Punto de inflexión

17.09.2015

Montse llegaba tarde a casa, solo unos diez minutos, suficientes para encontrarse un marrón que prefería evitar. Se había despedido de Nico con un beso más frío que otras veces pues empezaba a notar que los sentimientos hacia él disminuían. Siempre la moto, Pastrana y el futbol. Se aburría. Caminó por la calle Dante con pasos rápidos, esperando no coincidir con el grupo de sudamericanos que a menudo se sentaban en los bancos de la esquina con Xinxó. No es que ella sea racista, pero no le inspiran ninguna confianza y la conocen, saben qué compañías frecuenta. Al llegar al portal se detuvo, sacó las llaves de los estrechos pantalones y respiró hondo. Mirando al cielo pidió que su padre ya durmiera la mona. La escalera sombría, con bombillas sin lámpara, parecía darle la bienvenida, recién limpiada. En silencio entró en el piso, en el recibidor las figuras de porcelana o falsa porcelana que representaban unos cisnes en un lago. No se oía nada excepto el televisor, amigo perene de la familia, siempre encendido. Ojeó el comedor y se sintió aliviada al comprobar que su padre dormía en el sofá. La madre debía estar ya en la cama. Se desnudó con cuidado en su habitación, cogió el león de peluche y apagó la luz de la mesilla de noche. Su hermana Sandra dormía plácidamente, era uno de los pocos momentos de tranquilidad que había en la casa. Dentro de un rato, el padre se despertaría y, con suerte, las dejaría dormir o, como mucho, tropezaría con alguna silla haciendo ruido, pero no entraría. Estaban obligadas a dejar la puerta ligeramente abierta. A él le gustaba comptobar que las niñas estaban en casa. Montse se concentró para dormirse pensando en el día que se iría de casa, pensando en cómo le diría a Nico que se había terminado y en cómo lo haría entonces para mantener las amistades en el grupo. Por suerte Nico no era uno de los peces gordos del Comando Pastrana y quizá no se liaría demasiado el asunto. Le hacía falta tener claro si aquello, en el fondo, le importaba demasiado.

Sábado por la mañana. Se despertó de nuevo por una bronca más. La madre lloraba y el padre no paraba de dar golpes contra la nevera. Sandra seguía en la cama, con los ojos abiertos y cogiendo con fuerza las sábanas. Le hizo un gesto a la niña y ésta, corriendo, se acostó a su lado. La discusión subió más de tono aun cuando una de las vecinas gritó por el patio interior que ya era suficiente de chillar y que si no se callaban avisaría a la policía. El padre la insultó por la ventana de la cocina que daba al patio y luego rompió alguna cosa de cristal. Sufriendo por si la madre había recibido, la hija mayor se levantó de un salto, ignorando la petición de la pequeña de quedarse en la cama y salió. Dijo que ya estaba bien, que cada día lo mismo y se quejó de que todo aquello asustaba a Sandra. La única respuesta fue de menosprecio, del padre, y un 'no pasa nada' de la madre. Se quedó un rato en el marco de la puerta, viendo llorar a su madre mientras el padre desaparecía del piso dando un portazo. Al bar, como cada mañana. Ella intentó hacer ver a su madre que aquello no estaba bien, que no podía seguir diciendo que no pasaba nada ni justificándolo con excusas como la falta de trabajo o que estaba pasando un mal momento. Aquellas escenas se repetían desde años atrás. Era necesario hacer alguna cosa. Pero igual que las discusiones eran una historia reiterada, también lo eran aquellas conversaciones de Montse con su madre, monólogos mejor dicho, en los que la hija hablaba y en que todo se encallaba cuando la madre acariciaba la mejilla de la mayor y le decía algo parecido a 'ya estoy acostumbrada, no pasa nada'.

Esa, dijo Montse, es una de las razones por las que pasaba tantas horas fuera de casa. Estaba harta, solo pensar en volver a casa se mareaba y cada día tenía más ganas de largarse llevándose a Sandra con ella... y a mamá si quería venirse. Su madre la sacaba de quicio cuando después de eso, añadía que no podía irse porque el padre la necesitaba. Entonces Montse levantaba a su hermana, se duchaban y vestían juntas y desayunaban alguna cosa rápida. Montse era de comer poco, de hecho estaba considerablemente delgada a sus dieciséis años. Para los chicos del barrio y del Comando era un 'monumento', pero en la última visita médica la habían avisado de su bajo peso. Ahora que lo pensaba, creía recordar que se habían saltado la revisión de su hermana. Ese sábado se vistió con pantalones blancos, una blusa rosada, dos pendientes de bisutería con un gran anillo y las botas altas. Se entretuvo un buen rato en el lavabo retocándose. Después dijo que volverían a la hora de comer y se llevó a la niña con ella a dar una vuelta.

