Piedra, papel, tijera

20.11.2019

Supongo que este título ya está cogido, pero da igual. Hace unos cuantos años empecé a sentir la necesidad de visitar a un psicólogo o psicóloga. Había ido mucho tiempo atrás, en Barcelona, un tipo simpático al que fui tres o cuatro veces hasta que me dijo que no hacía falta que volviera, que él no veía que yo lo necesitara. Dejé de ir. Era un momento bajo después de un cataclismo amoroso. Considero fundamental que se sufra como mínimo un cataclismo en la vida, ya sea amoroso, laboral, familiar, social... Un cataclismo, según el diccionario, o es un desastre natural que afecta a casi toda la Tierra o es una alteración de grandes proporciones que afecta al orden existente, en el mundo o en uno mismo. Sufrir un cataclismo personal nos hace aprender de golpe un sinfín de cosas que de otro modo se tardaría años o no se aprenderían nunca, y son de las que sí hay que aprender.

Años después de ese psicólogo simpático de una corriente que no recuerdo, volví a sentir la necesidad de asistir a terapia. La razón principal era que dentro mío se estaba removiendo algo, cada vez con más violencia e intensidad; creo que se puede hacer una analogía con los momentos antes de un parto, con las contracciones, empiezan casi de forma aleatoria y a medida que se acerca el momento, se incrementan tanto en cantidad como en potencia. Lo que se me removía por dentro actuaba igual, pero al no estar embarazado no podía definir exactamente qué me pasaba y pensé que una ayuda iría bien. Primero elegí por la guía a una psicóloga cognitiva cercana a mi lugar de trabajo de entonces, una chica algo seca y excesivamente profesional, que la convertía en una persona relativamente fría con la que me costó generar vínculo, ese vínculo tan indispensable que muchas profesiones (psicología, educación, educación social...) requieren. Fui unas cuantas veces hasta que empezó a ponerme deberes de cosas que tenía que hacer para cambiar mi situación. Pero no se trataba de eso, no supe explicarme o no supo entenderme o simplemente no conecté con ella, así que dejé de ir.

Por último vi, en el vestuario del lugar en el que practicaba yoga, actividad que reprenderé cuando pueda pues me iba de fábula, un anuncio de tres personas que ofrecían terapia, allí mismo, escuela Gestalt. Uno de mis mejores amigos iba a Gestalt y estaba encantado, así que me decidí y llamé. Por alguna razón que asocio a que me generan más confianza, cuando me preguntaron si prefería ser atendido por una mujer o por un hombre, decidí que fuera una mujer. El viaje al interior de mí mismo empezó entonces, después de la segunda o tercera sesión en aquella habitación pequeña sin ventanas, con olor a incienso y almohadas y velas. Ese viaje todavía dura hoy y ha tenido parada en diferentes estaciones, algunas importantes, incluso trascendentes, otras de avituallamiento. No entraré en demasiados detalles, más que para decir que uno no puede ponerse a viajar a su interior si no está dispuesto a enfrentarse a sí mismo y, eso, conlleva una serie de cambios que pueden trastocarlo todo. El sistema gestáltico, por si no lo conocéis, se basa entre otras cosas en poner al individuo de cara a sus emociones, es decir, que sea capaz de expresar qué siente frente a las situaciones que vive y descubrir que nada sale gratis, todo cambio supone renunciar a algo; todo papel tiene su tijera, toda tijera su piedra y toda piedra su papel.

El primer paso fue sentarme frente al niño de trece años que abrió una adolescencia interiormente muy complicada; el segundo fue darme cuenta (es otro de los fundamentos de la Gestalt, darse cuenta por uno mismo de qué te sucede, hacerte consciente) de mi realidad y por lo tanto atender a qué quería cambiar y qué no. Tomé la decisión de dejar el trabajo de educador en el que llevaba 20 años (en diferentes lugares y roles) porque mis deseos, mis ilusiones, estaban en otro sitio y me estaba distanciando de ellas acomodado al sistema fácil de un sueldo seguro. Poco a poco fuimos ahondando, sentados ya en otro espacio más lejano pero más agradable que aquella sala cerrada del principio. Ya había vínculo con la terapeuta, eso es primordial pues si no te abres no vas a ninguna parte. Hablábamos del día a día y a partir de ahí de los sentimientos que cada situación me provocaba. El siguiente paso fue la decisión de separarme y, aunque fue una decisión mutua, a mí me costó horrores darme cuenta de que eso era totalmente necesario para mi felicidad. Esta decisión supuso tantos cambios que otros procesos quedaron detenidos hasta que todo volviese a su cauce o hasta que el nuevo cauce se calmara. Ahora, lentamente, los procesos en pausa vuelven a arrancar y es que, al igual que cuando te pones a viajar por el mundo exterior, al hacerlo por el mundo interior cuanto más descubres más ganas tienes de seguir viajando.


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