Paul Austerentre el entusiasmo y la apatía.

03.07.2018

Empiezo la sección "Biblioteca" (unos estantes de lecturas y referencias), con el autor nacido en Newark (New Jersey, USA) en 1947, ya que creo que es uno de los escritores de los que más libros he leído y, además, porque terminé hace poco su última novela y sigo debatiéndome entre el entusiasmo y la apatía.

Conocí la literatura de Paul Auster gracias a mi primo, con quien conviví cinco años (de los 23 y poco a los casi 28) en un piso del barrio de Horta-Guinardó, en Barcelona. Fue una época en la que leía de forma casi compulsiva. Mi compañero de piso era consumidor asiduo de libros de este autor y después de muchos "deberías leer algo suyo" me dejé convencer y me recomendó empezar con La Trilogía de Nueva York (1991). La obra en general me gustó bastante aunque ya mostraba indicios de lo que sería a partir de entonces mi pugna de amor y apatía hacia el norteamericano, pues Auster es alguien capaz de crearme contradicciones como pocos escritores o escritoras. Estas contradicciones que, como digo, empezaron ya con la primera novela que leí, se deben básicamente a la dualidad de cierto entusiasmo, nunca demasiado, y cierta sensación de quedarse corto, nunca mucho tampoco. De La Trilogía de Nueva York, que son tres relatos largos (Ciudad de Cristal, 1985; Fantasmas, 1985 y La ciudad cerrada, 1986) destaco con entusiasmo el primero y a los otros dos los pondría en el mismo lugar, entre está bien y no está mal, un lugar en el que yo me sentiría incómodo. Mi introductor a Auster me recomendó entonces que leyera La música del azar que es posterior a la primera, pero se editó antes, al menos en nuestro país.

La música del azar (1990) nos cuenta las andanzas de Jim Nashe, un hombre que ha heredado una pequeña fortuna de su padre y se dedica a recorrer América en su coche hasta que conoce, cuando ya le queda poco dinero, a un jugador de póquer con quien decide asociarse para recuperar la fortuna que se ha dilapidado. La gracia principal de esta novela, a mi modo de verlo, es que tiene dos partes claras y bien definidas: la primera es la típica historia de carretera en la que salen moteles, personajes curiosos y pintorescos y en las que Nashe vive a la suya; la segunda es a partir del momento en que Nashe comparte su vida con Pozzi (el jugador de póquer) momento en que el estilo narrativo y la trama dan un giro interesante y se convierte en una historia oscura, a momentos angustiante, llena de una fantasía claustrofóbica y cada vez de más difícil pronóstico. Auster juega de forma elegante con las dos tramas y transforma con estilo a su protagonista principal mientras el segundo se mantiene como una especie de ser que podría ser mucho más de lo que es y a la vez mucho menos. Aquí el autor demuestra una capacidad de construcción de personajes envidiable, detallada, precisa y elegante. Su lenguaje es más ligero que en la trilogía y el ritmo más vivo, más iluminado. El entusiasmo por esta novela me hizo querer seguir leyendo a Paul Auster y lo hice con El Palacio de la luna (editado aquí por Anagrama en 1991).

Sin embargo, El Palacio de la luna me devolvió a la ligera decepción que ya noté con mi primera lectura. Está bien escrito, esto es algo ineludible en Auster, siempre escribe bien, pero repite la historia de hijos con padres que no conocen y la pérdida de orientación en la vida que esto supone a los protagonistas, almas que parecen erráticas pero no lo son tanto, personajes minuciosos y construidos a consciencia, casi hasta el punto del exceso. Además, a mi parecer, El Palacio de la luna peca en ocasiones de detalles sobrantes y se vuelve, incluso, insulso en algunos momentos. El lenguaje podría decir que es incluso más ligero y vital que el de La música del azar, más coloquial y en consonancia con la historia que nos está contando, en el sentido de que Auster ha encontrado su forma de narrar y se recrea en ello. Encontrar cual es la forma en que más te gusta escribir y tener un historia hecha a medida (o al revés), debe ser un placer, sin embargo (siempre en mi modesta opinión, la de quien sabe poco) se recrea tanto que al poco uno piensa que esta obra podría haber durado dos terceras partes y no se perdería nada. Además, aparecen de nuevo esos aspectos que se van repitiendo en Auster a lo largo de su obra: el uso de ciertos tópicos propios y también la desviación en ocasiones de la trama sin que esta trama parezca aportar algo esencial.

Así pues, y seguramente me equivoqué, decidí saltarme Leviatán (1992) y Mr. Vértigo (1994), aunque pronto me leeré la primera de las dos pues insisten algunos amantes de Auster en que es de lo mejor que tiene, y pasé directamente a Tombuctú (1999). La sorpresa fue muy grata y me reconcilié con el autor que me había enamorado con La música del azar. En Tombuctú Auster escribe a través del punto de vista de un perro que acompaña a un poeta y ambos personajes se deciden a abandonar Brooklyn buscando un hogar para el perro, Mr. Bones, ya que el poeta cree que va a morir pronto y el perro es su único y mejor amigo. A lo largo del periplo, los ojos de Mr. Bones nos hacen descubrir al protagonista humano y dan un toque original, divertido y entrañable a la novela. Otro de los tópicos de Auster, hay que decirlo, es Nueva York y, sobre todo, Brooklin, y si bien se convierte en otro personaje de sus novelas resulta algo molesta su presencia constante.