Bajaron por la calle Dante mirando tiendas, la primavera no ofrecía rebajas así que la mayoría de cosas eran de mirar y no tocar. Compró una diadema roja para Sandra en la tienda de Conchita. Giraron por la calle Tolrà y al lado del casal de abuelos Montse llamó al 3º-1ª. La madre de María informó que su hija se había levantado temprano y había salido ya. Subieron por Trill hasta la plaza Pastrana. María estaba allí, pegándose el lote con su chico y también estaban los gemelos pasándose un balón de futbol por encima de la mesa de ping-pong metálica. Sería una visita breve, de cortesía, pues no quería que Sandra se contaminase demasiado de aquel ambiente. Quería a sus amigos, pero para la pequeña deseaba algo realmente bueno. Solo llegar, María le preguntó si sabía aquello del Bombilla. Por lo visto, la noche anterior, la policía lo paró y lo registró y llevaba encima una piedra de chocolate importante. Cuando quisieron llevárselo el tío se rebotó y empezaron las hostias pues los Torres estaban por allí y se añadieron. Acabó con no sé cuántos coches patrulla y diez o doce del Pastrana en plena tangana. Finalmente se llevaron al Bombilla y abrieron denuncias contra los Torres y dos más. Delante de la indignación de María y su novio por la actuación policial ('son unos hijos de puta', 'qué se han pensado'), Montse recordó que aquello ya lo había vivido con Carrasco y con Carlos, pero sobretodo con los hermanos Cuenca. Los dos primeros salieron al cabo de poco pero todos los Cuenca, los cinco, estaban en la cárcel. Ahora habían cogido al Bombilla y este tenía toda la pinta, por sus antecedentes familiares, que tardaría en volver por Pastrana. Justo cuando los gemelos se disponían a explicar planes para meterse con los peruanos ('esos indios de mierda'), Montse decidió que ya había bastante y sin dejar la mano de su hermana se disculpó diciendo que tenía que ir a comprar. ¿Y Nico? Preguntó María. Montse se encogió de hombros.

Por la calle Cifuentes llegaron a Llobregós y desde allí subieron hasta el mercado. Un bullicio de gente con carritos comprando, el olor a pescado y a fruta, a carne fresca. La niña no había dicho nada en todo el rato, pero miraba a su hermana mayor con rareza y al mismo tiempo con devoción. Tenía siete años entonces. Se sentaron en un banco de Llobregós, en el único sitio donde la calle no era una pendiente abrupta sino una inflexión, una subida que acababa para iniciar otra. Montse retocó el vestido que le había hecho ponerse a Sandra y le dijo que ella iba con los de Pastrana porque les conocía de la escuela, pero que ella, de mayor, debía irse a estudiar a otra parte. Habló con la niña de los abuelos de Jerez de la Frontera, de donde venía la familia materna. El padre era de Murcia, pero de él no hablaban nunca, era como un tema tabú. El reloj de Montse marcaba las 11:23, aún era muy temprano y no sabía qué hacer para pasar el sábado. Miró dentro de su bolsa de mano color blanco y comprobó cuánto dinero tenía. Decidida, entraron en el mercado y compraron fruta.

A mediodía la llamó Nico y quedaron para la tarde, estaba dispuesta a dejarlo con él y atenerse a las consecuencias. Sabía que su encogimiento de hombros, al preguntarle María por Nico, frente a los gemelos, no había sido una buena idea. Aquí, quien se juntaba con alguien era para siempre. Aunque algunas veces la cosa se terminaba rápido, generalmente, pasados unos meses, se consideraba ya la pareja como algo indisoluble. Había líneas, puntos de inflexión en las relaciones, que hacían que de una "historia" pasaran a un "esos tienen que acabar juntos". Al principio, hacía ya casi año y medio, Nico resultaba divertido y era alguien con cierto nombre. Pero actualmente cada broma le parecía pesada y las conversaciones eran siempre para hablar de alguien del Comando, de las mejoras en la moto o de qué hacer los viernes y sábados por la noche. Montse no era especialmente romántica, simplemente creía que debía de estar con alguien por amor, no por costumbre. Se preguntaba a menudo si sus padres habían sido felices alguna vez y por mucho que se esforzara no era capaz de imaginarlo así, dentro de su cabeza cubierta de cabello negro como el carbón.

