Permítanme la licencia

28.04.2021

-Buenos días. Les he convocado porque necesito ser sincero con ustedes. Seré sincero ya que con la verdad desde el inicio todo es siempre más fácil a pesar de que, muchas veces, creamos lo contrario. Les trato de ustedes para mostrarles mi respeto que, quizá no sea necesario hacerlo así, pero permítanme la licencia, pues es como me salía al pensar en cómo decirles lo que tengo que decirles.

«Necesito este trabajo. Tengo dos hijos en custodia compartida que suponen unos gastos considerables y más ahora, que uno de ellos ha entrado en la adolescencia y come como una lima. Además, mis dos niños son grandes: altos, fornidos; de manera que hay que ir comprándoles ropa casi continuamente puesto que crecen sin control, o eso me parece a mí. Tengo que pagar un alquiler que no es moco de pavo. Agua, gas, luz, internet y también otros dispendios de vida, como la ropa para mí. Ya ven, no obstante, que visto con ropa que, aunque se conserva bien, tiene ya cierto tiempo y cierto uso. No me compro ropa de forma generosa conmigo mismos desde, uf, no sabría decirles.

«Necesito este trabajo para asegurar que la mayoría de estos gastos, entre los que me he dejado los productos de limpieza, la comida en general, el coche, las reparaciones que surgen siempre en el momento menos oportuno (una puerta que se rompe, una rueda que se pincha, una persiana que cae a peso) y las reparaciones, también podemos nombrarlas así, que hay que hacerse a uno mismo: medicamentos, medicina privada para aquello que no cubre la pública y que es la que más necesito yo (dentista, podóloga, osteópata). Todo ello, bien deben de saberlo ustedes ya que mi caso no es ni único ni especial, supone que al llegar a fin de mes, la cuenta bancaria esté al borde del suicidio. Hay gente que, gracias a sus estudios, sus méritos, sus enchufes (o contactos, que suena menos agresivo) o sus años, tiene unos sueldos considerables que le permiten no sufrir por ese fin de mes y permitirse, además, algunos lujos. Yo necesito pocos, créanme, y casi no tengo ninguno. Vicios sí tengo y no ayudan a estar tranquilo en el plano económico.

«Necesito este trabajo a pesar de que el sueldo me parece escaso y eso me hace pensar que a mí y a aquellos que trabajan de lo mismo y cobran lo mismo, en realidad y en el fondo, no estamos valorados. No sentirse valorado hace que uno ya, de inicio, se desmotive y más cuando ha intentado demostrar su valor y se le ha ignorado. Ignorar no es solo no escuchar o no atender, es atender pero luego olvidarse, es decir que sí cuando se tiene claro que será que no, también. A esta falta de motivación inicial por un salario pequeño que me hace pensar que no se me valora ya de primeras, hay que añadirle que las personas de otros estamentos y cargos que trabajan (o deberían) conmigo, tampoco me acaban de valorar ya que, las tareas que desarrollo (o debería) son difusas, inconexas, un parche para tapar un agujero que, en realidad, no piensa zurcir nadie. Eso desmotiva también, pues por mucho que te expliques, no se acaba de entender qué se hace ya que lo que se hace, es lo que hacen otros, pero mal. Es uno de los funcionamientos anacrónicos y de los males endémicos de la administración: en lugar de derribar y reconstruir una columna que no sujeta el techo, lo que se hace es poner más columnas que soporten el peso que debería soportar la primera. Y no es eso. Pero disculpen, no quería alargarme y lo estoy haciendo.

«Necesito este trabajo -y ya voy al grano-, pero sinceramente, no lo quiero y, sinceramente, no puedo dejarlo. Pero tampoco puedo hacerlo bien ni quiero ser la columna que hace peligrar la estabilidad del techo. No soy arquitecto así que quizá la analogía, no acabe de resultar acertada. Como iba diciendo: entre que el trabajo está mal pagado, no está valorado, no me gusta y, sobre todo y por eso lo he dejado para el final, sobre todo tengo la cabeza en otro sitio, me siento atrapado. No quiero estar aquí, sin embargo no tengo más remedio que estar aquí y, ya que tengo que estar, me gustaría hacerlo lo mejor posible. Díganme, por eso, ¿cómo voy a hacerlo lo mejor posible si no me gusta y no me lo creo y, para más inri, estoy pensando en cómo abrirme el camino para salir? Me siento atrapado. Si lo hago muy mal, perderé el trabajo; si lo hago muy bien, entro en una contradicción personal peligrosa ya que no puedo dedicarme lo necesario a labrar el camino y a la vez me siento mal, se lo digo con el corazón en la mano, por no hacer bien el trabajo. ¡Qué disparatado todo! Resumamos:

«Necesito el trabajo. No quiero el trabajo. Quiero hacerlo bien para no perderlo, no porque no quiera perderlo sino porque lo necesito. No puedo hacerlo bien porque lo hago por necesidad y no por deseo. Si no lo hago bien, lo pierdo. Si lo pierdo tendré espacio mental para dedicarme a lo mío, pero no dinero para mantenerme mientras me dedico a lo mío. Si no lo pierdo, no tengo espacio mental -ni temporal- para hacer lo mío y si no hago lo mío no podré dejar este trabajo. ¿Me entienden? Bueno, no sé ustedes, pero yo me quedo más tranquilo contándoselo aunque no tenga la solución. Supongo que toca todo aquello del paso a paso, del gota a gota se llena la bota, del sacrificio del ahora para un después mejor y blablablá. Pero el ahora es lo único que tenemos, el después quizá no llegue nunca. Yo que sé. Ya les dejo, disculpen que me haya extendido tanto y gracias por su tiempo. Lo haré lo mejor que pueda, atendiendo a las circunstancias. Espero que estén todos bien.