de la Secta del Sol y sus gilipolleces varias. Aquí se tienen que hacer las cosas como Dios manda -brama un desatado Alfonso Guerra, apelando al espíritu de La Transición.

- La verdad es que no entiendo con los cálculos geométricos y fórmula del número áureo aplicada cómo he podido desviarme a través de la excrecencia de anélido individual hasta aquí.

- ¿Número áureo? Mire, yo soy de letras. Y político además.

- ¿Acaso usted podría ayudarme a que recuperar mi memoria?

- Ése es el objetivo por el que hemos intercedido en los planes de la Secta del Sol. Una vez que el Proyecto Ornitorrinco ha sido abortado, al menos hagamos lo posible por aprobar los Presupuestos del Estado a través de actos filantrópicos como éste.

- Estoy encantada con esta medida adoptada, ¿cómo se supone que recuperaré mi memoria?

- Es relativamente sencillo, pero lleva su tiempo -Alfonso Guerra da unos pasos hacia un lado y deja a la vista un televisor apagado de pantalla plana detrás de él. 42 pulgadas-. Para empezar, tiene usted que ver todas las películas protagonizadas por José Bódalo, una detrás de otra. Y después, es fundamental la lectura de estos dos libros extraídos de la Biblioteca Universal de Twitter, ya sabe, el equivalente actual a la Biblioteca de Alejandría -me acerca ambos y los observo entre mis manos.

Ambos volúmenes son relativamente ligeros y con portada chula. Leo sus títulos: "Antología del chiste y su relación con el zapato castellano" y "Poemas intensos para follar por teléfono".

- Si no queda otro remedio, procederé a realizar estas acciones con el fin de recordar todo de nuevo, pero me queda una gran duda relacionada con usted, ¿no está de acuerdo usted con una nueva religión universal que devuelva a las personas su espiritualidad, instinto y libre albedrío humanos?

- Yo soy más de Ciudadanos -concluye escuetamente.

15:00 - 15:59

Alfonso Guerra hace rato que se marchó. Al día siguiente se citaba con un compañero político, Pedro Sánchez, ambos presidirían un brunch con una conferencia previa acerca de lo bien que se sentían representados como republicanos por la monarquía de su reino, un territorio habitado por una atrasadísima civilización, el cual se halla unido geológicamente por error de la Pangea terrestre a un continente vetusto y decadente: Europa. Yo me quedo leyendo el libro de poemas twitteros que me dejó entre otras cosas. Intenso y poblado de fotografías porno soft en blanco y negro. Firmando cada soneto alejandrino, una ilustración de los autores: avatares de barbas y de pelos aseadamente largos, tatuajes y "actitud canallita" que escondía a padres de familia frustrados, con renovación anual de la pulsera de Parques Reunidos. Las labores encomendadas por el hombre de micropana para recuperar mi memoria eran arduas: la lectura de los dos libros y el visionado de la filmografía de José Bódalo. Encendí la televisión con DVD extraíble y no dudé ni por un momento con qué película comenzar el maratón fílmico: "Volver a empezar", de José Luis Garci, ese director empeñado en facturar sin éxito el tipo de cine que le gusta. Aun así, ignoro si fruto de mi conocimiento inferido o motivada por comenzar a recuperar algún recuerdo, me quedé petrificada al rememorar a Antonio Ferrandis pisando el césped de El Molinón al volver a Gijón. Ahora sé que estoy volviendo a recordar, otra imagen nítida se dibuja en mi cerebro. Me encuentro sentada en un sofá de cuero beige, vestida con un pijama a rayas negro y amarillo. Hojeo una revista Pronto del año 1987. Sabrina en la portada, predicando senos generosos de areola pequeña, desafiante y parda. Todo ello en contraposición a las areolas rosadas y grandes, las denominadas por estudios científicos como "mortadelas", a las formas de competidoras pectorales como Samantha Fox. De súbito, escucho una voz:

- Hija, menudo especial estoy preparando para Televisión Española en honor a "la batalla de las tetas" que se ha formado. Una gala con Sabrina Salerno, Ángela Cavagna, Samantha Fox, Danuta Lato, Carmen Rousso... incluso participa por nuestro país una politóloga de altura y artista, Marta Sánchez.