En el parque, por llamarlo de alguna manera, de la esquina entre Agudells y la Rambla del Carmelo, Sandra se entretuvo en los columpios. Al lado de donde se sentaba Montse, dos chicos de origen ecuatoriano hablaban amistosamente. Al fondo, donde las cuatro pistas de petanca, un grupo de personas mayores jugaban partidas también amistosas. Detrás de Montse se levantaba el edificio de la piscina cubierta municipal. Era un edificio relativamente nuevo, de un par de años. Dos amigas o conocidas suyas iban cada mañana. Envió mensajes de móvil por costumbre, batió el record del juego de la serpiente por enésima vez y a las 13:45 hicieron el camino de regreso, dando algo de vuelta pues a la pequeña le gustaba ver el agujero del Carmelo, el que habían dejado las obras de la Línia 9 del metro, y le gustaba que Montse le contara que aquel agujero, en realidad, lo habían hecho para ver si llegaban a Australia, un país tan lejano que, si te pasabas, ya volvías. Sandra eso no lo entendía y sabía que la historia era mentira, pero lo gustaba oírla. Retomaron Llobregós hasta Pantà de Tremp y se detuvieron un rato en la calle Sigüenza, donde dos policías custodiaban las vallas que rodeaban el socavón. Justo enfrente vivía la tía Sole, con quien Montse se llevaba muy bien, hermana de su madre y única persona de la failia que intentaba hacer cambiar de parecer a la madre, haciéndola salir de donde y de cómo vivía, sin éxito hasta ahora. Llegaron a casa para la hora de comer.

El padre miraba la televisión, como siempre que no estaba en el bar. Su madre estaba en la cocina, como siempre. Se lavaron las manos y se sentaron a la mesa. Ojalá, pensó Montse mirando el techo, tuvieran una comida tranquila. El padre prácticamente no miró a nadie durante el primer plato. Su vista iba de la comida al televisor y del televisor a la copa de vino. La madre preguntó dónde habían estado toda la mañana y Montse, por decir alguna cosa, contestó que 'por ahí'. Cuando él dijo que seguro que habían ido con los delincuentes de Pastrana, Montse se controló. Pero cuando con una risa desagradable y comentarios despectivos la incluyó a ella dentro del grupo de indeseables, yonquis, hijos de traficantes y de putas, no pudo. Dijo que al menos sus amigos no echaban un pestazo a alcohol que tumbaba desde primera hora de la mañana y que al menos las putas y los traficantes trabajaban en algo y hacían algo más que pasarse el dia amargando a su mujer, beber y mirar la televisión. El padre dio un golpe en la mesa con la palma de la mano asustándolas a todas, pero ella se mantuvo firme. Como se atrevía a hablarle así, ella que iba vestida como un putón y que seguro que un día aparecía embarazada de cualquier sudaka de mierda. Ella contestó que no hacía falta demasiada inteligencia para insultar a los demás continuamente, que se aprendía con la práctica y que le sorprendía ver que él iba adquiriendo vocabulario nuevo. La madre hizo gestos como pidiendo que se callaran y la niña cogía con fuerza la servilleta que le tapaba media cara. El padre soltó un grito a la madre y la amenazó si se metía en medio, que ya estaba bien de proteger a esa niña malcriada de la que no saldría nada bueno. Montse levantó por primera vez el tono, perdiendo la calma que hasta ahora había conseguido mantener, y dijo que si volvía a amenazar a su madre se las vería con ella, pero al hombre eso no le daba miedo, decía, sino risa, ¿qué se pensaba que podría hacer si con una hostia la estampaba contra la pared? Entonces Montse le dijo, volviendo a tranquilizarse, con una frialdad contagiosa, que a partir de aquella noche a él más le valía dormir con un ojo abierto. Dejó el plato casi sin probar y salió de casa.

