Playtime

29.06.2019

Jugar es una de las bases de crecer. Los niños tienen que jugar, los adultos tenemos que jugar. No me refiero, por supuesto, a jugar con los sentimientos -como mínimo no en el sentido negativo- sino a los típicos juegos. Juegos de mesa, juegos de ordenador, de rol, de cartas... Hay millones de juegos distintos y algunos de ellos muy imaginativos y originales, a la vez que algunos de los clásicos: el ajedrez, el Monopoly (a pesar de su alto contenido capitalista), las damas o un solitario funcionan casi siempre. De hecho, un juego de ordenador no deja de ser un solitario, desde el de colocar cartas negras sobre rojas hasta los de batalla más actuales.

Jugar estimula la imaginación, la creatividad y la inteligencia. Jugar socializa (menos los solitarios, tanto los juegos solitarios como las personas solitarias) y educa, en caso de que se haga con niños y niñas. Otra cosa, mariposa, es enchufar a los niños o las niñas a los juegos electrónicos para que no molesten, esto no cuenta. En mi modesta e inexperta opinión, los niños y las niñas tienen que jugar de vez en cuando a la tableta, al ordenador, la Nintendo, la Play o lo que sea, si son juegos adecuados para su edad, no ponerse en uno para 16 años teniendo 8. Pienso que si alguien le ha puesto una clasificación por edades es por algo, de la misma forma que las normas de circulación no están para tocar las pelotas sino para proteger y evitar accidentes, cosa que han logrado en gran parte.

Cuando un juego está clasificado para mayores de cierta edad, es porque dentro hay contenido que, según personas teóricamente expertas, su mente y sobretodo su madurez no están todavía preparados para entender del todo. Y es que los niños y las niñas no nacen enseñados y si nacemos pequeños (o pequeñas) y vamos creciendo lentamente, por algo es. La naturaleza es sabia, el ser humano lo es si aprende de ella. El otro día, un padre se quejaba durante una conversación entre adultos, de que su hijo siempre está nervioso y le cuesta dormirse. Hablando, hablando, resulta que después de cenar le dejan "un rato" al Fornite. El Fornite está pensado para 16 años, el chaval tiene 9. Ese "rato", es una hora u hora y media. Pensemos que las pantallas emiten luz, y una luz parpadeante que es constante y muy rápida. Si antes de iniciar la Play te avisan de la epilepsia fotosensible, lo hacen por alguna razón, puesto que va en contra suya. Si a eso le sumamos que el niño come chucherías cada día y que estas llevan como ingrediente básico y mayoritario el azúcar, que es un estimulante, pues luego que si el niño está nervioso por las noches. Claro, el problema es que si en lugar de dejarlo jugar al Fornite le hacen leer, el niño "se pone más nervioso todavía". ¿Sabéis eso que decían de la Pringles de no podrás comer solo una? Pues es porque llevan un producto que crea adicción, legal y permitido, pero ahí está. Como dice este artículo de diario.es: "Determinados alimentos, especialmente el azúcar y los alimentos procesados, tienen efectos sobre el cerebro similares a las drogas". Con las tecnologías y los juegos pasa algo parecido, como dice el psicólogo Adam Atler: "con las aplicaciones es diferente, porque se apoyan en algoritmos seductores. El problema de esta adicción, además, es que no se puede retirar la sustancia que engancha porque todo el mundo usa esta tecnología." Retirarla sería parar todo lo tecnológico.

Nosotros, como adultos, tenemos este conocimiento, o deberíamos tenerlo, y podemos gestionarlo de cierta manera, o deberíamos poder. En un niño o una niña, dejar que sea él o ella quien lo gestione, suponer que será capaz de detener el rato que pasa frente a una pantalla o la cantidad de comida golosa que come, es darle una responsabilidad que no puede ni sabe asumir. Además, en teoría salvo casos concretos, el cerebro adulto ya está desarrollado y el mal que le producen ciertas cosas es menor que el de un menor o una menor, cuyo cerebro todavía está evolucionando a todos los niveles.

Para finalizar, además, creo que uno de los actos más entrañables en un grupo de amigos, o entre padres/madres e hijos/hijas, a parte de las conversaciones, es el juego. Jugar a pasarse un balón, enseñarles el ajedrez, estarse unas horas (sí, unas horas que pasan a velocidad de vértigo) en partidas de juegos que requieren diferentes tipos de habilidad como el razonamiento, la rapidez visual, la motricidad fina, la estrategia y un etcétera casi infinito, es algo que ellos -los hijos y las hijas- valoran más que el hecho de que les dejes la maquinita o el móvil y les dejan huella positiva, igual que se la deja a los padres y las madres en forma de recuerdo, de vínculo afectivo y de aprendizaje. Negarles a las personas pequeñas los juegos electrónicos es contraproducente, en mi opinión, puesto que es negar el avance de la sociedad y de lo social, pero con moderación y bajo criterio adulto (aunque depende de qué criterio). Y con las amistades o las parejas, también, no todo es mirar series o consumir actividades o tomar algo, una partida divierte, te hace ver cosas del otro que solo un juego permite. Y acompañado de una cerveza, un gin-tonic o algo, también.