No doy crédito, mi padre es el mismísimo Ángel Casas con esa sonrisa porcina entrañable. Estos primeros influjos de la mente me sorprenden sobremanera; me incorporo y me acerco tambaleándome a las paredes del cuarto de estar de El Chaparrito: ¡Soy hija de Ángel Casas! Inaudito, incomparable, inusitado hallazgo. Los recuerdos acucian mi pensamiento hasta convertirse en cortinas que solapan mi propia capacidad sensorial y vuelvo a zambullirme en mi nuevo pasado, recuperado a cuentagotas. Estoy tirada en una cama, Leo una SuperPop. Paso por páginas dedicadas a Jason Donovan, a Big Fun, a Glenn Medeiros e, incluso, a The Real Milli Vanilli. Llego a las grapas centrales: regalan un espejo ovalado de bolsillo con marco de plástico morado. En tipografía redondita, un mensaje en la página contigua dice así: "Mírate y completa tu círculo perfecto". Despego con cuidado el espejo y lo llevo frente a mi cara. Todos mis rasgos aparecen difuminados, estoy desenfocada, salvo por un detalle en mitad de mi frente: tengo grabado el número tres. ¿¡Pero esto qué es!? ¿¡Pero esto qué es!?

16:00 - 16:59

No salgo de mi asombro al haber descubierto los primeros indicios de mi pasado. No me he recuperado del todo como para asumir la paternidad de Ángel Casas cuando la puerta de la sala de estar de El Chamaquito se abre. Una minúscula monja peruana hace acto de presencia. Avanza a minúsculos pasos y se me queda mirando fijamente con un rostro poco menos que legendario. Levanta sus ojos achinados, plagados de arrugas alrededor, sonríe ampliamente y su boca desdentada exclama:

¿Quieres pipas?

¿Cómo?

Que si quieres pipas.

Porta un mando a distancia Bluesky y se sienta a mi lado en el sofá beige. Me dice que tenemos contrato con Movistar Monopolio Universal y que nos llegará señal de La Tierra por la televisión sin problema alguno. El primer canal que sintoniza muestra un debate intelectual a tres entre Manuel Bartual, Miguel Bosé y un holograma viviente de Heráclito de Éfeso. Antes de cambiar de canal, una imagen queda para mis nuevos recuerdos: un primer plano con la mirada perdida -cuidadosamente perfilada por eyeliner negro delirio- de Bosé preguntándose a sí mismo: "Aún no he llegado a saber si, durante el coito, los pedos vaginales o, en su defecto, los anales me desconcentran o me excitan más". Tras un zapping severo, la monja peruana sintoniza el canal de La Guambia Bariloche. Nos llegan imágenes de los que parece una nave industrial con un ambiente propio de una rave decadente de Paco Pil. Cámara y micrófono en mano, los corresponsales del canal televisivo siguen a un montón de enfervorecidos individuos de ambos sexos, vestidos con ropajes rojos y un medallón dorado pendiendo de su cuello. En la mayoría de casos se muestran extraordinariamente lubricados a las formas de gladiadores romanos. La trayectoria fílmica de José Bódalo no ha podido ser aún disfrutada en su totalidad por mi parte; es por ello que sólo he recuperado algunos islotes dispersos del recuerdo, los suficientes para distinguir entre la multitud a algunos futbolistas retirados de los años 90. Desfilan ante la pantalla uno tras otro como si salieran de un improvisado túnel de vestuarios: Ceballos, Quique, Belsué, Aguilera, Fradera, Eskurka, Lardín, Rafa Paz, Mijatovic, Kodro y Latorre. Todo el mundo corre hacia una nave anexa, los reporteros de la Guambia Bariloche son empujados, golpeados, ignorados, pero no cejan en el empeño de retransmitir un momento que tiene visos de ser histórico. Al entrar en la nueva nave, un musculado y enorme hombre calvo, ataviado con una túnica naranja se encuentra frente a un embudo invertido conectado a un sinfín de cables y máquinas. Detrás de él, varias personas están encerradas en lo que parecen unos tubos de ensayo gigantes. La monja gira su cabeza hacia mí, abre sus ojos todo lo posible y me espeta: "Muy pronto, tú también estarás con ellos".

17:00 - 17:59

"Seguimos en directo para todos ustedes desde La Guambia Bariloche, su canal preferido si desea ser manipulado por los medios de comunicación sin darse cuenta. Servidora, Sagrario Panpagordos, les retransmite estos convulsos momentos que estamos viviendo desde la nave industrial de El Chorrillo, en pleno barrio de Los Mosquitos, justo donde termina la calle Camichi. Haz de Luz, el líder reconocido de esta nueva secta de fanáticos, se dispone a dirigir el ritual para la apertura del agujero de gusano que permita permutar las variables espacio-temporales. Los elegidos se encuentran encerrados en una especie de vainas gigantes, la expectación alrededor es máxima. La muchedumbre se agolpa. Con nosotros tenemos en exclusiva para la Guambia Bariloche el testimonio de una de sus figuras más lúgubres: El Jato.