A las tres del mediodía, bajo el sol primaveral, la calle Dante mostraba su parte sur soleada y la norte bajo las sombras de los edificios más altos, el de números impares. Estuvo un rato en la portería, sin cerrar la puerta, esperando a oír algún grito por si tenía que subir de inmediato y hacer entonces el disparate que no había atrevido a hacer nunca. Pero todo fue silencio en el interior de la escalera. Se había olvidado su bolso, no llevaba ni dinero ni el móvil. Podía volver a entrar sabiendo lo que eso supondría o pasar de todo e ir a casa de María, o a casa de Nico. No hizo ninguna de las dos cosas durante mucho rato. Se quedó de pie en la acera, viendo pasar coches y motos como si esperara a alguien. Después llamó al interfono y pidió a su madre -el padre nunca se levantaba- que le hiciera llegar el bolso. Sandra bajó a los pocos minutos, llevaba cara de susto. Le dijo a la pequeña que si pasaba algo y ella no estaba ya sabía lo que tenía que hacer. La única vez que Montse recordaba en que algo podía haber cambiado fue una tarde del pasado verano cuando ella no estaba. La discusión entre el padre y su madre llegó más allá de las manos y la niña salió del piso y llamó a la vecina quien, a su vez, telefoneó a la guardia urbana. Los agentes tomaron declaraciones pero la madre, en la mejor oportunidad que había tenido nunca, no quiso denunciarle. Todo quedó en nada. Aquél no fue un punto de inflexión.

Caminó lentamente Dante arriba, dirección a Josep Sangenís, donde vivía Nico. Se detuvo en el Dia y compró una Coca-Cola light que le mataría el gusanillo del hambre. Movida por un remordimiento telefoneó a casa y preguntó a su madre si estaba bien. Bien, no pasaba nada. La niña estaba haciendo sus deberes en la habitación, explicó, y tu padre duerme la siesta frente al televisor. Esto no puede continuar, dijo Montse, no puede continuar. Piensa en Sandra, añadió, ¿es así como quieres que crezca? Fíjate en mí, continuó, estoy todo el día en la calle para no estar en casa. ¿Es esta la familia que tu querías? Una hija que no va al instituto más que para encontrarse con sus amigas, otra que no se atreve a abrir la boca ya que está muerta de miedo delante los que deben protegerla... No se podía hablar así con su madre, arrancaba a llorar inmediatamente. Respondió que no podía reprocharle aquello, lo demás sí pero aquello no. Está bien, mamá, la consoló ella, siento haber dicho nada, y colgó. Tenía argumentos para discutir, pero no le apeteció hacerlo. Sola, de pie en la zona de bancos de la esquina de Dante con Pantà de Tremp, frente al video-club, Montse bebía lentamente el refresco y pensaba. Ella no había hecho nada para mejorar la situación. Enfrentarse con el padre sólo empeoraba las cosas, de hecho no era tan distinta de su madre. No era más fuerte, solamente más joven y por lo tanto con más reservas de energía para aguantar. Tres niños intentaban meter a un cuarto, que parecía estar de acuerdo, dentro del contenedor de reciclaje de plástico y se reían. Un hombre paseaba un perro raquítico y desviaba la mirada frente a la mierda que soltaba en medio de la plaza. A falta de un solo espacio verde, el ayuntamiento había puesto bancos individuales o de tres, de forma desordenada en las inflexiones de las calles, donde una subida frenaba para empezar otra.

Cambió de idea y se dirigió a La Taxonera, la escuela en que cursó primaria. Miró el patio justo a tiempo de ver un grupo de chavales colarse por la reja lateral. Allí había conocido al Comando Pastrana, algunos niños y niñas de su clase tenían hermanos mayores que lo formaban. Recordó a Gustavo y a Chiqui, a Nereida y a Soraya. Pero no los recordó con una sonrisa, sino con la melancolía que la acompañaba insistentemente desde que salió de casa durante la comida. Caminó un poco más. Al terminar el edificio escolar se veían las casas amontonadas y en precarias condiciones de La Clota, una zona que desde que ella tenía uso de razón, oía hablar que estaba a punto de reconstruirse. Más al fondo se levantaba un edificio donde había pasado alguna tarde, tiempo atrás, al empezar la adolescencia. Iba acompañada de María para ver a Nico. Pero con el tiempo se dio cuenta que allí solo iba a pasar el tiempo. Era el edificio municipal donde estaban los Servicios Sociales. Ellos tampoco solucionarían nada. Había llegado a coger confianza con una educadora de calle que visitaba la plaza Patrana, pero cuando pareció que realmente alguien intentaba ayudarles, la educadora encontró un trabajo mejor y despareció. No, la solución a sus problemas no vendría de fuera, saldría de dentro.

