Pobre Juan

13.12.2015

El corazón de María palpitaba con fuerza, sin correr, pero martilleando en cada latido.

María vio llegar a su padre sentada en aquella silla demasiado pequeña para ella, frente a una mesa demasiado grande, en una habitación demasiado oscura, sin ventanas, solo con un cristal tras el cual ella intuía que estaba aquella señora, la que ponía una sonrisa de complicidad, pero inspiraba frialdad absoluta. La que la había acompañado hasta allí, la que había pedido que no hubiera nada rojo en el cuarto. Frente a la puerta, abierta, María vio cómo el policía se levantaba al llegar su padre, miraba el interior de la habitación, observaba al otro agente acabado de llegar, se intercambiaban un breve saludo y cedían las manos del preso.

El corazón de María iba a mucha velocidad ahora, la niña temía que le rompiera las costillas intentando salir.

Porque su padre venía preso, atado por una esposas, las manos justo a la altura de la hebilla inexistente de un cinturón invisible. Un cinturón como el que habría usado para pegarle a ella y a mamá y al pequeño Juan. Cada vez que pensaba en Juan, María no podía evitar derramar una lágrima. Pero hoy no. Después de seis meses veía a su padre y no quería que la viese llorar. Hoy no. Padre y policía entraron en la habitación, el segundo hizo sentarse al primero casi a la fuerza, justo en frente de María que, ahora se daba cuenta, estaba peinando tan fuerte a su muñeca que corría el riesgo de arrancarle el pelo. El agente se acercó a la niña y le dijo, con una voz tan suave que no pegaba con la pistola que llevaba atada a la cintura, que cuando ella quisiera la visita se terminaba. María no miró al policía, tenía sus ojos castaños clavados en los ojos castaños del hombre alto y delgado que la clavaba los ojos. Estaba muy diferente a la última vez, había perdido peso, su piel se había vuelto blanquecina, el pelo estaba más largo y una barba rala que le confería un aspecto extraño.

El corazón de María se ralentizó, pareció pararse durante unos segundos.

"Hola, María", dijo el padre esbozando una sonrisa que a ella le despertó un sinfín de recuerdos buenos: su padre sentándose al pie de su cama, cuando Juan ya dormía, para explicarle un cuento; su padre enseñándola a patinar en la plaza; su padre haciéndose cómplice al pasarle a escondidas una galleta más, aunque mamá decía que no. La señora de sonrisa falsa de detrás del cristal le había prometido, tiempo atrás, que no volvería a ver a su padre si ella no quería, y ella no quería, pero estaban aquí. Solo dos semanas atrás le dijo que el juez lo había ordenado, tenía que ver a su padre, en un sitio concertado, bajo vigilancia. Si resultaba que la promesa no dependía de ella, ¿para qué la hizo? Y su padre cambió entonces la sonrisa por aquel gesto tan suyo de morderse el labio inferior y, sin querer, se lo cortó, y una gota de sangre asomó entre los surcos de esos labios cortados.

El corazón de María se calentó, iba despacio, pero le ardía, necesitaba apagarlo.

Y todos los recuerdos positivos que aquella sonrisa de su padre habían despertado en María se difuminaron, y le vino a la cabeza, como un vendaval, la escena del padre golpeando a la madre una vez y muchas, pero en aquella ocasión, en la última, no paró de hacerlo y mientras la pateaba Juan chillaba, a pesar de que María intentaba taparle la boca, ambos en aquel rincón de la cocina. Y finalmente ese ruido espantoso, esa señal inconfundible de que algo importante se había roto y no había remedio. Y el charco de sangre roja, espesa, haciéndose grande sobre el suelo blanco. Y el silencio absoluto que prosiguió a ese ruido horrible. El padre, respirando con dificultad, desvió la vista del cuerpo moribundo y miró a sus dos hijos. Sudaba. Sus manos estaban rojas, una de ellas manchada de sangre, la misma sangre que ahora llegaba, lenta, hasta sus zapatos. Y Juan rompió el silencio que había guardado al ser escrutado y se puso a chillar de nuevo, como él sabía hacer, con una estridencia que perforaba el tímpano y el padre gritó que se callara y la voz del Sr. Carmelo aporreando la puerta, el único vecino que se había plantado frente a mi padre y había amenazado con llamar a la Policía, y no solo aporreaba la puerta sino que aseguraba que ya había llamado a los agentes; que le abrieran, gritaba. Todos gritaban, menos María. Y el padre puso su mano ensangrentada sobre la boca de Juan para que se callara, pero su mano era enorme y Juan pequeño y le tapó también la nariz y el hermano de María no podía respirar y pataleaba y María entonces también gritó que le dejara... Pobre Juan.

El corazón de María quemó y solo quedaron cenizas, frías y grises.

"¿No vas a decirme nada, María? ¿Cómo estás? ¿Cómo está Juanillo?", preguntó el padre pasándose la lengua por el labio herido. La niña giró la cabeza hacia el cristal tintado, su cara reflejaba un vacío inmenso. Luego miró al policía que se mantenía de pie cerca de la puerta y preguntó: "¿Puedo irme ya?". El agente afirmó con la cabeza y abrió la puerta. María se levantó y, acariciando el pelo de su muñeca, salió de la sala. Pobre Juan.