  • Bienvenido, Jato. Es todo un honor que hayas decidido brindar tus declaraciones en exclusiva para La Guambia Bariloche.
  • Gracias, se me antojaba una labor irrenunciable. Nuevo Sol ha comenzado a experimentar divergencias internas. Como toda corriente revolucionaria, los distintos enfoques producen una dinámica de construcción de opinión que, en la medida de lo posible, aspira a reforzar la idea que sostiene su tesis primigenia.
  • ¿Por qué reniegas de tu anterior denominación en la secta, cuando eras reconocido como El Mesías Carletes? Muchos empezamos a interesarnos por tus propuestas para un mundo mejor basadas, esencialmente, en consumir cuando se está triste y en hablar a voces en cualquier lugar público.
  • La razón principal es porque..."

De pronto, un súbito crujido atraviesa la nave dejando a entrevistador y a entrevistado sin voz alguna, con la boca abierta, asistiendo anonadados a algo que queda fuera de plano de cámara. La monja peruana me mira fijamente con sus ojos sin niña desde su lado del sofá, parecen minúsculos anos mamíferos coronados por una minúscula chispa negra. Se abalanza sobre mí y con una fuerza imposible de presuponer, me agarra del cuello y estrella mi cabeza contra la pantalla del televisor. Caigo desvanecida en algo parecido a una muerte dulce.

18:00 - 18:59

(Inconsciente).

19:00 - 19:59

Me despierto poco a poco, narcotizada, la cabeza me late como si tuviera un alien dentro. Abro paulatinamente los ojos y frente a mí un lúgubre personaje me increpa:

- Elije, Gordillo o Olías.

- Será Gordillo u Olías -le replico.

- A nadie le importan ya esas cosas -concluye.

Estoy introducida en una cápsula de cristal gigante. Frente a mí, un hombre vestido de pierrot me tiende las dos palmas de la mano con un cromo de jugadores del Real Betis Balompié en cada una. Temporada 94-95, Gordillo en la izquierda, Olías en la derecha.

- Vamos, no me hagas enfadar, decídete: Gordillo o Olías -repite el pierrot con ojos inyectados en sangre.

- Gordillo, por jugar con las medias bajadas hasta los tobillos -respondo finalmente.

- Bien, tu elección permite determinar la banda sonora de fondo que se escuchará desde El Chaparrito mientras tu mundo es succionado: El Ventilador, de Gato Pérez. Este agujero de gusano absorberá la casi totalidad de vida inteligente del universo, salvo la de los elegidos, entre los que te encuentras tú. El final será un nuevo principio. Douglas Adams se quedó corto, no serán los delfines los que abandonen La Tierra, serán todos los seres vivos, incluso los que están muertos sin haber fallecido. Impuesto al sol.

20:00 - 20:59

Desde mi cápsula sellada, asisto a una macro-catástrofe cósmica. Impávida. La liberación violenta de energía que produce cualquier explosión es un mero hecho. Las circunstancias del instante, sea éste el que sea, son meros trazos de un vasto lienzo que no sabe ni de tiempo, ni de espacio.

La obsesión por renacer, por volver a empezar de cero, porque los finales sean sucedidos por un nuevo principio es una constante en las limitadas capacidades humanas de conocer, interpretar y adaptarse. Un error incrustado desde que el hombre es hombre; el de ver la vida como una línea recta, derivado de la incapacidad gnoscitiva al no comprender las variable temporal como un todo absoluto, sin pasado y sin futuro.

Nos enseñaron que el presente no existe; otros, los más nihilistas, nos quisieron convencer de que era lo único que importaba. Y nadie fue capaz de entender el tiempo como eterno, como una dimensión infinita en la que el "durante" lo ocupa todo.

No hay lugar para renacimientos, para derrotas, para intentos, para anhelos, para deseos... no lo hay porque, precisamente, ocupan un todo indisoluble, el que verdaderamente da sentido al universo. Todo forma parte de todo, nada es prescindible o imprescindible porque cada pieza, no es que sume o reste, es que integra, da sentido más allá de cualquier valor subjetivo que desde nuestro minúsculo papel nos atrevamos siquiera a considerar.

Es por ello que renuncio a la tarea de buscar, esa tarea que requiere de un fin, una meta a la que tender, un vacío, un hueco que se anhela rellenar. Asumo, como única y completa, la tarea de encontrar: la auténtica libertad de quien nada espera porque todo piensa sin el lastre de sentir.

Eso es lo que vosotros no sabéis, pero, sin embargo, asumiréis sin aferraros a remilgos.

21:00 - 21:59

Un apocalipsis furtivo a distancia, telegrafiado por el absurdo existencial. Disfruto de una tribuna preferente, juego un papel involuntario como espectadora de lujo del sinsentido más abúlico perpetrado nunca. Me duele el universo.

