Perspectiva de un pozo visto desde abajo

07.12.2019

En el fondo del pozo viven cuatro personas: la que se cayó, las que se tiró, la que bajó pensando que podría volver a subir sin demasiado problema y la que fue empujada dentro de él. No es un pozo sin fondo porque no existen los pozos sin fondo, pero la impresión que da, cuando lo miras desde arriba, es que no lo tiene. Lo peor es mirarlo desde abajo, puesto que se ve la luz arriba y da la sensación constante de que es alcanzable. Mantiene la esperanza incluso de los que aseguran no tener esperanza.

Dentro del pozo el ambiente no está muy animado. Ya no quedan chistes por contar, se les han pasado las ganas de cantar o bailar, están agotados de comer siempre los mismos insectos o de roer los huesos de las ratas que se aventuraron alguna vez por ahí. El sexo se practica con cierta monotonía, es lo que pasa cuando tienes preocupaciones más acuciantes que satisfacer el apetito sexual, un apetito que se ha ido perdiendo. Ya lo dicen o, si no lo dice nadie, esas cuatro personas así lo creen, que lo peor de estar en el pozo es que se acaba perdiendo el apetito por cualquier cosa y uno se va consumiendo, hasta convertirse en polvo, como el que les sirve para tumbarse a dormir o para dibujar con el dedo o con un palito.

Una de esas personas cuenta los días dibujando rayas en la pared de piedra, cuatro rayas verticales, una diagonal, cuatro verticales, una diagonal. Otra estudia con metódica constancia la estructura del pozo y hace cábalas sobre cómo salir de él; una tercera tiene magulladas manos, piernas y tronco de tantas veces que se pone a escalar sin ton ni son y luego, por un pie mal puesto, por una mano agarrada en un saliente resbaladizo, vuelve a caer. La última es la que se pasa el rato mirando arriba, pensando en todo lo que hizo mal para acabar allí y en todo lo que hará bien cuando sale o, si está triste, en todo lo que hará si sale.

A la que cuenta los días con rayas en la piedra ya no se le puede decir ni pedir nada, puesto que se enfada si algo pone en peligro sus números, no soporta que la hagan perder la cuenta; está obsesionado en llevarlos con exactitud, se ha vuelto una tarea crucial, tanto que ya es toda su vida y lo demás no importa. A la que hace cálculos y planos solamente se le puede hablar cuando termina, suponiendo que esté animada; cuando tiene su idea terminada sobre el papel, le coge un ataque de euforia que puede acabar de dos formas: la más habitual es que ella misma la deseche, haciendo que no con la cabeza y arrugando las notas que ha tomado durante días o semanas, enfadado o decepcionado, la segunda opción es que se ponga a dar órdenes a las demás y que intente poner en práctica sus descabellados objetivos, que de momento nunca han funcionado y que deja nada más empezar quejándose de no tener los materiales ni el personal necesario; la tercera persona repite para sus adentros que a la próxima lo conseguirá, pero lo que no ve es que la última fue como la anterior, que copió de su predecesora y no sabe o no quiere saber que lo que convierte a un tonto en tonto es hacer siempre lo mismo y esperar diferentes resultados; por último, la cuarta habitante del pozo intenta contarles a los demás sus sueños y esperanzas cuando está contenta, o les hincha la cabeza con sus errores cuando está mustia o enfadada.

Al inicio se aliaban entre ellas, miraban qué podía aportar cada una: tú llevas las cuentas, tú trazas el plan, tú lo ejecutas y tú explicas a los demás cómo hemos salido. Después de tantos ensayos infructuosos que ya no tienen espacio suficiente para recordar, acabaron cada una a su bola. Al principio también tenían nombres, ahora se llaman todos "pssst, tú" o "oye" o "escucha". En el fondo todas esperan lo mismo, que baje alguien y puedan subir; y todos tienen el mismo miedo a la oscuridad y el frío de las noches. En cada coyuntura en que la persona que lleva la cuenta afirma satisfecha el número de tiempo que llevan allí, las demás no le hacen ya caso; todos los tiempos en que el de los planos se ha puesto a mandar y a construir estructuras con palos y huesos, las demás lo hacen con desgana, más para matar el tiempo que para ganarlo; siempre que la escaladora se pone en pie de nuevo y trepa, nadie le mira ni le anima, solo se apartan un poco para que no les caiga encima; ante las aspiraciones y desilusiones de la última, se limitan a decir que sí, que sí y le dan un par de palmaditas en la espalda sin mirarla a la cara, sin apenas haber escuchado nada de lo que ha dicho.

Si éste fuera un cuento con moraleja o una columna con mensaje, como el del ratón y el queso robado o el de los dos ratones en el vaso de leche, habría una forma basada en el esfuerzo y la confianza que les haría salir del pozo. Sin embargo, entre la que se cayó, la que bajó, la que tiraron y la que se tiró, el día que caiga una cuerda desde lo alto por la que puedan subir, quizá solo el que sueña en qué hará cuando salga y la que se pone a escalar, acabarían usándola sin pensarlo demasiado. Sin embargo esto no es un mensaje, ni una moraleja.