Curiosamente esta dualidad mía con Paul Auster se ha ido dando también en el orden de los libros que he leído, pasando de uno que me entusiasmaba a otro que no, de tal manera que cuando dejé Tombuctú y al cabo de un tiempo tomé La noche del oráculo (2003) quizá ya iba predispuesto a quedarme con ganas de más, y es lo que me pasó. Esta novela sobre alguien que se reinventa a sí mismo y escribe sobre alguien que no es él pero se va convirtiendo en él, con la compañía de un peculiar cuaderno azul, que le da algo de fantasía al relato, no me dijo nada, no me despertó ni entusiasmo ni aburrimiento, la acabé de leer ya que la forma de escribir de Auster es ligera y fácil y entra casi que te des cuenta (cosa que se agradece sobremanera y creo que es uno de sus puntos fuertes), pero al terminarla me quedé con cierto aire de vacío, como me sucedió con dos de las historias de Trilogía de Nueva York y con El palacio de la luna. Ahora, con el tiempo, veo que se me quedó muy poco de La noche del oráculo y que soy bastante incapaz de resumir de que iba, sí que tengo la sensación de que la idea era buena, pero no recuerdo lo que pasa en ella.

Soy como soy y pensando que la siguiente de Auster me gustaría mucho, me embarqué cuando se publicó en la lectura de Viajes por el Scriptorium (2006). Me encontré aquí con un Auster sobre Auster, es decir, un libro de Auster hablando de los personajes de Auster a través de un hombre sin memoria en una habitación en blanco, solo con algunos papeles, que recibe visitas de otros personajes de otras novelas de Auster y, así, va recobrando lentamente la identidad. Me parece con diferencia, de lo leído hasta hoy, lo peor de Paul Auster. Así, que abandoné temporalmente a este autor hasta que llegó la última y casi monumental 4 3 2 1 (2017).

4 3 2 1 es sin lugar a dudas la obra magna de Paul Auster, magna en cuanto a dimensiones y también en cuanto a capacidad y portento literario, al menos hasta ahora. Él mismo declaró que parecía llevar toda la vida preparándose para esta novela. Si seguíamos con mis altibajos en su bibliografía, 4 3 2 1 tenía que gustarme mucho. He de decir que el planteamiento de la novela y sus inicios me parecen muy alentadores: aquí Auster nos explica la infancia, adolescencia y primera etapa de la vida adulta de Freguson, un chico de origen judío que, ¡oh, sorpresa!, vive en Nueva York y la adora. Auster nos explica la historia de Ferguson cuatro veces, pues en un momento de su infancia se crean cuatro vidas posibles. La novela, pues, son cuatro en una ya que funcionan de forma independiente aunque atadas entre ellas por personajes comunes y por la construcción lenta, más que meticulosa y exhaustiva, del protagonista. Los campamentos de verano, el amor por Amy, las luchas universitarias de los 60, la guerra del Vietnam, la relación con su padre y sobre todo con su idolatrada madre y otros elementos se encuentran en todas las historias o en más de una de ellas. Ferguson avanza sin saber demasiado hacia dónde, va caminando por la vida viendo lo que sucede a su alrededor y él crece con ello (las películas porno del abuelo, la muerte de un gran amigo suyo, la búsqueda del amor, el camino hacia convertirse en escritor). A favor de 4 3 2 1 diré que me encanta cómo está escrita, es un lujo cuando un autor o autora puede hacerlo así, con un lenguaje algo más complejo que en obras anteriores, pero sin resultar tedioso, y en una trama tejida por Auster como una araña capaz de detectar la vibración más mínima en el hilo más alejado. No obstante (y quizá se debe, ahora que lo pienso, al hecho de que cuando empecé a leer a Auster tenía yo 25 años y ahora supero los 40) ante esta obra magna, literariamente rozando la perfección (el estilo, la estructura, las temporalidades, la riqueza de los personajes secundarios y de la historia que los va situando), a medida que iba avanzando en su lectura, cada vez se me hacía más fatigosa. Fatigosa en el sentido de que llegué a tener la sensación de que al final no llegaríamos a ninguna parte. Siguiendo con la metáfora de la araña: Auster teje una telaraña tan espectacular que te acabas perdiendo en su arquitectura y te olvidas de para qué servía, de manera que, al final, dejas de encontrarle sentido. Supongo que soy de los pocos, pero no el único, a los que ha pasado algo semejante. Imagino que hace adrede que Ferguson sea un personaje del que lo sabes todo, pero no sabes nada, él no tiene ni idea hacia dónde va en ninguna de sus cuatro vidas paralelas de manera que el lector tampoco, esto es tener una capacidad de construcción del personaje enorme, pero Ferguson me acaba resultando frío, algo ajeno, un personaje por el que no te sabe mal lo que le duele ni te alegras por lo que le hace feliz. Hay personajes secundarios (Amy, su amor en dos de las vidas o Rose, su madre) que generan mucha más empatía, más emoción, que Ferguson. Así con 4 3 2 1 me ha pasado de forma general y aumentada lo que me ha pasado siempre con Paul Auster: admiro su capacidad narrativa, sus personajes me parecen creados de forma sublime, la historia está envuelta de guiños y de detalles geniales, pero yo no acabo de conectar con lo que me está contando. Por ejemplo, y acabo ya, en algunas de las cuatro vidas de Ferguson hay escenas o aspectos tan pormenorizados y situaciones tan estiradas y alargadas que como lector necesito que se acaben ya para seguir con la trama, pero incluso con todo esto, no consigo que Ferguson me caiga bien ni mal ni mitad y mitad.

Sin embargo, siendo como soy, seguramente me leeré la que saque después de esta y, mientras, iremos haciendo camino con las pendientes.