Desde aquí, La Tierra se me antoja una resquebrajada bola de fuego repleta de socavones negros y explosiones que parecen llagas anegando tierra y mar. El mundo siempre nos dolió. La vida fue lo suficientemente ajena como para devenir en insolencia natural.

Recomenzar para borrar el ayer, juegos de manos obrados por dioses de saldo. Y alguno creerá aún en las segundas oportunidades, en la purificación, en el consabido borrón y cuenta nueva. Y no, no cambias, no renaces, no vuelves de donde nunca has estado. La auto-ayuda del cretino, la trascendencia del mediocre, las ínfulas del ignorante.

Todas son, sin excepción, la misma mierda.

22:00 - 22:59

Estoy cansada sin poder estarlo de mirar a mi planeta herido, de asistir a su final. La distancia emocional devino en espacial y mi semblante impávido refleja heridas geofísicas irreparables. Algo llama súbitamente mi atención desde el suelo. Descubro una minúscula maraña metalizada arrastrándose desde la entrada a esta extraña habitación ingrávida. No cabe duda: se trata de los restos del erizo que destrocé sin atisbo de piedad cuando me encontraba junto a Careta de Cerdo en los pasillos blancos de la astronave. De allí surgí, como una semilla incrédula, escupida por inercia a una existencia involuntaria y arrebatada.

Aunque me encuentro encerrada en esta cápsula transparente, mi oído capta un chirrido metálico cada vez que el minúsculo animal artificial arrastra su única patita, unida a lo que queda de su cuerpo aplastado para avanzar apenas unos centímetros. Imagino el camino interminable que habrá emprendido hasta llegar aquí. Mi último recuerdo remanente empeñado en volver, haciendo evidente que no olvida quien no quiere recordar, sino quien es capaz de hacerlo estando en paz consigo mismo. Mi manera de cuestionar el comportamiento humano roza el sarcasmo: más allá de no saber quién soy, no sé ni lo que soy. ¿Creación? ¿Azar? ¿Sueño? ¿Principio? ¿Final?

Tampoco entiendo el revuelo que causa asistir al fin del mundo o entablar estériles discusiones acerca de ello. Nada más fácil que destruirlo por uno mismo. El mundo es un concepto, es aquello que, en base a nuestras cualidades perceptivas y cognitivas, racionalizamos emocionalmente en nuestro cerebro. Existen tantos mundos como seres pensantes. Por tanto, basta un mero hecho para darle muerte al mundo: morir uno mismo.

A mi corporalidad exenta de alma no le hace falta morir, no vive como tal; si acaso lo hace con un hilo imperceptible de levedad: la mirada misericordiosa de ese par de minúsculas esferas negras a flor de tierra que me escrutan con aliento de perdón.

23:00 - 23:59

La Tierra, tan lejos, parece una inmensa cara hinchada, violentamente deformada, salpicada de cráteres, de impurezas, de detritus... sí, en efecto, de lastre humano, demasiado humano que diría Nietzsche. Un sinfín de naves escapan de esa grotesca torta estelar; se asemejan a lágrimas postreras, cuando la batalla no reconoce al vencido, a líneas de fuga imposibles que huyen de un final que no conoció principio.

Asisto impávida a un desenlace en el que la humanidad elige recomenzar sin ser capaz de olvidar el ayer; o quedarse para afrontar el imprevisto apocalipsis. Y yo, inerte, pero viva, consciente de mi indisoluble incertidumbre, echo de menos recordar, con toda la imprecisión, indolencia y gratitud de una memoria carcomida por la infatigable carga de existir con un único fin: el de morir viviendo, meta insólita, imprecisa, hegemónica...

Echo de menos recordar, sí

Echo de menor recordar la herida que se curó olvidando.

Echo de menos recordar por quien habría vuelto a morir sin dudarlo.

Echo de menos recordar una fantasía suicida quedando sorpresas por delante.

Echo de menos recordar a las personas por las que merece la pena despertar.

Echo de menos recordar una carta leída que nadie escribió nunca.

Echo de menos recordar lo que no deseé aprender.

Sí, echo de menos recordar

Las lágrimas imaginadas surcan el espacio, su destino es un planeta desde el que partir de cero. El ciclo del sinsentido existencial, tiempo lineal, quebrado universal.

Y yo, el que escribe, y tú, el que lees... ¿acaso no somos las dos caras de un instante invertido? La intención de uno, las consecuencia de otro... todo está interrelacionado, somos uno, sin importar opciones, elecciones, renuncias u omisiones.

Y celebro, celebro no ser tú porque somos el mismo.

FIN