Otra

26.08.2015

El efecto de las drogas empezaba a decaer, como lo hacía su juventud, dejando paso a la creciente madurez impuesta a la fuerza. Las piernas ya no le flaqueaban, podía alzarse y caminar, ir hasta el lavabo donde hacía rato que deseaba vaciar la vejiga. Un reloj de pared, feo como pocas cosas, marcaba las siete y cuarto de la mañana. Si no iba errado, era jueves. La fiesta había estadio bien, pensó, meando. Lástima que la mayoría había quedado KO demasiado pronto por culpa de aquella pastilla en forma de estrella. El camello habitual había asegurado que era la hostia, pero resultó tener demasiado caballo y las ganas de bailar dieron paso a escenas relativamente tristes, la gente tumbada en los sofás poniendo caras, con piel elástica, y moviendo la mandíbula como enfermos. Él, cuando estaba sereno, se intentaba convencer que ya no tenía edad para aquel tipo de fiestas, pero casi cada vez que se presentaba una oportunidad volvía. Y otra noche sin dormir y mañana a trabajar, con todo lo acumulado, con el peligro de caer del tejado desde el que observaba a la multitud dispersa por la ciudad. Despreciaba su trabajo. La gente fue marchándose, hasta que solamente quedó él en pie. El anfitrión hacía rato que dormía. Toda la noche hablando lentamente, la boca pastosa, toda la noche con aquella música que de día era incapaz de soportar. No sabía si aprendería alguna vez, ni si quería aprender. Aquellas noches en vela le mantenían aferrado a la juventud que se le escapaba, a la vida que nunca tendría.