A las cuatro de la tarde se encontró con Nico en Pastrana. Estaba jugando tenis de mesa con uno de los gemelos, que siempre estaban allí, como los bancos. Debía haber once o doce más del grupo. El Comando Pastrana no estaba ni mucho menos en su mejor momento, de hecho arrastraba una decadencia de años desde el arresto de los Cuenca y la marcha de Gustavo y del Máquina. Ellos habían sido el estandarte durante tiempo. Pero ahora la policía ya no tenía miedo a los que quedaban, nada más que vestigio de un pasado glorioso. La detención de los cinco Cuenca, las obras eternas en la plaza y la llegada de bandas ecuatorianas y peruanas les había ido debilitando. Ahora cada dos por tres un coche patrulla rondaba por allí. Se estaban disgregando. Los que quedaban se consideraban el estigma de Pastrana. Vestían con chaquetas alfa, con tejanos negros y algunos hasta iban rapados. No eran skins, se creían por encima de eso, ellos eran puros, no formaban parte de ninguna tribu urbana, eran del barrio, eran auténticos, decían. No fumaban porros porque era 'mierda de los moros', todos fumaban tabaco des de los 9 o 10 años, tomaban pastillas de vez en cuando mientras iban a discotecas de L'Hospitalet o cerca de Mataró.

Ella y Nico se separaron un poco del grupo. A pesar de que Montse le pidió ir a otra parte, él argumentó que esperaban a alguien y no quería quedar fuera de vista. Así, se sentaron en el banco de la esquina de Jadraque con Sacedón. Ella no quiso contarle la discusión de la comida, simplemente creía que debía de matar la relación cuanto antes mejor. A medida que hablaba, Nico pasó de la incredulidad a la tristeza y de la tristeza a la rabia. Se levantó, dio patadas al banco, tumbó una papelera y finalmente, calmándose, dijo algo parecido a 'acabarás por volver'. Antes que ella, llorando, se fuera, Nico empezó a chillar que las cosas no se dejan así, que no podía enviar a la mierda un año y medio así, que entre ellos cuando se empezaba una relación era para siempre. Que ella le pertenecía. Volverás, repitió para que toda la plaza y los vecinos le oyeran.

La idea de volver a casa le produjo más angustia de la que ya sentía, de manera que con lágrimas en los ojos se presentó en casa de su tía, Soledad, que vivía justo delante del socavón del metro. Era muy diferente a su madre a pesar de ser hermanas, la Sole no habría permitido nunca que su marido le pusiera una mano encima. La única cosa que le impedía hacer algo por sus sobrinas era saber que al final, su hermana no denunciaría y quedaría en balde. Y acabaría volviendo con su marido más temprano que tarde y todo empeoraría. Además, el padre ya se encargaba de amenazar a Sole cada vez que esta intentaba ponerse en medio. Al verla llegar aquella tarde, lo primero que pasó por la cabeza de la tía fue que había habido otra paliza. Pero a medida que Montse hablaba, repitiendo casi de forma idéntica lo que había dicho a Nico pero en tercera persona, la mujer tomó un papel más maternal y la consoló, invitándola a merendar pues la encontraba cada vez más delgada. Y una chica tan bonita no puede estar como un palillo. Mientras tragaba, aún sollozando, el zumo de naranja y la madalena, llamó María al interfono y Sole, a pesar de la oposición inicial de su sobrina, la hizo subir. La amiga no sabía qué posición tomar y se notaba en sus gestos nerviosos y en los cambios de discurso. Primero quiso enfadarse con Montse por la decisión tomada, después la consoló para más adelante decirle que ya no podría volver a Pastrana y, en consecuencia, tampoco ella si se ponía de su parte. María aceptó también una madalena y un vaso de zumo. Pasaron diez minutos y empezó entonces la serie de llamadas de Nico al móvil, de todas las cuales Montse solo respondió a la primera. Debió llamar unas quince o veinte veces y luego los mensajes en que o la insultaba de forma implícita o le decía que volvería, arrastrándose, pero volvería. Montse no pudo dejar de llorar y se dio cuenta con la mirada borrosa que las dos mujeres que estaban allí con ella en aquel momento eran las únicas que, con una seguridad del noventa y nueve por ciento, harían lo imposible para ayudarla. María era la novia de un pez gordo del Comando, se conocían desde primero de ESO y al mirarla ahora a los ojos supo que, a pesar de eso, no la fallaría. La Sole, que estaba sentada en una silla a su lado, era fuerte y determinada y si Montse le proponía algo, la apoyaría. A pesar de todo lo que empezaba a pasarle por la cabeza, no dijo nada, pensó que necesitaba meditarlo, encontrar el punto de inflexión que le permitiera coger fuerzas para tirarlo adelante. Pidió a Sole si podía quedarse a dormir y ella dijo que sí y al acto llamó a su hermana y sin preguntar ni pedir permiso sentenció que Montse se quedaba a cenar y a dormir en su casa porque ella la había invitado. María se quedó a cenar también y cuando su chico la llamó para preguntar dónde estaba, dijo la verdad. María se fue cerca de las once de la noche para encontrarse con los de Pastrana, era sábado y había fiesta y, de paso, se enteraría de cómo estaba el patio.

Fue la noche más tranquila de muchos días, como la calma antes de la tempestad, no podía quitarse esa idea de la mente. Cenó con Sole y su marido. Miraron juntos un DVD, aunque teniendo en cuenta que tanto la Sole como Ángel se durmieron pronto, la miró ella sola. Pasada la medianoche recibió un par de mensajes de María: en Pastrana ella era el tema de conversación en lucha con la detención del Bombilla. Nico estaba muy exaltado, no paraba de decir que tenían que hacer algo, no estaba entero. Poco antes de las dos, Montse se dormía con cierta intranquilidad por lo sucedido en la comida, por lo de Nico, por haber dejado a Sandra sola por primera vez en años. La única vez que se había ido fue por las colonias de primero de ESO, cuando todavía iba a clase cada día. Sólo Sandra pareció haberla echado de menos, a pesar de los regalos que el padre le había hecho, en un arrebato de afecto por la pequeña muy extraño.

Despertó después de un sueño agitado, ya de día. Oía de fondo el agua de la cocina donde Sole lavaba platos. Ángel, el único de catalán de más de dos generaciones metido en toda la familia, aunque familiar indirecto, regaba las plantas del pequeño balcón que daba a Pantà de Tremp. Montse se vistió y desayunó un par de tostadas -casi obligada por su tía- acompañando el café con leche. Luego se fue, sin atreverse a pasar por Pastrana a pesar de que no eran ni las once de la mañana y seguramente no habría nadie conocido. Llegó hasta su casa no sin antes comprobar que tan temprano su padre ya estaba en la barra del bar Unión Deportiva El Carmelo, pasando por delante. Hoy sus pintas eran especialmente malas. Al entrar en casa se sorprendió que Sandra todavía estuviera en la cama, tapada completamente por las sábanas y una manta fina. La madre tampoco estaba, debía de estar en casa de alguna vecina cotorreando. Era su única vida social. Se duchó, se arregló menos que de costumbre y se tumbó al lado de su hermana. La niña se giró y la abrazó con fuerza. Entonces Montse descubrió que había juguetes nuevos en la habitación: un elefante de peluche rosa, una caja de maquillaje infantil... Lo miró contrariada al tiempo que su hermana pequeña, con voz débil, le preguntaba por qué no había venido a dormir y ella respondía que necesitaba saber qué era dormir fuera de casa, pasar una noche en calma. Le preguntó cómo había dormido ella y Sandra no respondió. En vez de eso, empezó a sollozar, hundiendo la carita en el pecho de Montse. ¿Ha pasado algo? No quiero que vuelvas a irte nunca más, dijo la pequeña, y Montse le acarició el pelo con una sonrisa protectora y quiso poner bien la manta, desplazándola y viendo una mancha de sangre en la sábana blanca. Miró los juguetes, recordó cuando al volver de las colonias de primero el padre había regalado a Sandra una casita de muñecas y le pareció distinguir en su memoria que la niña había estado rara durante unos días. El aniversario de Sandra era el 29 de septiembre y hoy era 28 de marzo. En su cabeza se arremolinaron recuerdos e ideas mientras acariciaba el pelo de su hermana, se le despertó dentro una sospecha terrible. Respiró hondo y con tanto tacto como pudo preguntó a Sandra si su padre había venido a verla por la noche. La niña respondió que sí. Esa respuesta provocó en Montse una ira enorme, un odio salvaje se apoderó de ella al mismo tiempo que un miedo atroz por si acertaba, y un deseo brutal por equivocarse. No sabía cómo hacer la siguiente pregunta, no encontraba las palabras, la boca se le había secado tanto que le dolía mover la lengua. No hizo falta, la niña lo dijo por ella: el padre le había dicho en su visita nocturna que la que quería como a nadie, que quería lo mejor para ella, que ahora le haría algo de daño pero que todas las familias se hacen daño en señal de amor. Yo no quería, añadió, pero le dijo que si chillaba o lo explicaba provocaría que mamá y Montse se enfadaran. Sandra no quiso que las dos personas más importantes de su vida se enfadaran con ella. Después de explicar aquello, miró a Montse llorando y le preguntó si estaba enfadada con ella. Este es el punto de inflexión. Si lo dejaba pasar como con lo que le pasaba a su madre, no volvería a tener fuerzas. Claro que no, pequeña, le dijo besándola en la frente.

Se abrió la puerta de entrada. La madre regresaba. La hermana mayor repitió a la pequeña que no estaba enfadada con ella y le prometió que aquello no volvería a suceder jamás. Se levantó, cerró la puerta de su habitación y sorprendió a su madre a medio pasillo. ¿Tú lo sabías? Se hizo la despistada pero, ¿lo sabía? Si quien calla otorga, eso interpretó Montse, la madre lo sabía. Entró de nuevo en la habitación, sacó las bolsas y las llenó de toda su ropa y la de Sandra. Le dijo algo bruscamente que se levantara y se vistiera, que se iban. ¿A dónde? No preguntes y hazme caso. La madre entró en la habitación, se puso a llorar, pidió que no se marcharan, disimuló entre lágrimas que no entendía a qué venía aquello, pero Montse sabía que la madre lo sabía, se lo veía en los ojos, se lo notaba en la voz. Entonces la mujer dijo que no podía evitarlo, que había intentado evitarlo pero no podía. No te lleves a la niña, suplicó, pero Montse y Sandra ya salían por la puerta. La oyeron llorar y suplicar mientras bajaban las escaleras.

El padre no las vio pasar por delante del bar. La velocidad de crucero de Montse hacía que Sandra la siguiera casi corriendo, cargando con la mochila escolar y una bolsa repleta de ropa y muñecos. Los juguetes regalados por el padre se quedaron en el piso, como la madre, como muchas otras cosas. Llegaron a casa de la tía Soledad. Sandra había comenzado a llorar también. Estaba asustada por si las amenazas del padre se hacían realidad. La Sole se tapó la boca escandalizada y soltó lágrimas también mientras Ángel apretaba tanto los puños que se le estaban poniendo las manos blancas y la cara de rabia le convertía en todo menos en el apacible Ángel que conocían. Montse se lo contó todo en la cocina mientras Sandra miraba la tele sin verla, nerviosa.

Montse volvió a ver al padre el día del juicio. Sandra pudo declarar en una sala aparte. Con un juez y una psicóloga. La madre tuvo derecho a ver a sus hijas de vez en cuando, aceptó con resignación su imputación por omisión. El padre perdió la patria potestad y pasó un tiempo en la cárcel. Poco a ojos de Montse. Además había una orden de alejamiento. La guarda de las niñas cayó en Soledad y Ángel.

Cada vez que tenían visita Montse se negaba a ver a su madre. Salía antes de la hora en que la tía Sole acompañaba a Sandra hasta el parque para pasar la tarde del sábado con su madre. Montse quedaba esas tardes con María y paseaban por El Carmelo o iban al centro de Barcelona. María explicaba las últimas movidas de Pastrana, de donde Montse había sido excluida sin que eso la preocupase demasiado. Parecía que Nico estaba más calmado, iba mucho con los gemelos. Finalmente no hubo pelea con los peruanos.

Montse encontró trabajo en una tienda de congelados en Horta. Un tiempo después se pondría a estudiar para sacarse la ESO en la escuela de adultos. Saber que Sandra estaba bien, que el padre no volvería a acercarse a ellas y que en casa de Sole no oiría gritos, que no le daba angustia volver a casa, su nueva casa, era todo lo que necesitaba.